Judith Friedländer, Ser indio en Hueyapan.

México, Fondo de Cultura Económica, 1977; 257 pp.

Judith Friedländer vivió en Hueyapan dos años -1969,1970- y por temporadas en 1971 y 1976. De su diario contacto con esa realidad han surgido estas detalladas descripciones del pueblo, la casa y la familia con la que vivió, la vida cotidiana de Hueyapan, la alimentación, el vestido, los quehaceres domésticos, las actividades en el mercado. Y su convicción de que la identidad india de los huayapeños se relaciona más con su posición económica y social que con los lastres míticos de su cultura indígena.

Con extraordinaria minuciosidad, Friedlander nos ofrece un informe completo, ambicioso y solidario del modo como Hueyapan se fue abriendo a su inquisición antropológica, con todo su intenso y cotidiano presente y los latidos de la historia y la tradición condensados en la vida de los que hoy habitan ese pequeño pueblo del estado de Morelos: los relatos de los huayapeños que lucharon en la Revolución Mexicana -los muchos sufrimientos carestías, hambrunas, epidemias que azotaron el pueblo-; el reparto de las haciendas próximas que no alcanzó a todos los habitantes ni pudo mejorar sustancialmente la productividad sino hasta 1940 en que fueron introducidos los fertilizantes; la emigración de los jóvenes que regresan más tarde trayendo de la Ciudad -El DF o Cuautla- los símbolos y los hábitos, mal satisfechos pero indelebles, de la sociedad de consumo.

He aquí un pueblo que está como detenido en la historia: la electricidad llegó o él hace sólo 14 años y el agua potable hace siete; el castellano es lengua común sólo de los niños de las más recientes generaciones -el náhuatl domina las otras-; las personas tejen en telares de cintura de origen prehispánico y los ritos religiosos y las fiestas populares mantienen su sello colonial: fuegos artificiales, toros, desfiles y dramatizaciones colectivas -como la tradicional lucha de Moros y Cristianos.

Friedländer describe con admirable detalle algunas de estas fiestas populares: la feria de la Virgen de Guadalupe y su preparación en el hogar del mayordomo que absorbe los gastos y la organización fundamental del jolgorio: comida, música, bailes, misas y procesiones.

Su análisis de los cambios que el gobierno postrevolucionario ha podido introducir en Hueyapan es desolador como índice de la efectiva capacidad modernizadora de la Revolución Mexicana. Las dos instituciones gubernamentales que han llegado al pueblo de Hueyapan desde 1910 son las misiones culturales y la escuela pública. Ambas han logrado incorporar a los habitantes del pueblo a ciertas nociones y esferas de una cultura mestiza, moderna o capitalista -como quiera llamársele. Pero no han aportado la contradicción política e ideológica fundamental que gobierna las relaciones del “mundo civilizado” nacional con las minorías indígenas arrinconadas en sus comunidades: se les rinde tributo como rostro del noble pasado indígena de México pero se les discrimina como indios vivientes en una sociedad de orientación mestiza. El análisis de los libros de texto gratuitos de 1959 exhibe con claridad este procedimiento. Escritos desde una perspectiva mestiza fundamentalmente urbana, los libros de texto presentan al indio como un ser aparte, pobre y humilde al que el educando debe tratar amablemente y ayudar a asimilarse. Aquí la historia parece también haberse detenido pero ahora para las agencias “civilizadoras” con todos sus recursos y coerciones han sido incapaces de transformar la imagen tradicional del indio -de origen colonial- como un ser inferior e indefenso al que debe protegerse para brindarle acceso al mundo de la razón y el “despegue” cultural hacia la civilización.

Puestos juntos los factores educativos, económicos, sociales e históricos, Judith Friedländer arriba a una conclusión: ser indio en Hueyapan significa tener una identidad primordialmente negativa: la suma de las cosas que no se poseen.