El tomo II de las Obras completas de Francisco Tario (Fondo de Cultura Económica) empezará a circular en librerías en los primeros días de septiembre. Incluye las dos novelas de Tario, sus tres obras de teatro y materiales de sus archivos, más un dossier crítico. La edición y el prólogo son de Alejandro Toledo. De este volumen hemos tomado cuatro poemas dedicados a Carmen Farell y la reseña que escribió Héctor Aguilar Camín de Una violeta de más.

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Tu santo en alta mar (1936)

Navegamos en el Atlántico. Ha quedado atrás La Habana y con ella ese calor pegajoso y sofocante de los trópicos. El viaje es delicioso. Brilla el sol de la mañana a la noche y las aguas están hoy tan quietas como de costumbre. A largos trechos aparecen sobre el mar grandes manchas de algas oscuras que parecen seguir la misma ruta del barco. Hoy es 16 de julio, tu santo. ¿Pero qué hacer en la constante monotonía de esta vida de a bordo para festejar debidamente la fecha?

Al despertar me has dado un beso. Por la claraboya del camarote entraba en fuertes soplos la brisa, agitando de paso tus cabellos. Hace calor; está aún amaneciendo. No se escucha otro rumor que el de las olas acariciando los lomos del barco. Te has sentado en la cama y miras por la claraboya el horizonte. Adivino que piensas en algo, pues tus ojos se han cubierto inesperadamente con un suave velo de melancolía. Con un brazo escondido bajo las sábanas y con el otro sujetando tu espesa cabellera, me recuerdas a una de esas jóvenes estatuas que adornan ciertos jardines.

Aunque sí sé en lo que piensas; sé muy bien lo que oculta tu pensamiento. Has vuelto involuntariamente a nuestro pasado. Piensas en aquel primer viaje nuestro en el ferrocarril nocturno, que nos llevaba a una nueva dicha todavía desconocida. Piensas en el resplandor lunar de aquella noche, que me descubrió también tu figura sobre la cama. Piensas en las estaciones, y en los árboles, y en las montañas que iban pasando. En las sombras irreconocibles que quedaban atrás y que contemplábamos juntos desde la ventanilla. ¡Hace tan poco tiempo de eso y hemos gozado tanto desde entonces, sin embargo!

Hoy estoy cerca de ti, sigo estándolo, lo estaré siempre. Y esto es lo importante. Tal vez por eso has vuelto de pronto la cara y me has mirado fijamente, como asustada o extrañada de ti misma, de mí, de todo. Después has sacado el brazo de entre las sábanas y me has rodeado con él el cuello para besarme. “Te quiero, te quiero”, has dicho dos veces. Estabas prendida de mí como la hiedra al muro. Estábamos de cara al viento.

Cuando miré el reloj eran ya las nueve. ¡Qué sorpresa! El mar se había inundado de sol y el sol entraba a chorros en nuestro camarote. Aún conservas tus brazos alrededor de mi cuello, pero tu respiración es tan tranquila como el canto de las olas. Tienes los ojos ensombrecidos, como si comenzara la noche y tú fueras a dormirte. Y yo pienso, aunque no lo digo, si habremos festejado debidamente la fecha. Fue un desayuno espléndido. También al sol, ¿lo recuerdas?

 

Vida nueva

Ya escaparon tus pensamientos en dirección a la nada;
tus manos me abandonan
y tu boca abandona mi boca
y la olvida.
Pálidos tus ojos, desde sus profundidades oceánicas,
quieren recordar lo que no se recuerda,
ver lo que nunca se ha visto,
conocer
el supremo misterio prohibido.
Tus manos,
sobre las sábanas,
han descendido al abismo
mientras tus senos ahítos
pliegan sus velas y se refugian.
¡Ay, dame esa mano caliente!
¡Toma este beso más casto!
¡Cubre tu cuerpo desnudo
sobre la cama revuelta!
Abre, si puedes, los ojos
y mírame;
búscame una vez más, pero entre las tinieblas.
Calla, no llores;
no pienses.
Hora es ya de que aprendas
a soportar
cuanto la felicidad te ofrece.

Duerme, no temas.
La luna vigila en lo alto
y todo se confabula para que un nuevo día amanezca.

 

Péndulo

Entre el júbilo de la carne
y la tristeza sin causa
vivo las horas.

Días de ardiente sol
o insoportables tardes
de lluvia.

Y en ambos menesteres
me consumo
y muero un poco cada día.

Pero aún hay veces
que ambas cosas se confunden
se confabulan,

y no sé si me precipito en la nada
o estrecho
tu joven cuerpo desnudo.

Entre tu boca y mis lágrimas
no hay límite preciso;
ni un paso;

y nunca logro dilucidar
si pertenezco a lo oscuro
o al amor que tú me das.

Quisiera, en cambio,
poder mirarte tranquilo;
olvidar;

sentirme tierno
como las hojas
y en un perfecto equilibrio.

Pues has de saber
que aún no me voy de tu lado
y algo en mí me está ya preguntando
cuándo amanecerá de nuevo.

¡Oh, tedio de las horas!
¡Incurable soledad del alma!
Y tu vestido abierto.

 

Duda de última hora

Para Carmen, con mi admiración eterna

Bajo la luz ardiente del mediodía,
a tu lado,
sentado,
o del brazo caminando,
he sentido extraños deseos de besarte.
Tú me muestras, al volverte,
la carne húmeda de tus labios,
y mis palabras
—cristalizadas—
aguardan una tuya, una sola,
para saber bien qué me ofreces.

Vuelan los cendales de bruma
sobre las copas doradas de los árboles,
y la luna invisible,
con su notoria experiencia,
sigue uno a uno tus movimientos.
Yo espero, espero,
y te veo
recorriendo en silencio el camino
o caída
como una joven fruta madurada antes de tiempo
sobre la hierba.

Sueño, imagino, invento
en mi soledad nocturna,
y recibo
entre mis enfebrecidos dedos
tu desmayada figura.
Fácil te veo entonces,
dispuesta,
y tan blanca,
que al mirar en el espejo la luna
la encuentro negra y triste como un estanque
de negrura.
Y me pregunto
—siempre a solas—
si será el hueco de tu boca
el que provoca
esta sed inmensa;
o si será el juego de tus manos
el que va trenzando ese apretado encaje;
o si serán tus senos,
las dos únicas rosas de mi jardín secreto,
las culpables
de tamaño sortilegio.

Ayer vi revolotear tu vestido
movido por una mano ajena,
que era el viento,
y no ceso aún de preguntarme
si fue el viento o tu vestido
el que sopló en mi cuarto la noche entera.

Óyelo bien y no lo olvides:
a tu lado,
sentado,
o del brazo caminando,
he sentido a menudo el secreto impulso de besarte.
Y sólo la brevedad de ese instante,
lo fugaz de la ocasión pasajera,
me ha hecho detenerme.
Tan corto,
tan efímero,
me habría parecido el deleite,
que aún no acierto a poner en claro
si habría valido la pena
incendiar así a una azucena
y abandonarla después a su propia suerte.