La comunidad de Hueyapan, Morelos, es parte del municipio de Tetela del Volcán, y por su proximidad al epicentro del sismo del 19 de septiembre resultó fuertemente dañada. La gran mayoría de sus viviendas están hechas de adobe y aunque muchas presentan daños menores y reparables el panorama general da la apariencia de una catástrofe mayor. Caminando por las calles es claro que los casos más graves son aquellas casas de gente con mayores recursos, que precisamente por tener mejores condiciones materiales emprendieron ampliaciones de sus viviendas, muchas de ellas con segundos niveles.

Muchas casas están devastadas. Aún así, revisando algunos casos críticos es claro que el problema no es el uso de un material específico, como el adobe o el block de concreto, sino que lo que generó el desastre es la suma entre una mala ejecución y la sobreposición de sistemas estructurales. Es decir, ningún sistema constructivo es intrínsecamente malo, sino que es su ejecución yuxtapuesta la que genera las fallas. Pero la premura por demoler apremia, y las brigadas de voluntarios que remueven los escombros partirán pronto. Los habitantes, nulamente asesorados, aceptan el servicio que por fin se les proporciona, sin saber que quizás una revisión más puntual podría evitar la catástrofe.


Ilustración: Patricio Betteo

La casa de Lilia González, por ejemplo, sólo perdió la cubierta, y aunque los muros de adobe son demasiado largos para funcionar sin su peso, lo único que se necesita es, precisamente, reconstruir la cubierta. Pero no han terminado de asesorarla cuando dos jóvenes llegan con marros, dispuestos a comenzar la demolición. “Usté me dice”, indica uno de ellos. El arquitecto Ramiro Beltrán aclara la situación. “En un caso normal”, comenta, “por supuesto que yo les diría que la tiren. Pero esto no es un caso normal. Tenemos que intentar salvar lo que se pueda”.

Y es que después de la tragedia de los sismos del 7, 19 y 23 de septiembre vendrá la ardua tarea de reconstruir las regiones afectadas, pues grandes zonas de los estados de Chiapas, Estado de México, Guerrero, Morelos, Oaxaca, Puebla y la Ciudad de México han sufrido daños considerables. Sus templos, palacios y torres —así como sus casas, edificios de departamentos y edificios públicos— necesitarán de un esfuerzo colectivo para resurgir de entre los escombros en un proceso que durará muchos años y que apenas comienza. El gobierno federal ya habla de gastos por encima de los 38 mil millones de pesos divididos entre los rubros de vivienda, instalaciones culturales y escuelas, así como la creación de un fideicomiso llamado “Fuerza México” para las aportaciones de la iniciativa privada.1 Al mismo tiempo, la sociedad civil se organiza: grupos de arquitectos y abogados se apresuran a prestar sus servicios —ya sea en forma de consultas legales o a manera de apoyo constructivo—; mientras que distintas organizaciones, como Epicentro y Ala Izquierda, lanzan comunicados en donde exigen transparencia en los procesos.2

Sin embargo, es importante señalar que la devastación material no es fortuita: lo que revela el nivel de daños es también, en el mejor de los casos, un abandono institucional histórico y, en el peor, simple y llana negligencia. Así, pensar que la reconstrucción es solamente una cuestión material sería claudicar a la oportunidad de reevaluar la manera en que producimos nuestros espacios —urbanos, semiurbanos y rurales— desde nuestras instituciones y las distintas instancias de gobierno, pero también desde los diferentes grupos gremiales y de la sociedad civil. Aceptando que vivimos en una zona propensa a este tipo de desastres, estos son algunos puntos que habría que tener en cuenta para evitar esta escala de destrucción en futuros sismos.

La división urbano-rural

Aunque se hable de la reconstrucción como un solo esfuerzo, es importante entender que no todas las zonas afectadas se regirán por los mismos procesos. Por ejemplo, las zonas centrales de la Ciudad de México se verán sometidas a las presiones del desarrollo inmobiliario que han acechado a la capital desde la creación del Bando Dos a inicios del año 2000.3 Guiadas por la posibilidad de generar mayores ganancias, algunas constructoras están dispuestas a poner en riesgo a los compradores al usar materiales de menor calidad de lo sugerido o, incluso, de construir de forma deficiente.

Nina Casas, arquitecta y becaria del Instituto de Ingeniería bajo la asesoría del doctor Sergio Alcocer, es enfática: los edificios que colapsaron lo hicieron por negligencia. Respecto a lo que viene, la arquitecta Casas me comenta que la normativa debe ser menos laxa, pues aunque los reglamentos de construcción son estrictos con los cálculos estructurales, las autoridades deben revisar que los edificios cumplan la normativa. Además, me dice que será importante tomar en cuenta los errores que se han cometido a lo largo de los años, estudiar por qué sucedieron, aprender de ellos y trabajar con mejores diseños estructurales y mejores procesos constructivos. Asimismo, señala que muchos Directores de Obra (DRO) no tienen la preparación necesaria para dictaminar estructuras, pues la mayoría son arquitectos y no tienen los estudios especializados ni la experiencia necesaria en el tema. Sobre la reestructuración de edificios dañados, la arquitecta Casas apunta que debemos ser cautos ante la premura por reparar los daños. Para esto, dice, las propuestas deben venir de especialistas en el tema y no se debe reestructurar de manera rápida, pues deben tomarse las decisiones más adecuadas.

Pero el daño no sólo ocurrió en las zonas centrales. Grandes porciones de Xochimilco, Tláhuac e Iztapalapa sufrieron daños importantes, y si bien el número de víctimas mortales en estas zonas fue menor, lo cierto es que muchas personas perderán sus hogares. Acá no habrá posibilidad de buscar a los responsables, pues lejos de las infraestructuras que dan plusvalía a las zonas céntricas —volviéndolas propensas a la especulación inmobiliaria y, por ende, colocándolas bajo el escrutinio oficial—, en las periferias urbanas la gran mayoría de los casos son las mismas familias las que han construido sus viviendas.

Como he discutido en otro texto,4 dada la abrumadora diferencia entre las necesidades de construcción y el número de profesionistas dedicados a ella, la autoproducción de la vivienda es un proceso necesario —que incluso se fomenta desde el gobierno—.5 Además, los altos precios de las rentas en zonas céntricas, las arduas condiciones laborales y los bajos salarios impiden frecuentemente que gente de menores recursos deje los hogares unifamiliares para buscar una vivienda propia. Así, para muchas familias es necesario adicionar cuartos para albergar a todos sus miembros, y de ahí que la autoproducción sea poco planeada y, generalmente, construida en etapas. El problema radica en que estas construcciones no se llevan a cabo con las debidas necesidades técnicas, lo cual puede provocar que, en caso de sismo, se presenten importantes fallas estructurales.

Finalmente, en comunidades rurales el proceso se complica aún más. Un vistazo a la zona próxima al epicentro del sismo —la frontera entre los estados de Morelos y Puebla— revela que la gran mayoría de las construcciones son de adobe. Lo interesante del tema es que, como ya había mencionado anteriormente, el adobe no es el problema en sí, sino que es la suma de sistemas constructivos —por ejemplo, muros de adobe y losas macizas— lo que genera las fallas. El caso prototípico es una vivienda de tierra de una o dos habitaciones a las que se le van sumando habitaciones de otros materiales “más modernos”, como tabicón gris, y se cambian las cubiertas de vigas de madera y lámina por losas de concreto. En un movimiento sísmico los elementos estructurales se mueven de formas distintas, y el peligro de derrumbe se encuentra en la incompatibilidad entre éstos. Por si fuera poco, hay errores constructivos muy sencillos: para no debilitar los muros, los vanos —ventanas y puertas— necesitan llevar unos refuerzos de concreto llamados castillos. A simple vista parecen innecesarios y definitivamente representan una inversión mayor, pero es precisamente ahí en donde se presentan las fallas y se pone en riesgo la vida de los habitantes. ¿Cómo, entonces, asegurarse de que esto no vuelva a pasar?

Dada la magnitud del cataclismo y la necesidad tan apremiante de dormir bajo un techo, la solución sencilla parecería ser la de enviar recursos y mano de obra a las comunidades, construir vivienda de emergencia y resolver la inmediatez. Este proceso se ha iniciado desde la Sedatu, que junto con el gobierno de Oaxaca se apuran a dar apoyos económicos a los damnificados para la reconstrucción.6 Asimismo, existen una gran cantidad de manuales de autoconstrucción, como el reconocido Manual del arquitecto descalzo,7 que a través de diagramas aparentemente sencillos pretenden servir como una guía para quienes buscan construir su vivienda sin ayuda de profesionales.

Sin embargo, hay grupos que creen que ese modelo es precisamente el problema. José Miguel Vargas, arquitecto y maestrante en investigaciones educativas, señala que la gran mayoría de los daños se deben a la falta de herramientas técnicas. Eso no es culpa de la autoproducción en sí, me comenta, sino que responde a una práctica en la que a estas comunidades se les imponen sistemas constructivos industrializados sin tener un proceso de apropiación de éstos. “No hubo, justo, ese proceso de aprendizaje. La mayoría de las casas que se cayeron en esta zona son, sí, muchas de adobe, pero de adobe de hace treinta años, que coincide con la entrada de los materiales industrializados. Porque las casas de cien años de adobe no se cayeron. Entonces es cómo el lenguaje [o la lógica detrás] de un sistema constructivo se fue perdiendo en la medida en que se fue metiendo la idea de que lo bueno, el progreso, la modernidad, era todo esto [los materiales industrializados como el block de concreto]”.

Así, el arquitecto Vargas aboga porque el proceso de autoconstrucción sea un proceso de aprendizaje y de construcción de conocimiento colectivo en el cual, a través de talleres y de sesiones de participación comunitaria, se logre socializar el conocimiento. Es llevar los manuales, sí, pero además acompañar a las comunidades a significar los sistemas constructivos nuevos con el objetivo de que se los apropien.8 La arquitecta Casas está esencialmente de acuerdo, pero también cree que dada la imposibilidad de acceder a todas las comunidades que necesitan este apoyo el planteamiento le parece utópico, y propone, en cambio, que estos materiales se difundan entre maestros albañiles.

Pero las respuestas se desvanecen cuando les pregunto sobre las periferias de la Ciudad de México. Mientras que Vargas opina que estos talleres de socialización deberían llevarse a cabo de forma similar a los que suceden en las comunidades rurales, Casas confía en la producción, certificación y publicación de los manuales. Mientras hablamos de estos procesos no hay mención alguna de reglamentos o normas, ni de DRO o de peritajes.

Fuera del centro las autoridades brillan por su ausencia.

La construcción colectiva

De las muchas cosas positivas que surgieron de entre los escombros del 19 de septiembre, una de ellas ha sido la gran demostración de organización colectiva. Ante la emergencia la sociedad civil ha demostrado que es diversa y que puede responder desde sus distintas trincheras, pues cada gremio se ha preguntado desde dónde puede ayudar. Por esto, quizá parte de la tarea sea aprovechar este impulso para generar una sociedad más coordinada y que pueda, por un lado, ejercer una mayor presión para que el trabajo de las autoridades sea más eficiente y mejor distribuido; y, por otro, aportar desde sus capacidades disciplinares el conocimiento técnico o humanístico para buscar las causas por las cuales la tragedia tuvo manifestaciones tan diversas, y cómo podría establecerse la base para la construcción de un mejor entorno, más equitativo y con mejor acceso a recursos y a asesorías técnicas.

En este tenor, la arquitecta Lillian Martínez, quien lleva años trabajando en proyectos comunitarios, señala que lo importante es rescatar la construcción colectiva de los barrios, aunque éstos se encuentren en zonas de mayor afluencia. “La construcción colectiva no va en relación a la pobreza sino en relación a la generación de tejido social. Es una cosa de identificación, de la creación de un ‘nosotros’ como vecinos, de un ‘nosotros’ como sociedad”. Este nosotros, nos ha demostrado el sismo, es plural y multidisciplinario, pero es, sobre todo, solidario. Si algo nos demostró el sismo es que aún tenemos la capacidad de ser solidarios y de pensar en estructuras horizontales, aunque sea por espacio de unas cuantas semanas. Ahora tenemos la oportunidad de tomar esta experiencia como punto de partida para cuestionar cómo producimos nuestros espacios, cómo construimos nuestras infraestructuras y cómo hacemos que, ante la inevitabilidad de futuros sismos, estos niveles de daños no vuelvan a ocurrir. Que las ruinas de este sismo existan diciendo que no desaprovechamos esta oportunidad.

 

Joaquín Diez-Canedo Novelo
Arquitecto e historiador de la arquitectura por University College London.


1 “Se habla de más de 250 mil viviendas”, Milenio. Disponible en: http://bit.ly/2gMqBiJ

2 Acá el comunicado de Ala Izquierda A.C., ¡Solidaridad! Por una reconstrucción con justicia social: http://bit.ly/2ybH2R4

3 Esta política, que fomentó la construcción de vivienda en las cuatro delegaciones centrales —Miguel Hidalgo, Venustiano Carranza, Benito Juárez y Cuauhtémoc— pretendía controlar el crecimiento desmedido de la mancha urbana hacia sus periferias. Este proceso de abandono del centro, si bien comenzado por los procesos de suburbanización propios de la modernidad tardía, también se vio potenciado, precisamente, por el sismo del 19 de 1985, en el que las zonas centrales del entonces Distrito Federal sufrieron fuertes daños.

4 http://labrujula.nexos.com.mx/?p=1171

5 El estudio señala que existen poco más de 250 mil arquitectos titulados.

6 “Anuncian entrega de tarjetas para damnificados por sismo”, Excélsior: http://bit.ly/2gKsaOo

7 Johan van Lengen, 1980.

8 En este rubro hay iniciativas como Consultorio de Arquitectura Práctica o Hábitat Participativo que trabajan bajo este modelo.

 

Un comentario en “Autoconstrucción: Autodestrucción

  1. Totalmente de acuerdo en la incapacidad de los DRO para valorar si un inmueble dañado puede o no ser reparado. En cuanto a la participación de arquitectos e ingenieros, reconozcamos que no hemos sabido llegar al sector que autoconstruye. Retomemos el tequio, recuperemos nuestra historia y ayudemos realmente a que toda obra tenga: planos constructivos, memoria de cálculo y materiales de prueba de resistencia en manos de los propietarios.

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