Ed. Universidad Veracruzana. Nos. 6-20. Xalapa, 1976-1977.

En las solpas de esta colección, la Universidad Veracruzana “invita a todos los escritores para servirse de las páginas del Caballo Verde y, de esta manera, contribuir al avance de la cultura latinoamericana y la solidaridad mundial”. El objetivo de Cuadernos del Caballo Verde es “dar a conocer trabajos de creación que, por diversas razones, no han sido editados en el continente”

Los autores publicados, cuyas fechas de nacimiento se ubican entre 1933 y 1955, manifiestan una pluralidad temática y estilística que va de la ensoñación (La lunga y la tinta) al afán de “poeta maldito” (Incestuando floreciones tardías), de la Beatlemanía agotada (Después del sueño) a la corrección sintática (Textos), de la hechicería lírica (Ladrón de fuego) a la ingenuidad (Corre que te corro al cerro), del esnobismo (La nave de los chinos) a los fáciles títulos heroicos (La guerrilla urbana).

Desde el numero 6, el primero de que disponemos se nos informa que la colección “ha publicado ya una docena de números”. Del 13 al 16, la presentación es sustituida por una ficha de autor -y es que vienen los internacionales: dos españoles, una cubana, un polaco-francés y una coahuilense-texana. Todos ellos laureados por premios, publicaciones, traducciones, libros éditos e inéditos, etc. Juan Cervera (cuaderno 13), ha publicado once libros en diversos países, ha sido traducido a cuatro idiomas, tiene 6 libros inéditos. Angela Hoyos (cuaderno 16) “además de dedicarse a la pintura, escribe” y ha publicado en América Latina, India, Europa, Hawaii y los Estados Unidos, habiendo obtenido, entre otros, “el Premio Internacional del CSSI por poesía (Italia)”.

Abrimos al azar el cuadernillo de Juan Cervera y transcribimos el final de la página 14: “CORO. Que nadie esté triste/ Todos a cantar/ Todos a reir/. TODOS. Ja, ja, ja… / Ji, ji, ji…” Mireya Robles, que titula su libro En esta aurora, ha sido traducida a seis idiomas y tiene en su haber nueve lauros internacionales. Escribe: “Vamos a correr esta etapa/ de inquieto silencio/donde duerme la noche/con tintas de estrellas…” (p. 14).

A nuestro parecer uno podría olvidar los textos del Caballo Verde -aclaramos aquí que son del 6 al 20, excepción hecha del 19, los números con que contamos- y leer como una totalidad estos once versos: “A pesar del amor,/del idio incluso, no acariciéis/ la frente, dejándome adormecido/junto al muro olvidado/ de mi casa./ Yo soñaré mejor/ que el campo está tranquilo,/ que no vendrá la sombra/ prontamente,/ que los días son largos/ y hay luz hasta muy tarde…” Son de José Lupiáñez y pertenecen al último poema de Ladrón de Fuego (cuaderno No. 6).