En estos días en que el deporte es objeto de una comercialización tan vergonzosa que en vez de exaltarlo acaba por envilecerlo, vale la pena recordar una pequeña historia, no muy conocida entre los aficionados mexicanos al deporte, de la que nuestro país fue escenario.

Para Beatriz Pereyra

En el húmedo atardecer del miércoles 16 de octubre de 1968, en el estadio olímpico de la Ciudad de México, dos velocistas negros que acababan de competir en la carrera de doscientos metros planos y de obtener el primer y el tercer lugar —los norteamericanos Tommie Smith y John Carlos, respectivamente— se dirigieron al podio de honor, instalado en la cabecera norte del estadio, para recibir sus medallas de oro y de bronce.

Iban descalzos, los pies cubiertos sólo por calcetines negros, con sus zapatos tenis en las manos tras la espalda, aludiendo de esa manera a la pobreza que habían conocido de niños y que padecía gran parte de la población negra en los Estados Unidos — en especial la que vivía en las zonas rurales. Asimismo, llevaban collares y suéteres con cuello de tortuga — una sutil alusión a las sogas con que se linchaba a los negros.

black-power

Pero quizás ninguno de esos símbolos habría resultado claro para el ojo del público sin el gesto que ocurriría unos minutos después. Una vez que los jueces les entregaron sus medallas, y mientras se escuchaban los acordes de la primera estrofa del himno nacional de los Estados Unidos en honor del atleta ganador, John Carlos y Tommie Smith alzaron un puño ceñido con un guante negro —Carlos el derecho, Smith el izquierdo, pues compartían el mismo par—, símbolo de lucha de la comunidad negra norteamericana e inequívoco mensaje de protesta contra la discriminación racial en los Estados Unidos.

Las primeras planas de la prensa internacional se llenaron de fotografías de ese momento, aunque es probable que la más difundida haya sido la que captó John Dominis, reportero gráfico de la revista Life.

Luego de la premiación Smith y Carlos brindaron una conferencia de prensa para definir cabalmente su posición. En ella Smith previó con toda razón algo que estaba a punto de pasar: “Si gano so un ciudadano norteamericano, no un negro norteamericano. Pero si hiciera algo mal, entonces dirían ‘es un negro”. Somos negros y estamos orgulloso de serlo. La Norteamérica negra entenderá bien lo que hemos hecho esta noche”.

La primera reacción adversa fue la de un compatriota suyo: Avery Brundage, presidente del Comité Olímpico Internacional desde 1952, quien pidió que se les expulsara cuanto antes de los juegos. (No actuó con la misma indignación cuando fue cabeza administrativa de la delegación estadounidense en los juegos olímpicos de 1936, celebrados en Berlín, donde tuvo que tragarse más de una vez el despliegue del saludo nazi.)

Dos días después el New York Times publicó un artículo de Joseph M. Sheehan, corresponsal en México, en el que se informaba que el presidente del comité olímpico norteamericano había retirado la acreditación de ambos corredores y les había pedido que abandonaran la Villa Olímpica.

El comité norteamericano envió una nota al Comité Olímpico mexicano por el “atípico exhibicionismo de estos atletas, que viola la normas básicas de caballerosidad y deportivismo que tan alto aprecio tienen en los Estados Unidos.”

Dos días después, Carlos y Smith fueron forzados a volver a los Estados Unidos.

En su número del 25 de octubre la revista Time publicó una nota que calificaba la protesta del par de corredores como “un despliegue público de petulancia que ha encendido una de las más desagradables controversias en la historia de las olimpiadas y que ha convertido el extraordinario drama de los juegos en un teatro del absurdo.”

La mayoría de los comentaristas deportivos de la época en la radio y en televisión de los Estados Unidos se burló de ellos y trató de desacreditar su protesta.

Compañeros en la universidad estatal de San José, California, donde habían hecho estudios de ciencias sociales, Carlos y Smith, de 23 y 24 años de edad, sabían desde el momento en que lo concibieron que su gesto sería controvertido y tendría repercusiones negativas, pero nunca imaginaron que tendrían que sufrir un linchamiento social. No sólo fueron despojados de sus empleos y no pudieron volver a conseguir trabajo durante largo tiempo, sino que ellos y sus familiares fueron amenazados de muerte en repetidas ocasiones.

A pesar del acoso y la hostilidad, Carlos y Smith jamás lamentaron su decisión. Después del asesinato de Martin Luther King, ocurrido el 4 de abril de 1968, y la profunda conmoción que ello generó a lo largo de ese año, sabían que tenían que hacer algo. Durante un tiempo habían abrigado la idea de no asistir a los juegos olímpicos de México, como una suerte de boycott, pero sabían que en caso de ganar en la competencia se daría la oportunidad de hacer algo que tendría mayor repercusión.

Tras la carrera, Peter Norman, el atleta australiano que obtuvo el segundo lugar, se enteró por boca de Carlos y de Smith de lo que ambos pensaban hacer, y no sólo no lo reprobó sino que decidió secundarlos. Puesto que él no podía imitar el gesto de sus compañeros, les pidió que le dieran uno de los distintivos del Proyecto Olímpico por los Derechos Humanos que Smith y Carlos utilizaban para usarlo en su chamarra durante la ceremonia de premiación. El Proyecto Olímpico era una organización norteamericana fundada un año antes por el sociólogo Harry Edwards, maestro de John Carlos, para boicotear los juegos olímpicos, aunque terminó por convertirse en una manera de agrupar a gran parte de los atletas negros participantes por los Estados Unidos. El hecho convertiría a los tres hombres en grandes amigos por el resto de sus vidas.

Norman también sufrió represalias considerables por su solidaridad con Carlos y Smith. A pesar de su meritoria actuación en México, y de sus renovadas pruebas de capacidad en los siguientes años, el comité olímpico de Australia impidió que participara en la olimpiada realizada en Munich, en 1972. Norman abandonó entonces el atletismo.

Norman murió de un infarto en octubre del 2006, en Melbourne. Smith y Carlos se contaron entre quienes cargaron el ataúd del gran corredor y pronunciaron oraciones fúnebres en su sepelio.

En el año 2012, el Parlamento australiano le pidió una disculpa póstuma a quien ha sido el más grande velocista en la historia de ese país y honró su gesto de solidaridad con sus pares norteamericanos.

Hoy, los dos atletas que en 1968 demostraron su fortaleza y valor dentro y fuera de la pista de carreras gozan de un amplio reconocimiento en su país.

 

Un comentario en “México 1968: deportes y política