· Juan F. Noyola y Diego López Rosado, D., “Los Salarios Reales en México (1939-1950)” en Leopoldo Solís, comp. La Economía Mexicana v. I, Lecturas del Fondo 4; México FCE 1974.

· Jeffrey Bortz: “Salario Obrero y Acumulación de Capital en México” en Coyoacán num. 2, México 1977, y “El Salario Obrero en el D.F. 1939 a 1975” en Investigación Económica num. 4 México 1977.

· María de la Luz Arriaga, Velazco, E., y Zepeda E., “Inflación y Salarios en el Régimen de LEA” en Investigación Económica num. 3, México 1977.

· Alejandro Dabat, “Salarios Reales 1960-1970” en Cuadernos del CIES, Facultad de Economía; México, UNAM, 1978.

La inflación de los últimos años ha puesto a la orden del día la discusión sobre el salario real sobre el poder adquisitivo de los salarios. Más que un debate académico sobre los métodos válidos para determinar con exactitud el salario real se trata de una lucha en la que las partes involucradas defienden posiciones políticas. De un lado, la política de austeridad implantada por el gobierno y las posiciones patronales que pretenden mantener en el nivel más bajo posible los aumentos salariales -aduciendo que se trata de un costo inflacionario-; de otro lado la clase obrera y los sindicatos que han sufrido en los últimos años un constante deterioro de su salario y que se resisten a cargar con toda el costo de lo crisis. Nadie pone en duda que en los últimos años el salario real ha disminuido. Las discrepancias surgen al especificar la magnitud y la profundidad de ese deterioro. Vayan por vía de ejemplo los siguientes datos: el tope salarial de 1978 fue de 12 por ciento establecido a partir del aumento estipulado por la Comisión Nacional de Salarios mínimos y respetado como norma en las revisiones salariales y de contratos colectivos a lo largo del año. Recientemente la Secretaria de Programación y Presupuesto (SPP) afirmó que la tasa de inflación al terminar el año será del orden de 17 por ciento; el Banco de México calculó que sería del 15 por ciento y Fidel Velázquez del 30 por ciento. En todos los casos se reconoce implícitamente que el aumento salarial fue inferior al aumento de precios, pero el grado de deterioro del salario se calcula de manera distinta. La pregunta obligada es sobre la razón de tal disparidad. La respuesta tiene que ver primero que nada con las puntos de vista, es decir, con los intereses que se pretenden defender y, en segundo lugar, con la técnica que se utilice para calcular las cosas. Los métodos o las técnicas que se adaptan para medir el comportamiento del salario real no son, pues inocentes ya que se sabe de antemano hacia la defensa de qué punto de vista se inclinará el resultado.

El principal instrumento para determinar la tendencia del salario real es el “índice de precios” Conociendo los incrementos nominales del salario, el problema es saber cómo se comportaron los precios, porque es con relación a ellos como puede medirse su poder real de compra, operación que en términos económicos se conoce como “deflactar los salarios”. El primer problema es que no existe un índice de precios definido o único. En México se elaboran varios índices de precios de menudeo y mayoreo, informa la SPP, “así como índices de precios implícitos para las 46 ramas en que se agrupan las actividades económicas del Producto Interno Bruto (PIB)” (SPP información sobre Información, No. 1, 1975). De entrada posible eliminar los índices de precios al mayoreo, puesto que lo que nos interesa es el poder adquisitivo del salario de las personas que sólo compran al menudeo. Interesa, pues, un índice de precios al consumidor.

Tres instituciones oficiales elaboran índices de este tipo: El Banco de México: Indice Nacional de precios al consumidor y el Indice de Precios al Menudeo de precios de 64 artículos en la ciudad de México; Sistema Nacional de Información (de la SPP) Indice del costo de la vida obrera en la ciudad de México Indice de precios al menudeo en la ciudad de México y el Indice de precios al consumidor en el D F.; finalmente la Comisión Nacional de los Salarios Mínimos: Indice de precios al menudeo de bienes y servicios de consumo popular para el estrato de ingresos correspondientes al salario mínimo.

De todos estos índices interesan fundamentalmente las que registran el precio de los bienes que efectivamente se adquieren con el salario, vale decir, las que compra la familia obrera: el Indice del costo de la vida obrera y el de bienes y servicios de consumo popular. El primero admite la SPP, se elabora en base a “una serie de encuestas levantadas entre 281 familias obreras ocupadas en 32 empresas, de 1934 a 1938 (sic)”. Tales encuestas permitieron determinar una canasta de bienes: el conjunto de productos que se suponen representativos del consumo de una familia obrera. El índice registra el comportamiento de los precios de esos productos, cuya importancia se mide, por supuesto, de acuerdo con la magnitud de su demanda. El aumento en el precio de los productos que se consumen en mayor cantidad (por ejemplo las tortillas o el maíz) afectan más al índice que el los productos de consumo restringido. La validez de la canasta depende de su representatividad en cuanto al número y al tipo de productos que incluye.

El Indice del costo de la vida obrera incluye 23 productos ignoramos su composición pero es fácil suponer que el consumo obrero está constituido por un número mucho mayor que ése. El Indice adolece además de una deficiencia obvia: la canasta incluye artículos de primera necesidad (alimentos, vestuario y servicios) pero omite un ingrediente importante: el alquiler de la vivienda que desde luego representa un porcentaje elevado del salario.

Por último el factor meramente técnico: la fórmula empleada en el cálculo es la de Laspeyres:

ð Pn Qo

‑‑‑‑‑‑‑‑‑‑

ð EPo Qo

Pn es el precio de los artículos en el año de estudio; Po es el precio en el año base; Qo es la cantidad, la canasta de bienes diseñada en el año base. Dicho de otro modo: La fórmula incluye en su cálculo la variación en los precios (de Po a Pn) pero supone constantes las cantidades (Qo). Se trata pues como señalo Nuñez del Prado, de “percibir la variación de precios de una canasta de productos elegidos en el año base y que permanece inalterada durante los periodos sucesivos” (1).

Dadas las implicaciones de la fórmula, el índice sólo tendrá validez si se cumple el supuesto de que lo canasta no registre variaciones significativas, ni en sus cantidades, ni en su contenido. Evidentemente en el caso que analizamos el supuesto, no se cumple aún suponiendo que en 1938 los 23 productos fueron representativos, de lo que no hay duda es de que 40 años después han dejado de serlo. Para sólo mencionar los más obvios, el gasto en trasporte ha tenido necesariamente que variar, lo mismo que el tipo de combustible para uso doméstico. El problema de la lejanía del año base. no puede minimizarse. La estructura económica mexicana ha variado severamente en 40 años y con ello la estructura del consumo obrero. Sin embargo el Indice del costo de la vida obrera da por supuesto que ese consumo no ha incorporado ningún artículo nuevo y que la cantidad consumida es la misma que en 1938. íSupuestos ciertamente heroicos! Podría decirse que se trata de un error si para en todo caso no de un error inocente: al comparar la evaluación de este índice con uno de precios al consumidor resulta que el costo de la vida obrera registra aumentos bastante menores que el del consumidor. Por ejemplo: según Jeffrey Bortz en 1944 el índice de precios de menudeo registró un aumento de 43.66 por ciento en tanto que el índice del costo de vida obrera sólo registró un alza de 25.62 por ciento.

El otro índice que nos interesa de bienes y servicios de consumo popular para el estrato de ingresos correspondientes al salario mínimo (elaborado por la CNSM) se basa en una encuesta Nacional de ingresos y gastos realizada en 1965 y tiene como finalidad “proporcionar elementos de juicio al Consejo de Representantes de la Comisión en el momento de fijarse los salarios mínimos para un nuevo periodo de vigencia” (SPP Información sobre Información p.6). Esto reviste particular importancia por el hecho de que en los años recientes lo decidido en materia de salario mínimo ha sido la norma para los aumentos en las revisiones contractuales y de salarios durante todo el año. El Indice de bienes y servicios considera una canasta de 65 bienes su año base es 1965 y se calcula según la misma fórmula de Laspeyres. La canasta “se divide en 5 subgrupos: alimentos y bebidas, telas y ropa, calefacción y alumbrado, vivienda y artículos varios” (2). Algunos de los errores señalados para el Indice del costo de la vida obrera son corregidos en éste: el año base se acerca de 1938 a 1965; el número de artículos considerados es sensiblemente mayor y se incluye vivienda. El tamaño de la muestra es también mucho mayor (2 mil familias contra los 281 del primero) y por lo tanto disminuyen las posibilidades de error. Pese a la mejora, al mantener la aplicación de la fórmula de Laspeyres se siguen subestimando los aumentos reales. Veamos la aplicación que la SPP hace de este índice para obtener el comportamiento del poder adquisitivo de los salarios mínimos:

Poder adquisitivo real de los salarios mínimos en el D.F.

(Area Metrop.) en pesos diarios

Año

A precios

A precios

de 1970ª

de 1970 76b

1970

31.19

31.19

1971

29.63

30.89

1972

33.90

37.51

1973

31.31

35.88

1974

35.50

50.28

1975

34.90

57.96

1976

39.14

74.79

En la primera columna se convierte la base a febrero de 1970 y se registra un poder adquisitivo más o menos estable a lo largo del periodo, con bajas no muy pronunciadas en 71, 73 y 75 y tendencia a aumentar en los otros años. En la segunda columna se pasa de base fija a base móvil, cada año tiene como base al año inmediato anterior. La operación quita exactitud al calcular, porque sólo permite registrar las modificaciones de un año a otro y se pierde de vista la desvalorización del salario en el transcurso de varios años. Por ejemplo el incremento de precios en 1977 fue superior al 10 por ciento en que aumentó 78 el tope salarial fue del 12 por ciento y los aumentos en los precios fueron notablemente mayores. Si se aplica índice de base variable para decidir el aumento que habrá de tener vigencia el año entrante sólo se apreciaría el deterioro sufrido por el salario en 78, con respecto a 77 pero no el sufrido en 77 con respecto, a 76. En otras palabras suponiendo que este método se aplicara de la manera más precisa posible y que su resultado se adaptara para definir el nuevo salario mínimo el salario, en enero de 79 recuperaría el deterioro sufrido durante 78, pero no el deterioro que también sufrió en 77. La recuperación de cualquier modo seria temporal porque el incremento en los precios se da a lo largo del año y el aumenta de salarios solamente una vez al año. En febrero o marzo del año que entra el salario se habría deteriorado nuevamente y el deterioro seria corregido soló hasta 1980. Este sin embargo es otro problema que nada tiene que ver con el índice adoptado. Frente a esto se han hecho proposiciones de “escala móvil de salarios” que no significa sino un mecanismo de ajuste inmediato de los salarios y los precios.

Cinco artículos sobre el tema

Hasta donde sabemos los cinco artículos mencionados en la cabeza de esta nota son los únicos que se han ocupado de analizar el cálculo del salario real.

El trabajo de Juan Noyola y Diego López Rosado es considerado un clásico; en él se constata el aumento en los salarios nominales y se pregunta sobre lo ocurrido con los salarios reales. El incremento nominal se explica por el proceso inflacionario del periodo 1939-1950 y la presión sindical. Los autores no aclaran qué entienden por presión sindical aunque es claro que el rígido control obrero fue uno de los elementos que permitió el deterioro de los salarios reales. Noyola y López Rosado revisan el comportamiento de los salarios medios -promedio simple- y señalan que su ritmo de aumento es mayor que el de los salarios mínimos, los cuales, agregan, no son representativos. El método de su cálculo del salario real es como sigue “Si se deflaciona el aumento de salarios nominales con el índice de precios se obtendrá como resultado el incremento o disminución real de los ingresos de la clase trabajadora”. Los resultados son que entre 1939 y 1950 el poder adquisitivo del salario mínimo agrícola disminuyó en un 40 por ciento, el salario mínimo urbano en un 39 por ciento, el salario medio de 35 industrias un 27 por ciento y el de los empleados públicos federales en un 35 por ciento.

Noyola y López Rosado introducen aquí una consideración extraña “No obstante que los cifras mencionadas anteriormente parecen indicar un deterioro de los salarios reales, el examen de los datos del ingreso Nacional deflacionado por los mismos índices de precios revela un aumento ininterrumpido del ingreso real per capita. Este aumento es de un 23% en el periodo de 1939 a 1949. El indicador del ingreso per capita como los mismos autores reconocen es poco confiable, hace tabla rasa de la concentración del ingreso. Pero concluyen:

“Como consecuencia del desplazamiento de las ocupaciones menos remuneradas a las más remuneradas y del ascenso dentro de cada ocupación hacia las categorías más altas, el salario real medio (ponderado) de toda la población trabajadora ha aumentado aunque en casi cada categoría específica de trabajo haya disminuido.

Como se ve los autores nunca mencionar cuál es el índice de precios que utilizaron como deflactor, aspecto fundamental como se ha visto en la discusión sobre el cálculo del salario real: si se emplea el índice del costo de la vida obrera como deflactor buena parte del Incremento de precios sé pierde

“El salario obrera en el D.F. 1939-1975”, segundo de los artículos de Jeffrey Bortz que contiene en buena medida primero, de base su análisis en fuentes salariales primarias y secundarias (algunas no utilizadas anteriormente) y en un nuevo índice de precios para el periodo 1939-1975. Una de las mayores aportaciones de Bortz es de orden metodológico. Presenta “en forma breve los problemas más destacados de la medición del proceso inflacionario del país y de los salarios nominales”. Según Bortz por su regularidad, hoy sólo tres índices pueden ser utilizados como deflactor 1) el índice de precios al mayoreo que descalifica por las razones antes apuntadas: el salario se gasta en compras al menudeo y las cifras de mayoreo tienden a subestimar notoriamente la inflación de los precios al consumidor; 2) el índice de precios al menudeo que “da más énfasis a pocos artículos de altos precios lo cual le imprime una tendencia a largo plazo, a la sobreestimación del proceso inflacionario del país”; 3) el índice del costo de lo vida obrera, cuyas obvias limitaciones ya han sido mencionadas.

Para evitar estos riesgos Bortz construye un índice de precios para el consumidor obrero para los años 1970-1975 que amplía el de la canasta del índice de precios al menudeo y la hace más representativa del consumo obrero” incluyendo más artículos procesados para reducir la dependencia matemática implícita sobre un pequeño grupo de mercancías de altos precios”. Para el año de 1944 este índice señala un aumento de 38.98 por ciento. Deflactando los salarios nominales con

el índice construído por Bortz se obtienen los siguientes resultados:

Año

Salario real

Indice

($ Constante de 1939)

(Base 1939=100)

1939

28.44

100.00

1940

25.73

54.64

1945

15.54

54.64

1950

17.09

66.09

1955

17.65

70.29

1960

19.99

70.29

1965

24.71

86.88

1970

29.95

105.31

1975

37.88

133.19

Es decir que el nivel del salario real de 1939 sólo se supera en 1969 en un 5.31 por ciento, y alcanza en 1975 incremento del 33.19 por ciento “Después de 30 años de fuerte desarrollo industrial basado en la sustitución de importaciones, dice Bortz, en 1968 la clase obrera industrial apenas alcanza el nivel de salario de la generación anterior.”

En su artículo “Inflación y salarios en el régimen de LEA”, Arriaga Velazco y Zepeda detectan una tendencia a la caída en los salarios de la gran industria y muestran “que los salarios sufrieron un doble deterioro por el alza en el costo de la vida y por los aumentos en la productividad”. Para deflacionar los salarios nominales, los autores utilizan el índice de precios de la Comisión Nacional de Salarios Mínimos “por ser su ponderación de los distintos rubros del consumo más cercano al consumo obrero que otros índices de precios” Según este índice “el nivel de vida de los trabajadores se ha mantenido e incluso ha aumentado”. Con todo no es posible pasar por alto el hecho de que “para la gran masa de la población obrera el consumo se ha reducido y disminuye día con día. Por tanto las cifras de salarios reales que se presentan constituyen el óptimo de los casos y lo importante es que, aún siendo esto así, se aprecian bruscas caídas del nivel de vida de los trabajadores”. Los resultados son los siguientes:

Según este análisis, aunque con altibajos, el salario aumentó de 1970 a 1977 en un 30.46 por ciento. Sus datos de aumento para el periodo de 1970 a 1975, también estudiado por Bortz son del 11.89 por ciento Bortz sin embargo obtuvo como resultado un aumento del 26.46%. La diferencia no deja de ser sorprendente según Arriaga, Velazco y Zepeda sus resultados son los más altos posibles, ya que se basan en un índice de precios oficiales; pero los resultados de Bortz, basados en un índice de precios distinto de los oficiales reflejan aumentos superiores en el salario real.

El artículo de Alejandro Dabat, “Salarios reales 1960-1970” revela de inmediato una diferencia básico con respecto a los anteriores, para los cuales el salario real es igual al salario nominal entre un índice de precios Dabat sostiene que “en la determinación del salario real (Sr)… entran tres elementos el salario nominal (Sn), los bienes que componen la canasta familiar (Cf), y los precios de estos bienes (P)”.

Pero su concepción de “salario nominal” dista de ser lineal. Para Dabat el salario nominal se obtiene dividiendo el salario diario entre la duración de la jornada y el coeficiente de intensidad del trabajo

       D

S= ‑‑‑‑‑‑-

     J.I

Argumenta: “Generalmente se calcula a S como simplemente:

      D

     ‑‑‑‑

      J

pero el desarrollo de la industria moderna (y este es el caso de México en la década estudiada), conlleva, necesariamente el incremento de la intensidad del trabajo en las industrias de punta” (P.13)

De esta manera la fórmula del salario real es:

      D

     ‑‑‑‑

Sr= J.I

     ‑‑‑‑

      Cv

“De las variables componentes de la fórmula, el salario diario (D) (o en su defecto semanal o mensual), la duración de la jornada de trabajo (J) y los índices del costo de vida (Cv), pueden determinarse a partir del material estadístico

existente. En cambio la determinación de I (coeficiente de intensidad del trabajo), tiene una enorme dificultad estadística, que exige complicados cálculos basados en estudios sobre los distintos ramas de la producción particulares”.

Dabat señala en seguida que en la década de los años cincuenta, “existió un significativo repunte de los salarios-reales-horarios contabilizados estadísticamente por los organismos públicos. El salario medio industrial, de siete distintas industrias (encuesta de octubre de S.I.C) deflacionado por el índice de costo de vida obrero se elevó… en aproximadamente un 17 por ciento. A su vez el salario mínimo real se elevó en un nivel muy alto, casi el 70 por ciento. ” Durante la década siguiente los salarios nominales aumentaron más lentamente pero dado la estabilidad de precios tendieron a crecer en términos reales. Para llegar a esta conclusión, Dabat utiliza el índice del costo de la vida obrera. Incurre así en una inconsecuencia seria. Olvida su discusión sobre la necesidad de introducir el coeficiente de intensidad para el cálculo del salario real y utiliza el puro método de cálculos que deflacta con el índice del costo de la vida obrera, índice que como hemos visto, subestima notablemente el aumento de precios. Pero en fin con su método Dabat llega a lo siguiente:

Año

Indice de

Salario mínimo

Precios

Horario real

(a precios de 1960)

1950

52.7

1.06

1955

82.6

1.42

1960

100.0

1.81

1965

123.0

2.17

1970

146.0

2.74

Para terminar de alguna manera

Indices van, índices vienen; inconsistencias teóricas y técnicas declaraciones de funcionarios y personajes de la política, apoyados en cifras que más parecen provenir de las ciencias ocultas que de lo ciencia económica. Los lectores de periódicos diarios, víctimas de la información, seguirán leyendo que los precios suben quién sabe cuánto y su salario se deteriora quién sabe cómo. Los economistas producirán ahora más artículos sobre el tema porque el interés sobre él aumenta en proporción inversa al deterioro de los salarios. Pero si la respuesta de la academia es tímida, lo verdaderamente grave es que las organizaciones sindicales y las instituciones del Estado no se preocupen por buscar los métodos más adecuados y sobre todo por hacerlos explícitos y difundirlos con amplitud. No sorprende que el Estado adecúe sus métodos a los objetivos de la política económica por él adoptada; pero sorprende que las organizaciones sindicales, las oficiales y las otras -sobre todo las otras- no le concedan al asunto la importancia que reviste. Habría simplemente que preguntarle a Fidel Velázquez cuando dice que la inflación en 78 será del 30 por ciento de dónde sacó el numerito. Y lo mismo habría que hacer con el Banco de México y los demás declarantes. Pero lo más importante -tarea de académicos, periodistas y dirigentes sindicales- tal vez sea combatir la idea de que los fenómenos económicos sólo pueden ser comprendidos por los economistas. Porque con menos índices y tasas probablemente el problema del salario real sea mejor comprendido por el trabajador, que al escuchar de su esposa el clásico “lo que me das ya no alcanza”, en lugar de preguntarle “Oye vieja, con qué índice deflactaste mi salario nominal”, simplemente no responde nada y acaso en lo próxima ocasión vota a favor de la huelga.

Orlando Delgado Selley

Francisco Perez Arce

Notas

1. Arturo Nuñez del Prado: Estadística básica para la planeación, México, Siglo XXI Editores, 1975; p. 95.

2. Comisión Nacional de Salarios Mínimos; Indices de precios. Octubre de 1977; p-6