No abunda en la literatura mexicana el género de lo “fantástico”.

Escritores como Tario parecen una flor exótica y casi inconcebible en un medio donde nada brinda apoyo —tradición, bagaje histórico— al ejercicio escueto de la fantasía. Tario se brinda solo el apoyo con sus libros (acaso algunos relatos de Reyes, desde el más allá y otros de Torri, colaboran también en este sentido). Una violeta de más se inserta en la tradición personal de un estilo y un mundo trabajados con una discreta y sólida fidelidad durante años. El libro refleja esta especie de total continuidad en su lógica consecuencia: dominio absoluto de un hábitat literario, posesión sutil y natural de sus secretos, exquisita libertad de desplazamientos y juego, sin cruzar jamás el límite perfectamente conocido de ese terreno propio: madurez.

violeta

Dieciséis relatos recoge este volumen de Tario y si puede hablarse de alguna disparidad entre ellos no puede hacerse con base en la mala factura de unos y la buena de otros, porque todos los cuentos se sostienen por sí mismos y una selección de miniaturista habría posibilitado la publicación no de un volumen, sino de dos: uno bueno; otro, extraordinario. Cuentos como “Fuera de programa”, “La banca vacía” o “Entre tus dedos helados” pueden formar filas entre lo más logrado y bello de la literatura fantástica. Contrapuestos a ellos, “El mico”, “Ortodoncia” o “Ave María Purísima” tienen que parecer, por fuerza y sin serlo, medianos.

“… entre tanto un ser humano no haya aprendido a aceptar todas las mágicas posibilidades que nos ofrece la vida —aun aquellas que pudieran parecernos más inadmisibles y remotas—, uno no podrá tener la certeza de que ese ser existe plenamente, puesto que sólo de ese modo es como el hombre entra a formar parte de la vida tal cual es —poderosa, mágica, sorprendente.” Declaración de principios e invitación polémica a entrar a su mundo, este párrafo filtrado por el autor a través de Lord Callender, aristócrata de grato recuerdo coprotagonista del relato “Fuera de programa”, es quizá la mejor descripción de la fuerza misteriosa y delicada que sustenta el libro. Para Tario el problema de la realidad —lo que comúnmente se entiende por “realidad”: política, subdesarrollo, televisión— no tiene sentido pleno sino en la medida que incluye lo insólito, en la medida que puede manifestarse como más que realidad, completándose. Sin recelo alguno y sin escrúpulo, Tario ha elegido situarse del todo en ese más allá de la realidad que es la imaginación, y no pide disculpas cada vez que lo extraordinario, lo irreal se concretiza en sus textos: por el contrario, acaso los pediría si el fenómeno se diera a la inversa. No pretende en ningún momento reproducir el mecanismo típico de la ciencia ficción, por ejemplo, donde a través de la fantasía se alegoriza y se vilipendia el mundo actual con una cadena de símbolos más o menos fáciles de desentrañar. Sus cuentos pertenecen a la fantasía y en ella, en esa lógica propia de lo ilógico, hallan su ámbito propicio, su única posibilidad de consistencia. Esta opción total por lo fantástico le da a su literatura una coherencia extra. Y la vuelve plenamente atractiva porque curiosamente en ese mundo de apariciones y arbitrariedades las relaciones humanas readquieren algo de su esencial verdad, imposible ya de expresar en otro terreno literario donde la voluntad del lector no haga, como en éste, la abstracción total de la “realidad”.

Una madre se muere de tristeza y solidaridad con su hijo deforme; un padre vuelve de la muerte para rescatar a su hija de una imposible felicidad; una muerta —viva ya sólo en el recuerdo de quienes la conocieron— va desapareciendo entre la amarga certidumbre de que tal desvanecimiento no alude sino a que su recuerdo se va borrando de los vivos; unos fantasmas en el exilio regresan finalmente a su país después de una jovial, triste, añorante travesía por otros; un hombre viejo se destruye para encontrar de nuevo la cercanía de su perro. Hay como un delicado y emocionante romanticismo tras cada una de las anécdotas: una sensibilidad que —al parecer, contra su tendencia antigua— no termina en lo grotesco o en lo terrible sino más bien en una atmósfera de desolada ternura.

Este puro ejercicio de lo irreal, paradójicamente, devuelve al lector algo del recóndito y genuino sustrato de anhelo y desengaño de la vida humana.

[El Día, 25 de marzo de 1969.]

 

Héctor Aguilar Camín