Diciembre 24, 1911. Esta mañana, circuncisión de mi sobrino. Un hombre bajo, de piernas torcidas, Austerlitz, que ya tiene a sus espaldas dos mil ochocientas circuncisiones, hizo el trabajo con gran habilidad. La operación viene dificultada porque el niño, en lugar de estar tendido en la mesa, lo está sobre el regazo de su abuelo, y porque el operador, en lugar de poner toda su atención, tiene que murmurar plegarias. Primero el niño es inmovilizado con ataduras que sólo dejan libre el miembro, luego se le coloca un disco de metal perforado que precisa la superficie a cortar, después se practica la incisión con un cuchillo casi común, una especie de cuchillo para pescado. Ahora se ve sangre y carne viva; el “moule” (mohel: el que circuncida) se aplica en ella brevemente con sus dedos temblorosos, de uñas largas, y desplaza sobre la herida, como si fuera el dedo de un guante, la piel obtenida de alguna parte. Todo se resuelve en poco tiempo y el niño apenas ha llorado. Ahora no queda más que una pequeña oración, durante la cual el “moule” bebe vino y, con sus dedos aún no totalmente limpios de sangre, lleva un poco de vino a los labios del niño. Los presentes oran: “Ahora que ha entrado en la Alianza, que le sea dado llegar también al conocimiento de la Tora, al feliz vínculo matrimonial y a la práctica de las buenas obras”.

Fuente: Franz Kafka, Diarios (1910-1923), Editorial Tusquets, Barcelona, 1995.