Al recuerdo de Humberto Espinoza Guevara, nuestro Guevarita.

Un 9 de octubre hace 49 años, fue capturado y muerto el Che Guevara en Bolivia. Con su caída se clausuraba, simbólicamente, una época en Latinoamérica. Moría el hombre y nacía la leyenda. Ya pronto veríamos sus escritos bajo el brazo de los estudiantes latinos y su imagen plasmada en las camisetas de los estudiantes sajones. Cosa de culturas.

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En 1967 yo tenía siete años y, por supuesto, poco o nada sabía del Che; recuerdo apenas, sin embargo, esa tarde en que mi padre comentaba el suceso con mi hermano mayor, para entonces un adolescente de regular melena y admirador de los Beatles. Mi padre hizo el comentario y volvió a su trabajo, mi hermano se retiró a su habitación, colocó un nuevo cartel en la pared y se dispuso a escuchar algo de Bob Dylan. Es un recuerdo difuso, pero creo que real. Cuestión de memoria y de generaciones.

Más tarde tendría ocasión de leer El libro verde olivo del Che. Ya en la facultad conocería algunos de sus discursos, entre otros el pronunciado en Punta del Este, Uruguay: magnífico ejemplo de la crítica fundada a las políticas de “desarrollo del subdesarrollo” (recuérdese nada más la punzante ironía con que combatió lo que él mismo bautizó como la “política de la letrina”); crítica que, por cierto, no estaría mal ensayar en México en estos tiempos de programas-que-configuran-cuadrantes-de-marginación-e-introducen-drenaje-y-comedores-comunitarios-en-posmodernas-cruzadas-contra-la-(ay, tradicional)-pobreza.

Después, en el activismo estudiantil, conocí a dos o tres “guevaristas” sinaloenses que –por lo menos esa era mi impresión– sabían más de las canciones de Carlos Puebla (”Aquí se queda la clara, la entrañable transparencia…”) o de Pablo Milanés (“Si el poeta eres tú… qué puedo yo cantarte comandante”) que de la guerra de guerrillas y la teoría del foco revolucionario. Con ellos aprendí esas canciones cuando me vinculé con un grupo denominado Centro de Cultura Popular (a ellos les gustaba que les llamaran “CCP”. Vocación de siglos. Vocación de siglas).

Si la memoria no me juega una mala pasada, todos éramos jóvenes reformistas. En esas fechas nos unía la demanda por el descuento en el transporte urbano y nadie hablaba de prender fuego a los camiones, apedrear vitrinas comerciales o saquear a la Universidad, nadie hablaba tampoco de adoctrinar obreros y colonos o “llevar línea” a los “compas campes” como lo habían hecho los ensayadores del “asalto al cielo” y la insurrección general años antes en la región. La guerrilla había acabado, quedaba el esnobismo de la bohemia y una fraseología izquierdista decadente.

En los tiempos del Movimiento Rosalino, a principios de los ochenta en la Universidad Autónoma de Sinaloa me tocó ir con Arturo Guevara Niebla, Liberato Terán, César Velázquez, Mario Bojórquez, Humberto Espinoza Guevara y otros amigos, a casa de Jesús Michel Jacobo a ver la película Che Guevara. No recuerdo al director ni al productor, pero se trataba de una absoluta apología de la vida del revolucionario argentino. Entre broma y broma dizque iconoclasta (“el pinche comandante no dejaba ni limpiar las armas a los compitas guerrilleros con tanto rollo”), el Che seguía representando una figura romántica e inspiradora para más de una generación.

Por esos días –y de esto hará unos 32 años–, teníamos frecuentes discusiones con algunos exiliados sudamericanos y con los viejos militantes comunistas en Sinaloa. Recuerdo cuando una noche tuvimos que salir por piernas de la casa de una amiga (¿Janitzio Valdez?): ¿Parecía esa boina con la estrellita al frente una gorra de “cholo”? El camarada Turpy y un conocido argentino (¿Nardeli?) no pudieron ponerse de acuerdo. Desde luego, siendo el argentino el anfitrión, nos vimos obligados a irnos a otro lado con nuestra irreverencia de plástico.Tratándose de muchachos en la edad del narcisismo, esta actitud podía pensarse como una pose, una actitud o un afán (acaso no tan gratuito) de deslinde; a final de cuentas, la mayoría guardábamos una secreta reserva de admiración por la figura del Che Guevara. Otra cosa ha pasado con las versiones de su personalidad y el desenlace de su vida.

Hace algún tiempo, uno de sus captores y ejecutores, Félix Ismael Rodríguez, cubano anticastrista, decía: “recordaba que el Che había sido responsable de la muerte de más de dos mil cubanos en los paredones de fusilamiento, él también firmó nuestra moneda con un reverendo ‘Che’”. Y, más adelante, refiriéndose a los supuestos errores que condujeron a su captura y muerte: “Lo que él [el Che] no tomó en cuenta es lo que es el campesino boliviano. Él llevaba la mentalidad para convencerlos hablándoles como se hacía en Cuba. Los argumentos eran que el presidente Barrientos les robaba sus tierras, que iba a hacer una revolución para devolvérselas; sin embargo, lo que sobraba en Bolivia eran tierras, la mayor parte de esos campesinos no sabía ni quién era el presidente Barrientos, al Che no lo acompañaban personas que hablaran el quechúa ni el aimará, y tuvo un fracaso total y es interesante decir que Bolivia es el único lugar del mundo donde una guerrilla no ha logrado reclutar ni un solo campesino”. Y aludiendo a su relación con Fidel Castro y  a las presuntas responsabilidades de éste en su captura: “cuando yo hablé con él (en la habitación donde estaba prisionero) se veía que tenía ciertos resentimientos, no había recibido el apoyo de Cuba cuando estaba en Bolivia. Por ejemplo, en Venezuela llevaron armamento moderno, cuando fue a Bolivia, lo que llevaron fueron carabinas viejas y no tenían equipo de comunicaciones, ni siquiera podía comunicarse con Cuba, sólo recibía mensajes por Radio Habana, en números cifrados” (La Jornada, 9 de octubre de 1990).

Con toda evidencia –aun viniendo de dónde provienen–, estas afirmaciones chocan con la leyenda romántica que de él se ha (hemos) forjado como el modelo de intelectual revolucionario de la época, como el sujeto libertario de extraordinaria brillantez táctica y con su discutido acuerdo con Fidel Castro. También desde hace rato, no han faltado otras versiones que, yendo más allá, pretenden ser reveladoras: “En esencia –escribía Armando Hart en 1990–, el actual proceso de rectificación de errores y tendencias negativas en la sociedad cubana se refiere a problemas que Ernesto Che Guevara vislumbró y denunció” (La Jornada de la misma fecha).

Contamos ya con algunas obras biográficas que narran su vida y obra desde perspectivas distintas y por momentos opuestas (por ejemplo: Jorge Castañeda y Paco Ignacio Taibo II). Falta todavía revisar qué queda del Che en estos días sedicentemente “líquidos” y “posmodernos”. Tenemos pendiente preguntarnos qué queda de su ejemplo político y su pensamiento; al fin que América Latina no ha cambiado tanto. A la desmesura de la retórica oficial que anuncia y anuncia nuestro ingreso a la modernidad, tendría que oponerse la realidad de nuestros niños pobres exterminados y vendidos como “niños refacciones” en el primer mundo. ¿Voltear de nuevo a Latinoamérica? De entrada, en esto, creo que el Che mantiene su vigencia.

 

Un comentario en “Recuerdo de El Che

  1. El CHE GUEVARA fue un soñador en que America Latina merecía un mejor futuro salir del yugo y explotación de los países del primer mundo, fue un gran soñador …pero nos dejo un gran ejemplo de como comprometernos a causas semejantes…Finalmente creo que fue cochinamente vendido por Fidel castro y los rusos previo arreglos con los países capitalistas y de esto el estuvo consciente.
    mas murió como en el fondo el lo deseo…hasta la victoria siempre.
    Descanse en paz el guerrillero soñador