En este relato de Pilar Adón (Madrid, 1971) —uno de los trece que conforman La vida sumergida (Galaxia Gutenberg, 2017)— una mujer le pide a otra que ejecute por ella el mayor acto de amor posible, con la idea de que, a partir de entonces, podrá llevar a la práctica todos sus proyectos. Su deseo le será concedido, pero no siempre es una ventura que los deseos se cumplan.


Se habían habituado al licor de ajenjo y lo bebían de pie, por las mañanas, junto al fregadero de piedra o apoyadas en la escalera que movían de un lado a otro por la biblioteca para llegar a los estantes más altos. Sin ceremonias previas ni finales. Sin ir a cambiarse de ropa. Sin adornarse el cuello ni las muñecas. Calladas y un tanto desgarbadas, con la dejadez propia de la lentitud y la indiferencia, en un abandono que sólo podían permitirse las depositarias de una elegancia congénita. Las beneficiarias de una delicadeza en la longitud de las formas, en la calidad de las telas que vestían a diario, conscientes de que existían dos tipos de personas, las que tenían clase y las que, por mucho que lo intentaran con bordados, pedrería y aromas sutiles, no la tenían ni la tendrían nunca. Al cabo de un tiempo indeterminado, que podía ser de unos minutos o que podía ser de unas horas transcurridas entre tragos cortos, entre libaciones del licor servido con decisión en sus vasos pequeños, procuraban ir a sentarse en las butacas de la cocina, siempre en silencio. Y entonces tal vez sí tuvieran que esforzarse por hacerlo con cierta dignidad. En ese momento tal vez resultara complicado moverse, dar más de dos pasos en la misma línea de equilibrio, y quizá debieran poner más atención en la distancia que recorrían ya que ambas podían haberse deshecho  de la estabilidad y ambas podían haberse internado en la enormidad, el exceso. Sus avances por un suelo de madera que no era de hacía dos años ni de hacía cinco ni cincuenta tendrían que ser cautelosos.

Comían a la una y media, sin decirse nada, incómodas en su proximidad mutua. La confusión del ajenjo daba paso a un primer júbilo físico y mental que, invariablemente, desembocaba en un cansancio un tanto dramático. Y era sólo más tarde, ya durante los postres, cuando Brígida podía empezar a hablar para decirle que debía recoger la ropa de la azotea y que debía hacerlo antes de las cuatro. Con la voz arrogante de quien da una orden. Argumentándole que ella no iba a esforzarse por ir a la azotea (tenía que centrarse en sus mil tareas) y que debía ser Hilda quien se propulsara por el pasamanos de las escaleras hacia arriba sin excusas ni dilaciones. Antes de que empezara a soplar el viento y le resultara imposible (a ella y a cualquiera) asomarse al exterior. Tenía que subir a la planta superior, cerrar las ventanas de cada dormitorio y de cada sala, asegurar las contraventanas, bloquear la puerta de hierro que se deslizaba sobre una barra adherida al suelo a modo de carril hasta que la cancela chocaba contra la pared del gran balcón, siempre con un golpe seco, echar la llave de abajo con dos vueltas, echar la llave de arriba con dos vueltas, correr a la escalera, subir más aún y, una vez en la azotea, recogerlo todo antes de que empezaran los crujidos en cada muro de la casa. Los vaivenes de las cortinas que se elevarían por encima de las sillas a causa de las corrientes de aire que se colaban irremediablemente a través de las grietas abiertas entre los marcos de los miradores y las tablillas del entarimado, en una oscilación serpentina que haría presagiar la aparición de un ser biológico tras ellas (un lobo, una rana, un muchacho) o la aparición de un ser no biológico (una piedra de color ámbar).

Era cierto que las copas de los pinos habían empezado a agitarse bajo los cristales de los ventanales de la cocina, y Hilda recordó allí, contemplando el prodigioso estremecimiento de la red de huesos y tendones en que iba a desembocar cada uno de los troncos móviles de cada uno de los árboles, el momento en que le pidió a Brígida que se muriera. Ese día soplaba el viento igualmente, con aquella violencia nada excepcional dada la época y dada la zona. Habían cerrado las ventanas, las puertas. Habían asegurado los pestillos y habían corrido los visillos. Y fue en esa circunstancia cuando pensó que si Brígida moría, si Brígida desaparecía, toda la casa sería suya, entera para ella, y entonces no tendría que obedecer más órdenes. No tendría que ajustarse a los horarios ni a los propósitos de Brígida. Dejaría de estar sometida, juzgada, calificada a cada instante, y llevaría a la práctica sus proyectos. Todas sus fantasías. Sin tener que comer cuando Brígida quisiera, sin tener que dormir cuando Brígida quisiera. Podría ponerse sus vestidos más alegres. Bañarse en el embalse. Practicar sus lecciones de piano cuando deseara hacerlo y bailar cuando deseara hacerlo. Raspar la tierra y descubrir qué había debajo de cada planta, de cada pedazo de hierba seca, de cada montón de agujas de pino reunidas por el viento, como quería hacer desde que a la edad de seis años aprendiera que una pezuña era una uña fuerte y desarrollada, y que algunos animales las tenían largas y afiladas a modo de apéndices cortantes, como zarpas, para atrapar a su presa, para aferrarse a ella, para cerciorarse de que no podría escapar y para excavar, escondiendo bajo la parte de suelo visible cualquier objeto valioso, su alimento. Lo aprendió de niña y desde entonces quiso comportarse como un perro que se esforzara por desenterrar de la base del monte el hueso escondido años atrás por él o por un antepasado. Extraer del barro la explicación a su existencia. Desentrañar el significado de cada estímulo para quedarse tranquila y poder regresar  a sus actividades cotidianas. Sus otras actividades cotidianas. Creyendo que semejantes explicaciones se encontrarían en la base de los montes, bajo las pilas de materia fusionada al azar. Creyendo que podrían desenterrarse con sólo escarbar. Revolviendo bajo el abono de los cultivos. Bajo las semillas alojadas en las hileras de los huertos.

Bajo los círculos de ceniza abandonados por los pastores. Bajo las formaciones de piedras grandes o bajo las formaciones de piedras pequeñas que se ocultaban bajo las piedras  grandes.

Si Brígida desaparecía y toda la casa pasaba a ser suya, se entregaría al aprendizaje de un idioma vivo o de un idioma en extinción. A la investigación de los requisitos necesarios para que los miembros de un grupo llevaran una convivencia civilizada. A la resolución de la incógnita de si para que dicha convivencia civilizada pudiera ser real debía optarse siempre por el sometimiento y siempre por la rendición de unos ante otros. A desentrañar el auténtico significado de las palabras de negación que se apropiaban de las palabras primigenias para contradecirlas y desposeerlas de su sentido primordial. Desapego. Desarraigo. Desafección. Desaparición. Frente al apego, el arraigo, la afección, la aparición. Centrada en su lista de libros, los que debía leer antes de convertirse en una anciana como lo era Brígida. Middlemarch y Al faroGrandes esperanzasUn mundo felizLa abadía de NorthangerEdipo reyCrimen y castigoLa comedia humanaArielEl rey Lear y el Libro de la vida.La montaña mágicaMatar a un ruiseñorLos miserablesRojo y Negro. ¿Acaso los leería con Brígida a su lado, formando parte de la casa, envuelta en sus chales en invierno y en sus tules en verano, haciéndose notar por su aliento, con esa respiración de mujer que dejó de ser joven hacía años?

Lo dudaba.

Así que le pidió a Brígida que se muriera. La única manera de conseguir una identidad personal.

Y días después, Brígida estaba muerta.

Nunca pudo negarle nada. Nunca pudo oponerse a sus caprichos. De modo que se murió.

—¿Es que me odias? —le preguntó.

Y Hilda respondió que no. Que por supuesto que no. ¿Cómo iba a odiarla? Había sido su protectora. Su maestra. La encargada de orientar sus gustos hacia sus primeras lecturas. Su consejera llegado el momento de enfrentarse a un texto de Séneca y descubrir que la experiencia podía asemejarse a la de leer un angustioso libro de superación personal. Frases como “Vivís como si fuerais a vivir siempre” o “A vivir hay que aprender toda la vida”. Claro que no la odiaba. Brígida le había explicado qué era un minueto, qué una gavota. Le había dado la definición de música como el arte de bien combinar los sonidos y el silencio en el tiempo. No la odiaba. Simplemente deseaba que se deshiciera. Que se volviera transparente. Que se transformara en una esencia de luz sin estructura ni carne ni presencia. ¿Qué más tenía que hacer allí? Nada. De alguna manera, su época había pasado. Su misión había concluido. ¿Qué podía aportarle a ella con su muerte voluntaria? Todo. La independencia. El desarrollo como ser autónomo y perfecto. Como unidad sin condicionamientos. En aquella casa situada en la ladera de un monte. Rodeada de pinos, de aves y de insectos, y del brillo rojo del sol del amanecer y del sol del atardecer. En libertad. Con la posibilidad de actuar y no actuar. Ir y no ir. Querer y no querer. El privilegio supremo de la elección. Crecer hacia arriba o tumbarse extendida. Meter los dedos en el saco del azúcar o meter los dedos en el saco de la sal.

—No me odies —insistió Brígida.

Y Hilda tuvo que insistir a su vez en que no la odiaba. En que nunca podría odiarla. Cuando se odia a alguien se odia su voz, se odia su olor, se odia el sonido que el ser odiado hace al comer y el sonido que el ser odiado hace al respirar. Se odia el tiempo que se ha pasado a su lado, el tiempo que se ha echado a perder y las horas de confianza, de paciencia e irrealidad a la espera de que el ser odiado pudiera cambiar. Se odia cada palabra que pronuncia y la manera en que la pronuncia. Lo que hace, lo que no hace y lo que planea hacer. Su incapacidad de hacer. El no hacer. El desgaste. La derrota de irse consumiendo. El fracaso de no haber tenido la osadía de ocultarse antes, de huir antes. De buscar un lugar nuevo en el que arroparse y una escalera nueva por la que ascender. Se odia el espacio que ocupa el propio odio, la posición que rellena, el hueco que de no estar él sería aire. Claridad, limpieza. Cuando se odia a alguien se odia su ropa, su carácter, el modo que tiene de echar a andar y el modo que tiene de estar inmóvil, de pie, sin reaccionar. Se odia su acción y su no acción. Se odia su presencia y su ausencia. Se odia su habla y su silencio. Su actitud. Su perfil. Su sombra. Su charla insustancial. Su afán por mostrarse memorable o trascendente. No todo el mundo odia. No todo el mundo odia siempre. No todo el mundo odia del mismo modo ni al mismo tiempo. Pero el odio implica el deseo del mal. La desgracia ajena. Una caída. Un accidente. Una lesión que le haga descubrir al ser odiado lo triste y gris que es el mundo y lo patética, doliente y amargada que puede ser la existencia. Su existencia. Un gesto. Un deje. Una disposición a la mirada altiva, a la voz prepotente, al gesto de superioridad de un particular Ruskin sobre su particular Effie. Cuando se odia a alguien, su desgracia es el consuelo de quien odia. Se vive por saber de su infortunio.

Pero Hilda no le deseaba a Brígida ningún infortunio. El final de su vida no vendría de la mano del odio sino de la mano de la conveniencia. Que Brígida muriera resultaba provechoso para ella. De modo que se lo pidió.

Y Brígida se lo concedió.

Y a partir de ese instante Hilda se dedicó a vagar sin conseguir nada útil. Nada provechoso. Entregada a la práctica de la demora. Al examen de los colores de los suelos de mosaico que se extendían por la zona de la casa a la que hubiera ido a parar en función de su estado de ánimo, en función del hambre o el sueño que tuviera o en función del punto en que hubiera decidido ir a situarse Brígida esa mañana. Tal vez en la sala alargada por la que se podía bailar. Tal vez en la galería que desembocaba en la sala alfombrada en la que se podía tocar un instrumento, leer o pensar. O tal vez en el pasillo de las columnas, por donde se podía pasear sin llevar a cabo otra actividad que la de contemplar los dibujos de los techos o la de comparar los brillos que las vidrieras del segmento más elevado de los ventanales emitieran sobre las paredes opuestas, las del mismo pasillo y también las que formaban parte ya de las habitaciones laterales. ¿Por qué no se movía con la energía con que había esperado moverse ahora que estaba sola? ¿Por qué no se entregaba a la vida de los montes o a la vida del estudio de las estéticas pictóricas del siglo XIX? En lugar de aprender, formar una mente fuerte en un cuerpo fuerte, Hilda dejaba transcurrir las horas atenta a algún sonido, postrada en su pretensión de descifrar cada chasquido, cada rumor, centrada en la idea de que de haber vivido en el mismo año pero en el siglo anterior, se encontraría en una realidad que no tendría nada que ver con la de querer aprender y no tener fuerzas ni voluntad para hacerlo, sino en la realidad de las heridas, las batallas y las matanzas de la Gran Guerra. Imaginando cómo sería dejar de ser joven cuando siempre se había sido joven y cuando se seguía siendo joven.

Tendida en el suelo, con un brazo doblado bajo la cabeza a modo de almohada, se proponía individualizar las hojas de acanto y las espinas de los capiteles. ¿Por qué no leía? ¿Por qué no corría y por qué no saltaba? ¿Por qué prefería buscar los radiadores ocultos tras las rejillas de madera oscura? Mirar en el interior para descubrir las flores de las molduras, junto a lo que parecían frutas, y mirar en el exterior para captar el verde de las agujas de los pinos antes de que cayeran al suelo y se convirtieran en el marrón de las agujas de los pinos. Se preguntaba qué clase de leña sería la que usaban ellas (¿ellas? ahora sólo era ella). ¿Frondosas o resinosas? ¿De roble, encina o haya? ¿De pino? ¿De abeto? Hilda querría que fuera de abeto, aunque le parecía poco probable. Años atrás habían rescatado del embalse un tronco seco y lo habían arrastrado por el sendero hasta dejarlo caer, rendidas, contra una de las vallas que delimitaban la extensión de la tierra que rodeaba su casa. Lo habían trasladado como juezas que deciden el destino de un caído. Con paradas intermitentes para recuperar el aliento, para darse ánimos y repetirse que lo que estaban haciendo no alteraba el orden natural del cosmos porque el cosmos ni lo advertiría, porque el tronco ya estaba seco cuando lo encontraron y porque el tronco no pertenecía al agua del embalse sino a la tierra de los alrededores. Debían reiterarse que estaban devolviendo a la tierra lo que era de la tierra. Sin inquietar nada. Sin implantar elementos imposibles en un escenario silvestre. Sin interferir en los mecanismos de la naturaleza y de la creación. De modo que cualquier remordimiento era un remordimiento innecesario. Penar por el hecho de penar. Lo que estaban haciendo no constituía una mala acción.

¿Pedirle a alguien que se muriera constituía una mala acción?

Brígida le había evidenciado su amor muriéndose cuando ella se lo pidió, igual que le había evidenciado su amor día tras día mientras vivieron juntas, en ese estado de plácida navegación que las trasladaba por encima de las cosas sin rozarlas. Le había enseñado a estudiar y a instruirse. ¿Por qué se fijaba ahora en el dorado de los globos que se repartían por los salones, sujetos a los muros mediante piezas de color bronce, desprendiendo al encenderse una luz nocturna más o menos esférica?

Debía levantarse. Al menos, debía intentarlo. Recordar cuál había sido su voluntad: que sus ideas fueran el resultado de su propia manera de respirar, de hablar, de andar y buscar. Debía intentarlo. Levantarse. Y se levantaba. Se acercaba al sillón en el que siempre se había sentado para estudiar. Cogía un libro del suelo, el que hablaba de las sirenas como ninfas marinas con medio cuerpo de mujer y medio cuerpo de ave. Dejaba a su espalda la chimenea apagada preguntándose si los pájaros habrían anidado arriba. Se acomodaba tras haberse puesto un pañuelo en la cabeza con el que retirarse el pelo de la cara, y entonces veía a Brígida ante ella, justo ahí, sobre la alfombra. Anclada al suelo con sus botas de piel. Sonriendo y mostrando unas mejillas pálidas, como si estuviera a punto de desvanecerse o como si sufriera los efectos de un padecimiento que nadie podría mitigar con ningún medicamento ni con ningún remedio ancestral porque, al fin y al cabo, estaba muerta.

Aunque allí la tenía. Mirándola.

—Me echas de menos —oyó.

No podía oírla. Estaba muerta. Aun así, respondió:

—A mí me gustan las personas vivas.

La carcajada de Brígida la estremeció. La sacudió como sacudió la estructura de la casa en su retumbar contra los paneles de madera que forraban los tabiques de la habitación y contra el espejo que colgaba a unos centímetros de la repisa que remataba el marco protector del fuego en invierno. El estruendo desapareció al ir chocándose contra los ángulos de las paredes interiores del conducto de la chimenea en su ascenso hacia la realidad del cielo y hacia el nido que tal vez los pájaros hubieran construido ya.

—Yo te crie. Te di una educación.

—Y yo te pedí que desaparecieras. ¿Por qué no me dejas en paz? Me asustas.

—¿Te asusto? ¿Cómo voy a asustarte? Siempre hemos vivido juntas.

—Me observas. Estás en todas partes. No me dejas respirar. Te pedí que me permitieras llevar una vida distinta. ¿Es así como me vas a ayudar? No puedo hacer nada si estás ahí constantemente.

Se le aparecía entre los libros, y Hilda no se atrevía ni a acercarse a ellos.

—Nadie me conoce mejor que tú. Te estoy ayudando a mi manera.

—Yo quiero que me ayudes a la mía.

—Todo lo hago por amor. Si desaparecí fue por amor y si ahora estoy aquí es por amor. No puedo dejarte sola.

—Tienes que hacerlo. Quiero que te vayas.

—También se puede amar una casa, ¿lo sabías? No veo en qué otro lugar podría vivir si tuviera que marcharme de aquí. ¿Adónde? ¿Qué me propones?

—No puedes usar el verbo vivir. No es aplicable en tu caso. Estás muerta.

Brígida se echó a reír de nuevo y su risa volvió a reverberar entre las figuras de escayola, las esculturas de bronce y las hojas alargadas y estrechas  de las palmeras de salón que crecían junto a una de las vitrinas. Llevaba prendido en el vestido un alfiler de metal antiguo.

—¿Eso crees? ¿Te parezco muerta?

—Yo te vi morir.

—Que me vieras morir no significa nada.

—Sólo te he pedido una cosa. Un único favor. Y así te comportas.

Presentándose en cada rincón. Diversas Brígidas en diversas formas y posturas y disposiciones. Subida a la barandilla de la escalera o encerrada en un armario. Charlatana como en ese instante o ahogada en un mutismo que su presencia alzada, de pie sobre la alfombra, hacía insufrible. Arrasada por el viento del monte o azotada por la nitidez del mediodía. Huyendo y regresando. Desapareciendo y volviendo a revelarse ante ella como una entidad renovada, capaz de resistir hasta el fin de los días, perfecta en su capacidad de mantenerse a medio camino entre la luminosidad de la existencia y la opacidad de la nada.

 

Pilar Adón
Escritora. Ha publicado Las efímeras, Las hijas de Sara, Viajes inocentes y El mes más cruel, entre otros libros.

 

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