Cerdo, puerco, marrano, guarro, chancho, verraco, gorrino… la piara de sinónimos que nombran comúnmente a la especie Sus scrofa domestica se basta a sí misma para que, casi al instante, las asociemos con algo o alguien mugriento, asqueroso, malicioso, grosero, desconsiderado o vulgar, entre otras oprobiosas cualidades que son decididamente injustas y completamente erróneas tratándose de la auténtica naturaleza porcina. Y es que uno de los rasgos que mejor definen a este pariente del jabalí es aquel que más lo asemeja a nosotros: estar dotado de una gran inteligencia.

Lo más sorprendente de la negativa caracterización con que pretendemos distinguir (¡vaya con la distinción!) a una especie domesticada por la nuestra desde hace más de nueve mil años, es que uno podría suponer que unos cuantos milenios tendrían que ser sobrado tiempo para que una buena mayoría de humanos notara su capacidad intelectual y lo viese más allá de con ojos hambrientos y como poco más que una jugosa chuleta ambulante pero, al menos en la cultura popular, o al menos para los responsables del doblaje del setentero Show de los Muppets, Miss Piggy y sus congéneres fueron responsables de un reflejo condicionado de salivación que llevó a rebautizarlos como la Cochinita Pibil, el capitán Jamonovitch y el Dr. Tocinosky.


Ilustración: Oldemar González

Elogio de los marranos: Aproximaciones literarias

En el reino de los cuentos de hadas, si bien la mayor enseñanza de historias tan edificantes como Los tres cochinitos no es no comerse a éstos como pretendía el Lobo Feroz (ese carnívoro incomprendido por los mismos niños que, ya de adultos, comprenderán que vale la pena quedarse sin aliento cuando la recompensa es un buen jamón serrano, con lo que queda demostrado nuevamente, y como si hiciera falta, que el hombre es el lobo del cerdo. Y de todo lo que se le antoje), una posible lectura es que por lo menos algunos puerquitos (un 33% de individuos de esta muestra no representativa, si el lector gusta de la estadística fantástica) son bastante laboriosos e inteligentes para construir una casita de ladrillos que cumpla con el Código de Edificación de Vivienda, y lo suficientemente empáticos para, más que una mano, echarle una pezuña a los suyos cuando los vientos están en su contra.

A medida que los niños crecen y disfrutan del programa de Peppa Pig junto con unos chicharrones con chile y limón, es posible que, si son lectores, descubran narraciones como La telaraña de Carlota (y, si no lo son, al menos vean la película con Dakota Fanning o la caricatura de 1973) de E. B. White, que al permitir ponernos en las pezuñas del lechoncito Wilbur y experimentar su angustia ante la amenaza de convertirse en la cena navideña de los Zuckerman tal vez hagan que más de un escolar deje de almorzar salchichas a la hora del recreo. Y aun cuando seguramente películas como Okja son abiertos y decididos alegatos a favor de los chanchos, corresponde a la cinta Babe, el cerdito valiente el mérito de apoyar esta defensa en las habilidades cognitivas de esta especie, que en la cinta están a la par de cualquier perro y que, superando a la ficción, en la realidad se encuentran en más de un aspecto por arriba de la inteligencia perruna.

Será George Orwell quien en Rebelión en la granja reconozca a los cuinos como “los animales más inteligentes” de la Granja Manor; si bien más de un escéptico podría cuestionar si en verdad Orwell pensaba esto sobre la especie a la que pertenecen personajes como Napoleón y Bola de Nieve, en la sátira estos personajes realmente lo son y, por si no bastase, el verraco Napoleón exhibe una inteligencia maquiavélica que, ya tendremos oportunidad de verlo, es también un rasgo hallado en sus contrapartes de carne y hueso.

Fuera de la ficción pero aún con un pie en la literatura, en su breve ensayo Sobre los cerdos como mascotas, a pesar de que Gilberth Keith Chesterton nada dice sobre su inteligencia, y casi nada contra su consumo, al confesar que “… Nunca pude imaginar por qué los cerdos no deberían ser tenidos como mascotas. Para empezar, los cerdos son animales muy hermosos. Los que piensan de otra manera son aquellos que no miran nada con sus propios ojos, sino sólo a través de las gafas de otras personas”. Con las gafas de Chesterton, al admirarlos y mirarlos como animales de compañía, tal vez algún día que nos sirvan una pierna de puerco adobada nos produzca el mismo efecto que si nos sirvieran un trozo de Lassie (¿todavía la conocen en este siglo?).

Sin experimentos ni mayor evidencia aún que la observación anecdótica de por medio, pero ya en los umbrales de la investigación sistemática sobre cognición gorrina, en “Mi amigo el cerdo”, uno de los capítulos de su obra autobiográfica El libro de un naturalista, el naturalista y gran ornitólogo decimonónico conocido en Argentina (donde nació) como Guillermo Enrique, en Inglaterra (donde emigró y murió) como William Henry y en ambos países simplemente como Hudson, consideraba al susodicho compinche como “la más inteligente de las bestias” y, al compararlo con otros animales domésticos, destacaba que: “Él no es desconfiado ni sumiso, como los caballos, el ganado y las ovejas; ni un temerario sinvergüenza, como la cabra; no es hostil, como el ganso; ni condescendiente, como el gato; ni es un parásito halagador, como el perro”.

Ya de lleno en el terreno de la ciencia tenemos que científicos como Edward O. Wilson no dudan en incluir a los cerdos en su lista de “los diez animales más inteligentes”, rodeados de chimpancés y otros primates, delfines y otros cetáceos, y de los igualmente paquidérmicos1 elefantes (nota para amantes de perros y gatos: Wilson no se olvidó de perros y gatos, tan sólo no los incluyó). Pese a que los estudios sobre las habilidades cognitivas de los cerdos, en comparación con las otras especies enlistadas (además, ahora sí, de perros y gatos), no son tan abundantes y, de entre estos últimos, son escasos los que se refieren al comportamiento porcino libre de condiciones controladas de laboratorio, hay evidencias más que suficientes para concluir que, si de inteligencia hablamos, el cerdo está por lo menos a la par del perro y, en efecto, en más de una ocasión sale airoso de retos en los que los caninos no están a la altura de su fama.

Si consideramos que al domesticar a los perros nuestros ancestros buscaron deliberadamente explotar e incrementar diferentes habilidades cognitivas (y, lamentablemente, a veces también para disminuir algunas de ellas) en distintas razas dependiendo de su uso, en tanto que en el cerdo lo único que hemos deseado es incrementar en una escala industrial es su peso y tamaño (es verdad que no siempre; entre las excepciones tenemos a los cerdos truferos y a los minicerdos de variedades como la yucateca, la vietnamita y la Göttingen), tenemos entonces que la inteligencia de estos cuasijabalíes domésticos no debe prácticamente nada a nuestras ni solicitadas ni solícitas mejoras genéticas.

Pocilgas de laboratorio: Aproximaciones experimentales

El recuento más completo de lo que sobre inteligencia porcina sabemos se debe, casi con certeza, a la neurocientífica y experta en comportamiento animal Lori Marino en coautoría con Christina M. Colvin, especialista en etología y psicología comparada (¿hay psicología porcina? Pues sí, ¿por qué no habría de esta línea de investigación en cerdología). Marino y Colvin examinaron toda la investigación que se ha publicado sobre el tema en las principales revistas científicas en esta área2 y dividieron los resultados en cinco categorías, a las que añadieron una sexta para exponer las capacidades sensoriales porcinas, debido a que “la evaluación de la capacidad cognitiva de toda especie depende de emplear [en los experimentos y observaciones] estímulos y condiciones apropiadas a las capacidades sensoriales de cada especie”.3 Las categorías son:

1. Habilidades sensoriales. Dado que los chanchos son animales gregarios, la información que reciben a través del tacto tiene un papel importante en su comportamiento y, puesto que es en su peculiar hocico donde presentan la mayor densidad de receptores táctiles, éste es una especie de navaja suiza que usan tanto en sus interacciones sociales como para hozar, cargar y empujar, como la cerda Hen Wen en El libro de los tres (primera parte de las Crónicas de Prydain, de Lloyd Alexander, saga en la que Taran, su protagonista, es el aprendiz de porquerizo que sería rey al final de ellas): “Su gran hocico rosado frotó afectuosamente la barbilla de Taran y estuvo a punto de tirarle de espaldas”.

Pero el puerco sentido más agudo es el olfato, y es su nariz lo primero que usan para discriminar con mayor facilidad comida, disposición sexual y estados emocionales y dominancias y jerarquías sociales con otros cerdos.

Los cerdos escuchan en el rango del ultrasonido y madres y lechones pueden reconocerse gracias a sus gruñidos y otras vocalizaciones (“¡Hwch! ¡Hwaaw!, gorgoteó Hen Wen, feliz…”). En ausencia de otros sentidos, son capaces también de discriminar objetos únicamente con su vista. Resalta el hecho de que para reconocer a un humano de otro se valen más de la vista y el oído que del olfato (¿oleremos todos más o menos a lo mismo, desde su perspectiva?).

2. Cognición no social. Cómo perciben, representan mentalmente y procesan los componentes físicos de su ambiente.

Los cerdos han demostrado su capacidad de memoria a largo plazo y de dar prioridad a ciertos recuerdos, al recordar y preferir, por ejemplo, objetos novedosos con respecto a otros que les son familiares después de un intervalo de por lo menos cinco días, y al desenterrar sus recuerdos para así desenterrar, en experimentos en los que sólo tienen oportunidad de acceder a una entre dos fuentes de alimento, el lugar en el que previamente encontraron más comida.

Un estudio con dos cerdos vietnamitas mostró que éstos comprendían palabras y signos que representaban objetos (como un frisbee) y acciones (como traer) y el uso combinado de ambos (“ve por el frisbee”), y que seguían correctamente la instrucción.

Un experimento en el que minicerdos tenían que mantener accionada una palanca durante un número específico de segundos evidencia que estos animales comparten con especies como la nuestra, aunque a un nivel más básico, la capacidad de percibir el paso del tiempo (lo que a veces se conoce como “viajar mentalmente en el tiempo”). En otro estudio los cerdos anticiparon en su futuro próximo situaciones positivas (entrar a un cuarto en el que había un tazón lleno de palomitas de maíz) y negativas (entrar al mismo cuarto para cruzar una rampa inclinada) a las que se habían enfrentado en su pasado no tan próximo; cada situación era precedida y anunciada por un sonido distinto y, si correspondía a “cuarto con palomitas”, los cerdos reaccionaban aproximándose más rápidamente a la puerta, en tanto que si el sonido indicaba “cuarto con rampa”, éstos empezaban a vocalizar en frecuencias más altas (si se nos disculpa por antropomorfizar, estos gruñidos podrían ser equivalentes a llamadas de alerta entre ellos: “¡Cuidado! ¡Vamos a caminar por la rampa!”).

El juego, que es un indicador de complejidad cognitiva, es una actividad común en los cerdos, por lo que en escenas como la siguiente, de La telaraña de Carlota, tienen en el fondo mucho que ver con la realidad: “Wilbur no quería comida, quería cariño. Quería un amigo, alguien que jugara con él. Habló de esto a la oca que estaba tranquilamente sentada en un rincón del redil. —¿Quieres venir a jugar conmigo? —le preguntó”. Los lechoncitos necesitan jugar para tener un desarrollo sano, y varios estudios muestran que, cuando pueden disponer de objetos para jugar, como pelotas, palos o paja (en otros términos, cuando están en lo que los etólogos y psicólogos conocen como un ambiente enriquecido), los cerdos tienen un sesgo positivo (hacen “elecciones más optimistas”, en palabras de los investigadores), lo que significa que jugar es para esta especie, igual que para la nuestra, algo placentero.

3. Cognición social. El uso de habilidades cognitivas al interactuar con otros individuos de su misma especie y con individuos de otras especies.

A diferencia de los animales de Rebelión en la granja, que ya no podían distinguir entre humanos y cerdos, estos últimos sí son capaces de ello y muestran una preferencia por sus familiares con respecto a puercos extraños. Los cerdos jóvenes aprenden a distinguir, inclusive, entre dos cochinos muy estrechamente emparentados (los estudios no dicen si podrían distinguir entre dos cochinos que sean gemelos univitelinos, por lo que habrá que esperar la respuesta de los cerdólogos del mañana). Y las madres cerdas pueden reconocer a sus hijos incluso si lo único que tienen para hacerlo son grabaciones de las voces cuinas.

Los cerdos cuentan igualmente con una capacidad mental compleja conocida como inteligencia maquiavélica (mucho más sobre esta última en una columna futura… espero) y que es el engaño y manipulación de otro individuo o de un grupo de ellos para alcanzar algún fin. Un experimento es ilustrativo de esto: cuando un gorrino adulto era informado del sitio en que se había escondido comida, otro gorrino gorrón se aprovechaba de ese conocimiento al acompañar al cerdo informado a la fuente de alimento; una vez ahí, al explotador gorrón decía “con permiso, voy a comer y a ti no te conozco” (o, para quienes detestan la antropomorfización, tenemos que simplemente apartaba al cerdo informado y se ponía a comer).

Se ha determinado también que los cerdos pueden distinguir entre diferentes estados de atención humanos y prefieren a los humanos que son amables con ellos.

4. Autoconciencia. La habilidad de uno mismo para pensar sobre sus propios pensamientos y sentimientos, un sentido del “yo soy, yo estoy” en algún nivel.

La prueba clásica de los etólogos para determinar si una especie tiene esta capacidad es ver si un animal se reconoce a sí mismo en un espejo. A pesar de que los cerdos no han pasado de manera concluyente esta prueba, hay evidencia de que son capaces de usar un espejo para encontrar comida u objetos escondidos que se reflejan en él (siete de ocho jóvenes cerditos lo lograron en un experimento; el octavo buscó la comida detrás del espejo).

En otro estudio todos los cerdos que participaron fueron capaces de manipular una palanca de juego (un joystick) modificada, gracias a la cual podían mover un cursor en una pantalla. Esto demuestra que los cerdos tienen autoagencia, que es la habilidad que un individuo tiene de reconocer que ciertas acciones son debidas a él mismo. Al repetir años después este experimento con perros, éstos no tuvieron el mismo éxito (¡tomen, perros! Cerdos-1, perros-0).

5. Emoción. Como los cerdos no pueden hablarnos de sus sentimientos (lo que no significa que no puedan tenerlos), hablaremos aquí sólo de sus emociones, las que se ha visto que tienden a influir a más de un individuo de una piara y que los cerdos pueden compartirlas a través de un proceso conocido como contagio emocional y que es considerado como una forma sencilla de empatía. Un marrano puede “ponerse en las pezuñas de otro”, entendiendo con ello que tiene la habilidad de sentir el estado emocional de otro desde la perspectiva de este último.

En un experimento de reminiscencias pavlovianas en el que se entrenó a un par de cerdos para que asociaran la música de Bach (una pieza para piano que los investigadores no especifican) con un estímulo positivo (la entrega de comida; y no cualquier comida: pasas de chocolate), de manera que reaccionaran felizmente (con comportamientos como juguetear, menear la cola y gruñir) cuando escucharan a Bach, los cerdólogos determinaron que, si otros cerdos no entrenados y que no tenían por ello mayor aprecio hacia el compositor barroco veían cómo los “cerdos de Pavlov” actuaban felizmente, eran contagiados de esta felicidad y comenzaban también a juguetear, menear la cola y gruñir.

Un cerdo es una persona: Aproximaciones personales

6. Personalidad. “Bola de Nieve era más vivaracho que Napoleón, tenía mayor facilidad de palabra y era más ingenioso, pero no se le atribuía la misma firmeza de carácter”. Las personalidades de los cerdos ficticios de George Orwell eran bastante disímiles pero, ¿en realidad un cerdo es una persona? La respuesta es un rotundo sí. Y no sólo los cerdos, también peces, aves y otros mamíferos muestran diferencias individuales que cumplen con los criterios para definirla como “personalidad” tanto en psicología como en psicología comparada; una definición que permite su evaluación en animales de diferentes especies es: “Aquellas características de un individuo que describen patrones temporalmente estables de afecto, cognición y comportamiento”.4 Los cerdos muestran por lo menos tres factores o rasgos de personalidad, que algunos científicos consideran son el equivalente, en el Modelo de los Cinco Grandes propuesto para humanos por el psicólogo Raymond Cattell, a amabilidad, extroversión y apertura a nuevas experiencias. 

“¿Por qué, salvo en algunas casas de labor aisladas, esconden a ese cerdo que nos parece inconcebible ver?”, nos pregunta el periodista y novelista Franz-Olivier Giesbert en Un animal es una persona, a lo que responde de inmediato: “Sin duda alguna porque nuestra relación con él es tremendamente insana. Del orden de la antropofagia. Es como un doble a quien al final te comes”. Es también Giesbert quien concluye que saber que una especie animal es poseedora de un alto coeficiente intelectual muy probablemente no evite que la mayoría de sus lectores y los nuestros tengan (tengamos) mayor escrúpulo al chupar unas manitas de puerco en escabeche.

Puede ser que por los que Ambrose Bierce ha llamado porcófagos, a la hora de comer, hallen (hallemos) más conmiseración en palabras y definiciones como la siguiente, extraída del Diccionario del diablo: —Triquinosis. Réplica del cerdo a la porcofagia.

Y, si uno es un cochino, no puede menos que aceptar que una ocurrencia así no es más que una clase de justicia poética.

 

Luis Javier Plata Rosas
Doctor en oceanografía por la Universidad de Guadalajara. Es autor de Ciencia Pop, La física del Coyote y el Correcaminos, y más ciencia (y muchos más dibujos animados) y de El teorema del Patito Feo. Encuentros entre la ciencia y los cuentos de hadas.


1 Uso aquí el término “paquidermo” en su sentido etimológico para abarcar a animales de “piel gruesa” como elefantes y cerdos, si bien, estricta y taxonómicamente hablando, el orden Pachydermata ya está obsoleto.

2 Marino, L. y C.M. Colvin, 2015, “Thinking pigs: A comparative review of cognition, emotion, and personality in Sus scrofa domestica”, International Journal of Comparative Psychology, 28, pp. 1-22. Todos los estudios a los que me refiero en el texto están citados en el artículo de Marino y Colvin.

3 Esto, que podría parecer demasiado obvio, es de hecho bastante complicado y ha dado material a un libro muy recomendable del primatólogo Frans de Waal: ¿Tenemos suficiente inteligencia para entender la inteligencia de los animales? Un chiste ejemplifica la situación: unos investigadores colocan a una rata dentro de un laberinto para determinar cuánto tiempo tardará en hallar la salida; a la hora de iniciar el experimento la rata yace muerta y los científicos la tiran a la basura, tras lo cual la rata deja de hacerse la muerta y se larga de ahí.

4 Gosling, S. y O.P. John, 1999, “Personality dimensions in nonhuman animals”, Current Directions in Psychological Science, 8, pp. 69-75.

 

Un comentario en “Aproximación a los cerdos:
Contra el desdén de la brillantez porcina

  1. comer el cuerpo de un animal (humanos incluidos) no me parece tan grave, es cosa de moral personal, el taabú hacia la antropofagia no es universal. lo grave de la relación humana con los cerdos es el trato que se les da en vida, no a su cadaver. creo que comer un cuerpo es de lo más natural y no hay nada de malo con lo natural. es el trato tan cruel y el valor que se le da a sus derechos lo criminal. creo que un futuro lindo sería uno en el que se hable de las jaulas, cadenas, correas mascotas, como hoy se habla de la esclavitud entre humanos. aun que al final nos los comamos, por qué no? que se aproveche todo lo que construyó su metabolismo. pero que sus vidas tengan derecho a ser dignas