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Buenos Aires. Editorial Galerna. Primera edición, 1974.

Llamativamente comercial, el título Supermán y sus amigos del alma carece de apoyo alguno en el contenido del libro, salvo cinco líneas que hacen escuetas referencias al héroe en cuestión, en un total de ochenta y un páginas. En realidad, Ariel Dorfman ofrece un análisis de contenido de un ejemplar de «El Llanero Solitario».

La suposición de una amistad entrañable entre el Justiciero de Plata y el defensor de Metrópolis es bastante forzada. Los contextos no podrían resultar más opuestos: Supermán es un héroe extraterrestre dotado de poderes suprahumanos que, si bien posee un campo de acción ilimitado se desenvuelve básicamente en un ambiente urbano. Sus aventuras han sido ubicadas en el presente y el futuro y desarrolla su desinteresada labor de protector enmascarado bajo una personalidad secreta: el anodino clasemediero Clark Kent. En el extremo opuesto está el Llanero Solitario: exrural amargado que encubre sus deseos de venganza bajo el ideal justiciero y cabalga sin cesar a lo largo y la ancho de un oeste mítico en compañía de su amigo Plata y el fiel indio Toro.

Si bien Supermán y El Llanero corresponden básicamente al estereotipo del héroe creado en Norteamérica por los años cuarenta (predominio del individuo sobre el grupo, de la aventura sobre la vida cotidiana, fetichismo del vestuario, la ausencia de relaciones estables con el sexo opuesto que frecuentemente despierta sospechas de homosexualidad, maniqueísmo como disfraz de la lucha de clases, etc.) englobar a ambos personajes bajo una misma categoría, revela una muy caprichosa metodología. Dorfman y Jofré empiezan relatando la trama de una aventura del Llanero, intercalando en el resumen párrafos literales -unas veces entrecomillados y otros no- y salpicando todo de comentarios y descripciones de la imagen.

Si Dorfman procediera con rigor, hubiera transcrito el texto íntegro de la historieta con descripciones de la imagen lo más objetivas posible o, lo que metodológicamente sería ideal, hubiera reproducido la aventura cuadro por cuadro efectuando el análisis con las cartas a la vista.

Por el contrario, el recurso utilizado no muestra la significación de la historieta, sino -como diría Barthes- la muy particular recepción del mensaje que Dorfman descodifica de acuerdo a su muy particular código cultural.

El recurso es tramposo porque frena los cuestionamientos al presentar los hechos al gusto del autor; a partir de ese momento, lo que podría ser excelente disertación teórica con que Dorfman fundamenta sus críticas, se pierde en generalizaciones infundadas, en sarcasmos que desvirtúan el análisis, en un «poner al descubierto las estructuras imperialistas de dominación» (para usar una frase muy en boga) que, en última instancia, lo único que ponen al descubierto es el absoluto desconocimiento del autor de la «descodificación» que realizaría un receptor común y corriente, el modo como cualquier mortal lee y asimila al Llanero Solitario. Y la esterilidad de todo análisis que no empiece por respetar las características elementales de lo que intenta estudiar.