El filósofo y catedrático Simon Critchley (Hertfordshire, 1960) y el concertista de piano James Rhodes (Londres, 1975) son autores de libros catárticos, escritos en momentos cruciales: Apuntes sobre el suicidio e Instrumental. Memorias de música, medicina y locura, respectivamente. El uno examinó y sopesó con cuidado la cuestión de la muerte voluntaria, el otro escribió sobre las heridas del pasado y la salvación musical. En sus diferencias, ambos representan distintas vetas de la creación; y en sus semejanzas, los dos constatan que son hombres en guerra consigo mismos. Son conscientes de sus propensiones y estados.

Para el neurólogo Oliver Sacks (Londres, 1933-Nueva York, 2015), la exuberancia de la naturaleza debe estudiarse dentro del fenómeno de la enfermedad y la curación, dentro de las múltiples formas de acomodo mental y físico mediante las cuales nos adaptamos y readaptamos los seres humanos, al enfrentarnos a las amenazas y circunstancias cambiantes de la vida. En este sentido, escribió Sacks, “hay defectos, enfermedades y trastornos que pueden desempeñar un papel paradójico, revelando capacidades, desarrollos, evoluciones y formas de vida latentes, que podrían no ser vistos nunca, o ni siquiera imaginados en ausencia de aquéllos”. La paradoja de la enfermedad, su potencial creativo, constituye el eje de Un antropólogo en Marte. Siete relatos paradójicos de Sacks y de los planteamientos de Critchley y de Rhodes.

Resistencia en East Anglia

Simon Critchley inicia Apuntes sobre el suicidio con una provocación: “Este libro no es una nota de suicidio. […] Permítanme que les diga ya de entrada, y aun a riesgo de defraudar al lector, que no tengo la intención de quitarme la vida… de momento”. En su libro sobre la muerte voluntaria, el catedrático de filosofía explora diversos ámbitos: incorpora notas de suicidas examinadas como formas de mostrarse, como síntomas de un afán de exhibirse premeditadamente (ejemplo de la ambivalencia de amor y odio, una de las notas de suicidio más conmovedoras que Critchley conoce dice así: “Querida Betty:/ Te odio./ Con todo mi amor./ George”); percibe al melancólico Hamlet como un coctel de depresión y exhibicionismo; cuestiona por qué se ve el suicidio como un acto ilegal, inmoral o irreligioso; estudia a Sócrates, quien en el Fedón sostiene que filosofar es aprender a morir; se sirve del bagaje grecorromano para entender cómo viró la concepción del suicidio desde una tolerancia parcial en la Antigüedad a la prohibición que encontramos en siglos posteriores; evoca la pavorosa perspectiva de Blanchot y los versos de Dorothy Parker sobre las virtudes comparadas de los distintos métodos de darse muerte; y recuerda a John Donne, defensor del derecho a la “autodestrucción”, poeta metafísico que reconoce que una “inclinación enfermiza” le conminó a ponderar la cuestión del suicidio.


Ilustraciones: Kathia Recio

También incluye al filósofo italiano Alberto Radicati, autor de Una disertación filosófica sobre la muerte, opúsculo publicado en 1732. El texto desató un gran revuelo en su momento, Radicati fue detenido y multado, pero logró escapar para después morir en la pobreza. La tesis de la obra es que los individuos somos libres de elegir nuestra propia muerte.  El derecho a levantar la mano sobre uno mismo —afirma Critchley— se inspiraba en argumentos de la Antigüedad, particularmente de los estoicos, según los cuales el suicidio resulta un acto legítimo así como un gesto honorable de despedida ante un estado de dolor insoportable, físico o psíquico. Narra que a partir del siglo XIX el discurso teológico retrocedió ante el auge de la psiquiatría, que no consideraba pecado el suicidio, sino que lo veía como un trastorno mental que demandaba diferentes tipos de tratamiento. El autor distingue que este es, en gran medida, el enfoque vigente: la depresión suicida es una enfermedad que es preciso abordar mediante una combinación de medicamentos y psicoterapia.

El filósofo remarca que Edouard Levé se suicidó en 2007, a los 42 años de edad, 10 días después de entregar el manuscrito de Suicidio a su editor; y que Jean Améry ingirió, a los 65, una sobredosis de somníferos dos años después de publicar en 1976 Levantar la mano sobre uno mismo. Discurso sobre la muerte voluntaria.

Antes de aclarar que en El mito de Sísifo Camus argumenta que el suicidio no es una respuesta legítima al absurdo y que lo que hay que exigir frente al absurdo es la creación artística, Simon Critchley exclama: Ars longa, vita brevis. El filósofo confiesa:

Por razones en las que será mejor no entrar, mi vida se ha disuelto durante este último año como un azucarillo en una taza de té caliente. Por primera vez en mi vida, me he visto luchando de verdad contra pensamientos suicidas, “ideaciones suicidas”, que es el nombre que se le suele dar sin que parezca ser de mucha ayuda. Estos pensamientos revisten distintas formas, múltiples fantasías de autodestrucción, normalmente motivadas por la autocompasión, el asco por uno mismo y los deseos de venganza. No voy a catalogarlos. Son conocidos, escasamente sorprendentes y emergerán aquí y allá, de soslayo.

Critchley rememora al grupo inglés Black Box Recorder: “La vida es injusta: suicídate o supéralo”. Asevera que Apuntes sobre el suicidio es un intento de superarlo.

Tras decidir que abordaría la cuestión del suicidio de la única manera que conoce —a través de la escritura—, pensó en cuál sería el mejor lugar para hacerlo. Eligió la costa de East Anglia en Inglaterra. Alquiló una habitación de hotel y contempló el mar del Norte. Mientras escribía se escuchaba el romper de las olas sobre la playa. “La luz fluye y se despide del año. He venido a conocer la oscuridad en la oscuridad, en el finis terrae, frente al mar: el enorme, el ilimitado”.

Entonces comienza la búsqueda:

Quizá lo más cerca que podamos estar de la muerte es escribiendo, en el sentido de que escribir es ausentarse de la vida, un abandono provisional del mundo y de nuestras nimias tribulaciones para intentar ver las cosas con mayor claridad. Escribiendo, uno da un paso atrás y al lado respecto de la vida para verla con mayor desapego, tanto de manera más distante como más próxima. Con una mirada más firme. Escribir te permite dar las cosas por zanjadas: los fantasmas, las obsesiones, los remordimientos y los recuerdos que nos despellejan vivos.

Critchley concluye, al pensar en Virginia Woolf, que hay “pequeños milagros cotidianos”. Asegura que es posible que “quizá nos hayamos convertido, durante ese solo instante, en algo que ha resistido y seguirá haciéndolo, en alguien que puede hallar cierto grado de autosuficiencia: aquí y ahora”. En la playa de East Anglia encontró la dicha. “Aquí puede uno salir de la propia soledad, liquidar ese núcleo de oscuridad con forma de cuña que es el yo, y tender la mano, hacia arriba, en busca de otra persona… en un gesto de amor./ El éxtasis estalla en nuestros ojos. Basta”. Sólo eso: hic et nunc.

Contrapunto a los infortunios

James Rhodes es otro provocador. Así arranca Instrumental. Memorias de música, medicina y locura: “La música clásica me la pone dura”. En su libro —tejido de autobiografía y divulgación musical— el pianista narra cómo se le destrozaron las estructuras cerebrales y de qué manera comprendió que llevaba décadas en modo de supervivencia. Todo parte de un trauma generado por un profesor de boxeo: lo utilizó, lo destrozó, lo manipuló y lo violó desde los seis años. “Una y otra vez durante años y años”. Se trató de una violación con ensañamiento, cuenta Rhodes, que provocó múltiples deterioros. La lista de daños es larga: operaciones, cicatrices (internas y externas), tics, trastorno obsesivo-compulsivo, depresión, enérgicos episodios de autolesiones, alcoholismo, drogadicción, complejos sexuales, paranoia, síndrome de estrés postraumático, ideación suicida y trastorno disociativo de la personalidad (diagnóstico según el cual Rhodes tiene 13 “identidades”), entre otros.

Recapitula: “Todo es por culpa de mi cabeza. El enemigo. Lo que me acabará matando; una mina antipersonal, una bomba con el cronómetro activado, Moriarty. Mi puta cabeza que me hace llorar y gritar y aullar y frotarme los ojos de pura frustración”. Lo impulsan formas distintas de miedo: “Se trata de una angustia cambiante, indefinida y crónica que, con independencia de lo que haga por mitigarla, puede adherirse con facilidad y rapidez a algo nuevo que todavía ni se me ha pasado por la cabeza. […] Así me despierto. Siempre”. Pero tiene un impulso de supervivencia: “Así que me abalanzo sobre el piano de los cojones como si mi vida dependiera de ello. Me entrego al trabajo. […] Pero lo cierto es que, si no me entrego a ello acabaré muriéndome, asesinando, desmoronándome de la peor de las maneras”.

Dilucidó el sufrimiento de abusos sexuales y explicó cómo la música lo salvó. En el capítulo “Tema 4: Bach y Busoni, Chacona (James Rhodes, piano)” escribió: “Si Goethe tenía razón y la arquitectura es música congelada […], esta pieza es la combinación mágica del Taj Mahal, el Louvre y la catedral de San Pablo”. Posteriormente recordó:

Los abusos sexuales duraron casi cinco años. Cuando me fui de ese colegio, con diez años, me había transformado en un James 2.0. La versión autómata. […] Pero sucedió algo que me produjo una conmoción en medio de todo aquello y que estoy convencido de que me salvó la vida, que me sigue acompañando en la actualidad y que lo hará mientras viva./ Sólo hay dos cosas en la vida que tengo garantizadas: el amor que me inspira mi hijo y el amor que me inspira la música. Y […] lo que apareció en mi existencia cuando tenía siete años fue la música./ Concretamente, la música clásica./ Más concretamente, Johann Sebastian Bach./ […] su chacona para violín solista./ En re menor./ BWV 1004./ La versión para piano que transcribió Busoni.

Esa pieza se convirtió en su refugio, determinó su vida.

En Instrumental hay un hilo narrativo compuesto por distintas piezas. Su acercamiento a la música es acompañado por la fascinación que siente por las vidas de sus compositores predilectos. Prokófiev reaccionó ante el suicidio de un amigo suyo con un concierto para piano en su memoria, compuesto entre 1912 y 1913. “La pieza destila […] rabia y una locura […] abrumadora. […] Es la representación musical más certera de la locura desatada que he escuchado en mi vida”, afirmó. Schubert tuvo “una vida corta, desgraciada y accidentada, en la que la música había supuesto el único contrapunto a sus infortunios, planteó Rhodes en “Tema 3: Schubert, Trío para piano n.° 2 en mi bemol, segundo movimiento (Ashkenazy, Zukerman, Harrell)”. La pieza que da título al capítulo “es la banda sonora de un hombre […] deprimido”. Asevera que el “lento movimiento retrata a la perfección una vida demasiado corta: es elegiaco y oscuro, está teñido de esperanza y en él se atisban las infinitas posibilidades del genio”.

Narra que la muerte rodea y atrapa a Bach: casi todos sus familiares y conocidos fallecen. “Acepta lo que le pasa y vive todo lo bien y creativamente que puede”. Se trata de un hombre “roto de dolor”. La chacona es “una puta catedral musical erigida para recordar a su mujer, la torre Eiffel de las canciones de amor. Y el punto culminante de esta partita lo constituye el último movimiento, la chacona. Quince minutos de desgarradora intensidad en la conmovedora clave de re menor”. Es un “universo de amor y dolor”.

Rhodes se refiere a una crítica que Prokófiev recibió de The New York Times: “Prokófiev es un psicólogo de las emociones más infames. El odio, el desdén, la rabia (sobre todo, la rabia), el asco, las desesperación, la burla y la rebeldía se erigen en modelos legítimos de estados de ánimo”. Con la escritura de Instrumental el pianista también se volvió un psicólogo de las emociones más infames.

En un artículo para The Guardian reproducido en el capítulo “Tema 17: Schubert, Sonata n.° 20, D959, segundo movimiento (Alexander Lonquich, piano)” escribió: “Charles Bukowski, héroe de los adolescentes angustiados de todo el planeta, nos pide que ‘encontremos lo que nos encanta y dejemos que nos mate’. Quizá el suicidio por creatividad sea algo a lo que aspirar”. Ese arrojo aparece también en “Tema 10: Liszt, Danza macabra (Sergio Tiempo, piano)”, capítulo en el que afirma: “cuando estaba desesperado por encontrar el punto medio entre el suicidio y el asesinato, encontré las cuchillas”. Y en “Tema 15: Ravel, Concierto para piano en sol, segundo movimiento (Krystian Zimerman, piano)” recuerda cuando su primer disco ya estaba listo: Razor Blades, Little Pills and Big Pianos (cuchillas, pastillas pequeñas y pianos grandes). “Era lo bastante autobiográfico para poder definir casi toda mi vida en siete palabras”, escribió.

En “Tema 6: Scriabin, Concierto para piano, último movimiento (Vladimir Ashkenazy, piano)” narra su primera experiencia en un hospital psiquiátrico y habla de Matthew, su mejor amigo. Todo tras el relato de los excesos de drogas y alcohol. Trata el nacimiento de su hijo en “Tema 8: Shostakóvich, Concierto para piano n.° 2, segundo movimiento (Elisabeth Leonskaja, piano)”. “No voy a experimentar nada en la vida que pueda equipararse a la incandescente bomba atómica de amor que estalló en mi interior cuando nació”, escribió. Es “la prueba incontestable de todo lo que hay de mágico en el mundo”. Y en “Tema 18: Beethoven, Concierto para piano n.° 5 (‘Emperador’), segundo movimiento (Radu Lupu, piano)” expresó: “Ésta es una pieza musical que me gustaría que tocaran en mi funeral”. Es una de las primeras piezas que lo hicieron llorar.

Su vigor queda resumido así: “Me violaron a los seis años. Me internaron en un psiquiátrico. Fui drogadicto y alcohólico. Me intenté suicidar cinco veces. Perdí la custodia de mi hijo. Pero no voy a hablar de eso. Voy a hablar de música. Porque Bach me salvó la vida. Y yo amo la vida”.

Supervivencia

Critchley y Rhodes ejemplifican estados, “casos” en el sentido médico. Suscribo el enfoque de Sacks y lo extrapolo a ambos: “igualmente son individuos singulares, y cada uno de ellos habita (y en cierto sentido ha creado) un mundo propio./ Se trata de relatos de supervivencia”. La transformación interior es suscitada por una experiencia vital intensa, trascendente. Quedan las notas musicales, sobreviven las palabras, perduran los “fósforos que se encienden en la oscuridad”.

Bibliografía

Simon Critchley, Apuntes sobre el suicidio, seguido de Sobre el suicidio de David Hume, traducción de Albert Fuentes, Alpha Decay, Barcelona, 2016, 112 pp.

James Rhodes, Instrumental. Memorias de música, medicina y locura, traducción de Ismael Attrache, Blackie Books, Barcelona, 2015, 288 pp.

Oliver Sacks, Un antropólogo en Marte. Siete relatos paradójicos, traducción de Damián Alou, Anagrama, Barcelona, 2006, 408 pp.

 

Alejandro García Abreu
Ensayista y editor.

 

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