Hay mucho malestar entre algunos comentaristas públicos por el desafortunado papel que jugó hace unos días el Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación, CONAPRED, al solicitar “medidas precautorias” al ahora defenestrado exdirector de TV UNAM y luego recetarle un “curso de sensibilización”. Son razonables sus reservas frente a las ocurrencias de esa organización. Lo insensato es la desproporción de su crítica: su exageración. Dicen que están muy pero muy alarmados, porque juzgan que la intervención del CONAPRED es, sin broma, un atropello a las Libertades (de expresión, artística, periodística, y las que se les sumen). Con absoluta seriedad, y sin escatimar en hipérboles, aluden a la Inquisición, la Revolución cultural china y sus medidas de “reeducación”, los Estados totalitarios del bloque soviético, el macartismo, y hasta (¿por qué no remontarnos a la cuna de la civilización?) el régimen ateniense que sentenció a Sócrates. Faltaron, para redondear la crítica apocalíptica, menciones al Estado Islámico, el Chupacabras, el Señor de las Tinieblas y la más opresiva distopía totalitaria que a usted se le pueda ocurrir. Lo que es perder la perspectiva.

verdugo

Ilustración: Víctor Solís

La falta de moderación en la crítica es curiosa. El asunto hubiera podido describirse y valorarse de manera muy simple y sin necesidad de invocar al demonio. Una institución pública, con muy poco peso político por cierto, amonestó a un funcionario público por unos comentarios despectivos. Las maneras fueron ridículas (¿medidas precautorias? ¿curso de sensibilización? ¿por qué no también una limpia y un exorcismo?), lo mismo que la velocidad con que pronuncio (y luego dejó sin efecto) su juicio sumario. Todo el circo fue un ejercicio inútil, banal, de esos que a veces promueve el Estado mexicano. Se trató de una quijotada memorable por parte de una organización que queriendo desfacer un pequeño entuerto puso a sonar todas las alarmas.

Los inconformes, en cambio, se imaginaron el resurgimiento del Santo Oficio, y en consecuencia un ataque a los principios de la civilización occidental: la libertad de expresión, el arte, el periodismo, la crítica cultural. La verdad es que nada de eso está en juego, no al menos con cargo al CONAPRED. Los inconformes miraron las palabras “medidas precautorias”, pero leyeron “censura”, “hoguera”, “herejía” y otras fantasías por el estilo. Tan inmoderadas sus quejas como las de la propia CONAPRED, que nada más escuchar las palabras “joto” y “naco”, activó su quijotesco protocolo antidiscriminatorio. Es una ironía: los inconformes piden moderación y no la dan. No quieren una catequesis sobre la discriminación pero luego dan una sobre el valor y la defensa de las Libertades.

En el trasfondo de la paranoia contra el CONAPRED está el debate, siempre polémico, sobre la manera aceptable de combatir el discurso de odio. Algunos creen que la mejor respuesta a las opiniones racistas, homófobas o clasistas es “más discurso” incluyente y respetuoso de las diferencias. Otros consideran que esta postura no sólo parte de una distinción dudosa entre discursos y actos de odio, donde los segundos no deben tolerarse mientras que los primeros sí, a pesar de ser a veces tan nocivos como los primeros; también consideran que es de una ingenuidad monumental creer que “más discurso” es suficiente para moderar el discurso de odio, y que es indispensable que el Estado asuma un papel más activo, cuando menos pronunciándose abiertamente en contra de expresiones discriminatorias. Puede ser que estas filosofías estén completamente equivocadas, pero no tienen nada de estalinistas, maoístas o medievales.  De manera similar, hay sociedades reacias a restringir el discurso de odio, y otras, en cambio, más dispuestas a imponer ciertas limitaciones a los derechos expresivos, sobre todo si se trata de las opiniones de figuras públicas, o si las opiniones en cuestión se ofrecen en ciertos contextos, por ejemplo en espacios gubernamentales o escolares. Alemania es el caso emblemático, pero incluso Estados Unidos, una de las sociedades menos restrictivas en lo que hace a la libertad de expresión, le pone reparos a esa libertad en situaciones muy diversas. La famosa Primera Enmienda es un entramado legal repleto de cortapisas a la libre expresión: desde la protesta en las calles hasta las declaraciones de servidores públicos en funciones. En todo caso, ni Estados Unidos ni Alemania son feudos medievales o países totalitarios.

El punto es que cuando se trata el tema de la libertad de expresión, las hipérboles lejos de clarificar enturbian. De hecho, en este caso son cómplices de una falacia bien identificada: la falacia de la pendiente resbaladiza. Dicen los inconformes que hoy es el CONAPRED “censurando” a un funcionario público de la cultura pero dejan entrever que mañana puede ser toda la cultura nacional la que termine sometida a los dictados de la corrección política. Y después vendrá el Apocalipsis. Dios nos agarre confesados.

 

Juan Espíndola Mata

 

2 comentarios en “El CONAPRED, ese verdugo

  1. Juan:

    Efectivamente lo de Nicolás Alvarado no fue un tema de discriminación pero sí de clasismo. No nos hace falta más de eso.

    Sobre la libertad de expresión: bien lo dijiste… cuando incluye discursos de odio no es lo mismo. Supongo sabes que la SCJN estableció un criterio donde fija que esta libertad no es total, justo por ese supuesto.

    Al final no entendí si eres parte de esos que se sienten amenazados por el CONAPRED porque quieren ser libres al cien por ciento siendo políticamente incorrectos cuando se les plazca (porque, pues “qué de malo tiene decir que las mujeres son animales tontos o qué de malo tiene decir que los católicos son unos pobretones prietos feos) o aplaudes la labor del mismo.

  2. Creo que estamos viviendo un ambiente donde solo lo “hipercorrecto” es correcto, ya no es posible usar algunas palabras porque son consideradas discriminatorias. Ciego, gordo, flaco, prieto, entre muchas son casi inmencionables. Tampoco es correcto disentir ante las preferencias de las mayorías y sus santones so pena de ser señalado como ofensor y ser, ahora si, plenamente discriminado por el hecho de expresar una idea “mal vista” por muy real que sea…que lastima siento por perder la libertad de las palabras con las que he expresado siempre lo mas ordinario de cada dia. Solo quiero que no llegue el dia en el que las palabras normales no sean solo “incorrectas”, sino un franco delito.