¿Qué se debe hacer frente al autoritarismo trumpista? ¿Es posible comparar esta pregunta y sus respuestas con aquellas planteadas a partir del totalitarismo de Hitler y Mussolini?

La historia del fascismo es, a fin de cuentas, la historia de su derrota. Pero la destrucción del fascismo sólo ocurrió luego de consumadas sus más trágicas consecuencias. La derrota no sólo fue el resultado de la pasión fascista de apostarlo todo a la opción bélica sino también de la resistencia a nivel popular e interestatal. Para decirlo claramente, el fascismo no cayó por sus excesos ni por sus errores de estrategia política. Fue resistido y, eventualmente, vencido por el antifascismo. Esta lección histórica parece ser dejada de lado en el momento actual. Sin embargo, la historia de la resistencia democrática al fascismo nos da pautas para pensar el presente.

Luego del asesinato nazi de Charlottesville en el estado sureño de Virginia y las equívocas declaraciones del presidente Trump acerca de la violencia racista, pocos ciudadanos americanos pueden creer que el trumpismo en el poder sea una experiencia presidencial como cualquier otra. Lo mismo se puede decir de lo que piensan la mayoría de los latinoamericanos. Particularmente, el populismo americano en el poder ha generado en igual medida ansiedad y análisis histórico dentro y fuera de Estados Unidos. La pregunta ha sido cuánto autoritarismo puede soportar la democracia americana sin convertirse en algo muy diferente, como una dictadura. Expertos han explorado las políticas de Trump así como la minucia de sus tuits y las disputas internas en la Casa Blanca, pero casi ningún análisis se ha dedicado a las maneras históricamente exitosas de resistir un populismo autoritario como el de Trump.


Ilustración: Víctor Solís

Estudios recientes muestran que gobiernos fascistas1 y populistas2 prevalecieron cuando pudieron combinar medidas autoritarias con demagogia y consenso, pero también lo hicieron cuando la oposición estuvo dividida y la población se inclinó hacia la apatía y la desconexión política. El mismo Trump ha promovido estas divisiones entre sus opositores al querer asignar la culpa igualmente a la violencia nazi y al movimiento Antifa. Otros hicieron lo mismo tratando de equiparar el fascismo y antifascismo como formas de totalitarismo. Aunque esto no pueda parecer sorprendente, la pregunta hoy es hasta qué punto la resistencia a dichos gobiernos requiere que las estructuras y coaliciones de los partidos políticos, las organizaciones de trabajadores, así como otros grupos organizados, coordinen sus esfuerzos. Al respecto, la historia nos ofrece ejemplos importantes, sugiriendo que la protesta sin un marco político puede ser menos efectiva.

Desde la década de los treinta el encumbramiento del fascismo, sus ataques globales contra la democracia y sus desastrosas aventuras militares inspiraron mucha discusión entre liberales y socialistas. Los debates sobre los orígenes del fascismo continuaron por años y aún siguen vivos. No existe, sin embargo, una explicación simple de por qué emergió el fascismo y súbitamente reconfiguró el panorama político global. En Alemania, en pocos días, Hitler promulgó decretos de discriminación extrema, abolió los derechos civiles de las minorías y eventualmente fue capaz de operar el cierre del Parlamento. En el caso del fascismo italiano, luego que la oposición se retirara simbólicamente en protesta por el asesinato de un líder de la oposición, Mussolini estableció rápidamente una dictadura fascista. Aunque no es posible identificar un factor específico que pueda dar cuenta del origen de la supremacía racista blanca, el neonazismo y el populismo de extrema derecha en los Estados Unidos y Europa en años recientes, existe un consenso en aumento entre historiadores y científicos sociales que identifican en el enfoque político de Trump lenguaje, objetivos políticos y referencias directas a la genealogía fascista del populismo.3 La continuidad es clara. Fue después de 1945 que el populismo reformuló al fascismo en términos de una nueva forma de democracia autoritaria y antiliberal.4 El “blitzkrieg” de decretos que en los primeros días de la administración Trump rompió con décadas de políticas previas es un buen ejemplo de lo similar que es la postura del presidente Trump a la de sus predecesores populistas tales como los presidentes Getulio Vargas en Brasil y Juan Perón en Argentina. Los intentos sistemáticos para restringir el derecho del voto de las minorías norteamericanas, adoptados por el Partido Republicano aún antes de la llegada de Trump, pero ahora hechos oficiales mediante una comisión presidencial, muestran cómo ese activismo se dirige a restringir los derechos políticos. Ahora el presidente Nicolás Maduro de Venezuela se presenta como el alter ego latinoamericano de Trump, cancelando cualquier posibilidad de que Venezuela continúe siendo una democracia. El ejemplo de Maduro que convirtió una democracia populista en una incipiente dictadura es claramente una advertencia para el resto del mundo y en particular para los Estados Unidos. Si bien el populismo, en general, evita la dictadura, tanto Maduro como el racismo trumpista acercan de nuevo el populismo al fascismo.

En este contexto es importante recordar que los intentos de explicar el fascismo en la primera mitad del siglo XX no fueron ejercicios intelectuales aislados sino más bien parte de un esfuerzo colectivo por entender el fascismo y poder derrotarlo. Lo mismo se aplica a los intentos de explicar el populismo en los años de la posguerra. En particular, los intérpretes contemporáneos del fascismo querían saber cómo y por qué las formas míticas y emocionales de las políticas de masas, los discursos y la espectacularidad convencían a la población de seguir dichas ideologías sin considerar alternativas más racionales o pragmáticas disponibles en esos momentos.

Aquí la historia ofrece una pista para pensar el presente. De hecho, estudios históricos recientes5 muestran la eficacia de las coaliciones antifascistas de diverso color ideológico para derrotar al fascismo y crear nuevos contextos democráticos en varios países. Sin embargo, esto tomó mucho tiempo y los esfuerzos de las coaliciones en contra del fascismo fueron siempre socavados por la demonización o patologización del otro (comunistas contra socialistas, liberales contra conservadores, liberales contra demócratas más conservadores).

Durante los años entre las guerras la mayoría de los partidos de izquierda y otras organizaciones antifascistas abrazaron la estrategia del frente popular, estableciendo colaboraciones en áreas electorales, militares y de trabajo más allá de las divisiones ideológicas. Dicha estrategia tuvo éxito en algunos frentes: permitió que partidos comunistas ingresaran al terreno político, influenciando políticas sociales en países como México, Chile, Francia y España. En los Estados Unidos el new deal o nuevo acuerdo de Franklin Delano Roosevelt incorporó fuerzas y reclamos históricos de la izquierda. Los frentes populares permitieron que los sindicatos, con el apoyo de gobiernos, negociaran mejoras salariales y condiciones de trabajo. Como consecuencia, dicha estrategia detuvo el avance del fascismo en esos países donde no había logrado llegar al poder como en Alemania e Italia. En contraste, en Alemania, las demostraciones masivas de la clase trabajadora que en 1933 habían intentado prevenir el nombramiento de Hitler como canciller no pudieron alterar el curso del fragmentado panorama político de la frágil República de Weimar, o lograr la creación de una coalición parlamentaria que pudiera detener el crecimiento del nazismo. En Italia la izquierda abandonó en 1924 la política parlamentaria facilitando así la construcción de un marco institucional fascista y la represión dictatorial de Mussolini. En otros lugares la izquierda aprendió de estos errores de apreciación. Esto fue así tanto en tiempo de elecciones como en las batallas de las ideas. Cuando el antifascismo se pensó a sí mismo como una barrera a la expansión global de estos regímenes las estrategias de sus frentes populares emergieron como una inspiración exitosa para películas, literatura, teatro y artes visuales. El Guernica de Picasso, creado en 1937, fue tanto un trabajo revolucionario de arte público como una forma de periodismo, denunciando el bombardeo fascista de una ciudad española, y se convirtió en un icono que movilizó una vasta audiencia a lo largo de Europa y las Américas. Paradójicamente, fue el fracaso de la izquierda en formar una coalición fuerte en la España republicana antes de 1936 lo que abrió el camino para la victoria de Franco.

Los frentes populares no han sido siempre exitosos (como en el caso de Argentina en contra del régimen populista de Perón después de 1945) y han sido criticados tanto por la izquierda como la derecha. Las victorias de los comunistas parecieron tener poca vida una vez que el pacto de no agresión entre Molotov-Ribbentrop en 1939 cambió la estrategia de la Unión Soviética hacia Alemania, y el estalinismo forzó a los partidos comunistas a regresar a las estrategias sectarias que habían adoptado antes del periodo del frente popular. Así, para ellos el verdadero enemigo era la socialdemocracia y no el fascismo. El anticomunismo también empujó hacia los márgenes de la vida política a muchos de los actores que habían adoptado las políticas del frente popular y el antifascismo. Hollywood es el mejor ejemplo de este caso, comenzando con Charlie Chaplin, pero incluyendo muchos otros trabajadores de la industria que fueron cada vez más excluidos y perseguidos por el macartismo.

Después de 1945 los ideales del frente popular fueron reemplazados por la nueva geopolítica de la Guerra Fría. En Europa Occidental una vez que el fascismo había desaparecido del mapa, el liberalismo no se preocupó demasiado por acercarse a sus antiguos aliados de la izquierda. Algo semejante ocurrió en el bloque del Este. Los recuerdos del antifascismo se convirtieron en mitos del pasado que ya no eran útiles en la política del presente. En América latina el populismo reemplazó al fascismo como antiguo enemigo de los liberales y la izquierda, pero en lugar de oponerse a ellos en términos democráticos los viejos antifascistas apoyaron a menudo a gobiernos autoritarios y golpes militares. En este sentido, se pueden recordar los elogios del antiguo antifascista Jorge Luis Borges a las dictaduras más sanguinarias del Cono Sur y la tolerancia del Partido Comunista argentino hacia la junta militar de 1976 mientras ésta beneficiara a la Unión Soviética, y más recientemente el apoyo de la oposición venezolana al golpe contra Chávez en 2002.

Un resultado de estas políticas de olvido con respecto al significado real de las estrategias de frente popular ha sido que sus dimensiones más emancipatorias y antirracistas se perdieron en las principales corrientes políticas. Sin embargo, sobrevivieron de manera marginal en la tradición de varios grupos de izquierda. En España, durante la transición a la democracia luego de la muerte de Franco en 1975, la participación en la resistencia contra la Falange y el fascismo europeo fue una fuente de legitimidad para los comunistas y antiguos anarquistas que se reintegraban al Estado. En América latina el éxito de la revolución y el socialismo en Cuba después de 1959 le dio un nuevo significado antiimperialista a las movilizaciones de izquierda, aunque la participación de latinoamericanos de izquierda en la guerra civil española (Cuba en sí misma es un ejemplo) así como el papel del exilio español en el mundo académico y literario (como se dio sobre todo en México), encarnaron un preciado legado. Una nostalgia similar está presente en las respuestas actuales hacia el gobierno de Trump que enfatizan el heroísmo de la lucha callejera y se basan en la premisa de que las instituciones liberales son inútiles para combatir al fascismo. Esta noción es anacrónica y reduce la historia del antifascismo y sus variadas respuestas frente a democracias y dictaduras.

Esta lección histórica es hoy en día altamente sugestiva, aunque no sea totalmente clara. La historia nos muestra que los regímenes fascistas y populistas ven, en la división de la oposición, una manera formidable de consolidar su poder. Cuando han surgido movimientos fascistas y populistas el antiguo faccionalismo de las organizaciones de izquierda y liberales ha resultado ser contraproducente. Las consecuencias históricas de esta grieta entre opositores fueron y siguen siendo lamentables.

 

Pablo Piccato
Profesor de historia en la Universidad de Columbia, Nueva York.

Federico Finchelstein
Profesor y director del Departamento de Historia en la New School of Social Research, Nueva York.


1 https://goo.gl/nvpR6d

2 https://goo.gl/FioHj2

3 https://goo.gl/9pWQ27

4 https://goo.gl/vBd283

5 https://goo.gl/qG2HCd

 

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