No fue el azar quien trajo a mis padres a México. Fue la desaparición de su Polonia, la matanza sin fin de los suyos y la destrucción de sus hogares y de la historia de la que fue su casa durante siglos. Arrasada su Tierra, vejados los cementerios, desaparecidos hermanos y vecinos, migrar, para quien tuvo la suerte de “sólo” morir un poco, sin contar con los cuerpos de los seres amados, fue una suerte de regalo, regalo inmenso y sui géneris para los que llegaron al México de los cuarenta del siglo XX.

Ser hijo de inmigrantes, sin familiares en las calles vecinas, marca. Quienes nacimos en esta tierra generosa, cobijados por su gente, y arropados por las certezas de un país cuyos brazos abiertos le permitieron a mis progenitores encontrar de nuevo la vida y a nosotros crecer en paz, exige. México tiene muchas lecturas y diversas caras. Leer a México hoy, reclama leerlo hacia atrás. Mirarlo a partir de la mirada del destierro de la pater familia demanda escrutarlo con amor y crudeza. En 2018 privan desasosiego, miedo, desesperanza, encono y otros avatares negativos; sumarlos deviene enfermedad.

Ilustración: José María Martínez

Hay naciones pobres cuyo destino es difícil cambiar y hay países cuyos recursos son suficientes para garantizar vidas dignas donde el presente permita vislumbrar un futuro esperanzador. México debería ser parte del segundo grupo. No lo es: las calles inundadas de semaforistas retratan una de las realidades de nuestra nación. Los semaforistas son invención de los países pobres. Sin oportunidades laborales, sin apoyos gubernamentales y sin protección social, los habitantes de los semáforos se ocupan de pervivir: hoy, quizás mañana, no más; el presente es corto. Los semaforistas son más reales que nuestra membresía en la OCDE o la consabida y nauseabunda cantaleta gubernamental: México es la duodécima economía mundial.

Intento una definición: Semaforista: ser humano casi invisible e incómodo que sobrevive en torno a los semáforos, carente de agua, techo y educación a pesar de vivir en un país orgulloso por ser la duodécima economía mundial y que retrasa su muerte y la de los suyos por lo que ahí vende.

México es muchos Méxicos. Sobresalen dos: el de quienes tienen acceso al torrente de la vida y el de quienes, hagan lo que hagan, nacerán, vivirán y morirán marginados. Las acciones e inacciones políticas y empresariales de las décadas previas han sumido a más de la mitad de la población en la pobreza. La realidad es cruda y triste: nacer en una casa pobre implica morir pobre y a destiempo por enfermedades agudas en la infancia o por enfermedades crónicas en la adultez temprana; conlleva fenecer en busca de oportunidades de trabajo en los desiertos estadunidenses; significa pervivir a costa de la propia vida, i.e., narcotráfico, y empeñar la vida in útero: sin proteínas y sin educación, subsistir a costa de salarios infames, trabajos informales, o empleos difíciles de clasificar pero imprescindibles para no morir es la meta. Paradójicamente, los trabajos informales ayudan al Estado, cuya incapacidad para ofrecer empleos y vidas dignas es monumental.

Los políticos en México han hecho de nuestra nación un gran semillero de trabajos difíciles de clasificar; al lado de los semaforistas, militan trabajadoras domésticas, sexoservidoras, tianguistas, personas que empacan las compras en las tiendas de autoservicio, servidores de gasolina, franeleros o viene-viene, dueños de aceras, personas que limpian camastros en las playas y un largo etcétera. Para la mitad de los nuestros le sobra razón a Clarice Lispector: “La vida es un puñetazo en el estómago”.

Ofrecer seguridad, dignidad, educación y futuro son obligaciones mínimas de un país; en pleno siglo XXI esos espacios deberían ser realidad. México es muchos Méxicos: la mitad de la población es víctima del Estado. Mientras convivamos en la misma Tierra dos poblaciones diferentes, unos con futuro y otros tan sólo con la cruda obligación de sobrevivir, nuestra casa continuará resquebrajándose.

Regresar al México que albergó con generosidad extrema a muchas personas, por motivos diferentes, entre ellos a mis padres, obliga. Vivimos en un país enfermo. Basta cruzar las ciudades, viajar y adentrarse en pueblos y rancherías, preguntar acerca de la salud de los sistemas de salud, oler el agua de ríos y mares, mirar en las grandes urbes el color del cielo, asomarse a la realidad de las madres quinceañeras con bebés en su rebozo, y sentir el fracaso ajeno como propio cuando la mirada se cruza con quienes se llevan la mano a la boca y sin decir lo dicen, “tengo hambre”. Hambre de vivir, de posponer la muerte, de seguir. México es muchos Méxicos: la mitad pobre es víctima de políticas gubernamentales inadecuadas. En el México de hoy es urgente impedir que la precariedad y la miseria sigan comiéndose la vida de cincuenta o más millones de mexicanos. El México de mañana no puede seguir siendo el México de hoy.

 

Arnoldo Kraus
Médico. Profesor en la Facultad de Medicina, UNAM. Es autor de Dolor de uno, dolor de todos (Debate) y de Recordar a los difuntos (Sexto Piso), entre otros libros.

 

11 comentarios en “México grande y pobre

  1. Muy buena reflexion Sr. Kraus, es cierto que vivimos en varios Mexicos distintos no solo economicamente sino geograficamente. Vivo en Chihuahua y aqui la situacion es algo diferente pero siguen existiendo esos casos a los que usted se refiere con tanta exactitud. Un saludo desde Chihuahua.

    • Gracias Antonio, aprecio su comentario. Lo innegable es que nuestros políticos, “todos”, no sólo no han logrado erradicar la pobreza/miseria, la han aumentado.
      Saludos cordiales,
      Arnoldo

  2. Excelente reflexión, vivo en Guadalajara Jalisco y duele el alma de ver la pobreza de mis semejantes y la indiferencia con la que nos movemos a su alrededor. Saludos

    • Muchas gracias María. Me encantaría saber como detener la enfermedad política que ha sumido al país en la desesperanza y que ahoga y mata cada vez a más personas. Y perdón: mañana escribo al respecto en “El Universal”.
      Saludos y gracias,
      Arnoldo

  3. Muchas gracias María. Me encantaría saber como detener la enfermedad política que ha sumido al país en la desesperanza y que ahoga y mata cada vez a más personas. Y perdón: mañana escribo al respecto en “El Universal”.
    Saludos y gracias,
    Arnoldo

  4. Si doctor Kraus es muy triste la realidad de este México nuestro y constantemente me pregunto ¿cuál es la participación de todos nosotros en el problema? Porque llevamos mucho tiempo haciendo algo muy mal (o dejando de hacer algo bien) Que el SISTEMA está podrido, no hay duda, que hay una rampante corrupción y una lacerante impunidad tampoco, pero al final del día todos ESOS políticos son también mexicanos… tristemente aquí no hay más a quien echarle la culpa, ni nadie más nos va a salvaría no somos nosotros mismos. Un abrazo

  5. Lena:
    Suscribo tus ideas. El brete es inmenso: ni hacemos ni no hacemos (me refiero a la población). Y los que hacen, fuera del gobierno, lo hacen mal: robos, violencia ( y no me refiero al narcotráfico). Pienso: ¿cuánto falta para que explote lo que Thoreau denominaba Desobediencia Civil?).
    Dr nuevo, gracias,
    Arnoldo

  6. Me llegó mucho esta lectura. En Monterrey no cantamos mal las rancheras, con solo moverse unos cuantos kilometros, aún unos metros, se puede percibir las diferencias tan profundas entre nosotros.
    Claro, algunos prefieren no ver el mundo que no es bello ni perfecto como ellos quieren y levantan muros para no verlo.

    Saludos desde Nuevo León.

  7. Gracias Carlos, gracias por tu amable comentario. Pues si, más fácil no ver, mejor no enterarse. A mí, no soy dramático, me agobia mucho el futuro del país, no hay a quien, dentro de la camada política, a quien admirar.
    Saludos,
    Arnoldo

  8. Tu artículo es muy lúcido y muy incómodo, Arnoldo.
    Comparto un poco mi pasado con el tuyo, soy hijo de migrantes españoles llegados después de la
    guerra. Vivo en Oaxaca, una de las regiones más agraviadas de nuestro país. Dos cuchillos destazan a nuestra població: los gobiernos infames de todos los partidos y los sindicatos impresentables como la cente sección 22 que condenasn a nuestros niños a la ignorancia y a la miseria. Oaxaca mágica y trágica donde el presente y el futuro son sombríos.
    Trabajo en la iglesia progresista, intentando un poco despertar conciencias en las comunidades indígenas, aunque a veces siento que es una gota de agua en un desierto… saludos

    • Gracias Ignacio, y gracias por lo que dices, “muy lúcido y muy incómodo”, y más si proviene de alguien que comparte el exilio de los padres y trabaja en la Iglesia progresista. Oaxaca, como dices, bella y dolorosa, Me impresiona más el hambre y el dolor que la belleza. Duele preguntar, ¿tienen futuro los indígenas pobres de nuestro país? Me respondo, no, no lo tienen. Los políticos los han condenado antes de nacer.
      Abrazo,
      Arnoldo