Desde el pesero, entre baches y basura, aparecen dos torres de vigilancia. “¡Baja!”, advierto al conductor. Afuera del estacionamiento los perros callejeros han dejado las alcantarillas y se acercan a mendigar. Tuertos. Flacos como arpas. Muerden y les truena la mandíbula. Llevan el estómago vacío por días.

El cielo gris hace juego con el suelo. De cerca, noto los vidrios polarizados de las torres de vigilancia. Además del muro, al penal lo rodea una malla metálica. En medio es tierra frontera, desolada. Pasto quemado y algunas pocas flores amarillas. La mala hierba predomina.


Ilustraciones: Patricio Betteo

Cámaras vigilan las esquinas. Alambre de púas. Un pájaro quedó estrangulado, su cadáver cuelga desplumado. Con la mano protejo mi rostro del sol. Silencio. Nadie más camina alrededor.

El miércoles a las 11:00 no es día de visitas. Sobre las escaleras hacia la entrada principal, un hombre lee el periódico, la primera plana anuncia el asesinato de un candidato a diputado.

Toco la puerta de entrada, también polarizada. Por una abertura atisbo al custodio que ignora mi llamado. Repito con más fuerza. Su voz pregunta qué quiero. Debo impartir una clase pero no traigo mi oficio, el papel que me autoriza entrar. La última visita se los dejé a ellos, como me indicaron.

Pide lo espere en la escalera. Regresa para decir que no sabe nada y menos quién soy. Que me dejará pasar “por única vez”, pero debo ir a la dirección a ver a la secretaria.

A la recepción la decoran vírgenes y algunos santos con luces de colores. Otro custodio me pide una identificación y que firme en dos libretas. La máquina de rayos X está apagada así que revisan mis bolsillos en un cubículo de ladrillos.

Las cámaras siguen grabando. Un cartel de “Cuida tu libertad, ingresar drogas al penal se castiga con cárcel” decora el muro. También uno de “En este penal luchamos por prevenir la corrupción”.

Otro letrero enlista la vestimenta y productos permitidos para las visitas. Ropa azul, beige, blanca, negra, transparencias, plataformas, tacones, gorras y más de dos capas, entre otras cosas, están prohibidas para los externos.

El custodio sella mi antebrazo y me entrega un papel y una ficha de plástico. Si las pierdo no podré salir hasta que haya pasado el conteo nocturno.

Adentro. Corro por el pasillo. Se me ha hecho tarde. Todos los caminos parecen ser el mismo. Todas las puertas de metal. Barrotes. Desde pocos orificios puedo percibir el mundo que rodea.

Las custodias merodean. Sentadas, leyendo, maquillándose, platicando, fumando, comiendo, durmiendo. A los puntos de control, que vigilan dos, les llaman “las cuatro paredes”.

Para llegar a la dirección debo atravesar los locutorios. Ahora están vacíos. En días de visita hay llantos, besos y gritos.

En la oficina decenas de internas hacen fila. Burocracia penal. Pocas realmente comprenden de qué se trata o en qué va su caso. Dejan que se empolven. Unas visten de azul, otras de beige. El color indica si les han dictado sentencia. Una embarazada. Su bebé nacerá en el penal. Será uno de cientos más.

La secretaria no sabe nada sobre mi oficio. Debe tener una copia pero su escritorio está repleto, la mitad son papeles, la otra recuerdos. La luz, proveniente de una instalación hechiza, falla y comienza a vibrar.

La convenzo de que me permita impartir clase y al terminar regresar a solucionar lo del oficio. Acepta pues anda “hasta la madre de trabajo”.

Arrinconada en una escalera una interna sostiene a un recién nacido y le da pecho. Alrededor no hay dónde sentarse. Teñido de azul, rubio o rapado, cada cabello descubre autonomía y moda.

En el pasillo me sorprende Elota, mi alumna mayor, “siempre la arman de pedo”, opina sobre los custodios. El resto me espera dentro de un salón desolado, de ladrillos. Tiene mesas y sillas de concreto. Al fondo, una ventana enrejada con vista a un patio interno. Junto, otros salones para impartir clases. En el piso de abajo hay estancias o celdas.

Dos alumnas no se han presentado. Una se puso mal. Está internada en la enfermería. Su novia la cuida. Las enfermeras las inyectan por todo. Lo hacen con tirria. Clavan la aguja hasta desgarrar. Piensan “son malas” y les dejan moretones.

Margarita, una señora de ojos saltones y dentadura postiza, me pide que hable más despacio. Ha pasado tanto tiempo adentro que mi lenguaje, dice, le parece extraño. No reconoce algunas palabras.

Elota trae uno de sus cuentos. Lo lee en voz alta. La escucho. Anda juiciosa. Recuerda cuando tenía un nombre, ahora es un expediente más. Le cuesta concentrarse, encontrar un rincón alejada de los gritos, donde tenga privacidad.

Por la ventana enrejada noto una lechuza inmóvil, a lo alto. “Es falsa pero tiene plumas de verdad”, explica Elota, “la pusieron para ahuyentar a las palomas”. Las únicas que entran y salen con libertad.

También noto unas manos que se asoman entre la herrería del piso de arriba. Gritan “mi amor” y exigen “el chapulín” o “el bebé”. Un bulto o canasta amarrados a una cuerda hecha con trozos de tela. Arriba están el módulo y el apando. Las presas de máxima seguridad y las castigadas. Viven siempre encerradas. Salen una vez al día. Comparten celda. Sus noches son íntimas.

Desde el patio les lanzan el bulto. Lo cachan y jalan rápidamente hasta arriba. Dentro están las sustancias que las harán olvidarse del día.

Casi todas usan pantalones de mezclilla o deportivos. Sudaderas y suéteres. Sólo les permiten dos capas. Entre mis alumnas todas visten azul. La ropa es suya, el uniforme es respetar el color. Su joyería suele ser bisutería. Cuentan que una muy rica usaba todas sus prendas, aunque azules, de diseñador.

Se maquillan. El delineador de ojos y el de cejas son sus favoritos. También se tiñen el cabello. Una es nueva en la clase. Robusta, como la mayoría, morena y de cabello largo. Se ha sentado apartada del resto mientras lo cepilla. No le interesa la clase. Está ahí pues acompaña a su amiga.

Le pregunto su nombre. Responde un apodo. Dice ser muy suertuda. Siempre lo ha sido. El viernes pasado su hijo cumplió seis años. Edad en la que deben abandonar el penal. Ella rezó y rezó. El oficio de salida se retrasó y pudo tenerlo tres días más. Lo peor fue decidir si entregarlo al DIF o a un familiar.

Las de primer ingreso deben aprender a darse a respetar, encontrar su lugar dentro del penal. Unas crean camaraderías, otras acumulan venganzas. Nadie escoge con quién comparte estancia. Elota, cuya voz impone y es parlanchina, ha decidido no hablar con sus compañeras de celda. Son aprovechadas y hacen la fajina fatal. Así le llaman a la limpieza. Con verlas, enfurece.

Elota duerme con otras que, como ella, cumplen sentencias largas. En su edificio la tiendita ofrece mejores productos. En otro edificio están las reincidentes y en uno más las madres con sus hijos. Hay dos literas y una cama por estancia, en otras más. Las bases son láminas y el colchón de hule espuma. Muchas duermen en el suelo. Despiertan con dolor de espalda y pasan el día fastidiadas.

Entre las reincidentes se pelean más. Les gusta a puño pelón. Con poco que las calienten, hierven. Las deudas se cobran. Afilan los extremos de las barras y clavan la punta en una manzana podrida. Así cuando pican infectan la herida.

Un custodio interrumpe la clase. Parece sombra, viste todo de negro. Conmigo aparenta ser amigable. Con ellas no. Exige que le respondan con “jefe”. Nuestra conversación sobre escritura lo aburre y se va. Ha pasado a chismear.

Elota despierta diario cerca de las siete de la mañana. Abre el ojo con los “ruidos silenciosos” que hace una compañera de estancia. Pasa un rato más en la cama. El frío le entume las manos.

Ya no sabe qué día es aunque el tiempo importa. Con él paga su condena. Le duele el estómago. Ya es algo crónico. A otra interna le paga unos pesos para que haga la fila de los medicamentos por ella. Debe ser al alba.

Cada estancia tiene una zotehuela. Ahí lavan y se preparan comida si es que la tienen. El uso de gas está prohibido. Las estufas son eléctricas. Elota comienza preparándose un café. Desde las claraboyas de la zotehuela y entre neblina ve las luces del monte vecino. Algunas casas de tabicón cuyos castillos al desnudo apuestan por un futuro mejor.

A las 7:45 todas deben dejar las estancias y pasar lista. Elota odia el conteo, “se avientan como en el Metro a hora pico”. Después regresa a bañarse. Junto a la zotehuela está una letrina y el desagüe. Las calderas no funcionan. Con una resistencia calienta agua en una cubeta. Tarda media hora. Elota se crispa cuando sus compañeras, en complicidad, le ganan el baño.

Quiere “partirle su madre” a la que duerme en su litera. Una que asesinó a sus hijos y luego intentó suicidarse. Por las noches despierta, grita y se ríe. Otra se hacía pasar por trabajadora social y mataba. Con Elota se porta demasiado amable. Asegura que la está engordando.

Las fallas eléctricas son comunes y pasan semanas sin luz. La dirección las culpa pues la instalación no soporta tanta demanda. Dicen que el problema son sus resistencias para el agua, televisiones, parrillas eléctricas y más electrodomésticos. “Casas reo” bromea Elota sobre el penal.

También se quedan sin agua. Al penal lo abastecen pipas que luego no llegan. Entonces no quieren estar dentro de las estancias pues el olor es repulsivo.

Tampoco soportan las chinches. Están por todos lados. Insecticidas de cualquier tipo están prohibidos. Son armas de suicidio. Una custodia que siempre usa falda con el uniforme y maquillaje exagerado les regala un poco. Ella tampoco las soporta y se compadece.

Entre semana atienden clases. Los cursos duran cuatrimestres. Con más de seis faltas las dan de baja. Cumplir puede significar reducir sentencia. Cuando acaban vuelven a empezar. Se aburren. Nada les interesa más que escapar.

Hay clase de tatuaje pero no las dejan tatuarse. A la comida que les dan tres veces al día le llaman rancho. De ahí se abastecen las que tienen menos. La sirven en el “carrito feliz”, son caldos de agua hirviendo con verduras desabridas y lo que Elota asegura es carne de caballo. El hedor sale del comedor y viaja por los pasillos.

Cuando aparece la comida todas se acanallan como moscas. Unas, a escondidas, la guardan en recipientes. Son para sus maridos en otros penales. Los ven una vez a la semana, la noche íntima. “Se ponen sus tangas”, las critica Elota, “aunque sean asesinas”.

Han prohibido la venta de fruta. Elota compró todo lo que pudo. Dos plátanos tabasco por siete pesos, una papaya chica por 43 pesos, tres manzanas (feas) por 29 pesos y un aguacate por 11 pesos. En cuanto se acabe lo que tienen en la tiendita no surtirán más. Cacharon a varias haciendo pulques y tepaches.

Por la noche es el segundo conteo. El cierre. Un custodio con una lista y una cadena en la mano aparece y golpea las rejas de cada estancia. Grita el nombre de cada una. Ellas deben responder con su apellido. Revisa que no estén golpeadas, drogadas ni en la celda equivocada.

Las estancias se cierran con llave hasta la mañana siguiente. El buen comportamiento les acredita premios, como poder ingresar una televisión. Los castigos son siempre diferentes. Si les encuentran un celular, van tres meses al apando. Si faltan a la lista, 15 días.

Antes de llegar al penal a Elota le gustaba la fiesta, tomar martinis, whiskis, fumarse unos porros y darse unos pericazos. Cuando la encerraron pensó que lo mejor sería pasarla “bien puesta”. Buscó en las tienditas.

Lo más común era crack y perico. El porro andaba en 20 pesos. Una botella de vodka, de pésima calidad y en recipiente de plástico, mil pesos. De cacharlas también hay castigo. La opción más barata es cuba con gel desinfectante para manos. La cruda es garrafal.

A una bola de mota compactada en plástico que introducen sus visitas en la vagina le llaman “el aguacate”. Adentro revenden. También pastillas para bajar de peso. Todo entra y sale por la misma puerta. La que aseguran los custodios. El crack y el perico que compró Elota eran de tan mala calidad que optó por la sobriedad.

La mayoría cree en las brujas. Elota pela los ojos al enterarse de que es una palabra cuya etimología se desconoce. También en los hechizos. A las recién ingresadas les cuentan que deben comprar una escoba nueva, barrer su estancia y pedirle a alguna visita que la saque o nunca serán libres.

A los niños les cuesta dormir. Sus madres pasan horas intentándolo. Dicen que es por tantos espíritus y malas vibras. Muchas mueren ahí. Por suicidio u homicidio. Van cuatro en el año.

A Elota se le sube el muerto. También en un pasillo que pocas transitan vio una sombra. No supo qué hacer así que la saludó y se siguió. “Estamos muertas”, dice, “cuando entras, el mundo de afuera te mata con su olvido”.

Después de innumerables quejas le permitieron cambiar de estancia pero todas parecen estar igual o peor. No sabe qué hacer. Sus dolores no paran. Para relajarse se lee el tarot con otra interna.

Pocas mañanas recuerda sus sueños. Tampoco a la mujer que era antes, la que vivía rondando la ciudad, la que creía que nunca le pasaría nada. Luego se tira sobre el poco pasto seco del patio y analiza. Cree que los criminales hacen cosas malas porque de chicos sus padres les decían a todo que “no”.

Una hora después la clase ha terminado. Elota debe entregar las llaves del salón que le ha confiado la encargada y la acompaño. Atravesamos más salones de clase y el comedor que reúne a un grupo en oración.

Entre pasillos, algunas internas montan sus vendimias de dulces como mazapán, chocolates, paletas Vero y chicharrones. Revistas y periódicos. Sus visitas los ingresan. Todas necesitan generar dinero para subsistir adentro y mantener a sus hijos afuera.

Algunas trabajan en dupla. Mientras una acomoda el producto en bolsitas, la otra anuncia y despacha. Un rollo de papel de baño está en 10 pesos.

 “Te amo mi gallina”, “te amo Betsy” y “siempre tuya” está rallado en las escaleras. Elota me guía por un corredor oscuro. Al fondo hay luz. Por ambos lados son puertas metálicas con barrotes. No se puede ver el interior. Son las estancias.

Para entrar hay que estar invitado. Durante el día ellas tienen su propio candado. En ese piso viven madres con niños. Carritos y carriolas cuelgan sobre clavos a lo largo del pasillo.

Elota critica a las que tienen hijos adentro. Dice que lo hacen porque les sale gratis, luego se van y ya ni los tienen que cuidar. Ahí los ve jugando al apando y al castigo. Las niñas se maquillan “para la cita conyugal”. “Adiós putilla”, le gritó un niño y Elota se puso roja.

A lo lejos escucho una sirena. Advierte que una nueva ingresa “por la puerta chica”. Las traen a todas horas sin advertirles en qué parte de la ciudad están. Con suerte, algún familiar o amigo las recordará y llevará comida, algunos productos de limpieza y dinero.

Seguimos caminando. Por mi vestimenta naranja todas saben que soy externa. Que no pertenezco ahí. Me cruzan miradas de lujuria, dominantes. Muchas chimuelas, otras cojean. Se enferman con facilidad.

Con las pupilas derramadas una habla sola. Su pestilencia me indica que le gustan los solventes, el activo. Entre cada piso hay teléfonos públicos. Funcionan con tarjeta. Casi siempre están ocupados. Entre palabras se les quiebra la voz pero tanto concreto las ha hecho fuertes. Se recuperan rápidamente. Son cautelosas, hablan en voz baja al criticar o contar.

“Se venden cigarros en la celda…”. La mayoría fuma, mientras platica, en los pasillos, entre clases. Están convencidas de que las relaja. Unas adoptan a los gatos que se meten de la calle. Los envidian, junto con las ratas: entran y salen con facilidad.

Elota toca con tres golpes la entrada a una estancia. Es de la encargada de la llave, junto duerme su hija. Todo está decorado con cobijas rosa y cientos de fotografías. Un pequeño almacén de vida. La ropa de niña cuelga sobre un tubo, tiene permitido vestir colores. Por las noches la niña no duerme si no rodean su cama con una tela. “Es un escudo”, confiesa la pequeña, siente temor y frío.

Me asomo por la zotehuela. Puedo ver poco del cielo. Con palos de escoba, cables y mecates secan la ropa. Han tapado las ventilas con botellas de plástico vacías. A la dueña de la estancia las palomas le recuerdan cuando adentro se alivió. Se metían y cagaban su cama, las de sus vecinas y la del bebé. Entonces tenía que repetir la fajina.

Hace unos años Elota cumplió 60. Ese día tembló. Era de noche. Estaba dentro de su estancia. Todo el edificio tronó. Las custodias salieron corriendo y a las presas las dejaron con llave.

Elota ríe al verme pues tengo los labios morados y froto las manos para calentarme. De salida paso al baño del comedor. Ninguna letrina tiene puerta, tampoco agua. Están carcomidas por el óxido. El piso es un charco de meados. Los botes de basura son garrafones viejos de gasolina. Papeles sucios, mojados y acartonados. Pegados en la pared. A nadie le importa su estado y menos sus usuarios.

Una sigue en pijama. Parece sonámbula. En el pasillo otra me pide cinco pesos. Es para hacer una llamada. Nadie la visita desde hace meses y ya no aguanta.

En la oficina la secretaria no ha encontrado mi oficio y advierte que ya estaba por mandar a un custodio por mí. “Mejor lo vemos la próxima semana”, concluye, pues debe atender una llamada.

De regreso, en el pesero, un MC comienza a rimar. Carga un micrófono y bocina. Habla de la suciedad de la sociedad. De su olor a pus. A lo lejos los cables decoran como nervios la ciudad. Sus venas de poder. Pienso en la rutina y monotonía del encierro. Alrededor todo vibra, se transforma y olvida a los que no encuentran su lugar.

 

Teresa Zerón-Medina Laris
Investigadora y fotógrafa.

 

4 comentarios en “Ciudad pus.
Una crónica de Santa Martha Acatitla

  1. Teresa querida, que artículo tan fuerte que define la pus de esta sociedad que conforma México y qué tal parece no encuentra el camino para sanearse. Tu artículo está lleno de compasión en la manera como describes la vida en desgracia de las que ahí están refundidas

  2. Mi querida Teresa: Tienes una sensibilidad muy especial para transmitirnos el dolor ajeno pero existente en esta sociedad de la que me despedir e sin entender . Y agradezco estar alejada de ella. Sigue perfeccionando tu sutil pluma. La tía Lupe.

  3. Excelente crónica Teresa. Describe también la pus de los pésimos gobiernos que nunca ven ese otro México.