Hace ya cerca de trece años murió María Luisa Puga (1944-2004). En su momento fue una escritora muy leída y conocida. Hoy, ya poco se habla de ella.

Gracias a mi amistad con ella y su hermana, he tenido acceso a los 327 cuadernos de los diarios que a lo largo de casi toda su vida escribió la Puga. En medio de miles de líneas que se ocupan de muchos temas y donde ella reflexiona constantemente sobre sí misma y sobre su escritura, me encontré un cuento, que creo está terminado. Hasta donde sé, es inédito.

Aparece en el cuaderno 95, en la entrada del 25 de abril de 1983. Su título está subrayado. La escritora no dice nada antes ni después del cuento; simplemente aparece ahí. Tanto el título como el texto mismo cae, me parece, dentro de una vena cortazariana que en ocasiones la atrajo.

De manera póstuma, su pareja de muchos años, Isaac Levín, recogió en un volumen algunos de los textos que permanecían inéditos en la computadora de Puga. El libro se llamó Cuentos, relatos, vuelos,y fue publicado en Morelia por el Gobierno del Estado en 2010. “Fumar es un placer”, incluido ahí, es una buena muestra de la escritura lúdica, gozosa, traviesa, de María Luisa, que desafortunadamente no cultivó tanto, y que era una muy atractiva faceta de su personalidad.

No solo “Los invitados”, en la misma colección, tiene este tono cortazariano del que se apropió María Luisa. También lo advierto en “Barrer”, en “Mi vocación” y en “El día en que mi mano derecha se rebeló”.

El cuentito que ahora leemos es del mismo talante. Hay por ahí, por cierto, un cuento de Woody Allen muy en el tono del que incluyo abajo y de cuyo nombre no puedo acordarme. En el caso del estadounidense, los electrodomésticos de su casa arman una suerte de complot y se rebelan en su contra.

Adriana Sandoval


Ahora lo noto, pero empezó ya hace bastante. La manija de la cafetera: se partió en dos. Se derritió con el fuego. No se por qué, la habré puesto mal centrada, pero se reblandeció feamente y cuando la tomé para servir el café se rompió, dejándome unas agresivas gotas calientes en mi pie.

Ahora está ahí mustia. Inutilizable.

Después fue el botón de la televisión, el que marca los canales. Un día fue escupido por el aparato. Igual que uno con la lengua se llega a botar una tapadura. Lo volví a poner, pero gira como un loco sin querer saber nada del cambio de canales. Como si no perteneciera a este mundo. Debo utilizar unas pinzas, con riesgo de morir electrocutada. Veo muy poca televisión ahora.

Y el radio, pero ese es más perverso. Está ahí sonando, como si nada, y de improviso emite unos gruñidos como de carraspeo que no acaban de definirse y luego se sume en el más profundo mutismo. Al principio bastaba con darle un golpecito, una especie de palmada animosa. Recuperar el sonido y listo. Pero con el tiempo se ha ido volviendo insidioso. Gruñe, calla, cuando me voy acercar, suena. En cuanto le doy la espalda vuelve a callar. Lo he sacudido con furia infinita y me ha parecido tener ante mí a un ente enclenque, endiabladamente cínico, que me vence siempre con su sorna.

Y ahora los vasos. Nada más el que queda en medio, se precipita invariablemente al suelo en los momentos más inesperados. No se ha roto.

Y lo que ya sí fue un suicidio por tristeza o exuberancia de vida, que también explicaría el asunto, es el del carnerito. Uno de esos que se ponen en el altar de Dolores. Se llenan de agua y la superficie se llena de hojitas verdes muy alborotadas. Estaba pachón, contento, con los ojitos levemente alzados al cielo. Pero ayer, por la noche, le acababa de poner el agua, se fue de lado, y que se le rompe la pata delantera. Busqué cómo hacerle un pedestal —probé con un cigarro partido a la mitad—. Absurdo, claro, hizo un movimiento suave y solemne a medida que el cigarro se humedecía. Como si se hincara. Encontré la solución muy rápido. Metí las patas traseras entre la pared y el estante y ahí quedó: lisiado, pero muy digno.

Al poco rato lo oí estrellarse contra el suelo.

Es muy raro. Estos objetos que me ven vivir a diario me están llamando la atención. ¿Será posible que un objeto sienta conformidad, descontento? ¿Que llegue a la desesperación? ¿Que en nombre de sus hermanos, muera? Los miro detenidamente procurando hallar la causa. Están quietos, como si no hubiera otro sitio para ellos. Como si de veras pertenecieran (sic). Me cambio de ángulo. Los desplazo un poquito; introduzco cambios mínimos. Es inútil, cuando me fijo en ellos es como si me dieran la espalda.

Tal vez no sea a mí a quien le están hablando, sino que es un problema entre ellos —que aflora y se desarrolla cuando no estoy—. Yo veo los resultados nada más, y no sé qué hacer. ¿Cómo espiarlos para enterarme más? Y el lenguaje de los objetos cuando están solos, no debe ser captable por la grabadora (sin contar que esta es, a su vez, un objeto y los alertaría).

No hay manera. Soy totalmente impotente y vulnerable, además, porque podrían decidir volverse en mi contra. Digo, podría ser, ¿no? De nada sirve que yo me diga: si no les he hecho nada. Solo se puede establecer la inocencia, o la culpa, cuando hay comunicación. De no ser así, lo más probable es que uno resulte culpable o víctima.

Cosa que me produce horror. Quisiera detener al tiempo con un abrazo y pedirle que no se vaya tan rápido. Que mis objetos se están muriendo y yo no puedo hacer nada para remediarlo. Los sustituyo cada vez, los que puedo, pues los otros ahí van quedando, a veces más accesibles, otras menos.

Pero quisiera suponer que una cierta solidaridad nos une. Igual que la de los que sobreviven a los que mueren.

 

María Luisa Puga
Ensayista y narradora. Entre sus libros destacan Las posibilidades del odio, Intentos y Diario del dolor.

Adriana Sandoval
Investigadora en el Instituto de Invetigaciones Filológicas de la UNAM. Ha escrito libros y artículos; es traductora.