Quien afirme que sabe cómo será México el día de mañana se equivocará. Nadie conoce ni puede conocer el futuro. En todo caso lo que podemos hacer son proyecciones… que acabarán por no cumplirse. El siguiente entonces es un ejercicio de la imaginación sin imaginación. Más un rosario de buenas intenciones que un ejercicio de “prospectiva”. Contra las visiones apocalípticas, creo que deberíamos tratar de distinguir entre aquello que debemos preservar, lo que hay que reformar y lo que debemos intentar desterrar. Y la idea es que si no lo hacemos, el futuro será peor que el presente.

Quisiera que en el futuro México siguiera realizando elecciones periódicas, con un sistema de partidos arraigados y representativos, motor de fenómenos de alternancia, de vigilancia mutua, de congresos en los cuales cristaliza la diversidad, con gobernadores que tienen que convivir con presidentes municipales de formaciones políticas distintas y con un presidente que lo hace con gobernadores de diferentes colores; todo ello junto a una expansión y fortalecimiento de las libertades. Un país en el que su pluralidad política pueda expresarse, recrearse, convivir y competir de manera pacífica e institucional. Todo eso se construyó hace poco. Existe, aunque con marcadas deficiencias. Hay que preservarlo por lo menos.


Ilustración: Ricardo Figueroa

Sería bueno transitar a un régimen parlamentario porque ofrece un cauce más productivo a la pluralidad política equilibrada que habita en los cuerpos legislativos; los partidos (existentes o los que se construyan) deberían tener mejores puentes de comunicación con los representados, elevar el nivel del debate y esmerarse en la dimensión pedagógica de la política para hacerla inteligible. Y algo similar deberían hacer los medios: trascender la cómoda inercia y explicar las complejidades y virtudes del régimen democrático. En fin… hay muchas cosas que reformar.

Pero lo que el país ha construido en términos de convivencia política se está erosionando por cuatro fenómenos (por lo menos) que si no se atienden pueden acabar por hacer más brutal nuestra vida en común.

La corrupción es el veneno que no sólo desvía recursos públicos a cuentas privadas sino que deteriora hasta casi aniquilar la confianza en las instituciones públicas. Es el disolvente más poderoso de la certidumbre y aunque no es exclusiva del “sector público”, ya que en la mayoría de los casos se encuentran involucradas empresas privadas, su multiplicación hace que la imagen de las instituciones públicas sea la de un resumidero de podredumbre. No sé —lo he escrito antes— si la corrupción actual sea superior a la del pasado pero sin duda hoy tiene una mayor visibilidad pública, fruto del proceso democratizador, y una mucha menor tolerancia social. De tal suerte que si esas dos palancas se activan eventualmente podremos derrotarla y si no por lo menos sancionarla de manera sistemática.

La espiral de violencia e inseguridad es otro de los fenómenos que estamos obligados a desterrar. Esa ola de asesinatos, secuestros, desaparecidos, familias quebradas y zonas invivibles, no sólo ha afectado a miles de ciudadanos, sino que incluso aquellos que no han sido tocados por la bestialidad, viven con la sombra de la violencia instalada. El miedo, la zozobra, acompañan la existencia de millones de mexicanos y eso hace turbia la vida.

Corrupción y violencia están a la vista y reciben —y que bueno que así sea— una atención relevante; ya nadie puede colocarlas abajo del tapete. Pero dos fallas mayores y que reciben escasa atención pública se encuentran en los cimientos de nuestra vida en común, haciéndola tensa y polarizada: el déficit de crecimiento económico y las ancestrales desigualdades.

La economía no crece como debiera y eso significa que millones de jóvenes que se incorporan al mercado laboral no encuentran las oportunidades para un trabajo digno. Lo que crece es la informalidad, el desencanto, el malestar. México vive una paradoja terrible. A lo largo de varias décadas la economía mexicana creció a tasas nada despreciables, y aunque sus frutos jamás se distribuyeron de manera equilibrada, de todas formas los hijos tendían a vivir mejor que sus padres. Ese fue (creo) uno de los lubricantes del consenso pasivo con el régimen autoritario. Por desgracia, la transición democrática y los primeros años de nuestra germinal democracia, han estado acompañados de un minúsculo crecimiento y graves crisis económicas, que han hecho que la expectativa de muchas familias sea exactamente la contraria; y eso es un combustible más que legítimo del malestar social.

Y si a ello le agregamos las desigualdades que escinden al país y que impiden la construcción de lo que la CEPAL llama cohesión social, quizá podamos entender mejor el porqué de las resistencias y conflictos que marcan nuestra vida en común. De tal suerte que si lo anterior no anda demasiado errado, las tareas para un eventual futuro mejor están a la vista: freno a la corrupción y a la violencia, crecimiento económico con equidad.

 

José Woldenberg
Escritor y ensayista. Su más reciente libro es Cartas a una joven desencantada con la democracia.