Núms. 1-7. México 1975-1977. Correspondencia: Tres Cruces 11. Coyoacán. D.F.

El primer número de El zaguán salió a la luz a principios de 1976. Desde aquellos comienzos el grupo de jóvenes poetas dio a entender que confundía el tipo de poesía que les gustaba con la poesía en general. Asumieron el lado teórica y formalmente más conservadora (contemporánea y surrealizante) que ya no lo era. Los jóvenes ortodoxos decidieron imitar a sus mayores y, por si fuera poco, les ofrecieron también las mejores páginas de su revista. El balance general de sus siete números es bastante desfavorable para los jóvenes poetas editores. Al lado de las creaciones de esta joven, nueva e improvisada academia, aparecen emisiones y poemas de algunas de esas figuras tutelares y de otras que, si no merecen el epíteto, pagan al menos con el barniz ambiguo de su prestigio: Octavio Paz, Ramón Xirau, Concha Méndez, Jorge Guillén, José Emilio Pacheco, Alvaro Mutis, Pedro Garfias, Ernesto Mejía Sánchez, José de la Colina, Juan García Ponce, José Gorostiza, Manuel Durán, Jaime Sabines, Rubén Bonifaz Nuño, Aurelio Arturo, Vicente Alexander, Salvador Elizondo, Tomás Segovia, Juan Gustavo Cobo Borda, Ulalume González de León, Rivanildo da Silva, Luis Cardoza y Aragón.

La política de traducciones de El zaguán ha ido evolucionando. Si primero presentó traducciones flojas de textos demasiado conocidos (poemas de Pound, Spender, Kavafis) hacia el No. 4 (zaguán de verano) radicalizan su compromiso con lo remoto publicando versiones de poetas chinos (Li Po, Tu Fu, Wang Wei y Tu Mu) sin advertir nunca si se trata de versiones directas, de paráfrasis de aducciones a otros idiomas, o de una mezcla de las dos cosas. En los últimos dos números (segundos zaguán de invierno y primavera) aparecen traducciones más dignas de mención: poemas de Víctor Serge en versión de Verónica Volkow y de leyendas huaves y zapotecas por Macario Matus y Francisco Toledo.

De los rubros contenidos en los siete primeros números de El zaguán (“Poesía”, “Prosa”, “Ensayo”, “Traducciones”, “Ilustración”), las dos más descuidadas son las de “Prosa” y “Ensayo”. Ese hecho, aunado al voluntarioso diseño de las portadas (las revistas no van numeradas y es difícil distinguirlas entre sí) y a una distribución que más bien parece autosabotaje, hacen pensar si las puertas de El zaguán estarán entornadas hacia adentro. El número siete (portada negra) es acaso el más codiciable pues, aparte de ser el mejor cuidado desde el punta de vista de la edición, va ilustrado con viñetas, dibujos y reproducciones en cartón amate de Francisco Toledo.

A pesar de sus siete números, El zaguán no ha podido ir más allá del decoro (en el sentido que le darían los mayores). Salvo intermitentes excepciones (léanse los poemas de Alberto Blanco), los escritores y poetas de El zaguán ofrecen poca novedad. Los poemas de los jóvenes (V. Manuel Ulacia, Roberto Vera) son calcas, simulacros que secundan modelos poéticos previos y tonos establecidos escamoteando lo que de aventura e incertidumbre puede tener la escritura de un poema. Tienen el buen gusto de la elipsis intencionada y el dudoso de hacer poesía con lo que por convención es nítido, inmutable, bonito y poético. Con todo lo más singular y paradójico de esta revista -la más constante y nutrida entre los que editan los jóvenes deefeños – es su vocación por el autoconsumo. El público lo forman sus jóvenes colaboradores y las figuras que han elegido como tutelares. Hijas de un heroísmo absurdo porque promueven directa e indirectamente a los ya promovidos, las siete lapidarias entregas de El zaguán serán dentro de algunas décadas un “tesoro bibliográfico” magníficamente impreso, el esforzado producto de una confusión algo cruel: a quien tiene se le da más y a quien no lo tiene se le arrebata lo poco que le queda.