La Facultad de Derecho se había declarado en huelga para exigir la renuncia del rector Ignacio Chávez en 1966, le siguió Economía. Fui a leer los carteles que tapizaban la entrada de Economía con los motivos de la huelga. No entendí nada, sobre todo no me quedaba clara la exigencia de renuncia del rector Chávez y los ataques al cuerpo de vigilancia interior. Junto a mí, un joven bajito, de pelo rizado, guapo, de cuerpo fornido, también leía.

Una mañana llegaron los de Derecho a invitarnos, a gritos desde la explanada: que nos sumáramos a la huelga contra el mal rector. Lograron que se les abriera el auditorio Justo Sierra y se llenó sin control de asistencia: quizá algunos de Filosofía, muchos de Derecho, Economía, Políticas.

Había terminado la última clase y los alumnos salíamos de Filosofía de la que dependía el Colegio de Psicología, mi carrera. Yo iba, como siempre, entre mis amigos cercanos: Marjorie Thacker y Armando Zetina. Vi que entraban muchos jóvenes al auditorio y sugerí que fuéramos a ver qué pasaba con eso de la huelga. Sobre todo, vi al chaparrito de cuerpo fornido que leía carteles pocos días antes en Economía. Marjorie y Armando se negaron. Que siempre era lo mismo, dijo Armando, hacen lo que quieren y no hay tal asamblea, ya todo está decidido… Pero el chaparrito compacto había entrado. Tomé una decisión que me cambiaría la vida:

—Yo sí voy… Nomás para saber de qué se trata.

El auditorio estaba lleno hasta los pasillos. Me senté en una grada del pasillo central, apretado con muchos más. No podían ser tantos de Filosofía porque a esas horas sólo Psicología tenía clases, pero no quedaban lugares ni en el suelo.

Para dar legalidad a la asamblea, los dirigentes de Derecho exigían la presencia del Comité Ejecutivo de la Sociedad de Alumnos de Filosofía, órgano de representación estudiantil elegido cada año al comenzar las clases por voto universal y secreto, bajo control de inscritos. Esa mínima democracia estudiantil ya desapareció, tragada por los comités de lucha nunca renovados ni elegidos.

En la Facultad de Filosofía y Letras el presidente era Germán Dehesa, estudiaba dirección teatral o algo así. Armando, Marjorie y otro par de amigos habíamos ido al Justo Sierra a ver su drama, en función gratuita: Como las lianas. Sólo recuerdo que terminaba con esa queja de un hijo a su madre: ella era como las lianas y lo asfixiaba. Decía: “Eres como las lianas, madre, como las lianas”. Y no caía el telón porque el Justo Sierra no lo tenía, pero se encendían las luces. Al fin estudiantes de Psicología, salimos todos muy divertidos.

Dehesa no se presentó en la asamblea citada por los huelguistas. Entonces hubo gritos de elegir mesa. Un grupo de Filosofía tomó la conducción de la asamblea, el Miguel Hernández, me explicaron sus dirigentes después. Conducía un bajito de traje y corbata, luego supe que era Ignacio Osorio; uno delgado y guapo habló largo y con muchos datos acerca de algo que llamó “el grito de Córdoba”, ocurrido muchos años antes en Argentina, y se refirió a la necesaria reforma universitaria más que a un cambio de rector: era Jesús Anaya. Me dejaban asombrado los amplios conocimientos de ese joven de mi edad, unos 20 o 21 años, sobre un tema tan específico: ¿dónde se podía enterar uno de eso? Habló también de algo a lo que llamó “el bogotazo” y eran unos hechos ocurridos en Bogotá, Colombia. ¿Cómo sabía tanto ese joven? Enfrente de mí, de espaldas, también sentado en el suelo, el chaparrito compacto levantaba la mano pidiendo la palabra con insistencia al otro chaparrito, el de traje y corbata. Me dirigí a él por primera ocasión, apoyando su derecho al uso de la palabra: era Rufino Perdomo, sabría después. Tanto Osorio como Perdomo están muertos. Vamos quedando pocos. Y yo sin ganas.

Terminó la asamblea con una votación a mano alzada que declaró huelga en Filosofía y Letras sin que supiéramos quiénes votaban. Motivo: una reforma universitaria. Vi que el chaparrito compacto subía al escenario donde, concluida la asamblea, se agolpaban los que la habían conducido y otros más. Llegué y, sin saber qué decir, pedí que me inscribieran en las guardias nocturnas. Roberto Escudero y Julián Meza eran otros expertos que se movían en ese ambiente a su aire: la reforma universitaria era la bandera de huelga de Filosofía y Letras.

Al término de esa huelga, seguí en el grupo Miguel Hernández. El liderazgo de Roberto Escudero resultaba tan evidente que los jóvenes panistas y cristianos que cantaban “De colores” con una estudiantina, lo llamaban Miguel: creían que él era Miguel Hernández. Eso en la Facultad donde se estudian… Letras Españolas. Cuando fue necesario elegir nuevo Comité Ejecutivo para los alumnos de la Facultad, lanzamos de candidato a Roberto Escudero. Ganamos. Al año siguiente, Roberto me propuso a mí para candidato. Volvimos a ganar.

Ya estábamos por terminar ese año escolar cuando supimos que en la Ciudadela se habían liado a golpes los estudiantes de una Vocacional, del Poli, y los de una Preparatoria particular. Algo discutían sobre un partido de futbol jugado sobre la plaza. Con la intervención desmedida de los granaderos comenzó lo que hoy llamamos “el 68”. Roberto y yo resultamos elegidos en asamblea de la Facultad como representantes ante el Consejo Nacional de Huelga, CNH.

Después del 2 de octubre, Roberto debió ocultarse de la persecución contra los líderes no detenidos en Tlatelolco. Luego tomó la decisión de pedir asilo en la embajada de Chile. Se lo concedieron y se instaló en Santiago.

Cuando salimos de Lecumberri los dirigentes presos, fue bajo la condición de irnos de México. Resolvimos ir a Chile. Salimos el 27 de abril de 1971. En Santiago llegamos a una bonita y amplia casa del Barrio Alto, zona elegante y con hermosa vista a los Andes, donde vivía Roberto con unos becarios mexicanos y asilados brasileños.

A las pocas semanas supimos que era posible volver a México. Roberto se integró al grupo de ex presos que volvía y yo resolví quedarme en Chile. Volví al cabo de un año y lo encontré en la revista Punto Crítico, fundada por los ex presos más otros jóvenes, y dirigida por Fito Sánchez Rebolledo, hijo del filósofo Adolfo Sánchez Vásquez, llegado a México con la derrota de la república española.

Luego coincidimos en la formación del sindicato de maestros, el SPAUNAM y el posterior STUNAM, en el Movimiento de Acción Popular (MAP) y en el Partido Socialista Unificado de México, PSUM.

El antiguo Colegio de Psicología se convirtió en Facultad con un edificio nuevo. Dejé de ir a Filosofía. Roberto comenzó a dar clases en la Universidad Autónoma Metropolitana.

Hace ya veinte años o casi regresé a Guadalajara, donde había estudiado hasta prepa. Dejé de saber de Roberto.

Hasta hoy en que Raúl Trejo Delarbre, un gran amigo común, de los tiempos de Punto Crítico y de la construcción del sindicalismo universitario y los partidos de izquierda, puso en su página de Facebook la noticia.

 

Luis González de Alba

 

4 comentarios en “Roberto Escudero

  1. Memorable y un célebre recuerdo d Luis su compañero y amigo
    Una precisión Robertodespues del2 de octubre se mantuvo activo negociando, en lucha, organizando la retirada, el firma el Manifiesto 2 de octubre leído por Martha Servin el 4 de diciembre que pone fin a la huelga

  2. ¿Es cierto que Roberto Escudero estuvo en la comisión del CNH que negocio con el gobierno donde participaron de la Vega Domínguez y Caso Lombardo entre otros? Hay alguna crónica de estás negociaciones.

  3. Gracias por la columna Luis, me da una luz sobre quién fue mi padre, él nunca nos contaba ni a mí ni a mi hermano quien fue durante el movimiento, siempre que le pregunte sus respuestas se limitaban a lo histórico de los echos sin incluirse como líder del mismo.