A principios de los años ochenta numerosas comunidades campesinas, en el departamento de Ayacucho, decidieron hacer frente a Sendero Luminoso. Luchaban “en nombre del gobierno” y “para ayudar al presidente”. El 21 de enero de 1983 una ronda campesina mató a siete senderistas en el departamento de Huanta: la clase política limeña lo festejó con entusiasmo, como una muestra de patriotismo. Seis días más tarde, a unos pocos kilómetros, ocho periodistas que iban a contar aquella historia fueron asesinados por los vecinos comuneros de Uchuraccay. Algo no iba bien.

El gobierno de Fernando Belaúnde se apresuró a enviar una comisión de investigación, encabezada por Mario Vargas Llosa. Los comuneros no trataron de rehuir su responsabilidad en ningún momento. Al contrario, afirmaron directa, abiertamente que habían asesinado a los periodistas. Eso sí, una y otra vez repitieron todos: “somos gente ignorante”. Así lo entendió la comisión. Así lo entendió Vargas Llosa: “Creen por su tradición, por su cultura… que en esta lucha por la supervivencia todo vale y que se trata de matar primero o de morir”. Y se preguntaba, con énfasis dramático, si los comuneros podían hacer los distingos morales, jurídicos, entre el bien y el mal que implica el linchamiento, es decir, si sabían —arcaicos, primitivos y elementales como eran— si sabían que estaban haciendo mal. Y no, no sabían. En la situación de incertidumbre en que vivían, amenazados, habían confundido a los periodistas con una partida de Sendero Luminoso. Poco después el general Noel sugirió que seguramente habían confundido las cámaras de los periodistas con armas de alto poder. Gente ignorante. O sea, que todo había sido una confusión.


Ilustración: Estelí Meza

Se dijo también que podían haber pensado que fuesen pishtacos, que rondan las comunidades y secuestran y asesinan a la gente, porque necesitan la grasa humana como combustible para naves espaciales. Se dijo que todo podía haber sido una operación del ejército, cubierta con la falsa confesión de los campesinos. Tiempo después aparecieron las cámaras de uno de los periodistas, y fotografías de los comuneros hablando con ellos.

Pero lo más interesante no es lo que se sabe, sino lo que no se sabe. El mismo día, como parte del mismo grupo, desaparecieron dos campesinos que servían de guías a los periodistas: Juan Argumedo y Severino Morales. Los uchiraccaínos dijeron que no sabían nada de ellos: “no lo reconocemos a ese Argumedo”. Y en eso quedó todo. Nunca se encontraron sus cuerpos.

Juan Argumedo era un comunero de Cachabamba, en el valle, donde tradicionalmente se menospreciaba a los iquichanos de la puna, y donde Sendero Luminoso tenía mucha más presencia. No era un extraño en el pueblo. Su madre solía estar en Uchuraccay los días de mercado, era madrina precisamente de la madre de Silvio Chávez Soto, que había dirigido la matanza. El otro, Severino Morales, era de Uchuraccay, quedaron allí su viuda, Saturnina Figueroa, y sus cuatro hijos —de él no sabía nada la comisión. Nadie lo mencionó.

Silvio Chávez Soto y Severino Morales Ccente habían sido líderes de los movimientos campesinos que acompañaron la reforma agraria del general Velasco Alvarado, en los años setenta, en Uchuraccay. Desde entonces se habían enredado en una larga serie de pleitos, denuncias. En la fiesta del Espíritu Santo de 1980 los parientes de Chávez habían asaltado la casa de los Morales, según se denunció ante la policía. Meses después, la familia de Morales había agredido a la esposa de Chávez, y la había amenazado de muerte —también lo registró la policía. Y entre una cosa y otra, acusaciones de abigeato, invasiones, robos, fraude en la adjudicación de las tierras repartidas. Largos juicios sin solución posible, una enemistad que terminó por envolver a toda la comunidad, que a fuerza de amenazas se vio obligada a alinearse con unos o con otros —incluidas las autoridades tradicionales.

Cuando llegó Sendero Luminoso a la puna de Huanta se encontró con una densa trama de conflictos comunales, viejas enemistades, resentimientos. La rivalidad entre la parte baja y la montaña, la estela de pleitos que dejó atrás la reforma agraria, historias de familia. Cuando reclutó a Juan Argumedo se puso en contra de Uchuraccay, cuando reclutó a Severino Morales escogió uno de los bandos de la comunidad. Y unos y otros usaron a Sendero, el miedo a Sendero, la presencia de Sendero, para elaborar los conflictos locales.

Visto desde Lima, lo que había en Ayacucho era la guerra contra Sendero Luminoso, y los comuneros eran un apéndice. Visto desde la dirigencia de Sendero, lo que había era la guerra popular, y los comuneros eran cómplices ignorantes del Estado. En Uchuraccay, era otra cosa: la lucha contra Sendero era el modo de significar los pleitos de siempre.

En los años siguientes la guerrilla asesinó a un tercio de los uchuraccaínos: 135 víctimas, en una población de 470 habitantes. Los supervivientes abandonaron Uchuraccay, y vivieron 10 años en el exilio.

 

Fernando Escalante Gonzalbo
Profesor en El Colegio de México. Su más reciente libro es Historia mínima del neoliberalismo.