Alejandro D. Marroquín: La ciudad mercado (Tlaxiaco). 2a. ed. Pról. Félix Báez Jorge. Estudio Preliminar de Gonzalo Aguirre Beltrán. México, Instituto Nacional Indigenista, 1978, 239 pp. ils. (Clásicos de la Antropología Mexicana, 4).

En enero del presente año se terminaron de imprimir los dos mil ejemplares de la reedición de una de las obras clásicas de la antropología en México. La ciudad mercado, cuyo autor, el antropólogo salvadoreño Alejandro Marroquín, falleció a fines del año pasado.

El contexto histórico de esta obra, hecha circular en impresión mimeográfica desde 1954 y publicada en 1957, es la etapa de posguerra y la llamada Guerra Fría. Marcaban el clima tenso de la época el bloque de países socialistas y el poder atómico soviético como hechos consumados, las luchas de liberación nacional en Asia y los países árabes, la presencia de líderes no alineados, el apoyo del bloque socialista a dichos movimientos y liderazgos, y el inicio del largo proceso de la descolonización africana. En 1948 se había creado la Organización de Estados Americanos con sede en Washington, durante la 9a. Conferencia Panamericana en Bogotá; y en 1953 durante la 10a. Conferencia Panamericana en Caracas, se había impuesto una declaración de solidaridad e integridad política de América en contra del comunismo internacional. La estrategia militar estadounidense permeaba las relaciones internacionales y afectaba la vida interna de las naciones de la América Latina, en un clima de anticomunismo continental que lanzó a la ilegalidad a los partidos comunistas.

Los continuos fracasos de los movimientos progresistas latinoamericanos, y la aplastante presencia yanqui, llevó a no pocos círculos de intelectuales a un pesimismo que no habría de ser vencido sino hasta 1959, con la Revolución Cubana.

Este contexto explica el viraje de la antropología y su práctica en México en las décadas de los años cuarenta y cincuenta. Después de las experiencias populistas del nacionalismo cardenista, figuras como Miguel Othón de Mendizábal y Mauricio Swadesh fueron relegadas frente a la creciente hegemonía del culturalismo de la antropología estadounidense. Los caciques intelectuales de la antropología mexicana asumieron el poder administrativo e impusieron una visión específica en el análisis sociohistórico de la realidad mexicana, a través del lente del más puro culturalismo norteamericano. Mendizábal, Swadesh, Paul Kirchhoff, Julio de la Fuente y Ricardo Pozas, fueron excepciones en un clima de monopolio del saber. Una de las más burdas visiones de los pueblos mesoamericanos, entonces predominante, surgió del privilegio otorgado a las descripciones del “arte” prehispánico y los estudios de la vida religiosa. Los pueblos mesoamericanos parecían haber vivido obsesionados por un afán constructor y esteticista, preocupados por el cumplimiento del rito y el ciclo anual de festividades, construyendo a diestra y siniestra templos piramidales y ofreciendo sacrificios humanos a sus deidades. Otra visión por el estilo, se dedicaba a estudiar monográficamente todas las esferas y aspectos de la vida de los pueblos mesoamericanos, pero como simples agregados sin articulación ni jerarquización alguna.

Curiosamente, es de la propia antropología estadounidense (seguidores de Julian Steward entre otros, e inspirados en Gordon Childe y Wittfogel) de donde habría de surgir y aclimatarse definitivamente la preocupación por la vida material como base de la existencia de las sociedades mesoamericanas. Como entonces se hizo obvio, los pueblos pasados y presentes de México no sólo adoraban a sus dioses, danzaban, o cantaban; también comían, se vestían, fabricaban sus herramientas, cultivaban la tierra, levantaban sus viviendas y confeccionaban su vestido.

Otros autores se enfrentaron también a la hegemonía culturalista predominante. Desde una perspectiva marxista. Uno de ellos fué Alejandro Marroquín.

Nacido en 1911 en la ciudad de San Salvador, república de El Salvador, militante político, fundador de la Unión Nacional de Trabajadores, expulsado de su país en 1937, asilado en México durante el gobierno cardenista y profundo conocedor de la economía india mesoamericana y de Centroamérica, los mercados indios mexicanos, el indigenismo americano a la cultura mestiza de su país.

Marroquín hizo trabajos de campo en Oaxaca, en las áreas Tzeltal-tzotzil de Chiapas y seri de Sonora. Y en Panchimalco y San Pedro Nonualco, dentro de El Salvador. Con Julio de la Fuente fue discípulo de Bronislaw Malinowski cuando éste estuvo en México estudiando el sistema indio de mercados, y participó con Oscar Lewis en el estudio de Tepoztlán (Morelos).

Investigación y práctica fueron para Marroquín dos elementos inseparables. Según él consideraba, la ciencia siempre debía aplicarse pues estaba al servicio del hombre. Se adscribía a la antropología social porque, debido a presiones políticas y económicas, ésta se había abocado a la explicación, mientras la etnología se había limitado a la descripción y al estudio de la “cultura”. Así, parte de sus esfuerzos los dedicó a estudiar él mismo y a formar a muchos en antropología social aplicada y en antropología económica.

Dentro de esta última rama, desarrolló su interés por el sistema mesoamericano de los mercados regionales contemporáneos. Precisamente, La ciudad mercado es fruto de una exploración de campo hecha en el verano de 1953, del notable tianguis semanal de Tlaxiaco enclavado en la región mixteca. Una primera versión del informe final fue mimeografiado en 1954 por el INI, con el título Tlaxiaco, una ciudad mercado, y publicado por la Imprenta Universitaria en 1957 con el título definitivo ya citado. La ciudad mercado de Marroquín pasó a convertirse en uno de los clásicos de la antropología mexicana, junto con su no menos conocido artículo “Introducción al mercado indígena”, publicado en 1957 en la revista Ciencias políticas y sociales.

Ambos trabajos vuelven a reeditarse, ahora conjuntamente, por el INI. Se ha incluido a manera de introducción, como en la primera edición, el estudio preliminar sobre la mixteca de Gonzalo Aguirre Beltrán y se ha añadido un brevísimo prólogo de Félix Báez Jorge.

Cuando se hizo el estudio de campo, Tlaxiaco era un centro urbano donde se conectaban las operaciones de intercambio comercial. Su tianguis o mercado semanal resumía el aspecto esencial del panorama económico regional. Enclavado en un valle de la alta mixteca y circundando por serranías, era la cabecera de un antiguo distrito donde más de la mitad de la población hablaba mixteco o triqui, y el 76 por ciento se dedicaba a la agricultura. La mitad de sus tierras eran de propiedad privada, había sólo un 9 por ciento de propiedad ejidal y de propiedad comunal un 41 por ciento. Se daba una concentración de poco más de la cuarta parte del total de propiedades privadas en sólo el 0.5 por ciento de los propietarios. Había alquiler de las tierras y aparcería o medianería.

El cultivo agrícola se practicaba en tierras de regadío, humedad y temporal. Sobre todo se sembraba maíz, trigo, frijol, alberjas (¿albaricoques?), tomate verde y verduras. Las manufacturas que hasta la década de 1880 se habían practicado allí para proveer a las haciendas de la región y a los pueblos de la costa, desaparecieron con la desintegración de las haciendas. Marroquín y sus colaboradores sólo encontraron elaboración de pulque y aguardiente, tala mecanizada del bosque, minería y fabricación de bebidas gaseosas y paletas. Algunas de estas actividades concentradas en manos fuereñas. También se elaboraba cal, había carnicería y panaderías. La artesanía familiar de textiles y tejidos de la palma, se daba sobre todo en los pueblos cercanos. Había emigración temporal de mano de obra durante la seca, sobre todo hacia Veracruz, para el corte de café. La arrería se practicaba como medio de intercambio con los pueblos de las montañas.

Marroquín dedicó atención especial a describir la división sexual y por edad del trabajo al interior de los grupos domésticos, unidades económicas cerradas en las cuales la labor de los miembros se complementaba mutuamente para satisfacer las necesidades primordiales de la familia. También observó la división del trabajo por rama productiva, aunque no existía una tajante división entre una y otra pues las ocupaciones combinadas eran la regla general. Funcionaban varios sistemas de trabajo. La guesa o guetza, convenio voluntario de ayuda recíproca no asalariada; el tequio, trabajo obligatorio colectivo no asalariado para obras municipales; el peonaje asalariado; y la adopción de menores, trato mediante el cual el adoptado trabajaba sin salario a cambio de alimento, vivienda y vestido.

Respecto a la actividad comercial, Tlaxiaco contaba con establecimientos comerciales, de servicios y manufactureros, los que concentraban gran parte de la actividad comercial de la región. Y en la misma ciudad casi el 80 por ciento del volumen total de ventas se concentraba en solo 9 establecimientos (21 por ciento del total).

Al crédito comercial y en efectivo la población tenía un acceso diferenciado según su posición social. Así, a mayores recursos disponibles, era posible conseguir mayores volúmenes de crédito.

Los escasos ingresos municipales, en un 38 por ciento provenientes de impuestos cobrados durante el mercado semanal, eran absorbidos en buena parte por el gobierno estatal y el resto se asignaba a los servicios educativos, vigilancia, salud, conservación y justicia, los cuales beneficiaban sobre todo al centro de la población donde vivía el sector social más favorecido.

No teniendo actividades productivas relevantes, Tlaxiaco se convirtió en un intermediario: centro de acumulación y distribución de las mercancías de tierra caliente y de las montañas, abastecía y comerciaba con las rancherías indias y ciudades como Puebla y México. La formación de las antiguas haciendas, la rutina, la situación geográfica, la habilidad comercial, la “ignorancia” india y la dependencia económica de los pueblos mixtecos, hicieron de Tlaxiaco el centro comercial de la Mixteca, que vió llegar su apogeo en el siglo XIX. Precisamente a ello debía su influencia: a la extracción de las ganancias de los productores indios. Tlaxiaco impuso, además, una producción especializada a sus propios barrios y a los pueblos de su zona de influencia. Su tianguis sabatino marcaba el ritmo de su vida económica y en cierta manera, era el reflejo de la economía de la mixteca. En él se distribuía, concentraba, intercambiaba y acaparaba la producción, se regulaban caprichosamente los precios y los procesos de aculturación y de intercambio social. En torno a él, y sujetos a un calendario para evitar interferencias giraban los varios tianguis de la región: plazas grandes como la de Tlaxiaco donde el intercambio se hacía en moneda y se parlamentaba en español; plazas medianas donde el intercambio se hacía en moneda y en parte mediante trueque, hablando español y lenguas indias; plazas chicas donde predominaba el trueque y se hablaba sólo en lenguas indias.

El tianguis congregaba a unas 2 mil personas más en el poblado y entraban más de 170 bestias, cifras que dan idea de su magnitud. Los vendedores se distribuían en puestos siguiendo un orden fijado por la tradición, por tipo de mercancía, utilizando al máximo el espacio disponible. Entre los puestos circulaban todavía los vendedores ambulantes que habían logrado librarse de los atajadores en las afueras del poblado, donde los interceptaban para acaparar su mercancía. El regateo y el trato compulsivo hacia el indio eran la norma común.

Los precios fluctuaban a lo largo del año y aún durante el mismo tianguis, según escaseara o abundara el maíz. Si escaseaba y por tanto subía su precio, el de los demás productos bajaba pues se reducía la capacidad de compra de los productores indios. Y si a esto le sumamos el previo acaparamiento en la compra y venta del maíz, ya se ve cómo el mercado sabatino era un instrumento sujeto a la oferta y la demanda, ambas manipuladas por manos extrañas a los auténticos productores.

Sin embargo pese a todo, en la década de 1950 Tlaxiaco había iniciado ya una disminución en su influencia, debido a la aparición y fortalecimiento de nuevos centros comerciales y a la poca capacidad de consumo de la población campesina -limitante de la expansión económica regional-.

Tlaxiaco empezaba a tener una vida parasitaria pues le faltaba una economía de producción. La ciudad mercado resentía ya las profundas alteraciones provocadas por la apertura de las nuevas vías de comunicación.

Ante tal panorama, Marroquín hizo una serie de sugerencias. Propuso orientar los cultivos, mejorar la técnica agrícola, hacer accesible el crédito agrícola y comercial, regular los precios cuidando de remunerar adecuadamente a los productores indios, organizar cooperativas de producción y consumo, introducir organismos estatales para el abastecimiento del maíz, redistribuir a la población campesina y organizarla en ligas de defensa y cooperación, abrir nuevos caminos, impulsar nuevos centros económicos regionales, suprimir el regateo y limitar y vigilar la venta de alcohol. Para Marroquín la solución de la problemática social de la región de Tlaxiaco se inscribía en un ataque integral de todos los problemas sociales y económicos y en una planificación de la actividad gubernamental.

Con base en su experiencia de campo y en la bibliografía especializada de la época, Marroquín elaboró posteriormente una introducción teórica al mercado indio en México. Señaló su importancia y origen y describió sus características y funcionamiento. Lo consideró constituido por un aparato material, por actividades que coordinaban sistemáticamente la actuación social colectiva, por normas reguladoras de dicha actuación y por una ideología en torno a la institución del mercado indígena. Consideró a éste inscrito en un sistema económico regional, que a su vez se hallaba inserto en la economía nacional. Así, tipificó los distintos mercados indios de México como semicapitalistas, intermedios y local tradicionalistas, además de considerarlos como un engranaje más en el sistema de explotación del indio, aunque según afirmó, podían ser utilizados como un instrumento de cambio.

En un prólogo Félix Báez ubica justamente a Alejandro Marroquín como un contestario de los análisis de factura anglosajona, en los cuales predominaba el estudio cultural funcionalista de comunidad. Supo pues superar el burdo culturalismo e inscribir los estudios de caso en su contexto regional y su articulación al sistema socioeconómico predominante. Concibió al conocimiento antropológico como ligado a la práctica concreta, y como un instrumento de análisis y no de mera descripción. La publicación de La ciudad mercado es por eso mismo, un homenaje necesario que recogerán las nuevas generaciones de antropólogos. Fuimos testigos del afecto y la ascendencia de la que gozaba Marroquín en sus últimos años entre sus discípulos de la Escuela Nacional de Antropología e Historia. Las nuevas generaciones de “jóvenes triunfalistas” (como alguien gustó llamarlas con omnipotencia), ven en la aplicación del análisis marxista en la antropología, la plena valoración de un marco crítico necesario tanto para el análisis teórico como para la práctica política; para esas generaciones es indispensable rescatar, con sus limitaciones, la obra de los viejos maestros que supieron hacer de su vida una prueba de honestidad intelectual y conducta recta. Súmense estas líneas con homenaje al honesto antropólogo salvadoreño, a quien tanto deben la antropología y los antropólogos de México.

Otros libros de Alejandro Marroquín.

. Apreciación sociológica de la independencia salvadoreña. El Salvador. Universidad de El Salvador, 1964.

. San Pedro Nonoalco, Investigación sociológica. San Salvador, Editorial Universitaria, 1964.

. Balance del indigenismo. México, Instituto Indigenista Interamericano., 1971.

. Panchinalco, Investigación sociológica. 2a. Edición. San Salvador, dirección de Publicaciones del Ministerio de Educación 1974.

Carlos García Mora: Antropólogo social mexicano. Ha publicado avances de su investigación sobre los problemas ecológicos y de tecnología agrícola en la región de Chalco en la Revista Mexicana de Antropología