En su Sistema de Lógica John Stuart Mill se quejaba: “los males de España emanan tanto de la ausencia de nacionalidad entre los españoles, así como de su presencia en relación con los extranjeros”. Cualquier lector del diario que se supone es el estándar en lengua castellana, El País, podría estar de acuerdo con Mill. El sesgo en contra del independentismo catalán en ese periódico, que se suponía el modelo de periodismo moderno y profesional, es escandaloso. En una discusión que parece estar dominada por los demonios del nacionalismo conviene pensar la situación con cierta perspectiva. A ello ayuda el  extraordinario libro del historiador de Berkeley Peter Sahlins, Boundaries. The Making of France and Spain in the Pyrenees, publicado a finales de los ochenta. Sahlins estudia una pequeña región fronteriza entre Francia y España: la Cerdaña, uno de los condados adyacentes al principado de Cataluña. Los habitantes de la Cerdaña eran catalanes. En 1659 Francia y España firmaron el Tratado de los Pirineos, mediante el cual la Cerdaña quedó dividida entre ambos países. No es difícil comprender el interés del historiador en este caso: la evolución de las Cerdañas, la francesa y la española, permite aislar y estudiar los procesos de construcción nacional que tuvieron lugar en Francia y España a lo largo de más de cuatro siglos. Los muy diferentes caminos que han seguido estas dos regiones, una vez unidas, hacen luz sobre el predicamento independentista catalán actual. No hay fatalidad ni persistencia inevitable de la nación, como argumentan los catalanes nacionalistas. La Cerdaña francesa es la prueba de ello. Al paso de los siglos acabaron por identificarse a sí mismos como franceses catalanes. Eso es impensable para los que se quedaron en el lado español y que hoy son parte de Cataluña. Ahí es un contrasentido concebirse como españoles catalanes, porque mientras que para los primeros la nación es Francia, para los segundos lo es Cataluña. ¿Cómo pasó esto? No hay ningún misterio esencial. Después de la revolución el Estado francés lanzó una política coherente de construcción nacional, mientras que España fue incapaz de hacer algo similar. Esa política consistió en la construcción de caminos y líneas férreas, servicio militar y educación primaria universal obligatoria. Fue así como campesinos se convirtieron en franceses. La historia ha sido contada por Eugene Weber.


Ilustración: Belén García Monroy

Los derroteros políticos y económicos no podrían haber sido más distintos. Mientras que la Cerdaña francesa fue económicamente asimilada, y culturalmente incorporada, a Francia, la española tomó parte en el subdesarrollo estructural español y acabó en la empresa del nacionalismo catalán. Esa empresa ha tenido escaso eco en los condados catalanes incorporados a Francia. El catalanismo político francés existe, pero nunca ha sido significativo. De manera similar, aunque la Cerdaña francesa ha visto también resurgimientos de la lengua catalana, éstos no han adquirido un cariz político, a diferencia de lo ocurrido en Cataluña. El surgimiento y crecimiento del nacionalismo catalán ha estado confinado básicamente al lado español de la frontera.

Sin embargo, reconoce Sahlins, la historia es más compleja. No todo se trató de escuelas y caminos. La identidad de los catalanes a ambos lados de la frontera fue moldeada críticamente por los conflictos entre comunidades locales. Los Estados nación, Francia y España, fueron utilizados por las elites en estas disputas. Las identidades nacionales, que al principio fueron un disfraz para perseguir objetivos muy concretos, acabaron por adherirse a la piel de los actores. Los éxitos y fracasos de Francia y España son palpables en la Cerdaña. El Estado francés comprendió que la identidad era una función de los intereses locales. Así, creó instrumentalmente vínculos de lealtad e identidad satisfaciendo las necesidades materiales de sus ciudadanos. Pudo hacerlo, es cierto, porque fue mucho más fuerte que el español. Poco hay aquí de la épica nacionalista que se arroba con banderas. La identidad nacional no es el llamado primigenio de un ente colectivo dador de significado. Por el contrario, lo que destaca en este caso histórico concreto es el uso estratégico de la identidad nacional por parte de los habitantes de la Cerdaña. Para asegurar sus intereses locales la gente buscó la nacionalidad que mejor le sirviera. En ese proceso nacionalizaron sus intereses políticos y económicos así como sus identidades locales. Ese es el Procés que históricamente importa. Como señala Sahlins, la lengua catalana le podía servir, y de hecho le sirvió a la sociedad local, “como un lenguaje de resistencia al Estado. Pero contrario a lo que nos haría pensar el siglo XIX, no había una relación necesaria entre lengua e identidad… la creación y la expresión de las identidades nacionales dependió menos del lenguaje que de la afirmación de las fronteras locales y nacionales”.

Las afirmaciones de orgullo nacional son tan cuestionables como cualquier otra. Más que celebrarlas, respetarlas o combatirlas es necesario entender cuál es su origen; cómo fueron construidas, por qué a veces tienen éxito y por qué a menudo fracasan. Y esto no puede hacerse desde la tribuna del sentimiento, sino sólo desde la atalaya del escepticismo.

 

José Antonio Aguilar Rivera
Investigador del CIDE. Autor de La geometría y el mito. Un ensayo sobre la libertad y el liberalismo en México, 1821-1970 y Cartas mexicanas de Alexis de Tocqueville, entre otros títulos.