Habiendo inventado el profesor de cirujía don José Miguel Muñoz, ayudante honorario del ejército, unas piernas artificiales para suplir las de carne y hueso, solicitó (informa la Gazeta del Gobierno de México, marzo 17, 1816) del superior gobierno privilegio exclusivo por diez años para que nadie sino él pudiese construirlas, a condición de fabricarlas para la tropa y personas pobres por sólo sus costos, y quedando en libertad de hacer sus ajustes con las gentes acomodadas.

El precio aprobado por su excelencia el señor virrey fue de 20 pesos si la pierna fuere de la rodilla hacia abajo, y de 40 si comprende también el muslo o parte de él, según la mutilación del interesado.

Dicho profesor vive en la calle de los Migueles número 5 esquina con la de San Camilo, adonde podrá atender a los que estén en el caso y quieran habilitarse con la referida máquina. Las personas de fuera de la capital no tienen que hacer otra cosa que remitir las medidas de su pierna sana, con arreglo a lo que haya que suplir en el lado mutilado. Con esto solo basta para la construcción del invento.

Fuente: Guía de forasteros. Estanquillo literario III, Instituto Nacional de Bellas Artes, México, 1985.