Carlos Fuentes: La cabeza de la hidra. México, Ed. Joaquín Mortiz, 1978. (Nueva narrativa hispánica).

México, Ed. Joaquín Mortiz 1978. (Nueva Narrativa Hispánica).

En La cabeza de la hidra, las más reciente novela de Carlos Fuentes, un personaje cambia de piel: la conjunción de una cirugía plástica y de una abigarrada experiencia de espionaje lo transforma …en alguien casi idéntico al que era antes. Un poco diverso pero muy reconocible, muy ratificado. Algo semejante podría decirse del autor de esta nueva, sorprendente aventura novelística.

Un reto: tratar el serio asunto del petróleo mexicano, sus implicaciones en la política internacional y en lo endeble soberanía del país frente o las potencias con el recurso de las thrillers de espionaje. Las fuerzas mundiales árabes e israelíes empiezan a luchar por ese petróleo que sólo se ve defendido por dos “aguiluchos”: un empresario y un funcionario nacionalistas. Por desgracia la eficacia del thriller, plenamente conseguida por Fuentes, exige la simplificación de personajes, ideas, datos, situaciones, conflictos. Los planteamientos del expansionismo israelí, de la defensa árabe, de la desprotección de los palestinos, de la decadencia y debilidad del nacionalismo mexicano, así como vagas metafísicas amorosas, dejan mucho qué desear si el lector busca un análisis intelectual. De manera inevitable, los personajes se vuelven tipos, las ideas lugares comunes periodísticos y las situaciones una reproducción de las obligadas escenas emocionales del suspense. La cabeza de la hidra es muy falible como testimonio o estudio de los asuntos políticos e ideológicos que toca. Pero admite otras dos lecturas, si el lector tiene el desenfado suficiente para no considerarla como libro “serio”: una, de la novela de entretenimiento es un buen thriller. Otra, una insólita performance de un autor muy conocido.

Esta tercera lectura es, a mi juicio, lo más interesate de la novela. Creíamos que Fuentes ya estaba oficializado y monumental, encerrado en el estilo declamatorio de los últimos diez años: engolosinado en manar toda la noche profecías verbosas y ornamentales, no exentas siempre de pedantería ni de demagogia. Pues no. La cabeza de la hidra nos muestra un Fuentes muy vivo, ágil, legibilísimo, capaz de construir y dominar perfectamente una compleja, rigurosa y tensa estructura novelística. Sabe contener la prosa en la austeridad de un autor omnisciente que no necesita recurrir al lirismo. Nos libera de poéticos monólogos farragosos. Describe vívidamente todo tipo de acciones. Es sensacional como registro de sensaciones vencidas, de personajes desolados y desencantado en su realidad. Sabe amar a sus personajes. Crea gran interés con un estilo llano, sin malabarismos barrocos. Maneja excelentemente la difícil disciplina de la síntesis. Puede, a veces, detenerse en lo trivial y hacer con ello una rápida y clara narrativa, sin tener que apoyarse en paradojas metafísicas o alardes rococó de estilo. Nadie diría que el autor de Tierra nuestra o del inverosímil Cervantes o la crítica de la lectura podía cumplir un rol narrativo con opuesto.

Quedan, desgraciadamente, el color local, el fácil desprecio del subdesarrollo, las vanas caricaturas elementales de un cotidiano México actual (que poco tiene que ver con el que Fuentes no presenta). Quedan los sobreactuados mitos del Tlatoani Presidente, de la Guadalupana, de las pulgas vestidas y la gastronomía regional, etc.

La cabeza de la hidra es literatura menor -lo que no significa necesariamente inferior, sino un género diferente. Fuentes no ha dado ya en La región más transparente, La muerte de Artemio Cruz, Cambio de piel, libros mayores. Ningún otro narrador de su generación nos los dio. Nuestras exigencias como lectores serían harto inferiores si Fuentes no nos hubiera obligado a elevarlas. Fuentes es literalmente un legítimo creador de la vida cultural que vivimos. Por ello importa mucho qué pasa con Fuentes, más allá de los aires y venires del gusto novelístico. Y realmente emociona en esta reciente novela la evidencia de que Fuentes no se ha agotado con los muchos, siempre desiguales, tres o cuatro veces trascendentales libros (ningún otro narrador de su generación logró siquiera uno de importancia), siempre intensos, opulentos en léxico, en ritmos y en amplitud de intereses que ha escrito. Y si bien conserva tics reiterados, es capaz -después de casi veinte libros frecuentemente voluminosos- de nuevos rasgos y aventuras. Entusiasma, estimula muchísimo constatar que tenemos todavía Carlos Fuentes para rato. Para mucho rato. Y el enigma verdadero, el que de veras congela el estómago y dispone toda nuestra receptividad, todo nuestro afecto, es el de cuál será la nueva aventura que Carlos Fuentes nos depara en su próximo libro. Por el momento está en fragmentos de La cabeza de la hidra el agradable, reconfortante Carlos Fuentes de sus mejores momentos. La primera parte de la novela es el único relato con que contamos de una generación rebasada por la crisis del país, por un México totalmente ajeno a la museografía nacionalista y a la alta filantropía del excepcional “funcionario honesto y progresista”, que protagoniza la novela y representa a esa generación. También encontramos borrosos itinerarios hacia un nuevo Fuentes. Y mientras nuestra incapacidad literaria nos impida un narrador más joven, más arraigado, más racional que Fuentes, es siempre revitalizador un libro suyo, como éste en el que evita la declamación y recupera sus instrumentos de novelista.

José Joaquín Blanco