En los últimos años numerosos científicos mexicanos que trabajan en instituciones: de investigación y enseñanza han orientado parcial o totalmente sus actividades profesionales al estudio y solución de problemas relacionados estrechamente con la sociedad en la que viven. A esta orientación se ha dado en llamar la ciencia aplicada por distinguirla de la ciencia básica, donde la utilización inmediata del conocimiento no es una consideración prioritaria. De tal forma que ahora se hace Ciencia Aplicada en varias instituciones universitarias y politécnicas, en industrias paraestatales, en instituciones de salud pública y hasta en centros de investigación localizados en las provincias de México. Si bien aún es reducido el número de gente que trabaja en ciencia aplicada, las áreas en que se efectúan estos trabajos incluyen la biología, la medicina, la agronomía, las matemáticas, la química, la física y las ciencias sociales (listadas así, apenas, por no entrar en detalle). En el surgimiento de la ciencia aplicada en México reconocemos tanto los primeros indicios de una toma de conciencia del científico nacional como el impulso oficial del sexenio pasado que atribuía a la insensibilidad social de los científicos el atraso industrial y la dependencia tecnológica de México. Tras unos cuantos años de esfuerzos por aplicar la ciencia se nos han hecho claros los principales rasgos estructurales y funcionales del sistema nacional que prácticamente anulan nuestros esfuerzos y han determinado que en México la ciencia aplicada sea tan esotérica y desvinculada de la realidad social como la Ciencia Básica. Entre las causas de esa situación hay que contar, desde luego, las que se refieren a la motivación y competencia técnica del investigador; pero las causas imputables a la organización social política y económica de México parecen mucho más significativas. En un intento por analizar el estado actual de la ciencia aplicada en México presentamos en este ensayo algunos ejemplos concretos de las dificultades encontradas; la mayor parte de ellos pertenecen al área de la salud, pero creemos que ilustran aspectos generales de la actividad científica nacional y entregan una imagen realista del problema.

La ciencia aplicada mexicana encuentra dificultades en todas las etapas que exige su realización. La secuencia ordenada de esas etapas comprende:

1) La identificación del problema.

2) La identificación de la solución.

3) La experimentación y perfeccionamiento de la solución a escala piloto.

4) La instalación de la solución en instituciones capaces de llevarlas a la práctica.

5) La experimentación y perfeccionamiento en escala real.

6) La solución del problema.

Aunque en ocasiones puedan reconocerse fuerzas externas al sistema (política nacional e internacional, empresas transnacionales), las dificultades claves surgen principalmente de las mismas partes involucradas en el proceso: las instituciones públicas y privadas responsables de las últimas y primeras etapas y los investigadores responsables de las intermedias.

1. Dificultades en la identificación del problema

En el paso que media entre el surgimiento y la identificación del problema social, aparece el primer decreto institucional: la ausencia de indicadores amplios y precisos que permitan detectar el problema cuando aún es posible actuar correctivamente, y no cuando ya es una catástrofe del dominio público. En el caso de la salud los indicadores convencionales cubren principalmente la población urbana y no registran o registran mal la mayor parte de la rural marginada. Y aun los indicadores para la población urbana son defectuosos porque sólo recogen información de la mortalidad en el medio hospitalario, no de la que ocurre en la comunidad, como es el caso de la autopsia. Cuando los indicadores cubren poblaciones mayores, son imprecisos e incompletos, como el certificado de defunción. La autopsia de ley en una fracción representativa de las muertes acontecidas en el medio hospitalario y en la comunidad es la única manera de tener un idea clara sobre las principales causas de muerte en México y sobre la morbilidad de otras enfermedades concomitantes al momento de la muerte. Sólo hasta muy recientemente se han ejecutado programas de evaluación de salud en base a procedimientos serológicos que permiten estudios rápidos y comparativamente baratos de muestras de la población nacional cuidadosamente recogidas para asegurar la validez de las conclusiones. En nuestra opinión este es un camino acertado que debe continuarse.

Por lo que hace el diagnóstico clínico, se elabora en la premura de los atestados cubículos de primer contacto de nuestras instituciones de salud pública, o en el secreto de los consultorios privados, sin el beneficio la reflexión de unos y de la discusión de ambos. De otro lado está sujeto a enormes variaciones, según la habilidad clínica de los medios y no siempre requiere prueba de laboratorio que podrían garantizar su exactitud. Todas estas razones constituyen para que el diagnóstico clínico que se practica en México sea un indicador cuestionable, poco sólido, en el análisis de la morbilidad. Nuestra confusión sobre las características de la salud nacional aumentan porque es frecuente la idea de que la información y los problemas de esa índole se ocultan deliberadamente. Parece haber más preocupación por salvarle la cara a los programas oficiales que por proteger a la comunidad de acciones irreflexivas, guiadas por el miedo. Así se ha llegado a popularizar entre la comunidad médica el dicho de que en México curamos por decreto. Uno teme que el secreto institucional que rodea, por ejemplo, el tema de la oncocercosis -de fuerte incidencia en el país, aunque no reconocida abiertamente- refleje también lo que sucede con el paludismo, el sarampión, la lepra, la rabia, la tuberculosis, la poliomielitis, etc. Este no saber a ciencia cierta qué pasa con la salud en México -y menos con la salud rural- da pie al segundo gran decreto en lo que a la identificación de los problemas se refiere. Es un error, común a casi todos los campos de la ciencia básica y lo cometen los propios investigadores. La ignorancia sobre la verdadera magnitud de los problemas de salud nacional determina que muchos investigadores trabajemos en el primero que nos sale al paso, sin mayor idea de si es la mejor utilización de nuestra energía. O bien que, persiguiendo sólo nuestra promoción, emprendamos trabajos contra problemas reconocidamente inexistentes o importantes sólo para empresas sin mayor interés de beneficio social.

2. Dificultades en la identificación de la solución

Comúnmente las soluciones ofrecidas tanto por las instituciones como por los investigadores son superficiales en tanto no apuntan, casi nunca, a la compleja causalidad de los problemas. La salud de una comunidad es el resultado de la participación de múltiples variables, algunas de orden social (hábitos higiénicos, condiciones de vida ingeniería sanitaria, acceso de la población a las instituciones de salud), y otras de orden puramente biológico (surgimiento de microorganismos patógenos, evolución de una relación huésped- parásito, desarrollo de una medida preventiva o terapéutica, etc.) la mayor parte de las soluciones ofrecidas son parciales porque planean su acción para atender un número reducido de variables -cuando una sola- y con mayor frecuencia las de orden biológico que las del social, (por aquello de no hacer olas). Así, frecuentemente, para controlar enfermedades infecciosas se plantea como estrategia única, invencible desarrollar una vacuna: se olvida que muchas vacunas solo disminuyen unas cuantas veces el riesgo individual de padecer la enfermedad y que, por lo mismo, para garantizar sus efectos preventivos en todo el ámbito comunitario, las campañitas de vacunación deben ir acompañadas de otras medidas de salud publica. Este tipo de campañas, además, necesitan tener una cobertura congruente con el tamaño y la velocidad de crecimiento de la comunidad, así como con la velocidad de decaimiento de la inmunidad que proporciona la vacuna. Esto, para no mencionar situaciones más complejas, aunque frecuentes, como por ejemplo la existencia de especies animales que actúan como eventuales fuentes de contagio y dificultan el control de la enfermedad. Las campañas de vacunación programadas ocasionalmente, sin ton ni son, de unos cuantos cientos de miles o millones de vacunados, probablemente no afectan significativamente el problema comunitario, o lo hacen en forma transitoria. Por otro lado, cuando las soluciones son del orden social también pecan de simplistas. Por ejemplo: en estos tiempos no es raro oir que ya no necesitamos investigación en salud pues bastaría con inculcar al pueblo ciertos hábitos higiénicos para controlar las principales enfermedades infecciosas que lo aquejan. Sin disminuir el valor de la educación en la preservación de la salud, nosotros pensamos que estas posturas soslayan que educar al grado de cambiar conductas ancestrales es algo muy distinto y mucho más difícil que simplemente proferir las reglas de conducta: olvidan también que la dinámica de transmisión de las enfermedades infecciosas es prácticamente única para cada comunidad y es necesario, por ello, investigar las características propias de México; que las medidas de control distan aun de ser óptimas y que solo investigando podemos mejorarlas: que no sabemos gran cosa de la transmisión de enfermedades virales y se acaba de averiguar que un buen número de las diarreas infantiles en México son precisamente virales. Sobre todo, olvidan la gran lección de la historia, aquella de que la tierra no es plana, por más que el establecimiento científico de otro tiempo así lo creyera, sino más bien redondita. Con todo, pese a su parcialidad y simplismo, algunas de las soluciones no serían totalmente inoperantes si no tuvieran que luchar además contra los intereses no siempre lícitos, de las instituciones e individuos que las ponen en práctica: se atiende más a las virtudes promocionales de la solución que a su eficacia potencial. Un ejemplo típico de la impermeabilidad del sistema de gobierno a consideraciones científicas, es la futilidad de los omnipresentes Consejos Técnicos, casi siempre desoídos cuando sus criterios difieren de las decisiones previamente tomadas por la camarilla directiva. Ya debe ser bien claro para los que participamos en algún Consejo Técnico que nuestra función se reduce a conferirle una fachada de competencia profesional a la institución, una apariencia de cordura a sus acciones, que apenas pasa de ser precisamente eso: un gesto. Una anécdota ilustrativa al respecto es la de un gobernador que ante la opinión técnica adversa a una de sus aventuras mesiánicas, fúrico, nos dijo que no venía a pedirnos consejo sino a informarnos de que ejecutaría esa acción y nosotros podríamos estudiar o no -según quisiéramos- los efectos de su voluntad. 

3. Dificultades en la experimentación y perfeccionamiento de la escala piloto

En esta fase el científico experimenta la bondad de su solución reproduciendo el problema real a escala de laboratorio y busca entre las combinaciones posibles, las variables que permiten una solución óptima. Esta actividad, que parecería depender sólo de la capacidad: técnica del científico, resiente también la influencia de la ideología imperante: se favorecen combinatorias que favorecen esa ideología, de modo que el criterio fundamental de elección no es por lo general de carácter estrictamente técnico, aun cuando esto garantizaría una mayor eficacia en el tratamiento del problema. Así vemos que se prefiere tecnología de mediana y gran industria a la tecnología de “huarache” o familiar; ampliar programas de educación y salud para la población urbana y mínimos para la rural, desarrollos tecnológicos para industrias ya instaladas y no para las nuevas que el país necesitaría para sus necesidades reales, tecnología que aumenta la automatización del trabajo en lugar de la que necesita mano de obra. Por la misma vena, el CONACYT de ahora habla de mayor tecnología que produzca a corto plazo: de ese modo se condena a la ciencia a acciones inmediatistas y superficiales sin efecto alguno, o casi, sobre las causas profundas del estado de nuestra sociedad y el futuro de la misma. Así lo revelan por ejemplo, el pobrísimo financiamiento para el desarrollo de las ciencias básicas, la circulación de algunos memoranda en el seno de nuestras instituciones limitando sumariamente los proyectos que no tengan relación de utilidad directa con la salud nacional, y el sensible deterioro de la imagen de la investigación básica en la misma comunidad científica. Finalmente, hasta la política internacional empieza a dejar sentir su influencia: por ejemplo, se ejerce presión para limitar el desarrollo de la ingeniería genética en países “periféricos”, fuera de los centros internacionales de poder; se norman las condiciones en que ha de ejecutarse y se vuelven secretos sus hallazgos, argumentando que, efectivamente, en el desarrollo de esa disciplina científica, se engendran microbios naturalmente. Con todo, la ingeniería genética tiene evidentes aplicaciones en tecnología productiva de alimentos y de reactivos biológicos, así como en tecnología bélica: de otra parte, a diferencia de la energía nuclear, su aprovechamiento no exige un gran refinamiento instrumental ni recursos naturales espectaculares: bastan laboratorios y cerebros tercermundistas -muy escasos, según dicen por ahí-, cabe sospechar, entonces, que los esfuerzos por controlar el desarrollo de la ingeniería genética tienen motivaciones más complejas que librarnos de todo mal.

4. Dificultades en la instalación de la solución en instituciones capaces de llevarlas a la práctica

La tecnología que surge espontáneamente de la inventiva de nuestra comunidad científica encuentra enormes obstáculos para ser captada por alguna institución nacional pública o privada. Se dice superficialmente que la resistencia se apoya en la desconfianza ancestral a las innovaciones de origen mexicano. A nuestro juicio, la resistencia surge del desequilibrio entre fuerzas e intereses institucionales que provocaría la nueva tecnología, en caso de ser instalada. Un nuevo medicamento, por ejemplo, aun cuando fuera más barato y efectivo que cualquiera de los existentes, obligaría a cambiar formas de trabajo, propaganda, etc.: un esfuerzo que frecuentemente excede las capacidades energéticas de nuestras instituciones. De otra parte, el nuevo medicamento puede enfrentarlas con las transnacionales por el mercado fraccional correspondiente y partir de esta molestia, no sin justificación, se temen represalias en otros productos importantes, aun insustituibles, o invasiones en las lineas que nos han dejado para subsistir. Hasta aquí las resistencias no vergonzantes, entendibles, de nuestras instituciones. Pero adivinamos otras, oscuras o secretas, que tienen que ver con la pérdida de la intención de servicio de las instituciones públicas, con la ambición excesiva de las privadas, con la corrupción de los funcionarios, con el afán de promoción individual de los investigadores y, en general, con todas las manifestaciones de una ideología reñida en el fondo con el desarrollo social político, económico y cultural de México. Y, por ende, con la tecnología nacional, nacionalista. Qué contraste con nuestra obsequiosidad ante la tecnología extranjera. Qué ávidos estamos de aplicarla, sin siquiera mirar dentro de la caja negra. Nuestro entusiasmo podría llevarnos hasta a ofrecernos en sacrificio para experimentar la calidad de tal o cual medicamento o vacuna, y a consumir productos definitivamente prohibidos en otros países, (si no fuera por la “celosa” aplicación de nuestro código sanitario y la inflexible moralidad de nuestros investigadores). Además, aun en el caso de que alguna tecnología nacional llegara a instalarse en una de nuestras instituciones, cabe imaginar, por el modo como éstas funcionan actualmente, que la acción social benéfica para la que esta tecnología fue ingenuamente diseñada, sea desvirtuada y su aplicación favorezca sólo a unos cuantos; es decir, que los beneficios no llegaran hasta la población sino sólo hasta el industrial y/o el científico responsables de su invención y su utilización. Ni siquiera en el caso de tecnología desarrollada por comisión podemos beneficiar a nuestros institutos de investigación y enseñanza, porque no hay reglas claras en la negociación de los convenios. Nuestros centros de investigación no han definido aún su política de vinculación con el sector productivo: no han señalado las arcas en que pueden y quieren prestar su asesoría; ni demarcado los límites de beneficio para el sector contratante que asegure alguno restante para la población: no han concebido sistemas de supervisión de la calidad de la asesoría brindada ni defienden sus derechos económicos por la inversión hecha en personal e instalaciones para realizar las investigaciones. Claramente, esto favorece el aprovechamiento de las instalaciones y recursos de investigación de nuestras universidades por parte del sector contratante a costos frecuentemente insignificantes: de este modo se pierde la oportunidad de generar recursos para la educación y para la investigación, así como la de controlar la aplicación de la tecnología.

5. Dificultades en la experimentación y el perfeccionamiento en la escala real

La aplicación de la tecnología sobre el problema real en ocasiones se lleva a cabo sin un sistema paralelo de evaluación. En el campo de la salud las campañas de vacunación proporcionan un ejemplo claro de todas las vacunas, cabe señalar a la BCG (que se aplica para prevenir la tuberculosis) como la peor entendida y aplicada. Es una vacuna de eficiencia baja y sujeta a múltiples fuentes de variación (y eso siempre y cuando se aplique consistentemente en tiendes poblaciones acompañada de otras medidas de apoyo sanitario); en sus condiciones, es notable que podamos sumar ya casi veinte millones de mexicanos vacunados sin un sólo programa de evaluación que permita medir los efectos de la vacuna sobre el problema nacional de tuberculosis, y así tomar decisiones de intensificarla, suspenderla, acoplarla a otra medida, etcétera. (1) Para colmo, a un incauto médico se le ocurrió poner en duda acciones y le cayó encima el aparato oficial, autoritario e irracional, y hasta una amenaza pública de investigar su responsabilidad penal por interferir en las medidas institucionales. Los resultados de las numerosas campañas oficiales por la salud del mexicano sobre otras enfermedades no son siempre más claros que los de la tuberculosis: los de la Campaña Contra la Oncocercosis en el sureste del país, por ejemplo, son desconocidos para la comunidad médica mexicana; la campaña funcional desde hace casi cuarenta años; pero los informes que rinden las delegaciones regionales solo circulan internamente.

Finalmente, la falta de continuidad en los esfuerzos debidos al cambio sexenal de los cuadros políticos afecta también a los profesionales y a sus proyectos: nuestros programas de salud surgen, se modifican o se acaban según nueva administración.

Así que, aunque somera y parcial, la revisión de algunos de los obstáculos planteados al desarrollo en México de una ciencia aplicada exitosa no revela una situación ni insuperable ni totalmente desconocida. La corrupción de los propósitos institucionales de servicio social y el dominio de los más limitados de beneficio individual o de grupo, subyacen a la mayor parte de los problemas enunciados. La ignorancia sobre los problemas existentes, la falta de tradición en ciencia aplicada, la timidez empresarial, la colonización en todos los sectores y la discontinuidad de los esfuerzos explican el resto de la dificultad. Aunque no tenemos grandes esperanzas respecto a cambios en la motivación y en la conducta de los miembros de la oligarquía y de la comunidad científica nacional en el futuro inmediato, nos gustaría hacer algunas consideraciones y proposiciones generales tendientes a comprender mejor esta actividad y a mejorar nuestras posibilidades de éxito, así sea a largo plazo. Primero habría que aceptar que ademas de tener que lidiar con los aspectos técnicos de los problemas, la ciencia aplicada enfrenta obstáculos adicionales (provenientes de la estructura social, económica, política y cultural del país) que agregan fricciones, a veces inmensas, a los intentos de resolver problemas nacionales. Segundo, nosotros mismos hemos de abandonar la práctica de enfrentarnos individualmente a la problemática tecnológica nacional, que claramente excede nuestras capacidades de análisis y nos limita a acciones superficiales de dudosa trascendencia, además de hacernos más vulnerables al error y a la explotación de nuestra energía para fines más ramplones que la acción social. Debemos agruparnos para darnos una idea de cuantos somos y en que trabajamos, y para aclarar los objetivos, procedimientos y restricciones de nuestro trabajo. Tercero: si de la discusión surge efectivamente claridad debemos intentar persuadir a nuestros centros de investigación y enseñanza a que amplíen sus objetivos y acojan entre ellos la empresa debidamente organizada de proyectar el conocimiento científico y técnico sobre la problemática nacional.

Carlos Larralde:

“Informe sobre la efectividad de la vacuna BCG en la prevención de la tuberculosis humana”. Revista Latinoamericana de Microbiología. No. 18. 1976.