Uno

Los periódicos del 19 de septiembre de 1985 producen una de las sensaciones más extrañas del mundo. Son los diarios impresos la noche anterior al temblor, cuando nadie sabía que se estaban viviendo las últimas horas del mundo antiguo. Son los diarios que nadie leyó: quedaron olvidados en los quioscos, mientras la gente buceaba entre los escombros llorando por sus muertos. Contienen un mundo incumplido. Resultan perturbadores porque están llenos de algo que jamás llegó.


Ilustración: Víctor Solís

Ese jueves iba a jugarse el primer partido de la semifinal entre América y Atlante: las habilidades de Zelada, Brailovsky, Vinicio Bravo y Gonzalo Farfán parecían superar las más modestas de Pedro Soto, el Pueblita Fuentes o el Chocolate García. Para ese día estaba programado el estreno “mundial” de Gavilán o paloma, película sobre el auge y caída del Príncipe José José, que sería exhibida en 28 salas de la capital. Luis Miguel, Lucerito, Menudo y Parchís se presentarían en un programa especial, por el canal 2, a las 14:30. Luego comenzaría el ciclo Tardes de juventud  con una película de Silvia Pinal y Rafael Bertrand.

Si la vida hubiera seguido como de costumbre, Julieta Bracho habría dado, en ese mismo canal, una lección del curso de inglés Follow Me. Por la tarde Irán Eory conmovería a su público con el nuevo capítulo de la telenovela Principessa, y por la noche Blanca Sánchez y Enrique Rocha promoverían la llegada del Videocentro a través de un programa en el que serían transmitidas “las más grandes escenas que Videocentro tiene para su renta”.

Dos

Se esperaba un día nublado con posibilidad de lluvias por la noche. Era el día de las Emilias, las Constanzas, los Ricardos y los Geranios. Los festejados podrían celebrar su onomástico viendo el show de Vitorino en el Quórum del hotel Crown Plaza, o podrían asistir al Teatro República para reírse con los albures de Chóforo y Varelita (que escenificaban La que quiera azul celeste que se acueste). También podrían adquirir un boleto para las 250 representaciones de La Perricholi, obra en que actuaba Rosenda Montero. En los Televiteatros de Cuauhtémoc y Puebla iba a representarse José el soñador. En el Morocco, del conjunto Marrakesh, cantaban esa noche Jorge Vargas, Alicia Juárez y Cruz Infante. El cine Regis sacaría de cartelera El vuelo de la cigüeña (última cinta que proyectó) para estrenar, en la tarde, una película de José Carlos Ruiz: Vidas errantes.

Quizá las Emilias, las Constanzas, los Ricardos y los Geranios iban a recibir presentes adquiridos en la tienda departamental Salinas y Rocha, que anunciaba descuentos en máquinas de coser, aspiradoras, motocicletas y ventiladores. En ese jardín de senderos que bifurcó el terremoto, la procuradora capitalina Victoria Adato había contemplado recorrer las nuevas instalaciones de la dependencia, en la colonia Tránsito. La Secretaría de Desarrollo Urbano y Ecología, encabezada por Guillermo Carrillo Arena, anunció que el problema de vivienda estaba a punto de ser resuelto: el gobierno federal haría una inversión de 630 millones de pesos para construir unidades habitacionales que beneficiarían a 770 mil familias.

Para ese mismo día, la Secretaría de Hacienda anunciaba la puesta en marcha de la Operación Tepito, cuyo objetivo era desterrar para siempre, de esa parte de la ciudad, el contrabando.

Tres

A las 7:19 el sendero se bifurcó. El día que se esperaba nublado se convirtió en “jueves negro” (de acuerdo con la denominación ensayada por Emilio Viale en las páginas de El Universal). Las instalaciones que Adato pensaba recorrer se cayeron: bajo los escombros aparecieron los cuerpos de delincuentes torturados. El problema de vivienda no solo no se resolvió, infinidad de edificios construidos por el apenas 24 horas antes triunfal Carrillo Arena, se volvieron cascajo. Comenzó el “jueves negro” con la ciudad sin agua, sin teléfonos, sin energía eléctrica. Dejó de funcionar el metro, hubo fugas de gas. Todo era polvo y humo; todo era ruinas y devastación. Nunca olvidaré el semblante de la gente parada en las esquinas de la colonia Roma: miraban una ciudad que ya no conocían.

Ese día el tráfico se paralizó, salió a flote la miseria escondida en las vecindades. Pedaleé por la Roma porque había sabido que el edifico donde vivía un amigo se había venido abajo. En Orizaba y San Luis viví los segundos más angustiosos que recuerdo: los referentes habían desparecido y no supe en qué sitio, en qué calle, en qué esquina me encontraba.

Acababa de nacer otra ciudad, de la que veinte años después no hemos escapado. El tráfico sigue paralizado y la miseria escondida en las vecindades, como polvo guardado bajo la alfombra, ocupa ahora con membrete oficial ambas aceras de la calle. Resulta inconcebible que horas antes del desastre los políticos hayan anunciado la llegada de un mundo mejor. Había, sin embargo, otras señales. Como si la ciudad nos jugara bromas crueles, en la marquesina del cine Tlatelolco se anunciaba la película de Carmen Salinas, Tú puedes mexicano, y en la marquesina del Cinema Uno, que quedó reducido a polvo, se estrenaba, esa noche, Solos en la oscuridad.

Qué extraño hojear ahora esos periódicos. Ante la promesa de ese mundo incumplido, y otra vez de la mano de Borges, es fácil pensar que efectivamente los senderos se bifurcaron. Que en algún lugar el Cinema Uno exhibió Solos en la oscuridad, que en ese mismo sitio el Regis estrenó Vidas errantes; que Vitorino debutó en el Quórum, y que la gente salió a la calle al terminar la función: se disgregó en el manto oscuro de la ciudad, iluminado intermitentemente por vendedoras de tamales, cafés de chinos y puestos de quesadillas.

Pero de este lado, en donde antes estuvieron esos sitios no hay más que lotes baldíos y estacionamientos, cicatrices que tuvimos, y se quedaron para siempre.

 

Héctor de Mauleón
Escritor y periodista. Autor de Roja oscuridad. Crónica de días aciagosLa ciudad que nos inventaLa perfecta espiral y El derrumbe de los ídolos, entre otros libros.

Publicada originalmente en el suplemento Confabulario de El Universal el 17 de septiembre de 2005.