Las sociedades dependientes. Ensayos sobre América Latina.

México, Siglo XXI Editores, 1978; 238 pp.

Se presenta aquí una serie de ensayos sobre la dependencia, tanto en su perspectiva teórica y metodológica como en ciertos aspectos relativos a la naturaleza de las clases sociales en las sociedades dependientes, sociedades donde “el desarrollo -la industrialización- ha sido dirigida por una burguesía extranjera”.

Según Touraine, el desarrollo de las sociedades dependientes rompe con la concepción evolucionista de la historia, nacida de la experiencia europea y sólo cobra sentido si se entiende la dependencia no como un modo de producción, sino como modo de desarrollo. Esta ciencia o sociología del desarrollo debiera evitar los lastres de la filosofía de la historia, la historia pura o el historicismo. “No hay que hablar más de modos de producción -dice Touraine- sino de la sociedad como sistema de acción histórica, como conjunto de orientaciones encarnadas en prácticas a través de relaciones sociales conflictivas”. El capitalismo mexicano, brasileño o venezolano, así como la vía china, soviética o cubana al comunismo, son realidades distintas e irreductibles a la simpleza teórica que se empeña en catalogarlas dentro de algún “modo”.

“No hablemos más de naturaleza de la sociedad, de principios o de conflictos fundamentales. Lo que cuenta es la capacidad de decisión de una sociedad y ésta, así como las posibilidades de elección que resultan de ella, debe ser definida en términos puramente políticos, es decir de competencia, de transacciones, de conflictos”.

Más allá del problema de las clases sociales, en las sociedades dependientes existen, según Touraine, tres cuestiones fundamentales: el Estado, la ideología y las formas de organización social. El Estado revela más fuerza que las clases y posee una gran autonomía: Estado e imperialismo se sobreponen a la dinámica interna de las clases. En cuanto a la ideología, ésta tiene según Touraine en los países dependientes una notable independencia y se crea más bien como producción doctrinaria -a diferencia de lo que ocurre en los países desarrollados, donde traduce los intereses y la presencia real de las clases sociales. La función de la ideología, transformada en mitos es también distinta: en los países desarrollados expresa la división de la sociedad en clases, en los países dependientes aparece como elemento integrador, como reclamo de unidad nacional frente al extranjero. Por último, Touraine considera que en las sociedades dependientes, las formas de organización social (organización de “una fábrica, un hospital, un servicio administrativo, un ejército”) son particularmente débiles en relación a los intereses de clase.

Por otro lado, las sociedades dependientes son duales: la penetración del capital extranjero provoca y profundiza diferencias entre las ramas de la producción sujetas a su control y las que permanecen controladas por manos nacionales. La decadencia de la agricultura, la transformación de los fundos y haciendas y la marginación señalan los límites de la penetración capitalista. Esta estructura económica dual no corresponde a las relaciones sociales internas, su eje radicó en el exterior y no está sujeto a las peculiaridades nacionales o regionales de la sociedad que penetra.

Según Touraine las clases sociales en América Latina están definidas con mayor nitidez que en los países desarrollados, pero actúan menos, pues la actividad principal nace en el Estado. El Estado aparece como factor básico del cambio económico y social, pero a diferencia de la Alemania de Bismarck o el Japón de la dinastía Meiji, el agente principal de ese cambio no es la burguesía nacional, sino la extranjera, encarnada en las empresas multinacionales norteamericanas y europeas.

La lucha de clases se da “por la dirección de los modos principales de acción de la sociedad sobre sí misma, en particular de la inversión”. La misión del movimiento obrero en esta lucha es la de pugnar por un control colectivo de la industrialización en tanto que la burguesía lo hace por mantener su modo de apropiación. En los países desarrollados, existe una relación directa entre conducta de clase y expresión política partidaria; en los países dependientes esto no ocurre sino o través de mediaciones estatales y la expresión de las clases dominadas no es tanto el objetivo de la igualdad, sino el de la liberación nacional. Aquí las clases no preexisten ni determinan al Estado, es éste el que determina a las clases sociales. Los movimientos de oposición independientes del Estado sólo pueden desembocar en la configuración de grupos de presión o en su vertiente más radical: el populismo. Por ello los movimientos sociales en estos países están expuestos tanto al estallido revolucionario como al reformismo de las clases medias. Estos movimientos son multidimensionales pues en ellos concurren tres objetivos: lucha de clases, liberación nacional y modernización. De aquí se desprende su debilidad y su fortaleza: lo primero porque su complejidad oscurece y dificulta las definiciones de clase; lo segundo, porque sus proyectos políticos incluyen los problemas y las necesidades de amplios sectores de la población.