Jorge Luis Borges: Libro de sueños. Buenos Aires. Torres Agüero Editor. 1976, 152 pp.

El que añade placer, añade información: hay una virtud elemental que comparten las selecciones o compilaciones que Jorge Luis Borges -a solas o en colaboración- ha entregado a la imprenta: son libros que no aburren. Recogiendo textos policiales o fantásticos o imaginarios, el ordenador de los volúmenes nunca se olvida del lector, y éste, como es obvio, lo agradece. De la Antología de la literatura fantástica a Los mejores cuentos policiales, pasando por el Libro del cielo y del infierno, el lector va de un texto a otro y conserva siempre la impresión de que la sorpresa es inagotable: si se lee de principio a fin, la idea de que cada texto será mejor que el anterior; si se lee a saltos, sin un orden preciso, la idea de que todavía no hemos dado con el texto que más nos gustará. Por lo mismo, uno siente, al leer, que va ganando, y que puede ganar todavía más. También es así con Libro de sueños, La última miscelánea de este tipo que Borges firma.

El prólogo de Borges centra el libro en la postulación de una metáfora y en la proposición de un método de lectura. En sí mismo, este prólogo permite endilgarle a Borges su propio elogio de Robert Louis Stevenson: entre todas las páginas que ha dejado caer sobre sus lectores, no hay una sola que admita la imperfección o el hastío.

La metáfora es como sigue (la erudición de Borges señala que dieron con ella Petronio, Don Luis de Góngora y Joseph Addison): “el alma humana, cuando sueña, desembarazada del cuerpo, es a la vez el teatro, los actores y el auditorio”. Borges completa: “Podemos agregar que es también el autor de la fábula que está viendo.” De este modo, la condición literal de la metáfora puede llevarnos a la tesis “peligrosamente atractiva” de que los sueños constituyen el más antiguo y no menos complejo de los géneros literarios”. Esta idea, además, destruye la distancia que hay entre escribir un sueño y soñarlo, entre leer un sueño y tenerlo. De aquí que proponga un método singular de lectura, aunque ya dado, incluso, por el tema mismo: el lector volverá a soñar los textos por los que vaya transcurriendo. Como en los sueños (pero esto ya no lo dice Borges), al cerrar el libro recordará algunos y habrá olvidado otros; como en los libros, al terminar el sueño algunas imágenes persistirán y otras se habrán desvanecido. Por ejemplo: el lector será el faraón soñando los sueños que José interpretará, o soñará lo que soñó Nabucodonosor antes de ser interpretado por Daniel, o será Daniel y José soñando por su cuenta; será Alicia soñada por el rey que acabará con su realidad si despierta: será el chino Chuang Tzu soñando ser una mariposa o una mariposa que ahora soñaba ser un hombre: será Borges soñándose a sí mismo Javier Otárola, profesor colombiano que ama la primera y la última vez a Ulrica: será Nemer Ibn el Barud, que resume su sueño en esta línea: “Soñé que el ciervo ileso pedía perdón al cazador frustrado”: será Quevedo o un personaje de Quevedo mientras este sueña el Juicio Final: será Antonio Machado y soñará esta cuarteta:

Ayer soñé que veía

a Dios y que a Dios hablaba;

y soñé que Dios me oía…

Después soñé que soñaba.

Libro de sueños da otras variantes “oníricas”, digamos las que se ocupan de los sueños proféticos y las pesadillas. Para el padre Keegan, “cada sueño es una profecía” (Every dreams is a prophesy); la Odisea (XIX) y la Eneida (VI) hacen una distinción: los sueños entran por dos puertas, una hecha de marfil, otra de cuerno; los sueños que vienen por el marfil nos engañan, y los que vienen por la puerta de cuerno son profecías a cumplirse. Sobre las pesadillas, la explicación más sensata es de Coleridge: despiertos, vemos y luego sentimos; en el sueño, el sentimiento es anterior a la visión. Borges explica: “Si un tigre entrara en este cuarto, sentiríamos miedo; si sentimos miedo en el sueño, engendramos un tigre”.

Como un añadido, Borges regala el esqueleto de otro posible libro. Ya en Prólogos (misma editorial) proponía a quien tuviera “resignación y paciencia” escribir un libro también de prólogos pero de libros inventados (la fuente es Carlyle y el método que siguió para escribir Sartor Resartus). En el Libro de sueños, Borges propone igualmente hacer una historia del influjo de los sueños sobre la literatura: “esa historia hipotética exploraría la evolución y ramificación de tan antiguo género, desde los sueños proféticos del Oriente hasta los alegóricos y satíricos de la Edad Media y los puros juegos de Carroll y de Franz Kafka. Separaría, desde luego los sueños inventados por el sueño y los sueños inventados por la vigilia”.

Pero al margen casi del libro mismo (“The book is over”), Libro de sueños deja este sabor en el lector: los sueños que estos escritores soñaron son los que debían soñar para escribirlos después; el fragmento lírico Kubla Khan, de Coleridge, quizá se hubiera perdido de haberlo soñado otro. Igualmente, así como hay sueños que no podemos explicarnos, en este libro se dan casos similares. Habrá alguien que pueda descifrar los sueños proféticos de Daniel o “El sueño de Murray”, de O. Henry; como los escritores, cada lector hará suyos los sueños que le correspondan, olvidará los que le eran prescindibles y recordará los que no lo eran. O al revés: en este tránsito no todos están exentos de equivocarse. “Hay, escribió José Bianco, hombres favorecidos por los sueños.” Hay otros que no.