Querida Vivianne:

Como todos los años, te escribo para desearte un feliz 2018. Tal vez te acuerdes que, en 1987 —para el décimo aniversario de nexos— publiqué una carta imaginaria dirigida a ti suponiendo que era el último año del milenio. En esa carta describí, con deliberada ironía, a un México próspero que disfrutaba del éxito económico desencadenado por las políticas neoliberales de los años ochenta (de las cuales, como recordarás, yo era muy crítica). Hoy también te escribo con reflexiones sobre México, pero sin ironía.

Como sabes, después del cuestionado triunfo electoral de Carlos Salinas de Gortari que nunca se pudo confirmar (recordarás que las boletas se quemaron en un incendio algunos años después…), en 1989 nos fuimos a vivir a la ciudad de Washington. Allí seguí de cerca la significativa transformación de la relación bilateral con los Estados Unidos cuya muestra sobresaliente fue la firma del TLCAN. Creí con firmeza en la modernización de México y, ya como investigadora en Brookings, escribí un libro sobre su economía de tono optimista y esperanzador.1 Sin embargo, poco duró el optimismo. En 1995, México enfrentó una fuerte crisis cambiaria y financiera y, para no caer en un pozo sin fondo, tuvo que aceptar las condiciones del —si bien efectivo— un tanto humillante rescate encabezado por los Estados Unidos. Con semejante desenlace, me vi obligada a escribir una segunda edición del libro.

Ilustración: Belén García Monroy

Recuperé mi optimismo con el lanzamiento de Progresa en 1997. Como encargada del área de combate a la pobreza del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), al igual que muchos otros, me ocupé de difundir las virtudes de un programa innovador de transferencias condicionadas para reducir la pobreza extrema (en el BID los llamábamos programas focalizados de desarrollo humano, nombre que prefiero). Progresa pronto se volvió un modelo, no sólo para América Latina, sino para muchos países de otras regiones del mundo.

A finales del milenio, parecía que México nuevamente retomaba su ruta promisoria. La crisis económica de 1995 había quedado atrás, la pobreza iba francamente a la baja y —desafiando las tendencias mundiales— la distribución del ingreso se había vuelto menos desigual. Además, con el triunfo del PAN en las elecciones presidenciales del año 2000, por primera vez en 70 años se produjo la alternancia en el poder y la democracia parecía consolidarse.

Lamentablemente, fuerzas contrarias han conspirado contra la promesa de un México próspero y democrático. La más terrible ha sido la proliferación de la violencia y la metástasis de las redes del narcotráfico. Incluso nos tocó de cerca con el asesinato vil de una sobrina política de veintinueve años y su esposo en Chihuahua, crimen que tuvo lugar en el restaurante que habían puesto hacía poco. Por varios años, las navidades en Torreón —que como sabes es donde vive la familia de Antonio— estuvieron marcadas por una sombra de miedo. La ciudad que yo siempre había conocido por su ritmo apacible y cielos muy azules, se había vuelto peligrosa y mucho.

La otra decepción ha sido el pobre desempeño en el frente económico. ¿Por qué no crece México? ¿Por qué no pudo aprovechar la mayor integración con una economía líder para dar un salto tecnológico y propiciar efectos multiplicados en todo el territorio? Algunos argumentan que la mediocridad del crecimiento económico es consecuencia de no haber culminado las reformas hacia una economía de mercado. Otros argumentan casi lo opuesto. Algunos enfatizan la competencia de una China por primera vez partícipe del comercio internacional. Para mí, sinceramente, sigue siendo un enigma.

En el frente social, también ha habido desilusión. En particular, a mí me decepciona observar que la incidencia de la pobreza extrema ha estado aumentando desde 2004 y la incidencia de la pobreza moderada en años recientes ha sido la misma que la registrada en 1994. Es más, México es uno de los muy pocos países de América Latina donde la desigualdad dejó de caer a partir de mediados de la década pasada y —dependiendo de la fuente utilizada— parece que más bien ha estado aumentando.

Para rematar las malas noticias, con Trump en la presidencia de los Estados Unidos, se han propagado en altavoz los insultos, vilipendios e injurias. A la retórica ofensiva acompañan las razias de indocumentados y las amenazas del muro fronterizo y la cancelación del TLCAN. México ha quedado otra vez demasiado cerca de un Estados Unidos redobladamente odioso, agresivo e irrespetuoso. Desde luego y por fortuna no todos son odiosos y agresivos hacia México en el país en que he elegido vivir —y mucho menos en Nueva Orleans y Washington, las ciudades en que paso mi tiempo. Pero sí, lamentablemente, demasiados y —por ahora— suficientes lo son.

En fin, Vivianne, qué te puedo decir: no soy optimista sobre la situación actual de México, pero —fiel a mi persona— no pierdo las esperanzas.

Un abrazo,

Nora.

Buenos Aires, noviembre 20, 2017.

 

Nora Lustig
Es Samuel Z. Stone Professor of Latin American Economics y directora del Instituto Compromiso con la Equidad en Tulane University, Nueva Orleans. Su último libro es Commitment to Equity Handbook. Estimating the Impact of Fiscal Policy on Inequality and Poverty. Brookings Institution Press, 2018 (avance en línea disponible en http://www.commitmentoequity.org/publications-ceq-handbook/).


1 Mexico. The Remaking of an Economy, Brookings, 1992; traducido por el Fondo de Cultura Económica.

 

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