La discusión sobre adicciones y drogas es una de las más candentes y complejas actualmente en el mundo entero. Basta con mirar los titulares para enterarnos del horror que se vive en ambos lados de nuestra frontera norte en relación con el consumo y el tráfico de estupefacientes: en Estados Unidos una terrible “epidemia” de consumo de opioides cobra unas 90 vidas todos los días; en México la violencia generada por la “guerra contra las drogas” ha desatado niveles de violencia que hacen temblar a cualquiera.

¿Pero cómo llegamos a este punto? ¿Qué es y cómo funciona realmente una adicción? Las respuestas que escuchamos con mayor frecuencia tienen que ver, por un lado, con la moral: se condena al adicto como a un parásito, sin la voluntad para dejar de consumir, dispuesto a todo con tal de conseguir su siguiente dosis; por el otro, con los efectos de las drogas en el sistema nervioso central: una adicción ocurre cuando una sustancia estimula los neuroreceptores en el sistema dopaminérgico mesolímbico, afecta la estructura del núcleo accumbens y crea una dependencia a nivel químico. No tendría ningún sentido ignorar el poderoso efecto que pueden tener algunas sustancias en nuestro cuerpo, es indudable que hay un sustrato orgánico para las adicciones; quien pretenda pasar por alto el enorme daño físico, psicológico y social que puede sufrir un adicto, comete una peligrosa ligereza. Pero es necesario traer a la mesa otros discursos, además del de la medicina, la psicología, o la moral. Pensar en términos de subjetividad puede ayudarnos a enfrentar un problema urgente y sumamente complejo.


Ilustración: Patricio Betteo

Las drogas nos han acompañado siempre. Durante toda nuestra historia los seres humanos hemos utilizado sustancias que alteran el estado de ánimo, la percepción y la consciencia. Se encontraron semillas de ephedra en una tumba en Irak con más de 60,000 años de antigüedad. El cactus San Pedro se usaba en Perú hace más de 10,000 años y el peyote se usa en el norte de México desde hace al menos 9,000. El uso de la amanita muscaria como enteógeno se pierde en la neblina de los tiempos, desde las estepas en Siberia hasta el Hindú Kush. Hay evidencias de uso de semillas de amapola, cáñamo, ergot, belladona y mandrágora en sitios arqueológicos europeos que corresponden a la Edad de Bronce, hace unos 6,500 años. La confección y almacenamiento de fermentados o cervezas implica ya cierto avance tecnológico, y es difícil saber con exactitud el momento en que diversos grupos humanos empezaron a producirlos, pero el registro más antiguo apunta a bebidas fermentadas a base de frutas silvestres, arroz y miel, en el Valle del Río Amarillo, hace unos 9,000 años, aunque su producción masiva probablemente ocurrió mucho más tarde. Desde la década de 1960 se discute seriamente la idea de que los estados alterados de consciencia alcanzados gracias al uso de plantas psicoactivas, especialmente alucinógenos como los hongos psiolocibios, están involucrados en alguna medida en el origen mismo de la civilización, y han facilitado el desarrollo social y simbólico en momentos clave de distintas culturas y tradiciones en todo el mundo.1

Las adicciones tienen una historia muy distinta. En el derecho romano, ‘adictus’ era la sentencia de esclavitud que recaía sobre un deudor que no podía pagar (recordemos que en México se conserva una relación coloquial entre droga y deuda), y desde el siglo XVI ‘adicción’ significaba una intensa afición, inclinación o interés por algo. Apenas en el siglo XIX la palabra empieza a utilizarse en el sentido de dependencia a una sustancia —en 1884 se publica por primera vez el British Journal of Addiction. Es entonces cuando el problema toma la dimensión de un flagelo social que merece un esfuerzo militar coordinado a nivel global. Ninguna otra causa ha logrado una respuesta bélica de esa magnitud y alcance. ¿Cómo es esto posible?

Desde la prehistoria, el uso de drogas solía estar más o menos limitado a rituales religiosos y aplicaciones medicinales, pero los tabús nunca fueron absolutos, y en casi todas las latitudes fueron aflojando poco a poco; en todo caso, era común que la prohibición fuera eludida, o que existieran dispositivos sociales que permitieran ignorarla temporalmente. Los fármacos llevan miles de años asociados también a la fiesta, el esparcimiento y la diversión, a la creación artística, al encuentro con otros y al aislamiento contemplativo.2 No obstante, pasaron milenios antes de que juzgáramos que el consumo de drogas y la alteración de la consciencia representan un peligro. La guerra contra las drogas sólo tiene sentido en la medida en que estas sustancias son consideradas una grave amenaza para la humanidad, desde que consumirlas es sinónimo de atentar contra la propia salud; o sea, desde que hay algo en nuestra cultura que se refleja en el exceso y la dependencia que llevan a la autodestrucción física, psicológica y social del individuo. Nótese que no es una guerra contra las adicciones —que sólo afectan a un pequeño porcentaje de los usuarios— sino contra las drogas.3 No se trata de evitar que la gente se vuelva adicta, sino de eliminar toda posibilidad de consumo; todavía en 1998 la reunión de la Junta Internacional de Fiscalización de Estupefacientes, órgano perteneciente a la ONU, se planteaba “un mundo libre de drogas” como el único objetivo aceptable… ¡y posible!

Es verdad que con la síntesis de la morfina en 1806, la cocaína en 1860 y la heroína en 1883, además del desarrollo de drogas de laboratorio como el MDMA en 1912, o el LSD en 1938 los fármacos se han vuelto más accesibles y potentes que la mayoría de los preparados de botánicos, brujos y chamanes, pero la potencia y disponibilidad de los compuestos no bastan para explicar la situación; si siempre hubo drogas, y si durante siglos y siglos se usaron con fines tan diversos sin que la adicción surgiera como un problema social, cabe suponer que algo muy particular ha ocurrido para que las personas consuman drogas no ya en pos de un trance místico o de la ebriedad, sino impulsadas por la necesidad crónica y compulsiva de una anestesia emocional. Debe haber algo en esta época, algo en nuestra forma de ser, de relacionarnos, algo que hace posible y necesaria esa opción por el entumecimiento. Lo que caracteriza a las adicciones es la desesperada búsqueda de una fuga. Puede ser que el adicto no soporte estar consciente porque su vida es miserable, pero también ocurre que en medio de una vida “normal”, alguien encuentra una sustancia o una actividad que, por contraste, vuelve el resto de su mundo gris y poco interesante, y a partir de ahí ya no puede vivir sin consumirla constantemente. ¿Por qué existe, entonces, el adicto; por qué busca adormecerse de esta manera que es históricamente novedosa? ¿Cuáles son las condiciones de posibilidad de la subjetividad adictiva? ¿Cómo entender que un siglo de feroz persecución no haya logrado disminuir la producción, el trasiego y el consumo de sustancias ilícitas y que, por el contrario, el número de criminales y víctimas que se amontonan en cárceles, hospitales y cementerios de todo el mundo aumenten cada año?

Quizás vale la pena mirar los antecedentes directos de la epidemia de adicción y de su contraparte, la guerra contra las drogas. Para mediados del siglo XIX, las potencias europeas llevaban trescientos años repartiéndose el mundo. Con enorme frecuencia, el alcohol y otras drogas sirvieron como un dispositivo de control y dominio sobre las poblaciones colonizadas, desplazadas y explotadas. Así, entre varios grupos indígenas de América del Norte el abuso del alcohol se convirtió en un problema muy grave, lo mismo que en Irlanda y Australia, siempre bajo el yugo del Imperio Británico. Y en Asia, particularmente en China, el consumo de opio, tradición milenaria, para mediados del XIX era un auténtico problema de salud pública. En 1898, 40 años después del final de las Guerras de Opio entre China e Inglaterra, Estados Unidos gana el control de Filipinas, que hasta entonces era colonia española. El flamante gobernador William H. Taft, que más tarde sería presidente de su país, se dio cuenta del alarmante ritmo con el que crecía el consumo de opio. Taft, aconsejado por misioneros y pastores evangélicos, y con la venia del presidente Roosevelt, decide que es su deber moral acabar con “las ansias de opio de una raza degenerada”. Para 1908 todo uso “no médico” del opio quedó prohibido en Filipinas. Así nacía la guerra contra las drogas. Pero no nos adelantemos; lo que interesa puntualizar es que la adicción como problema de salud pública nace en el siglo XIX de la mano del colonialismo. A partir de entonces, como categoría —religiosa primero, política y psiquiátrica más adelante—, ha servido como dispositivo de localización, control y represión de individuos y grupos vulnerables, cuyos lazos sociales e históricos han sido violentamente sacados del quicio de la identidad y la tradición. No es que los poderes coloniales hayan inventado la adicción como método de control, ni que hayan convertido a cientos de miles de sus súbditos en adictos contra su voluntad, sino que efectivamente las poblaciones que perdían el arraigo a sus tradiciones y sus tierras, a sus lenguas y sus historias, al valor de su trabajo, comenzaron a abusar de sustancias y plantas, incluso de aquellas con las que habían convivido durante miles de años.

Las raíces ideológicas de la guerra contra las drogas son bien conocidas. Investigadores de la talla de Antonio Escohotado y Johann Hari lo han documentado ampliamente. El libro de Hari, Tras el grito, publicado en 2015, abre con las historias de Arnold Rothstein y Harry J. Anslinger. Rothstein aprovechó la enorme oportunidad de negocio creada por la prohibición para convertirse en el primer gangster en manejar la mafia como una empresa. Quizás fue también el primero en controlar el flujo de drogas en toda la ciudad de Nueva York. Su sadismo y sangre fría preludiaron los horrores que en México se han convertido en el pan de cada día. Anslinger fue el primer comisionado de la FBN, Oficina Federal de Narcóticos de los Estados Unidos. Acérrimo defensor del prohibicionismo, sus motivaciones eran fundamentalmente raciales y morales. Veía a los adictos como débiles mentales, parásitos que no merecían ninguna ayuda. Se encargó personalmente de transformar la FBN, que tomó en 1930 con algunas decenas de agentes, en un verdadero ejército; cerró cientos de clínicas que trataban adictos y les ofrecían acceso a las sustancias que necesitaban, y encarceló a los médicos que trabajaban en ellas. Estaba convencido, y así lo dijo a quien quiso escucharlo, de que los negros y los chinos eran una amenaza para el dominio blanco en Estados Unidos, y la euforia que conseguían de la cocaína, la heroína y la mariguana los hacían “olvidar su lugar”. Otro arquitecto de la guerra contra las drogas es John Ehrlichman, uno de los hombres más cercanos a Richard Nixon. En 1968 el gobierno de EUA tenía dos enemigos: la izquierda pacifista y los negros, así que se asoció a estos grupos con el consumo de mariguana y heroína, para luego endurecer las leyes que perseguían su consumo, para tener una manera específica de acosar y reprimir a estas comunidades. “¿Sabíamos que mentíamos acerca de las drogas? ¡Por supuesto que sí!”, admitió el propio Ehrilchman en 1994.4

Cada vez es más claro que la guerra contra las drogas es absurda e indefendible, y las voces que claman por la legalización se multiplican. Sin embargo, también las drogas legales causan estragos, así que el fin de la guerra no implicaría el fin del problema (aunque ayudaría muchísimo a manejarlo de mejor manera). Hay que recordar que hoy todos somos adictos en potencia, pues no nos enganchamos solamente al hachís o al crack, sino que los videojuegos, el sexo, las apuestas, la comida; cualquier cosa, absolutamente cualquier objeto puede constituir el centro de un trastorno adictivo.

En todo caso, es absurdo pensar que la complicada situación actual es resultado de las acciones de un puñado de mafiosos sádicos y políticos fanáticos. En realidad se trata de ciertas prácticas que organizan y determinan los vínculos sociales a partir de la modernidad. Las adicciones se han convertido en un rasgo que define a nuestra época. El adicto es un personaje fácil de identificar casi en cualquier contexto, aparece no sólo en las planas de los periódicos o en los noticieros de la tarde; está también en novelas, películas, series y hasta videojuegos. Cada época, en la medida en que implica determinados modos de relacionarse unos con otros, es caracterizada por una convocatoria subjetiva. Y el malestar y su sintomatología —lo mismo que su tratamiento—adoptan una serie de posibilidades de manifestación.

En HyperNormalisation, un genial ensayo visual de 2016, Adam Curtis muestra cómo,a partir de la década de los 70, el discurso de los mercados —encarnación postcolonial del capitalismo— toma el lugar central como referente de los procesos de institución subjetiva. Esto implica un viraje muy importante, pues hasta ese momento el Estado soberano funcionaba como agencia organizadora de dichos procesos. Michel Foucault y Gilles Deleuze trabajaron las implicaciones de estas mutaciones históricas, y describieron, por ejemplo, la importancia de la práctica del encierro como dispositivo de normalización bajo la rectoría del Estado —la serie que lleva al individuo de la familia a la escuela, de la escuela a la universidad, la fábrica, la oficina o el cuartel; en caso de desvío, el hospital o la prisión–. Pero las cosas cambian a partir del momento en que el acéfalo poder de los mercados determina la convocatoria subjetiva.

Para caracterizar el mundo que vivimos, Deleuze habla del paso de sociedades disciplinarias a sociedades de control. Estas condiciones culturales han sido descritas también por Zygmunt Bauman como una modernidad líquida, y es que la desesperante falta de asideros a la que queda librado el sujeto produce un debilitamiento, un empobrecimiento de los recursos simbólicos con los que cuenta para enfrentar la realidad y para establecer lazos sociales. Para el Estado, el soporte de las subjetividades era el ciudadano; cuando los mercados toman ese lugar, la función de soporte recae en el consumidor. Para Ignacio Lewkowicz, historiador argentino que propuso hacer una historia de las subjetividades,5 “consumidor” no señala una característica accidental o local de una naturaleza humana transhistórica, sino que define esa naturaleza en cuanto producto de las prácticas que instituyen las subjetividades en la actualidad. El tiempo es también una construcción social que depende de cada situación histórica —de sus discursos y prácticas—, y el tiempo que está determinado por el consumo es el tiempo de la moda. En esa eterna secuencia de objetos que se ofrecen para constituir una imagen, lo nuevo es valioso sólo por el hecho de ser nuevo, y el objeto que pierde su valor no establece ninguna relación histórica con el consumidor. En la moda lo que cuenta es la aparentemente inagotable oferta de objetos a consumir. Cada objeto de la serie abre por sí mismo la infinitud de la serie completa: el marcado es fabuloso porque opera bajo la suposición de que se puede encontrar lo que sea, el mercado es sin-falta; y cada uno de los objetos disponibles, cuando ocupa el lugar de lo-que-está-de-moda, promete una completud extática. Un usuario de Amazon, Spotify, incluso Tinder, tiene la sensación de que en el mercado lo hay todo, que hay algo para todos, para cada situación, para cada necesidad. Las campañas publicitarias repiten una y otra vez esta promesa de goce sin límites. Pero claro, como eso no ocurre —porque es imposible que ocurra y porque la continuidad del consumo depende de ello—, no queda otra que salir corriendo a conseguir el elemento más nuevo, que se sostiene por la misma lógica imaginaria. El tiempo de la moda es el tiempo del instante, es un tiempo fragmentario, discontinuo, vertiginoso. El consumidor está condenado a una búsqueda perpetua.

Quien habita este tiempo dislocado encuentra una enorme resistencia a la historización, única posibilidad de recuperar nuestro paso por los acontecimientos y construir de ellos experiencia. La moda pide al sujeto abandonar el objeto de su deseo a cada instante, sin jamás establecer ninguna relación entre ellos; no hay una secuencia sino una sustitución, y las distintas instancias de consumo no se entretejen entre sí. Pero además, la lógica del consumo, con su promesa de completud, impide que el sujeto se reconozca insatisfecho. Hoy por hoy encontrarse aburrido, triste o de mal humor es señal de estupidez ¡basta con estirar la mano para tener un teléfono, una app, un meme, una pastilla —alguna cosa para distraerse o reírse o al menos dormirse! A la menor comezón de insatisfacción hay que huir, correr hacia cualquiera de esos cautivantes artilugios, espejitos, baratijas que ofrecen restablecer un estado de beatitud que nunca se alcanza. En su lugar lo que se va instaurando silenciosamente es una desconexión radical con todo y todos (pensemos en ese momento cuando, ante la primera aparición de malestar tomamos el teléfono y, sin saber exactamente qué buscamos, checamos Whatsapp, Facebook, Snapchat o lo que sea: es claro que lo que está implicado en ese movimiento es, antes que nada, huir de nosotros mismos). La promesa que moviliza al consumidor es la de una satisfacción absoluta, así que se puede todo menos reconocer que tal estado es en realidad inalcanzable. Basta pasar unos minutos a solas, en silencio, para saber que no hay objeto que pueda colmar el vacío que nos habita. Pascal advertía que nada resulta más desesperante para el hombre que la tranquila soledad, pues le revela la nada en el núcleo de su ser. El asunto es que mirar de frente ese vacío, esa nada, es doloroso, o para ser más preciso, es angustiante. La angustia es una experiencia central de lo humano, y es precisamente aquí donde se articulan el consumo como práctica y la adicción como subjetividad instituida.

Resulta que “la droga”, por los efectos que tiene sobre la consciencia y el estado de ánimo, es el objeto ideal para encarnar esa promesa de bienestar, de total ausencia de dolor. Sean alucinógenas, estimulantes o depresoras, las sustancias psicotrópicas tienen un lugar privilegiado en ese universo de objetos de consumo, y es fácil que alguien acuda a ellas precisamente para operar desde la narcosis una fuga, lo que Sylvie Le Poulichet llama “cancelación tóxica del dolor”, cortocircuito que elimina la necesidad de pasar por la experiencia, de encontrarse ahí, angustiado, triste, aburrido, solo. Es a partir de una imaginaria primacía de la sustancia “droga” sobre el lenguaje que el sujeto escaparía al trabajo de hacerse cargo de sí mismo. En ese sentido el toxicómano no busca el olvido, sino la desmemoria, amputación química de esa facultad básica que ordena nuestro paso por el tiempo, primera condición necesaria para una historización subjetiva. La operación adictiva no está en otro lado sino en la búsqueda de ese estado de huída. Recordemos la definición de fármakon que ofrece Jacques Derrida en “La farmacia de Platón”: remedio y veneno a la vez, carece de una esencia definida, no puede ser delimitado conceptual ni prácticamente, y sus efectos pueden ser en un momento benéficos y en otro dañinos. La recuperación de la apertura radical, de la no-esencia de la droga, pone el acento en el sujeto y, por lo tanto, para nuestra época, en el consumo.

En estas condiciones el lenguaje pierde su eficacia, y el dolor no quiere (más exactamente, no puede) decir nada. En los síntomas que en la clínica contemporánea acompañan a la adicción encontramos el Trastorno por Déficit de Atención, los trastornos de la alimentación, la depresión y los ataques de pánico. El factor común es el papel que toma el cuerpo —el propio y el del otro— como el lugar para descargar la angustia que no pudo pasar por el lenguaje. Para un sujeto que se encuentra en esta situación es muy difícil hacer de su malestar un enigma. En el lugar de la pregunta está la sustancia: una droga o un órgano. El lenguaje es importante porque es el recurso fundamental con el que contamos frente al acontecimiento, que es siempre, en un primer momento, crudo, inmenso y sin asideros. Todos los recursos simbólicos que se entretejen en la cultura, todo aquello que podemos tener más o menos a la mano para hacer frente al malestar, a las dificultades y contratiempos de la vida, quiero decir: los rituales, las disciplinas, las artes, las instituciones, hasta los artefactos tecnológicos, están recubiertos por el lenguaje, penetrados por él, construidos desde él. No hay manera de construir y transmitir una experiencia si se carece de palabras.

La adicción es el punto máximo de la lógica del consumo, es su realización y también su subversión. El toxicómano logra detener —al menos parcialmente, al menos por un momento— el evanescente deslizamiento de la moda, pues él sí que ha encontrado un objeto de consumo que lo satisface hasta la plenitud, cerrando sobre sí la ilusión de haber conquistado la angustia. Consagra su cuerpo al consumo, y al hacerlo reivindica y revienta la dinámica imaginaria de la moda. Ya no es necesario ir a buscar nada más, pero tiene que poseer “la droga” en todo momento. El consumo alcanza su punto máximo y se vuelve consumo de la propia vida. 

En 1972 Jacques Lacan sostenía que el capitalismo estaba en crisis —no a partir de sus fallas, sino precisamente por su eficacia para devorarlo todo: “es lo más astuto que se ha hecho como discurso, pero de todas formas está destinado a reventar. Es que es insostenible; marcha sobre ruedas, no podría marchar mejor, pero marcha demasiado rápido. Se consuma, se consuma tan bien que se consume”. Así, la adicción no es condenada y rechazada por los problemas que puede traer para la salud física y mental de las personas, sino por el peligro que encarna para el discurso capitalista y sus designios para el sujeto, más allá de que explícitamente se pretenda su restitución en cualquiera de las antiguas categorías del ciudadano: obrero, maestro, padre, esposa, policía o lo que fuera. La “rehabilitación” del adicto busca su reinstalación como consumidor. Es lo que frecuentemente se esconde detrás de los programas que piden al toxicómano reconocerse como “enfermo” para fijar esa identidad y, desde ella, erigirse como experto. El ciclo re reinicia, el sistema se sostiene.

El libro de Hari ayudó a popularizar los experimentos de Bruce K. Alexander. La idea que tenemos sobre el funcionamiento de las adicciones tiene mucho que ver con un sencillo experimento: durante décadas, hasta bien avanzados los 70, decenas de ratas fueron encerradas en jaulas con dispositivos para administrarse opioides o cocaína, o con la posibilidad de elegir entre agua con droga y agua pura. Las ratas siempre optaban por la droga, se volvían dependientes a la sustancia (la elegían por encima de la comida) y finalmente morían de una sobredosis o de inanición. Años más tarde, al revisar esos experimentos Alexander pensó que quizás el factor decisivo no era la droga, sino la jaula. Construyó Rat Park, un parque de diversiones para roedores, una jaula grande en la que cabían varias ratas, con juegos y otras amenidades —incluyendo agua con morfina o cocaína—, y suficiente espacio para socializar, tener sexo y descansar. Las ratas no se volvían adictas, consumían las drogas muy rara vez, y ninguna murió de sobredosis o descuido de sí misma. Incluso ratas que habían desarrollado previamente una dependencia a los opioides dejaban de consumir cuando eran trasladadas a Rat Park. Después de publicar sus hallazgos, en 1980, el laboratorio de Alexander perdió sus fondos y tuvo que ser desmontado, pero el experimento ha sido replicado con resultados similares, y aunque hay que ser precavidos al comparar el comportamiento de una rata con el de un ser humano, no cabe duda de que es un experimento muy sugerente.

La adicción sólo podía convertirse en el problema que ahora enfrentamos en un mundo en el que las personas viven vidas miserables, donde el horizonte es lúgubre y es difícil encontrar los recursos para darle sentido a la experiencia, donde los lazos sociales han sido lastimados hasta el punto en que es muy difícil generar solidaridad, empatía, reconocimiento. Quedamos a la deriva, aislados y desamparados frente el acontecimiento inmenso. A contracorriente, habría que realizar una defensa del sujeto, es decir, la construcción de espacios en donde la angustia, el dolor, el aburrimiento, la tristeza —la fragilidad en suma— sean soportables. Se trata de restituir la posibilidad de historización, de instaurar un corte en el seductor vértigo del mercado para reconocer ahí la singularidad y la diferencia, y desde ellas, la posibilidad de lazos sociales que permitan otras formas de subjetivación. La droga es fármakon, veneno y remedio, capaz de abrir el alma humana al vacío y la inmensidad, y capaz también de cerrarla definitivamente en la alienación de quien se da la espalda. La alternativa es hacerse cargo de sí mismo. No se trata de no estar nunca tristes o aburridos, sino de aprender a encontrarse y soportarse en el dolor, aprender a angustiarse: abrir el lenguaje desde la alienación hacia el encuentro con el otro.

 

Juan Luis de la Mora
Practica el psicoanálisis. Es autor de Pensar la nada. Del consumo a la adicción (Casa Editorial Abismos, 2016).


1 Quien esté interesado en el uso prehistórico de sustancias psicoactivas y su papel en el desarrollo cultural de distintos grupos humanos puede consultar: Guerra-Doce, E., “Psychoactive  Substances in Prehistoric Times: Examining the Archaeological Evidence", en Journal of Archaeological Method and Theory,sept. 2015, Vol. 22, No. 3, pp. 751–782, DOI 10.1007/s10816-014-9205-z, disponible en http://bit.ly/2zOICcq (consultado el 11 de marzo de 2017).

2 Otro uso para las sustancias psicoactivas, aparentemente muy antiguo y común, es la guerra. Desde tiempos inmemoriales, y todavía ahora, los soldados utilizan sustancias que les ayudan a mejorar su desempeño en el frente… y a lidiar con las consecuencias emocionales de vivir los horrores de la guerra.

3 Algunos datos oficiales del gobierno de EUA: Entre quienes utilizaron heroína una sola vez, el 13% se volvió adicto; mariguana, el 6%; alcohol, el 3%; alucinógenos, el 2%. El estudio completo está disponible en: http://bit.ly/2Bl2i40 (consultado el 5 de abril de 2017).

4 En 1971 Nixon declaró la guerra contra las drogas por televisión. Esta espectacular imagen se volvió la más célebre de esta historia, aunque la Convención Internacional del Opio, promovida en 1912 por EUA fue el primer acuerdo internacional que se propuso eliminar el tráfico y consumo de estupefacientes. Este esfuerzo toma toda su dimensión a nivel global en 1925, cuando los acuerdos son incluidos ni más ni menos que en el Tratado de Versalles.
Puede verse a Nixon y a Ehrlichman en esa fatídica transmisión en http://bit.ly/2ijftOV (consultado el 5 de abril 2016). La entrevista a Ehrilchman, publicada en 2016 por la revista Harper’s, está disponible en http://bit.ly/2neTJ8t (consultado el 5 de abril de 2016).

5 Vale la pena revisar los trabajos de Ignacio Lewkowicz, entre ellos: Lewkowicz, I., “Subjetividad adictiva: un tipo psicosocial instituido. Condiciones históricas de posibilidad” en Dobon, J. y Hurtado, G. (Comp.), Las drogas en el siglo… ¿qué viene?, FAC, Argentina, 1999.

 

3 comentarios en “El adicto: subjetividad contemporánea

  1. Excelente artículo! De lo mejor y más completo en todos sentidos que he leído sobre adicciones. Me gustaría tener los datos profesionales del autor

  2. Y,¿como hacemos para hacernos cargo de nosotros mismos cuando creo que la adiccion mas grande esta siendo a las pantallas de todo tipo?

  3. Los seres humanos no poseemos de manera innata la capacidad de reconocer el origen de todo lo que acontece en nuestra mente, más aún, nadie la tiene ni la tendrá, pero si es posible distinguir y hace un inventario de las principales influencias en la formación de nuestra “cosmovisión”, es decir en la manera en que interpretamos todo lo que sucede a nuestro alrededor y dentro de nosotros mismos. Uno de esos espacios que es muy complicado de descifrar es la capacidad de vernos a nosotros mismos, la autoconciencia. Eso es pues, la problemática del significado de la existencia la que cobra una importancia primordial en el accionar de los individuos, esto lo recordaba Max Weber y decía que ya León Tolstoi mencionaba que frente al hecho de que todos vamos a morir algún día, todo lo que hagamos carece de significado, esa es la versión pesimista de la cuestión, pero existe la forma positiva de ver esta cuestión, en el hecho de que si la vida carece de significado, por eso mismo es posible darle algún significado. Pero esto que es una reflexión muy elemental, no parece estar al alcance de toda clase de individuos y en ello intervienen toda una cantidad de fenómenos culturales y sociales que alejan a los individuos de aquella forma elemental de ver la cuestión. En la formación de nuestras mentalidades inciden fenómenos de carácter hereditario, de la cultura de cada sociedad o grupo social en donde se nace, de carácter ideológico, mágico, religioso, mítico, institucional, por sólo mencionar algunos. Recuerdo el caso de una joven procedente de una comunidad rural, que no aceptaba que el Sol fuera una estrella. Y así cada individuo enfrenta una problemática de atribución de significado a su existencia que deja un enorme espacio para que todo tipo de adicciones se apoderen de sus vidas. El uso de drogas para llenar aquel vacío es lo más denostado, sin embargo recuerdo una afirmación de Weber que decía que “cada individuo sirve a sus dioses”. Es cierto que el universo del consumo está repleto de dioses que esclavizan a los individuos, basta con ver en la vida diaria la cantidad enorme de personas que viven absortas en sus teléfonos celulares, por la calle, manejando, en el metro, en los transportes colectivos, en el trabajo, pero a final de cuentas todo se trata del consumo, se trata de un formato cultural propio de sociedades e individuos sin horizontes históricos. Lo que las sociedades y los individuos han dejado de lado es la autoconciencia. En esto está la respuesta de que partido va a ganar la elecciones. Interesante reflexión de Juan Luis de la Mora.

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