Como la historia larga lo muestra, Estados Unidos —en cada época de su turbulenta y breve trayectoria como nación de inmigrantes voluntarios o involuntarios o forzados— ha tenido la fortuna y el destino de compartir una extensa y porosa frontera con un territorio grande y un pueblo antiguo, muy antiguo, y además de tener a ese pueblo adentro de su ser, su geografía, su cultura y su toponimia, desde El Paso, San Diego y Nuevo México hasta Los Ángeles, San Francisco, Palo Alto y más allá.

Desde lo profundo en el tiempo, el espacio y la historia de este país que se llama México, cuya civilización se funde y confunde con la de Mesoamérica entera y con buena parte de la de Estados Unidos, también es posible ver —y está todavía por verse— la magnitud del desatino en el proyecto del muro que pretende alzar en la frontera Donald Trump, este gobernante de la decadencia de un imperio hoy desafiado —como ayer el británico— por otros mundos muy antiguos hoy poderosos: China, Rusia, India, los cuales, como si fuera por ley de gravedad, basculan perceptible e imperceptiblemente hacia nuevos horizontes planetarios venideros.


Ilustración: Oldemar González

¿Qué ha sido de la hegemonía militar de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (la North American Treaty Organization)?; ¿qué del predominio, la centralidad —o el nombre que se le quiera dar— de este océano Atlántico cuya suerte vive, desde la segunda mitad del siglo XX, un corrimiento hacia un destino similar al del Mar Mediterráneo, aquel que una vez fue el centro focal de la cultura, el comercio, los conflictos, las riquezas del Mundo Antiguo, hasta la irrupción de América, el Nuevo Continente? ¿Qué está siendo ahora de todos ellos cuando China, esa potencia de mil trescientos millones de habitantes, está volviendo a construir, eterno retorno, la Ruta de la Seda? ¿Y entonces qué?

Entonces el Presidente de Estados Unidos, desde las alturas de su Torre Trump en la Quinta Avenida de Nueva York, decide construir no una ruta sino un muro —a Big, Beautiful Wall, dijo— para encerrar a su país y protegerlo de la contaminación con esta nuestra antigua civilización mexicana, que pervive no sólo en sus espléndidas y bien conservadas construcciones sino también —y sobre todo— en las costumbres, los idiomas, los tejidos, las comidas, los modos de vivir, de conocer, de amarse, de indignarse o de despedirse en estos pueblos.

En una gran nación por territorio, industria, cultura y conocimientos científicos como lo es Estados Unidos, el lema “Make America Great Again” suena falso y demagógico. Sólo tiene explicación en la mentalidad de una dirección política inculta, violenta, nutrida en el rencor de franjas de población —ricos y pobres— marginalizadas por los vertiginosos desplazamientos del poder, los conocimientos y las riquezas en el mundo del siglo XXI.

Que en este tiempo el gobierno de Estados Unidos quiera construir en su frontera sur un gran muro, émulo del Muro de Berlín alzado por el régimen estalinista en agosto de 1961 y derribado en noviembre de 1989 por los berlineses de ambos lados de la ciudad, es indicio inequívoco de la agresividad hacia México y su pueblo, de una dirección política encaramada en Washington D.C. por los azares de un sistema electoral obsoleto y por la realidad de profundos desplazamientos en los equilibrios mundiales de poder y conocimientos entre las clases y las naciones.

La condescendencia con que ha sido recibida desde Los Pinos esta ofensa a la nación es asombrosa. Un Muro de Berlín, aquel armatoste inútil de 160 kilómetros de extensión, símbolo de un fin de época que no tardó en precipitarse, ahora lo tendríamos en la acera de enfrente de nuestra casa, mientras el presidente Donald Trump asegura que México pagará esta muralla decidida, proyectada y construida por el gobierno de Estados Unidos en su propio territorio.

¿Tiene esto algún sentido para México? La Secretaría de Relaciones Exteriores nos debe una información y una explicación.

El 8 de noviembre pasado The New York Times publicó una documentada investigación llevada a cabo por una reportera y tres reporteros: “Ocho maneras de construir un muro fronterizo”. Así inicia:

“San Diego —Nítidamente alzados en una sola fila están ocho grandes paneles en un breve terreno árido y mugroso, situado apenas a unos pocos cientos de metros de la línea fronteriza de San Diego con México. Develados a fines de octubre, estos son los prototipos del muro fronterizo que el presidente Trump prometió levantar en la frontera sur. Estos prototipos muestran claramente que un muro fronterizo no es cuestión simple. Puede variar considerablemente en material, dimensión y costo”.

Una fotografía panorámica en color muestra los ocho trozos de muro y sus varios diseños, con una amplia vista de Tijuana al fondo. En sus diversos colores: cafés, azules, grises, los ocho se ven igualmente toscos, agresivos y hostiles.

“Todos los expertos y arquitectos a quienes entrevistamos estuvieron de acuerdo en un punto: hallar un diseño que sea aplicable a todo lo largo de la frontera será sumamente difícil, sino imposible. Y muchos advierten que un muro semejante tal vez nunca se alce”, anotan los reporteros. Los técnicos estiman que este muro deberá extenderse a lo largo de unas 1,900 millas fronterizas y, según informes internos del Department of Homeland Security, su costo puede calcularse en unos 21.6 miles de millones de dólares.

Una opinión de los enviados de The New York Times cierra el artículo: “Tal vez ninguno de estos muros tenga futuro. Y como están ubicados en un remoto sector industrial, cercano a la frontera, es difícil que se conviertan en atracciones panorámicas a lo largo de las carreteras. Por el momento aparecen, aunque más no sea, como emblemas de las ambiciones del actual gobierno”.

El proyectado Muro de los Estados Unidos de América en la frontera con los Estados Unidos Mexicanos es un episodio significativo de la epopeya oscurantista que, ocaso y tiniebla, se alza y se difunde hoy desde la Casa Blanca y el Pentágono. Aquí nomás, al ladito.

Como otras veces en la historia larga del Norte mexicano este pueblo antiguo, muy antiguo, en su territorio grande, muy grande, podrá hallar los modos y los medios para que ese nuevo Muro de la Infamia, como una vez se llamó al de Berlín, se convierta en lugar de paso —Paso del Norte— y curiosidad turística.

Da pena, eso sí, que por ahora sea tan feo.

Ciudad de México, 20 noviembre 2017.
Día de la Revolución que vino del Norte.

 

Adolfo Gilly
Historiador. Profesor Emérito de la UNAM. Libros recientes: Cada quien morirá por su lado. Una historia militar de la Decena Trágica y El tiempo del despojo. Siete ensayos sobre un cambio de época (en coautoría con Rhina Roux).