Hay gente que se está enamorando siempre. No una vez, o diez, sino que hacen del enamoramiento una gimnasia, un continuo volver al mundo a costa del ser amado. Sin embargo, el ser amado adquiere en su imaginación una condición de ventolera, de acontecimiento efímero, de sueño pasajero. He conocido a tantas personas que se convencen de haber encontrado por enésima vez a la amante de sus sueños (en caso de que no practiquen o ejerzan ese viejo y deslucido negocio de la monogamia). La decepción es continua, pero no las derrotas; al contrario insufla en ellas nuevas energías para emprender otra vez la conquista, el enamoramiento, la caída en ese suave estado de somnolencia. Cualquier gesto, señal evanescente, cualquier cruce de miradas o roce de piel con un ser atractivo las excita una vez más, las lanza de nuevo a emprender la cabalgata y la aventura. Rafael Argullol escribe en El héroe y el único que la insatisfacción es uno de los rasgos que definen con mayor claridad la tendencia y el pensamiento romántico, la insatisfacción, “el esfuerzo derrotado, la travesía frustrada”.


Ilustración: Sergio Bordón

No es extraño que en el romántico todos los caminos conduzcan a la autodestrucción, al goce de la enfermedad. “Todo dura un instante”, escribía Holderlin; “La belleza es una verdad trágica” (John Keats), y un aliciente para la bella muerte. Sabemos cuál es la sustancia del romanticismo desde que Federico Schlegel denominó a esta tendencia humana como el “Oriente Eterno”. Aun así, continuamos cayendo como moscas en el brote romántico porque éste no se ha cifrado, envilecido o momificado en una época, sino que forma parte, sangre de lo que el ser humano es. Por ello el eterno enamorado no necesariamente es cursi y un adiposo sentimental, sino que sólo expresa la enfermedad vital, el renacimiento idiota de la manera más elemental posible. No puedo renunciar a citar una novela de otro escritor, amigo de Kafka (aunque no estoy seguro qué cosa signifique haber sido amigo de aquel cadáver extraordinario e insufrible), Franz Werfel (1890-1945), quien en su novela Una letra femenina azul pálido se enamora no de una mujer, sino de una caligrafía femenina. El personaje central de esta obra, Leónidas, pese a amar a su pareja bella y prudente, Amelie, recibe la carta de otra mujer —de un antiguo amor concentrado en el olvido— cuya letra lo enloquece y despierta en él toda clase de sensaciones dulces y dolorosas, y colmadas de presagio y misterio. ¡Es el colmo de la sensibilidad enamorarse de unas letras! La trama de la novela es más compleja que mi trazo apresurado, pero me apoyo en esta obra para darle gravedad a este breve boceto del eterno enamorado.

El enfermo o enferma de enamora-miento no posee cura alguna. Su raigambre quijotesca lo acerca a un abismo cuyo fondo es ilegible o inexistente. Isaiah Berlin escribe: “Estas son las bases fundamentales del romanticismo: la voluntad, el hecho de que no hay una estructura de las cosas, de que podemos darle forma a las cosas según nuestra voluntad —es decir, que solamente comienzan a existir a partir de nuestra actividad creadora— y, finalmente, la oposición a toda concepción que intente representar la realidad con alguna forma susceptible de ser analizada, registrada, comprendida, comunicada a otros y tratada, en algún aspecto, de manera científica”.

¿Por qué este mi repentino interés en hurgar en el tema del enamoramiento? Porque conozco a varios amigos que lo sufren pese a que ni siquiera crucen más de una palabra con esa persona, no obstante a que sólo logren acceder a su voz y a su paciencia casi filantrópica. ¡Qué brutalidad! En la columna pasada aludía a la curiosidad (curiosidad por conocer o saber más acerca de algo, o de uno mismo), como una forma de alejarse o postergar el suicidio, como un antídoto contra el pesimismo. Ahora me refiero a la inconsolable e incurable voluntad de enamorarse nada más porque sí, tal cual uno ama su decadencia y sus huesos sin porvenir. (Nada me atrae más de una mujer más que la conciencia de saber que se va y que te hará sufrir.) Carajo, hay que saber mentirse a uno mismo y así extraer fuerza del ser interior o del subsuelo para ponerse en pie, una y otra vez.

 

Guillermo Fadanelli
Escritor. Entre sus libros: Mis mujeres muertas, Mariana Constrictor y Hotel DF.