Carlos Tello Macías recorre una línea del tiempo trazada desde los inicios de la revolución rusa en 1917 hasta la actualidad: una ruta de esperanza y horror, tropiezos y aciertos, totalitarismo y debilidad, que ha llevado al país más extenso del planeta a la paradoja en que hoy se encuentra. Jugar un papel determinante en la economía mundial y no haber resuelto conflictos y tensiones que hace 25 años generaron su colapso. Influir en la agenda del mundo, sin tener clara la propia: arrastrar un Estado débil, fragmentado, ineficiente y corrupto. Vivir la tendencia endémica de caer en los extremos

El proyecto soviético a grandes rasgos

Hace cien años, en octubre 24-25 de 1917,1 el Partido Bolchevique, dirigido por Vladimir I. Lenin, encabezó la revolución en Petrogrado, capital de Rusia, que se extendió en los primeros meses con cierta rapidez y sorprendente tranquilidad por el resto del país. Un partido representando a los trabajadores toma en Occidente, en realidad en el mundo, el poder por primera vez, con la excepción de la Comuna que se establece en Paris, al final de la guerra entre Francia y Prusia. Con la revolución el orden mundial se dislocaba y se inicia una nueva era.2

La toma del poder por parte del Partido Bolchevique dio a la población rusa un sentido de que por fin la justicia y la igualdad triunfarían sobre la arbitrariedad y la explotación. A los ojos de los obreros y de los soldados, como de los campesinos y una parte de la intelectualidad, un gobierno encabezado por los Soviets significaba el fin de la guerra, la abolición de las clases privilegiadas, un gobierno de los trabajadores, tierra para los campesinos que la trabajaban y el triunfo de la igualdad y de la justicia.


Ilustraciones: Belén García Monroy

En 1917 todos los bancos privados fueron nacionalizados y el mismo año se promulgó el decreto sobre la tierra que suprime la propiedad nobiliaria, cancela las deudas de los campesinos y legitima el reparto de tierras. En 1918 se constituye la República Federativa Socialista Soviética de Rusia a la que, durante la guerra civil, se adhirieron otras naciones del antiguo imperio ruso. Con la constitución de enero de 1924 se confirma el carácter federal que se había venido promoviendo por los Soviets en ese muy extenso, multinacional y pluricultural país. Formalmente, en ese mismo año, se establece la Unión de Repúblicas Soviéticas Socialistas (URSS).

En los primeros meses de 1918, aún antes de terminar la Primera Guerra Mundial, las fuerzas de la contrarrevolución se organizaron y con el apoyo de varios países extranjeros (entre otros Francia, Gran Bretaña, Estados Unidos) lucharon en contra del gobierno de los Soviets que apenas se estaba formando. El grado de disputa y de violencia que se da entre el Ejército Rojo (que León Trotski organizó y dirigió) y varios de los blancos durante la guerra civil entre 1918-1922, no tuvo paralelo en toda la historia de Rusia. El país sucumbió a un cataclismo económico y social: la población se redujo en 12.7 millones como resultado de la contienda, las enfermedades y el hambre que en esos años sucedieron.

Después del Comunismo de Guerra, donde prevalecía el control de la economía altamente centralizado, se instrumentó la Nueva Política Económica (i.e., mayor libertad económica, cambios en la economía agrícola, comercio privado, red de cooperativas para la adquisición y distribución de bienes básicos, un sistema de crédito y un incipiente mercado de capitales) que relativamente normalizó la situación y estimuló a la economía.

Desde el principio el Estado soviético fomentó los servicios de atención a la salud y los de educación, respetando las diversas lenguas de los diferentes pueblos de ese vasto país.3

En octubre de 1926, en el XV Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS), se anuncia el fortalecimiento de la hegemonía económica del sector socialista a gran escala sobre todo el país y se proclama la necesidad de alcanzar y rebasar a los países capitalistas más avanzados “en un período histórico mínimo”. En octubre de 1928, con el primer plan quinquenal, se inicia una forma de transformación —que estaría vigente durante décadas— para consolidar el sistema soviético consistente en la planificación de la economía, la industrialización del país y la colectivización en el mundo rural. En todos esos años la sociedad soviética cambió profunda y radicalmente: disminuyó la población rural y creció la urbana, los campesinos independientes kulaks (pequeños y medianos productores) cruelmente desaparecieron con la colectivización forzada de la agricultura y la población rural se integra a granjas colectivas y estatales, se multiplicó la producción industrial (en particular la pesada), los trabajadores manuales llegan a representar más de dos terceras partes de la población total.

Fueron años (los que van de 1928 a 1958) en los que la política salarial coercitiva prevaleció. La acumulación de capital descansó en la sobreexplotación de los trabajadores del campo y de la ciudad. Fue también un período sin paralelo de represión política y social en la URSS: deportaciones de la población a la red de campos de trabajo forzado, terror, purgas y asesinatos marcaron los años en que gobernó José Stalin y que diezmaron la dirigencia soviética, incluyendo la militar.

Durante la Segunda Guerra Mundial Alemania, después de firmar un tratado de no agresión, invadió, devastándolo, prácticamente todo el territorio occidental de la URSS. Leningrado estuvo sitiado durante mil días por el ejército alemán y con el triunfo de los soviéticos en la sangrienta batalla de Stalingrado se inició el principio del fin de la Segunda Guerra Mundial. Más de 27 millones de ciudadanos soviéticos murieron y se destruyeron campos, fábricas y equipos.

Las relaciones de Estados Unidos con la URSS pronto se deterioraron al terminar la guerra. Se instaló la Guerra Fría, con el bloqueo soviético de Berlín en 1948, con enorme impacto y trascendencia mundial. La Guerra Fría, que en realidad no lo fue tanto (i.e., las guerras de Corea y de Vietnam así lo indican) determinó el rumbo de los acontecimientos en el mundo durante muchos años. Muchas de las colonias de países europeos en África y en Asia accedieron a su independencia a partir de 1947 (India, en primer lugar) en el marco de la Guerra Fría (entre otros, y muy importante, Argelia). Para 1949 la URSS desarrolló armas nucleares. En 1957 pone en órbita el primer satélite y en 1961 lanzó el primer satélite tripulado. Las comunicaciones se trasformaron de manera radical y acelerada. Se establece un mundo bipolar.  La URSS dominó varios países de Europa del Este y en 1956 reprime revueltas en su contra en Hungría y en Polonia. En 1962 se da la crisis de los misiles en Cuba y en 1968 las tropas soviéticas aplastan al movimiento reformista checo.

Con el gobierno de Nikita Jruschov (XX Congreso del PCUS en 1956) se inicia un período de liberalización política, fundada en la denuncia de los crímenes de Stalin, y paulatinamente mejoran las condiciones generales de vida de la población en la URSS, a partir de la segunda mitad de la década de los años cincuenta del siglo pasado. La reforma salarial y el incremento del salario mínimo permitió un aumento en el consumo que, junto con la construcción de vivienda, el estimuló a la producción agrícola y las mejoras en la educación y en los servicios de atención a la salud, reducen la desigualdad en la distribución del ingreso (el coeficiente de Gini llega a 0.263 en 1970).4

Al ascender al poder en octubre de 1964, Leonid Brezhnev revierte parcialmente las reformas de Jruschov: retorna a un sistema más cerrado y autoritario y rehabilita en parte la figura de Stalin. Si bien hubo cierto crecimiento económico y mejoras en el nivel de vida en los primeros años (1960-1970), las reformas no logran colocar a la economía soviética en un patrón de crecimiento sustentable y ésta se estanca a fines de la década de los años setenta (ver tabla 1).

En 1985 Mijail Gorbachov, a la relativamente temprana edad de 54 años,5 hereda una potencia, referente ideológico y político en un mundo bipolar, pero en profundo estancamiento económico y político. En un esfuerzo desesperado por revitalizar el sistema socialista y la potencia soviética Gorbachov promueve su programa de profundas reformas: la Perestroika y la Glasnost. Pero en vez de relanzar el proyecto soviético como se proponía, las reformas desataron una crisis terminal del sistema y del país. El 25 de diciembre de 1991 renunció Gorbachov a la presidencia y le transfiere al presidente de la Federación de Rusia Boris Yeltsin6 “el botón nuclear” y un día después, el 26 de diciembre, se reunió por última vez el Parlamento soviético que acordó la disolución de la URSS. La bandera blanca, azul y roja de Rusia imperial sustituye en el Kremlin a la roja con la hoz y el martillo. Pocos días después Rusia se declara Estado continuador de la URSS y así es aceptado por la totalidad de la comunidad internacional. La URSS tal y como se le conoció durante más de siete décadas dejó formalmente de existir. Esto sucedió hace más de 25 años. 

La Perestroika: El principio del fin

El principio del fin se dio apenas unos años antes, con el inicio de una revolución en cuatro frentes: en el de la vida económica y política en la URSS, en el pacto federal entre las diversas repúblicas y Moscú, en las relaciones con los países socialistas de Europa Oriental y en las relaciones de la URSS con Estados Unidos y el resto de Europa.7

En marzo de 1985, con el ascenso de Gorbachov al poder, da comienzo en la URSS un amplio, profundo y desde luego trascendente proceso de reformas políticas, económicas y sociales. En ese mismo año 1985, en reunión plenaria del Comité Central del PCUS, después de hacer una evaluación crítica de la situación prevaleciente en la economía soviética, Gorbachov propone en forma un tanto vaga un programa para su reestructuración (Perestroika), a fin de elevar su eficiencia y su productividad. En el XXVII Congreso del PCUS, en febrero de 1986, después de criticar la gestión de Brezhnev, Gorbachov expone la necesidad de llevar a cabo una reforma a fondo de la economía socialista. La Perestroika tiene como propósito no sólo mejorar el funcionamiento de la economía sino, también, lograr un tipo de crecimiento económico cualitativamente diferente mediante la intensificación de la producción sobre la base del progreso técnico, la reorganización estructural de la economía, mayores incentivos al trabajo, cambios en la dirección de las empresas y luz verde para la creación de “pequeñas cooperativas” en los servicios y la industria (que ya existían en el sector agrícola). En materia de política exterior el Congreso propone la creación de un sistema de seguridad internacional basado, ante todo, en el desarme y la coexistencia pacífica, política indispensable para dar respiro a la sobre militarizada economía soviética. Buscar la paridad con Estados Unidos en armamentos y en la investigación espacial resultaba sumamente oneroso para la URSS.

En enero de 1987, en reunión plenaria del Comité Central del PCUS, Gorbachov insiste en que la Glasnost (que significa transparencia y que entraña tres procesos: a) el de información clara y pública, b) su amplia discusión y c) la participación ciudadana en la solución de los problemas de la sociedad) y la democracia son aspectos inseparables de la Perestroika. El voto secreto y las elecciones con varios candidatos son aceptadas.    

Como sucede en cualquier proceso de renovación, los primeros frutos fueron evaluados de distinta manera. Para unos, se abandonaban los principios esenciales del socialismo; para otros, resultaba un esfuerzo insuficiente. Todos, sin embargo, reconocían que la Perestroika marcaba el destino del país y que difícilmente se podía desandar la ruta iniciada en marzo de 1985. Es cierto que antes de esa fecha ya se hablaba —dentro y fuera de la URSS— de la necesidad de reformar el “socialismo real”. Pero también lo es que muy pocos advirtieron con oportunidad lo radical que sería el proceso de cambio. Una vez puesto en marcha, también pocos fueron los que anticiparon la evolución de los acontecimientos que se produjeron a gran velocidad.

Por sus repercusiones mundiales los sucesos más espectaculares de esos años se dieron en el terreno de las relaciones internacionales: a) las tropas soviéticas salieron de Afganistán; b) se derrumbó el muro de Berlín y se reunificó Alemania; c) se inició el desmantelamiento del Pacto de Varsovia y las relaciones —de todo tipo— entre la URSS y los países de Europa del Este cambiaron de raíz; d) se avanzó en materia de desarme y en la solución de diversos conflictos regionales y e) se fortalecieron y multiplicaron los lazos de cooperación entre Occidente y la Unión Soviética (entre 1985 y 1988 se reunieron en cuatro ocasiones el presidente de Estados Unidos Ronald Reagan y el dirigente soviético). En el plano multilateral los miembros del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas dieron claras muestras de colaboración para hacer frente a las crisis de Medio Oriente.

Dentro de la URSS se vivieron alteraciones significativas, de gran alcance, que se complementaban y retroalimentaban y que le dieron base sólida y sostén a la nueva política exterior soviética. Esas alteraciones tuvieron como propósito transformar a la sociedad soviética en una abierta y plural, con amplias y garantizadas libertades. Al mismo tiempo se buscó transitar de una economía centralmente planificada y controlada, a una que se normara por las leyes del mercado. Como era de esperarse, el multifacético proceso de reformas se desarrolló de manera desigual, no fue lineal ni estuvo exento de conflictos. Con todo, y no obstante lo radical del proceso de cambio, fueron contados y aislados los conflictos sociales que en esos años se presentaron. Esencialmente prevaleció la paz social.

Las reformas en la URSS fueron objeto de intensa polémica. La economía soviética en vez de mejorar empeoró y se sumió en una fuerte recesión desde finales de la década de los años ochenta en medio de un serio problema de abasto de bienes esenciales. Se observó una marcada polarización en todos los niveles y los medios de difusión asumieron una actitud cada vez más cuestionadora. La información, comentarios y análisis que circularon en el país en torno a los grandes temas en debate eran verdaderamente impresionantes. A lo largo de esos años se ofrecían diferentes —incluso encontradas— propuestas para encauzar la evolución política, económica y social del país. A diferencia de lo que sucedía en otros momentos y circunstancias, el Estado ya no era el único interlocutor e intérprete. Los periódicos y las revistas —de igual manera que los programas de radio y televisión— eran tribunas que utilizaban las distintas fuerzas políticas de la sociedad soviética para formular diagnósticos en los que presentaban su versión y su visión de los acontecimientos y defendían proyectos que aspiraban a definir, en su totalidad, el rumbo futuro de la URSS. 

En definitiva, a pesar de los significativos logros de la Unión Soviética en muy diferentes y variados aspectos, su economía no pudo combinar el abasto suficiente y variado de bienes y de servicios de consumo, la producción de armamentos y la carrera espacial. A diferencia de Estados Unidos que sí pudo, la URSS no lo logró (el famoso argumento de Guns and butter). Para la URSS la cuestión de los armamentos para su defensa frente a Estados Unidos tenía la más alta prioridad y debía ser adecuadamente atendido. De hecho, subsistían dos economías en la Unión Soviética: la del aparato militar-industrial (moderna, eficiente, con acelerado progreso tecnológico) y el resto de la economía (relativamente ineficiente y atrasada, con escaso progreso tecnológico). Para la primera, que era prioritaria, se le proporcionaba todo lo necesario en términos de talento, mano de obra, capital, etcétera. Para la segunda, sólo lo que sobraba una vez satisfechas las necesidades de la primera. Además, el progreso técnico que se daba en la primera de las economías —que era acelerado— no se transmitía a la segunda y, de esta forma, la población no se beneficiaba de ello (por ejemplo, mientras que los aparatos de T.V. y el servicio de teléfonos que se utilizaba dentro del aparato militar-industrial eran modernos y eficientes, los de la economía de los consumidores no lo eran tanto). En Estados Unidos esto es diferente y las empresas, después de un tiempo que no es prolongado, pueden trasladar a los consumidores los adelantos de la tecnología que se dan en la producción de armamentos.

De la Unión Soviética a una “frágil” Comunidad de Estados Independientes

Después de varios años de Perestroika y Glasnost que entrañaron: a) la fatiga y el desgaste de las fuerzas armadas resultado de la guerra de Afganistán y las implicaciones que tuvieron en el conjunto de población;8 b) el compromiso con el socialismo que se fue aceleradamente desvaneciendo entre la juventud y parte importante de la intelectualidad; c) la amplia y variada discusión política y social que se dio en todo el país; d) las elecciones libres y la multiplicación de partidos y de grupos sociales organizados que publican y discuten libremente en la prensa, radio y televisión; e) la cada vez mayor difusión (visual y auditiva) de lo que en Occidente sucedía y, desde luego, f) décadas de progreso material y social a partir de la Revolución de Octubre en 1917, sobre todo después de la Segunda Guerra Mundial, no es de extrañar que, a diferencia de su nacimiento, que estuvo acompañado de violencia revolucionaria e injerencia externa, la defunción de la URSS se dio en un ambiente de relativa paz social y por la vía democrática y parlamentaria. No hubo un solo muerto.9 No se derramó una gota de sangre y los rusos empezaron a practicar la democracia parlamentaria occidental como si siempre la hubiesen practicado. Hubo un cambio radical de régimen y se dio la disolución del país Y ello sin mayor oposición. Esto no deja de ser asombroso (ello no fue del todo el caso en Yugoslavia, pero sí lo fue en otros países de Europa del Este). La comunidad internacional, perpleja ante la velocidad y dirección de los acontecimientos, más que intervenir buscó ayudar para que el período de transición fuese breve y lo menos conflictivo posible. La cuestión del enorme poderío militar de la antigua URSS, en primer lugar la necesidad de mantener bajo control su arsenal nuclear, fue lo que más preocupó al mundo.

Es impresionante la forma como se transformó el extremo oriental del viejo continente en unas cuantas semanas después de disuelta la URSS. Los contrastes entre lo que ésta fue durante décadas y lo que en días se convirtió es enorme. No es ocioso recordar algunos de los cambios:

a) En lugar de un inmenso y poderoso Estado multinacional y multiétnico, en unos días surgieron 15 Estados independientes. Muchos de ellos (empezando por la propia Federación de Rusia) con una gran diversidad étnica, que es aún fuente de tensión y de violencia.

b) En lugar de un Estado ideológicamente comprometido con la construcción del socialismo, surgieron 15 con orientación ideológica diversa, formalmente comprometidos con los ideales de la democracia liberal y con los principios de la economía de mercado. Desde luego que hubo diferencias importantes en la manera como estos ideales y principios se empezaron a poner en práctica.

c) En lugar de un Estado dirigido por un partido que ejercía el monopolio del poder, en los 15 que surgieron se dio una gran variedad de partidos políticos en formación, en los cuales predominaban los afanes nacionalistas e independentistas y en los que las personalidades, más que las plataformas programáticas partidarias, desempeñaron un papel determinante.

d) En lugar de un Estado con un gobierno altamente centralizado y muy poderoso, de repente existen 15 cuyos gobiernos —en proceso de formación— conservan una fuerte estructura vertical por un lapso relativamente prolongado, ya que se encuentran en el difícil proceso de sustituir los mecanismos tradicionales de poder que desaparecieron con el antiguo régimen.

e) En lugar de un Estado con un enorme poderío militar y arsenal nuclear, los 15 Estados buscan tener ejército propio. En el caso de las cuatro repúblicas soviéticas con armamentos nucleares (Rusia, Ucrania, Bielorrusia y Kazajstán) buscan intervenir en su manejo y su destino.

f) En lugar de un Estado cuya economía nacional funcionaba a pesar de insuficiencias y deficiencias, de repente surgieron 15 Estados, con desigual nivel de desarrollo, que rompen muchos de los vínculos productivos y distributivos que los ataban en un solo mercado. En 1991 desaparece el Consejo de Ayuda Mutua Económica (COMECON) y la relación de intercambio de la URSS y los países de Europa del Este, Cuba y Mongolia y la de éstos, con el resto del mundo, se vieron trastocadas.

g) En lugar de un Estado donde prácticamente no existía la propiedad privada, los 15 de inmediato buscan constituirla por distintos medios.

h) En lugar de un Estado en el que predominaba el ateísmo fomentado por la ideología oficial, surgieron 15 donde florecen las más diversas creencias religiosas.

i) En lugar de un Estado donde las libertades individuales y los derechos humanos estaban limitados, de repente surgen 15 que de manera desigual buscan respetarlos, y

j) En lugar de dos polos de desarrollo a escala mundial sólo quedo uno de ellos. El otro, el soviético, dejó de ser punto de referencia pues desapareció.

La Comunidad de Estados Independientes (CEI), acordada el 8 de diciembre de 1991 y formada con un afán de mantener cierta armonía y coordinación entre las repúblicas ex soviéticas, no dio los resultados que de ella se esperaban. Un recuento de las reuniones (durante los primeros 24 meses) que en diversos niveles de representación tuvieron hizo evidente que la CEI, a pesar de las decenas de documentos que se firmaron, no avanzó en la tarea de fondo que los dirigentes republicanos se propusieron al formarla: con respecto a la soberanía de los Estados que la integran mantener, en alto grado, la unidad del espacio político y económico que ocupó la Unión Soviética. Por el contrario, la CEI fue, durante sus primeros meses de existencia, más un foro para destruir ese espacio político-económico, en forma más o menos civilizada, que para mantenerlo. En los documentos constitutivos de la CEI, sus miembros (salvo las tres repúblicas del Báltico: Estonia, Letonia y Lituania y, por su lado, Georgia que no participaron) se comprometieron a “establecer y desarrollar un espacio económico común”. Sin embargo, desde su establecimiento, la tendencia a su desintegración se acentuó. No hubo coordinación alguna en la aplicación de la reforma económica, la cual se generalizó por toda la ex URSS en forma desordenada, más como reacción a la decisión unilateral de Rusia de liberar sus precios, que por voluntad expresa de las demás repúblicas. Por lo demás, se levantaron por todos lados diversos tipos de barreras proteccionistas (como la prohibición de exportar ciertos bienes y la emisión de cupones de acceso restringidos) y pronto empezaron a aparecer monedas nacionales (la de Ucrania una de las primeras). También los miembros de la CEI acordaron “coordinar sus actividades en política exterior”. Cosa que no sucedió y ni siquiera se estableció un mecanismo formal de coordinación para ese fin. Algo similar sucedió con el afán de crear “un espacio militar-estratégico común, incluyendo el control único sobre las armas nucleares”. Lo poco que se avanzó en un principio para cumplir con este objetivo, se fue diluyendo.

Con la disolución formal de la URSS se inició en la Federación de Rusia y también, en menor o mayor grado, en el resto de las repúblicas ex soviéticas un proceso que más que ser una transición a un nuevo sistema —democrático, liberal, de economía de mercado— se caracterizó en sus primeros años por el desplome del antiguo. Ello creó un vacío, con un Estado débil, justo en el momento en que la naturaleza de los problemas y la magnitud de las tareas demandaban un Estado fuerte con un sólido sistema normativo, con claridad de propósitos, dirección y perseverancia.

En la época del comunismo el enemigo era un Estado omnipresente que sofocaba a la sociedad. Después de la desintegración de la URSS —aunque en realidad el proceso y algunas de sus manifestaciones comenzaron antes— el problema fue que el Estado casi se desvanece, pero no porque haya desaparecido físicamente (su ejército de burocracia no disminuyó y aún era un par de años después —en 1994— dueño en el papel de más de 90% de la economía). Más bien porque su poder y su unidad se fueron desmoronado: cada república autónoma, región o ciudad dentro de Rusia y dentro de los otros 14 nuevos países, cada dirigente de empresa y de servicios públicos, cada oficina burocrática, incluso, se transformaron en entidades que manejaron su propia parcela de poder en forma más o menos independiente y, hasta cierto punto, en confrontación con las demás.

La disolución de los elementos que cohesionaban el sistema y que durante décadas lo apuntalaron —el partido y la ideología comunista— dejaron por legado la anarquía y la feudalización de la sociedad. Ello se manifestó de múltiples maneras: una ausencia de reglas generales y claras y un incesante cambio formal de las existentes; arbitrariedad, impunidad y corrupción generalizadas; depredación de la propiedad pública y su privatización ilegal (piratización, como en su tiempo se le llamó popularmente); auge de la economía subterránea y especulativa; caída vertical del producto y la inversión; colapso de la capacidad tributaria; florecimiento de la mafia, la inseguridad pública y el crimen.

En este ambiente que, en lo económico y lo político, en mayor o menor grado se dio en las 15 repúblicas que integraban la URSS, durante los primeros años después de su desaparición el escenario fue de pugnas interrepublicanas. En ello Rusia desempeñó una función singular y central, por su papel histórico, su tamaño y su potencial. No sólo es una república más en busca de su identidad poscomunista, es también el centro del imperio perdido. Por tanto, Rusia no puede (y con frecuencia no quiere) evitar involucrarse, de una u otra manera, en la mayor parte de estos conflictos. Por su origen, cuatro fueron los principales antagonismos interrepublicanos en los primeros años, después de la desintegración de la URSS y que en parte aún en 2017 prevalecen:

a) Conflictos derivados de la repartición de la herencia que dejó la URSS. El reparto de las propiedades y de las instituciones federales entre las repúblicas se resolvió, por lo general, en forma pragmática: cada una se quedó con aquello que se encontraba dentro de su territorio. Aunque no necesariamente la más racional o justa, esta vía resultó ser eficaz y, en relación con lo que estaba en juego, poco problemática. Las excepciones surgieron, notablemente a raíz de las discrepancias entre Rusia y Ucrania en torno al reparto de la herencia soviética: la cuestión de las armas nucleares y la de la flota del Mar Negro (que a la postre resultó recientemente en la anexión de Crimea a la Federación de Rusia).

b) Conflictos derivados de la geografía política que dejó la URSS. El espacio geográfico que ocupó la Unión Soviética era un verdadero mosaico de etnias, pueblos, nacionalidades, lenguas, culturas y religiones. La división política existente sin duda era arbitraria. En el río revuelto dejado por la desintegración de la URSS, grupos nacionalistas minoritarios intensificaron, en mayor o menor grado, su lucha por cambiar de estatus político (muchas de ellas se dieron y se dan en el Cáucaso) y, en ocasiones, por modificar sus fronteras. Estas luchas comprenden, con frecuencia, las relaciones entre los nuevos Estados nacionales.  El conflicto entre Armenia y Azerbaiján, en torno a Nagorno-Karabak, donde se repiten los frágiles acuerdos de paz para terminar con un nuevo enfrentamiento. El que se está dando, en estos momentos (2017), entre Kirguistán y Uzbekistán en torno al agua… y otros más.

c) Conflictos derivados de la distribución de las minorías rusas en la ex URSS. Con el propósito, más o menos velado, de rusificar otras repúblicas, de colocar sus cuadros técnicos y políticos e incluso de poblar nuevas zonas económicas, el gobierno soviético estimuló, durante décadas, la migración rusa a todo el territorio. En el momento de desintegrarse la URSS cerca de 25 millones de ciudadanos de origen ruso no sólo de golpe perdieron su estatus de relativo privilegio sino también, en ciertos casos, algunos de sus derechos (i.e., en Letonia y Estonia, por ejemplo, llegaron a perder la ciudadanía. Los problemas asociados con la población ruso parlante en el Este de Ucrania, en donde en la actualidad hay enfrentamientos).

d) Conflictos derivados de la interdependencia productiva y distributiva. A pesar de las declaradas intenciones de los dirigentes de las repúblicas, la fragmentación política de la URSS fue acompañada de la fragmentación del espacio económico. La combinación de unos precios que no reflejaban costos reales (herencia del socialismo) y de un rublo en bancarrota (herencia de la Perestroika) socavó el comercio interrepublicano al desvirtuar su sentido original: de intercambio de equivalentes, se convirtió en lucha por succionar unilateralmente recursos a los vecinos. Para acomodarse a este peculiar sistema, los nuevos Estados independientes recurrieron a toda clase de medidas proteccionistas que rompieron los vínculos económicos interrepublicanos, ya de por sí debilitados por el doble efecto del colapso del sistema de planeación y la inestabilidad política.

Las nuevas repúblicas nacieron en un contexto caótico. Pasarían varios años de que la mayoría de éstas lograsen transformarse en Estados viables y estables. Más que un vehículo para mantener un espacio económico y —hasta cierto punto— político común, la Comunidad de Estados Independientes se convirtió en una instancia para lograr un divorcio razonable. Los numerosos conflictos que existen entre las repúblicas ex soviéticas y en particular de Rusia con otras de ellas, apuntan a que ese divorcio resultó a mediano plazo más conflictivo de lo que parecía en su momento. 

Del socialismo real al capitalismo salvaje y la desindustrialización

Antes de la disolución de la URSS el gobierno soviético había optado por “transitar al mercado”. Para fines de 1991 la opción para Rusia (y en buena medida para las otras repúblicas) no era capitalismo o socialismo, sino qué tipo de economía de mercado y estructura industrial florecería. Ya para entonces, para quien quisiera ver, se perfilaban dos opciones. Será, en el mejor de los casos, una economía compleja y moderna, con una poderosa base industrial, con sectores de tecnología de punta que destaquen en el mercado mundial, con una estructura social balanceada y un sector social desarrollado. O, por el contrario, una economía más simple basada, en gran medida, en la exportación de materias primas, que perdería buena parte de su potencial tecnológico e industrial y que cargaría con los problemas de desigualdad social, desempleo y pobreza que aquejan a muchos de los países en vías de desarrollo.

Claro está, el gobierno ruso esperaba y prometía la primera opción. Pero el camino que escogió facilitó el camino para la segunda.

De la misma manera que la transición al socialismo, después de la Revolución de Octubre, tuvo que llevarse a la práctica por la vía de experimentar varios procesos (Comunismo de Guerra, la Nueva Política Económica, la programación de la actividad económica y social con los planes quinquenales), la transición del socialismo a un sistema democrático, liberal y con una economía de mercado no resultó sencilla. No existía un camino claro a seguir, ni mucho menos un libro de texto con recomendaciones. No se disponía de una “hoja de ruta”. Todo era nuevo y diferente y el grado de capacidades, destrezas, conocimientos, formación, liderazgos, recursos, era muy desigual en las 15 repúblicas. Predominó en todo ello la Federación de Rusia. De todas partes del mundo (particularmente de Estados Unidos, Alemania, Francia y del Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial) llegaron expertos y comisiones de estudio para dar sus consejos y recetas a los gobernantes rusos.

La evolución y características económicas y sociales de Rusia en estos años puede dividirse en dos grandes períodos: primero, la era de Boris Yeltsin, que va de 1990 a 1999, en la que el reformista primer ministro Yegor Gaidar orientó el proceso de transformación que después algunos analistas calificaron de “capitalismo de cuates” (crony capitalism). En realidad, es preferible referirse a ese período como un capitalismo primitivo, salvaje donde se dio el despojo. El segundo período da inicio con la llegada de Vladimir Putin al poder y que todavía en la actualidad prevalece. Algunos analistas lo llaman “capitalismo de Estado”. Más bien podría llamarse capitalismo con fuerte intervención del Estado. En ambos casos, aunque con sus importantes diferencias, el régimen político que ha caracterizado a Rusia de 1992 a la fecha es, al final de cuentas, ejercido por un número reducido de personas que dominan la economía del país. La oligarquía rusa resuelve, orienta y determina.

A finales de 1991 el presidente Boris Yeltsin, apoyado por sus colaboradores —notablemente Yegor Gaidar, al principio primer ministro encargado de la economía y después como viceministro— y por un conjunto de asesores externos, en lugar de hacer frente a la crisis económica y social que en ese momento se vivía, resolvió instrumentar una terapia de choque10 para transitar y construir una economía de mercado lo más pronto posible. Adopta para ello, con gusto y entusiasmo, la fórmula del Consenso de Washington cuya política económica ampliamente comparte. Gaidar simultáneamente busca: a) estabilizar los precios; b) liberalizar precios y mercados y c) privatizar empresas públicas.11

Junto con la liberalización de los precios en Rusia se inicia la privatización de la propiedad pública, la del Estado. Durante los primeros años con Gaidar se fueron transfiriendo la propiedad gubernamental de muchas de las empresas (con un equivalente a acciones) a los gerentes (managers), trabajadores y público en general. Fue un proceso similar al que siguieron otros países poscomunistas de Europa Oriental: el sistema de vouchers. Posteriormente, antes de las elecciones de 1966, se promovió el llamado esquema “préstamos por acciones” (loans-for-shares). La propiedad de las empresas (con frecuencia importantes empresas que controlaban recursos naturales) se transfería a los particulares, poderosos hombres de negocios, mediante préstamos que estas personas hacían al gobierno. Esto llevó a la creación de importantes grupos que ejercieron una influencia considerable sobre el gobierno. Entre otros, están los ejemplos de los imperios financieros, lo que llegó a darle fuerza al llamado “capitalismo de cuates” que se fue creando desde los primeros años de la transformación. Fue en estos años (1993, 1994) que se fueron creando los primeros millonarios. En sus primeras etapas en muchos países este procedimiento se ha dado por la vía de contratos de la obra pública y por la de las concesiones.

La idea que organizó el proceso de privatizaciones de los activos soviéticos fue de que, por un lado, era necesario el apoyo doméstico, de la población, a la política de cambios que se estaba poniendo en práctica y, por el otro, que era importante y necesario evitar que la inversión extranjera viniera a comprar las empresas soviéticas, que seguramente pagarían mucho más que los ciudadanos rusos. Así se vendieron, por relativamente poco dinero, las empresas a familiares, conocidos y amigos de Yeltsin y del grupo gobernante. Pero también a poderosos miembros del aparato (la nomenclatura). Ello se logró, pero a un costo relativamente alto. Por una parte, el disgusto popular a lo que la población entendía como corrupción. Y, por la otra, el aumento en la deuda pública, pues la venta de las empresas no estaba proporcionando suficientes recursos para hacerle frente a los crecientes gastos gubernamentales. Desde luego que hubo corrupción, sobre todo en el sentido de que se estaba favoreciendo a los amigos… a los antiguos dirigentes políticos… a los gerentes de las empresas.

Ya para 1992 se pone en práctica el programa. Como puede observarse en los siguientes cuadros los resultados fueron devastadores. La economía no creció, la desigualdad en la distribución del ingreso aumentó, se hicieron muy ricos unos cuantos amigos del poder y la corrupción se desató (ver tabla 2).

La industria de bienes de consumo, a la que en principio se le daría prioridad, se desplomó (ver tabla 3).

El desplome de la economía rusa —en su tránsito hacia una de mercado— en parte se explica por la ausencia de factores institucionales que le dieran sustento y base sólida a la formación progresiva de una economía de mercado por la vía la inversión privada, la producción de bienes y de servicios y el crecimiento económico (i.e., derechos de propiedad bien definidos, sistema normativo transparente y efectivo, estructura impositiva racional). Pero todo ello toma tiempo. Son resultado de la evolución de la sociedad y del país en su conjunto, y no pueden establecerse de un día para otro. Incluso son resultado del propio crecimiento de la economía ya como una de mercado.

Se pensó que tan sólo era necesario liberalizar los precios y los mercados para que la economía, por su propio dinamismo, ordenara el funcionamiento y la armonía del mercado. En realidad, el desplome de la economía rusa fue el resultado de las políticas económicas y sociales equivocadas que se pusieron en práctica en los años en que se buscaba transitar a una economía de mercado.12

La abrupta liberalización, la desindustrialización provocada (lo que es necesaria y conveniente se argumentó, ya que, al fin y al cabo, se producen bienes de mala calidad y de manera ineficiente), los aumentos en los ingresos públicos y la reducción del gasto (el pensar permanentemente en evitar una crisis fiscal), también contribuyeron al colapso de la economía en esos años.

Después de una década de transición la economía rusa ha cambiado profundamente. Dejó atrás el modelo de desarrollo casi autárquico soviético que producía prácticamente de todo para convertirse en una economía abierta, fuertemente vinculada a la economía mundial. Ello ha inducido mayor eficiencia en muchas empresas nuevas y viejas. Al mismo tiempo ha dado lugar a una desindustrialización sin precedentes en la historia moderna. Por resultado, son pocos los recursos que se utilizan con más eficiencia, pero muchos más los que han quedado ociosos. A falta de inversión, la destrucción desatada entre otros factores por una abrupta liberalización, no ha dado lugar a un correspondiente proceso de creación. En la célebre fórmula acuñada por Schumpeter, el proceso de destrucción creativa, parece haber quedado suspendido en su primera fase.13

Por lo demás, hace 15 años Josepth E. Stiglitz escribió La globalización y sus descontentos y señaló que la modalidad de reforma económica basada en una terapia de choque estaba condenada al fracaso, y no sólo en Rusia sino en muchos otros lugares.14

La evolución y características económicas y sociales de la Federación de Rusia se puede apreciar por quinquenios:  a) de 1990 a 1994, en promedio y en términos reales, la tasa anual del PIB disminuyó 8%; b) de 1995 a 1999 también disminuyó a algo menos de 1% al año; c) en cambio, de 2000 a 2004 se registró un crecimiento promedio de 7% anual; d) de 2005 a 2009 continuó el crecimiento, aunque a un ritmo menor: alrededor de 4% al año en términos reales y de 2010 a 2014 el crecimiento tan sólo fue de 2.5% al año. De acuerdo con el Banco Mundial, para 2015 hubo una contracción económica de 3.7% y para 2016 fue de 0.2%. Para 2017 ya se espera cierto crecimiento, superior a 1.4 %.

No sólo no ha habido crecimiento económico sino que, además, el proceso de concentración del ingreso ha sido acelerado.

Desde el principio de la transición a una economía de mercado en 1991, la desigualdad en Rusia se desató. Entre 1990 y 2012 el índice de Gini de ingreso disponible pasó de 0.26 en 1991 a 0.41 en 1993 y a 0.42 en 2012. A partir de ese año se ha mantenido en ese nivel. La diferencia entre los ingresos del 10% de la población más rica y el 10% de la más pobre pasó de cuatro a casi 17 veces. El 1% de los más ricos en Rusia ahora son dueños de 71% de la riqueza del país.15

El Índice de Desarrollo Humano del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) 2016 (que combina indicadores en materia de salud, educación y nivel de ingreso) da una idea de la magnitud del colapso en Rusia. En 1991 fue de 0.729 y el país ocupaba el lugar 35 dentro del conjunto de países. Para el año 2000 el índice bajó a 0.720 y para 2015 fue de 0.804, ocupando el lugar 49. Para México el índice fue de 0.762 y ocupó el lugar 77. En Rusia de 1999 la población en condiciones de pobreza era 40% del total. Para 2015 se redujo a 10%.

En suma, la política de transición en Rusia ha conducido hacia el modelo negativo de mercado: desindustrialización, pérdida de potencial tecnológico, fuga de cerebros, sobreexportación de materias primas, inflación, devaluación de la moneda, un dramático deterioro de los servicios sociales básicos (educación, salud, vivienda), endeudamiento externo, fenomenal concentración del ingreso, fuga y derroche de divisas, una caída vertical del ingreso real y pauperización, son todos ellos fenómenos que por desgracia se conocen muy bien en los países subdesarrollados y que se han convertido en característicos de las economías ex soviéticas, incluyendo por supuesto a la rusa.

¿Pudo haber existido otra forma de hacer las cosas? Sí, siempre y cuando se atendieran otros asuntos (i.e., el desplome productivo, la inflación, el desempleo) que la crisis económica de la transición estaba generando y que reclamaban solución. Lo primero era combatir la crisis. Pero se optó por la vía de las privatizaciones. Algunos estudiosos de la transición argumentan que era poco el margen que se tenía y que el gobierno del primer ministro Gaidar no duró lo suficiente como para desarrollar el esquema inicial de privatizar de una manera más racional, transparente y democrática.16 En realidad, el gobierno de Yeltsin, en particular los encargados de los asuntos económicos —a la cabeza Gaidar— tuvieron prisa y buscaron llevar a cabo el proceso de privatización lo más pronto posible. Pensaron que una vez que estuvieran en las manos de la población las acciones de las empresas privatizadas (su opinión cada nuevo propietario sería un abogado a favor del programa liberal que se estaba poniendo en práctica en Rusia) respaldarían al gobierno y apoyarían las reformas que estaban por venir. La prioridad era prevenir un posible retorno al comunismo. No era el caso. En las elecciones parlamentarias de 1993 el Partido Comunista, que había recuperado su registro, tan sólo obtuvo un poco más de 10% del voto.  

El poder de las elites comunistas era mucho mayor que el que existía en otros países comunistas de Europa Oriental. Además, en varias de las repúblicas (en realidad en todas, pero con intensidad variable y desigual) la nomenclatura tenía, en la práctica, el poder de resolver. Era una nomenclatura voraz. Si bien el gobierno tímidamente trató de combatirla no lo logró. A la postre el equipo de Gaidar reconoció en 1996: “No nos gusta el capitalismo que está formándose en Rusia: un capitalismo de ladrones, corrupto, socialmente injusto, son las huellas del parto del socialismo”.17

Un segundo problema que surgió en el proceso de privatización fue la existencia en manos del Estado de importantes recursos naturales (gas, minerales, petróleo, madera) que le proporcionaban cuantiosos recursos y que, en la práctica, podían ser utilizados para compensar ineficiencias en otras actividades públicas. Ello reducía el entusiasmo de la elite política para llevar a cabo la política de transformación emprendida. Los recursos obtenidos de la venta podían ser utilizados para cubrir deficiencias operativas en otros sectores de la economía y, de esta forma, evitar tener que tomar decisiones más difíciles para el cambio.

Finalmente, los muy diversos problemas —de diferentes características y naturaleza— que entrañó el colapso de la Unión Soviética (como, por ejemplo, el conflicto en Chechenia, dentro de Rusia y, fuera de ella, con Georgia, con Ucrania) hizo que la atención política estuviera dividida y que el ambiente fuera menos positivo para poner en práctica la política de transformación económica.

De Yeltsin a Putin 18

Después de cinco años de la transición y en vísperas de las segundas elecciones que Yeltsin ganó en 1996, prevalecía en la política y en la economía rusa una situación muy compleja y desigual.

Para ese año Rusia no acababa de estabilizarse, la crisis de poder no se resolvía, la amenaza de que se desintegrara el país no se despejaba y la crisis económica no tocaba fondo. Los indicadores sociales empeoraban día a día y brotaron los primeros casos de epidemias, de la difteria al cólera, que dan idea del deterioro general de las condiciones de salud y nutrición.

Para revertir la situación era necesario, en primer lugar, solucionar la cuestión del poder: es decir, definir la cuestión básica de quién manda. El Legislativo y el Ejecutivo federales se enfrentaban abiertamente, mientras que los poderes regionales capitalizaban los despojos de su lucha. El Poder Judicial había perdido autoridad y capacidad para fungir como árbitro en el conflicto. Mientras tanto, surgieron fracturas dentro de todos y cada uno de los poderes.

La lucha entre los poderes Ejecutivo y Legislativo tuvo, como contexto, un defectuoso y frágil marco jurídico (la vieja constitución no refleja las nuevas realidades) y como sustancia, profundas divergencias políticas con la oposición: los más cuestionaban la forma de la transición, los menos la idea misma que, con frecuencia, se confunde con una descarnada lucha por el poder mismo.

De cualquier modo, el sistema político en Rusia estaba atravesando un período de transición que fácilmente podía prolongarse todavía por varios años. Se aspiraba oficialmente a una forma democrática de gobierno, pero el peso de una larga tradición de totalitarismo y la necesidad de un poder fuerte para enfrentar los múltiples problemas de la desintegración del imperio fueron dos importantes factores que aún siguen permeándose en la vida política de este país.

Boris Yeltsin ganó las elecciones presidenciales de 1996, pero el entusiasmo para llevar a cabo nuevas reformas se había desvanecido y, además y muy importante, las finanzas públicas se encontraban en una situación difícil. En 1998 Rusia trató de renegociar la deuda pública que tenía y, después de fracasar, declaró una moratoria y suspendió el pago de la deuda. El sistema de pagos se colapsó y las condiciones de vida de la población se deterioraron. El “libre mercado” perdió apoyo y la balanza de la opinión pública se movió a favor de un gobierno estable y fuerte para evitar mayor inestabilidad. Se abría así el contexto para la llegada de Vladimir Putin.

Vladimir Putin y la transición a un capitalismo de Estado

A principio de la década de los años noventa casi todos estaban a favor de la economía de mercado. El problema que se discutía era cómo ponerla en práctica. Diez años después la polémica giraba en torno a cómo reformar, de raíz, el capitalismo que surgió y que desde el gobierno se estimuló. Mientras antes del colapso de 1998 varios e importantes protagonistas de la transición se adjudicaban el éxito que se había tenido en los primeros años, ahora se distancian de ella.19

En 1999 Vladimir Putin gana las elecciones y, desde entonces ha estado, en la práctica, al frente de la Federación de Rusia y es probable que se extienda hasta 2024, si triunfa en los comicios de marzo de 2018 (un cuarto período presidencial). Su paso previo en el gobierno de San Petersburgo, trabajando junto con los liberales Anatoly Chubais y Alexei Kudrin, le dio prestigio con los reformistas dentro del gobierno de Yeltsin. Con ese apoyo, ya en el poder, puso en práctica ciertas reformas liberales que dieron buenos resultados: un impuesto único al ingreso (flat income tax), redujo la tasa de impuestos a las utilidades y promovió nuevas leyes en materia de la tierra y otros códigos legales. La economía rusa, durante los primeros años del siglo XXI, inicia una etapa de rápido crecimiento económico y también de los salarios reales de los trabajadores, junto con una disminución de la pobreza y el desempleo.

Se inicia en esos años un proceso de expansión acelerada de la economía rusa, aunque no hay mejora en la distribución del ingreso. El gobierno de Putin asume la muy necesaria tarea de fortalecer la presencia del Estado en la conducción política y económica de la sociedad. La cuestión del poder (lucha entre los poderes Legislativo y Ejecutivo) se resuelve a favor del presidente, quien con su partido gana elecciones nacionales y locales, con amplia mayoría. Con cierta dosis de autoritarismo, Putin disciplina a los nuevos empresarios rusos. Ya para 2017 cerca de cien empresarios rusos están en las listas de billonarios de Forbes. Diez de ellos están entre los primeros cien billonarios. En las relaciones con las otras repúblicas ex soviéticas, la Federación de Rusia asume el liderazgo. Varios estudiosos de la Federación de Rusia han llamado al proceso puesto en marcha por Putin como capitalismo de Estado. Es mejor llamarlo capitalismo con fuerte intervención del Estado.

En primer lugar, porque se ha caracterizado por la creciente participación del Estado en la propiedad (de actividades tales como las finanzas, la energía, el transporte y los medios de comunicación) revirtiendo la tendencia previa hacia la propiedad privada. El papel del Estado en la industria también se ha fortalecido a través de la creación de consorcios verticalmente integrados (i.e., Aeroflot y los Ferrocarriles Rusos en el transporte, Avtodor en la industria de la construcción, Gazprom, Rosneft y Transneft en energía, Rosaton y Rosmano en alta tecnología, Sberbank y VTB en la banca). El proceso de incorporación al Estado de ciertos sectores de actividad se inicia con el arresto en 2003 del multimillonario Mikhail Khodorkovsky. El gobierno nacionalizó su empresa petrolera Yukos. Y a lo largo de los años continuó el gobierno controlando y adquiriendo sectores estratégicos como la aviación, la producción de cierta maquinaria y equipo, la banca, la energía, etcétera. Para 2015 se estimó que más de la mitad de la economía rusa estaba en manos del Estado, con más de 20 millones de trabajadores empleados directamente por el gobierno (28% del total de la fuerza de trabajo en ese año). Con el establecimiento de sanciones a Rusia por parte de la Unión Europea y de Estados Unidos, a raíz de la incorporación de Crimea a la Federación de Rusia, otras industrias que dependían del crédito externo de Occidente para operar, se han tenido que acercar a los bancos del Estado ruso para sobrevivir y, en esa medida, a depender del gobierno.

En segundo lugar, la exportación de energéticos crecientemente se utiliza como instrumento de la política. Rusia ha diversificado sus exportaciones de energéticos y ahora incluye mercados como el chino, japonés y coreano mediante la construcción de ductos: el petrolero que cruza Siberia y el gasoducto Sakhalin-Khabarosk-Vladivostok. Proyectos de plantas nucleares se han acordado con los gobiernos de Bulgaria, Hungría y Eslovaquia. También otros países europeos dependen del gas ruso: Finlandia, Estonia, Bulgaria y Eslovaquia dependen en casi 100%; Grecia y la República Checa dependen en tres cuartas partes; Alemania depende en 30% y Holanda y Francia están adquiriendo cantidades considerables de gas ruso.

En tercer lugar, ingresos considerables, aunque fluctuantes, derivados de la industria extractiva han llevado al gobierno a detenerse en el proceso de reformas estructurales desde mediados de la primera década del siglo. El problema reside en que muchas de estas reformas están en los campos de la educación, la atención a la salud y las pensiones, además de la descentralización de la administración pública. En estos campos, y la forma en que están operando, se afectan las finanzas públicas, y el afán de quienes las promueven lo hacen para sanearlas (con argumentos neoliberales), pero afectando conquistas previas que le restarían apoyo popular al gobierno de Putin. Por el lado de la descentralización de la administración pública, el problema radica en que el gobierno central no quiere dejar de controlar las cosas, sobre todo en el Lejano Oriente en donde está de por medio las relaciones con China.

En cuarto lugar está la creciente concentración de la riqueza. Unos cuantos multimillonarios controlan una parte creciente de la riqueza (alrededor de la tercera parte) en el país. Grandes proyectos de infraestructura de construcción, como el de Sochi para los juegos olímpicos de 2014 y el puente sobre el estrecho de Kerch, uniendo a Rusia con Crimea, se han entregado a multimillonarios muy ligados al presidente Putin. Junto con ello, al nacionalizarse algunas actividades estratégicas, sus propietarios se convirtieron en multimillonarios de un día para otro. El crecimiento acelerado de los precios de las commodities en los diez primeros años del siglo XXI también multiplicaron el número de millonarios. Para algunos estudiosos de la Federación de Rusia, es el país en el que la riqueza, en términos absolutos, está distribuida de manera más desigual en el mundo.

En quinto lugar, la expansión de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) en los países ex comunistas de Europa del Este y la amenaza que ello entraña para Rusia, han marcado, en parte, la política exterior del gobierno de Putin y ello ha llevado a que la Unión Europea y Estados Unidos impongan sanciones a Rusia. Hasta ahora el país ha sobrellevado razonablemente bien el impacto de las sanciones. Ello no obstante el acceso a nuevas tecnologías se ha visto limitado y los precios de algunas mercancías (alimentos y ciertos bienes de consumo) presionan el índice de precios. China en parte ha sustituido a Occidente con apoyo financiero. La supuesta intervención de Rusia en el proceso electoral estadunidense, en el que resultó electo presidente de Estados Unidos Donald Trump, ha complicado las relaciones de todo tipo entre esos dos países.

Con todo, durante el gobierno de Putin, Rusia ha ampliado su espacio económico y ha buscado integrar a algunas de las antiguas repúblicas soviéticas. Este es el caso de Armenia, Belarús, Kazajstán y Kirgistán. Por su parte, Uzbesquistán y Tajikistán se han estado acercando. Todo ello para construir un sólido puente con el Este, en especial China. El 1 de enero de 2015 se estableció la Unión Económica Euroasiática. Ello se complementa con el proyecto chino de una nueva ruta de la seda.

De 15 años de gobiernos dirigidos por Putin y en medio de la crisis que se vive en Europa, el desplome de los precios del petróleo y el costo de las sanciones impuestas a Rusia por Estados Unidos y la Unión Europea el futuro económico de Rusia se ve algo complicado. Para contrarrestarlo Rusia busca afianzar sus lazos con el Este y con algunos países europeos. Incluso con varios países de América Latina. Para el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional las perspectivas de crecimiento de Rusia no son muy favorables y mantendrá su estancamiento económico seguramente hasta 2017.

A manera de conclusión

Ahora, después de casi 25 años de economía de mercado y de profundos cambios en el proceso de producción y distribución de bienes y de servicios, la Federación de Rusia actualmente desempeña un papel importante, en ocasiones determinante en el concierto de las naciones y en la economía mundial.

En los círculos de la oposición y dentro del propio gobierno se ha ido cobrando conciencia de la necesidad de fortalecer la presencia del Estado (pasar de las manos invisibles del mercado, a las muy visibles del Estado) en áreas básicas. Esta tendencia choca no sólo con la oposición de los liberales extremistas, sino también con poderosas barreras objetivas. El Estado ruso es aún un cuerpo débil, fragmentado, ineficiente y corrupto, cuya existencia se encuentra amenazada por fuerzas regionalistas. Sanearlo y fortalecerlo sin recaer en el autoritarismo del pasado no es una tarea fácil ni ausente de riesgos, pero que bien vale el esfuerzo. Rusia debe superar su endémica tendencia a caer en los extremos. Tanto el totalitarismo del pasado como la anarquía destructiva que en algunos períodos se ha vivido deben evitarse si es que Rusia quiere ingresar al club de las economías capitalistas modernas. Algo similar ocurre con las otras repúblicas ex soviéticas. Pero el papel de Rusia sobresale.

De esta manera los viejos conflictos y los que generó el colapso de la URSS rara vez se han resuelto en estos 25 años, por lo general se han prolongado y, en algunos casos, se agudizaron.  Otros más se agregan, intermitentemente, a una larga lista. Es cierto que no han faltado iniciativas para resolver estas pugnas por la vía de la negociación y por nuevas formas de cooperación, tanto en lo económico como en lo político. Pero se avanza poco.

La Federación de Rusia es actualmente el país más extenso del mundo. Su superficie, de más de 17 millones de km2 (más de ocho veces la de México), se extiende a lo largo de casi 12 husos horarios: de Kalinin, en la frontera con Polonia, al estrecho de Bering, frente a Alaska. Con muy extensos litorales, ríos navegables y una gran variedad de climas (aunque la mayor parte del territorio ruso se ubica en la muy fría zona polar). Tiene recursos de todo tipo: 26% de los recursos mundiales de gas natural, 25% de la madera, 12% del petróleo y 9% de los recursos hidráulicos. Minerales de todo tipo y extensas superficies de tierra propia para el cultivo agrícola y el desarrollo ganadero.

Cuenta con más de 144 millones de personas, en buena medida urbana, y una buena distribución por edades, similar a la prevaleciente en otros países europeos. El sistema de servicios educativos es bueno y calificado (a pesar del deterioro que sufrió en los primeros años de la transición) y disponen de varios centros universitarios y de investigación de alta calidad. La escolaridad promedio es alta. El sistema de atención a la salud y de seguridad social, también deteriorado en los primeros años de la transición (la esperanza de vida al nacer bajó), continúa recuperándose. La organización de los trabajadores continúa siendo sólida. Las condiciones generales de existencia son mejores en los principales centros urbanos y dejan algo que desear en las localidades pequeñas y en el medio rural.

Medido por el GDP la Federación de Rusia es la sexta dentro de las naciones y su PIB por habitante es de alrededor de 14 mil USD (mayor si se usa el PPP). La forma en que fue llevada a la práctica el proceso de privatización de la propiedad pública provocó concentración del ingreso.  Particularmente desde que Vladimir Putin asumió el poder en 1999, la concentración de la riqueza y del ingreso —que ya venía dándose— se aceleró. La Federación de Rusia, incorporada al mercado global, ocupa el décimo lugar dentro de los países exportadores y el décimo noveno dentro de los países importadores. El comercio con México es mínimo: Rusia exporta a México productos químicos y petroquímicos, productos metálicos, minerales y otros. México exporta a Rusia automóviles y autopartes, productos agropecuarios, algo de químicos y otros de importancia menor.

 

Carlos Tello Macías

Parte de lo que aquí se escribe se basa en un libro que junto con Juan Pablo Duch coordinamos, La polémica en la URSS, publicado por el Fondo de Cultura Económica, México, 1991, y en otro que escribí Cartas desde Moscú, publicado por Cal y Arena, México, 1994. También en tres artículos que publicamos Gerardo Bracho y yo en la revista nexos, México (junio 1992, diciembre 1993 y febrero de 1994). De varios artículos de Bracho, en diferentes publicaciones, he tomado ideas. Varias personas leyeron el texto e hicieron útiles comentarios.

Ofrecemos una disculpa a Carlos Tello Macías por haber atribuido por error la autoría de este texto en la edición impresa a Carlos Tello Díaz.


1 6-7 de noviembre de acuerdo con el calendario gregoriano.

2 Tan sólo se presentan algunos datos sobresalientes de lo que sucedió en la URSS después de la revolución, para dar contexto a lo que ha sucedido en los últimos 25 años en la Federación de Rusia.

3 Ver de Steve A. Smith, The Russian Revolution. A very short introduction, Oxford University Press, Reino Unido, 2002.

4 Ver de Laila Porras Musalem su libro Inègalitès de Revenus et Pauvretè dans la Transformation Post-socialiste, L’Harmattan Paris, 2013 y sus notas sobre “La desigualdad en Rusia a 100 años de la Revolución” presentadas en el Programa Universitario de Estudios del Desarrollo de la UNAM, el 9 de agosto de 2017.

5 Desde 1971 Gorbachov es miembro del Comité Central del PCUS y en 1979 miembro alterno del Politburó del partido. En 1985 es nombrado secretario general del PCUS.

6 De 1976 a 1985 Yeltsin trabajó como primer secretario del PCUS en Sverdlovsk (hoy Ekaterinburgo), importante zona industrial. En 1986 es nombrado primer secretario del Comité Urbano en Moscú e ingresa al Politburó del PCUS como miembro alterno. En 1989 es electo diputado por Moscú con más de 93% de los votos en las primeras elecciones con candidaturas múltiples. En junio de 1991 es electo presidente de la Federación de Rusia con 57% de los votos (su más cercano contrincante obtiene 17%).

7 Ver de Helene Carrere d’Encausse, Seis años que cambiaron el mundo, 1985-1991, Barcelona, Ariel, 2016.

8 Ver de Svetlana Alexievich, Premio Nobel de Literatura en 2015, Los muchachos de zinc, en donde reseña lo que vivía la población civil en la URSS durante la guerra en Afganistán. En 1979 el gobierno tomó la decisión de enviar tropas y la intervención soviética duró nueve años y un mes y 15 días. Alrededor de un millón de tropas soviéticas combatieron y más de 50 mil soldados murieron, en los años que duró la guerra.

9 Hubo un par de muertos en Moscú, atropellados accidentalmente por un tanque, durante el golpe de Estado de 1991.

10 Quien argumenta a favor de la terapia de choque, en el contexto de la transición, es Jeffrey Sachs. Véase su libro Understanding “Shock Therapy”, Londres, 1994.

11 No hay que olvidar que el conjunto de medidas de política que contiene dicho consenso están diseñadas para economías subdesarrolladas, algunas de ellas emergentes, que en opinión de Washington D. C. (donde tienen su residencia el FMI, el Banco Mundial y varias entidades del gobierno de Estados Unidos) presuntamente están enfermas de estatismo y de populismo. Y no para economías que buscan transitar del comunismo a una economía de mercado. John Williamson acuñó el término en su ensayo The progress of policy reform in Latin America, Institute for International Economics, Washington D.C., 1990.

12 Para muchos de los estudiosos de la economía rusa la prolongada duración de la crisis “se explica —por unos autores— por las reformas incompletas y por una intervención del Estado incorrecta en materia económica. Otros autores señalan que las instituciones necesarias para el adecuado funcionamiento de la economía capitalista no surgen de manera espontánea y es difícil ponerlas en práctica… la innecesaria y prolongada crisis también es el resultado de políticas inadecuadas que afectaron negativamente a la economía y retrasaron la existencia de esas instituciones”. Gerardo Bracho y Julio López, The economic collapse of Russia…, op. cit.

13 Gerardo Bracho, “La liberalización…”, op.cit. Sobre la transición rusa vista como proceso destructivo sin “creación” de por medio, véase de Alec Nove, “A gap in Transition, Models? A comment on Gomulka”, en Europe-Asia Studies, vol. núm 46, 5, 1994, pp. 863-869.14

14 Véase su libro y también su artículo en el periódico Reforma del 5 de abril de 2017, México.

15 Tomado de Oxfam Discussion Paper, mayo 2014. Inequality trends and policy responses in contemporary Russia.

16 Ver de Simeon Djankov, Russia`s Economy under Putin: from Crony Capitalism to State Capitalism, Policy Brief del Peterson Institute for International Economics, septiembre 2015.

17 Izvestia, citado en Bracho Gerardo, “Rusia: capitalismo de la nomenclatura”, revista FRACTAL, México, número 24.

18 Ascendió rápidamente como funcionario en el PCUS de Leningrado. En 1998 fue nombrado director del Servicio Federal de Seguridad, puesto que a partir de entonces ocupa en forma simultánea con el de secretario del Consejo de Seguridad Nacional. Cuando Yeltsin anunció su dimisión el 31 de octubre de 1999 Putin, de acuerdo con la constitución rusa, se convierte en presidente interino

19 Este es el caso de Anders Aslund, varios años importante consejero del gobierno ruso. Ver en la revista Foreign Affairs sus artículos “Russia’s Success Story” de octubre 1994 y “Russia’s Collapse” de septiembre-octubre de 1999.

 

Un comentario en “Rusia, los años recientes

  1. Excelente articulo, me gustaría leer algo semejante del caso chino y ver las diferencias. Saludos desde Tijuana.