El filósofo Aaron James dedica su último libro a reflexionar sobre el papel que Donald Trump ha desempeñado en el actual proceso electoral en Estados Unidos. Y frente al espejo también coloca a los devotos del empresario que aspira a ser presidente. Publicamos, con autorización de Malpaso Ediciones, uno de los capítulos de Trump. Ensayo sobre la imbecilidad.

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China, inmigrantes mexicanos, musulmanes… Trump acusa a inocentes de ser el origen de todo el descontento actual. No pasa por alto el desgaste de nuestro tejido social, el debilitamiento de nuestro contrato social tras tres décadas de congelación salarial, de vagas esperanzas, de incertidumbre creciente, de erosión de la clase media y de enriquecimiento (en grado mucho mayor de lo que creen los estadounidenses) de algún que otro ricachón (como él, pero más aún).1 La desigualdad está creciendo de forma espectacular por razones muy variadas: el librecambismo, las innovaciones disruptivas, las exenciones fiscales para empresas y minorías selectas, la decadencia sindical, la autocontratación corporativa, la desindustrialización y la financiarización de una economía en la que el ganador se lo lleva todo. Aunque las causas son complicadas, las desventajas se han concentrado en los mismos sectores de la población. Cierto es que, a medida que cambia la tecnología, se generalizan con frecuencia de forma marcada los riesgos y las recompensas de las perturbaciones que provoca, de tal manera que a la larga todos se benefician en promedio; pero también lo es que, al ir desapareciendo las trabas al librecambio, son los mismos perdedores quienes reciben un revés tras otro, durante varias décadas o toda una generación, y los vencedores pueden comprar pantalones deportivos y televisores a precios cada vez más bajos. Aunque se crean puestos de trabajo nuevos, no ocurre así en los ámbitos en los que pueden operar los obreros menos cualificados, al menos con unos ingresos que garanticen una dignidad estable.

Existe un contrato social entendido universalmente; ciertas cosas de las que se suponía que íbamos a disfrutar como contrapartida por abrazar el librecambio y el capitalismo desenfrenado: niveles de vida crecientes, igualdad de oportunidades y una prosperidad generalizada. Llevamos más de tres décadas sin que se dé nada de esto, pero no por voluntad de Dios, por obra de fuerzas impersonales ni aun por imperativo del proceso globalizador. Hemos sido nosotros quienes lo han elegido, apoyado, observado y consentido, olvidando nuestro contrato social porque no resultaba conveniente recordar, porque el vacío de nuestra memoria se ha tragado la Gran Depresión o porque el tenerlo en cuenta no servía al interés y al poder de la minoría selecta.

Los economistas defienden a capa y espada el libre comercio como si fuera una cuestión científica en lugar de ética.2 Tenga en cuenta el lector que hay que simplificar las cosas para el público y los funcionarios. Como es verdad que el librecambio sin trabas aumenta la riqueza de las naciones, tal como aseveraron Adam Smith y David Ricardo, en promedio y a la larga, lo único que hay que hacer es aferrarse a este mantra y recalcarlo con insistencia haciendo caso omiso de todas las sutilezas relativas a la compensación recibida por los perdedores, aun cuando todos sabemos como profesionales que tal contrapartida es estrictamente necesaria para que los flujos de un librecambio con menos trabas sean “eficientes” en el sentido que definió Vilfredo Pareto (es decir: nadie puede hacerse más próspero sin que mengüe en consecuencia la fortuna de otro).

Siempre va a haber gentes desplazadas, sobre todo entre los obreros menos cualificados. Ya estaban abocados a no obtener nunca ingresos nutridos, y nunca les va a resultar fácil hacerse con los puestos más especializados que van apareciendo en un sector diferente de la economía perturbada.

La clave del libre comercio radica en reubicar los recursos de un país —incluidos sus trabajadores— para usos más provechosos. En eso consiste negociar con “ventaja comparativa”: se importan mercancías para no tener que fabricarlas y poder hacer otra cosa en su lugar, relacionada con nuestras propias opciones de producción, y enriquecernos a fin de cuentas. Sin embargo, en realidad, no obtendremos eficiencia productiva a menos que compensemos también a los menos beneficiados. El librecambio no es eficiente si no hacemos nada para cubrir las pérdidas que han sufrido en lo que respecta a ingresos y seguridad. No es eficaz, ni tampoco justo, sin una protección social.3

Sin embargo, nadie se ha preocupado mucho por este detalle, que no resultaba conveniente desde el punto de vista político. La de abrogar en silencio las condiciones de nuestro contrato social fue una decisión política: no había por qué dejar a los obreros pudrirse con ocupaciones inseguras o sin empleo alguno. Ante la pérdida de puestos de trabajo, cabía haber capacitado e instruido de nuevo a quienes los ocupaban mediante la dotación de ayudas a la formación. Podían haberlos compensado con prestaciones al desempleo y seguros que cubriesen la diferencia entre tal subsidio y el salario previo,4 o hasta garantizar unos ingresos básicos mínimos (medida que los conservadores apoyaron en cierto momento). Con un programa sólido de recontratación, de mejora de la formación y de incremento de los sueldos, los trabajadores podrían haber visto aumentar sin duda sus rentas de forma constante y saber que tienen garantizada su jubilación. Podrían haber participado en la riqueza creciente de las naciones, aunque, claro está, para mantener los costes de la seguridad social habríamos tenido que pagar impuestos.

Aun así, en lugar de esto preferimos lanzar a los obreros a las ruedas del tren de la globalización, o al menos eso decidieron por nosotros algunos políticos. Si nuestra democracia nos está fallando, parece que alguien debería hacerse cargo de la situación. De entrada, podríamos dejar de fastidiar a los trabajadores menos cualificados y mantener de veras la promesa del capitalismo estadounidense según la cual la subida de la marea iba a elevar a un tiempo al yate y al esquife.

Trump va a hacer tratos nuevos, tratos de veras beneficiosos, los mejores, y a aumentar los aranceles a China; pero es un paladín extraño para sus hermanos blancos que viven en la oscuridad, ya que no constituye ninguna ganga para ellos ni, de hecho, para nadie (compárese con Putin, que contenta con guerras a los marginados de la economía y habla de restaurar la grandeza de la nación en lugar de aumentar los salarios). Los nuevos aranceles podrán aumentar un tanto los ingresos de los obreros menos cualificados, aunque no lo suficiente para evitar que mueran antes que otros (tal como ha ocurrido de forma reciente con los blancos que recibían sueldos modestos). Entre tanto, los operarios especializados, que sirven en industrias dedicadas a la exportación, gozarán de un éxito notable que supondrá un gran menoscabo, en cambio, para el ascenso social; y a muchos millones y millones de chinos se les negará la oportunidad de dejar de tener que subsistir con menos de lo que puede comprarse en Estados Unidos con un dólar diario. Se trata, en resumidas cuentas, de un “gran” negocio, porque nos ahorra el tener que reparar el maltrecho tejido social, lo que supondría invertir en programas de protección social (y subir los impuestos) para que el capitalismo pueda satisfacer su promesa de elevar los niveles de vida sin pedir a los obreros estadounidenses que malvivan resentidos. Aun cuando los ricos vayan a ser un tanto menos ricos.

Ésta es la historia de cómo ha perdido terreno la democracia frente al autoritarismo debido a la desintegración de nuestra economía. Es nuestra historia, y nos invita a hacer una reafirmación republicana de nuestro contrato social.

LUCHA DE IMBÉCILES

Desde luego, no hay nada como los combates de imbéciles que ofrece la televisión. ¿No vio nadie cómo humilló Trump al gobernador de Nueva Jersey, el chico malo Chris Christie? Como sabemos todos, este último tenía cuentas políticas que ajustar, y al parecer cortó el tráfico en uno de los accesos al puente George Washington, en su estado, y provocó retrasos considerables. En consecuencia, su historial de imbecilidades parece bastante respetable; pero ¿da la talla en las grandes ligas?

Resultó que salió escaldado. Tras tachar a Trump de incompetente apenas una semana antes, se echó atrás, lo respaldó y compareció, por triste que resulte, ante una rueda de prensa ofrecida por aquél, sumiso, apaciguado y convertido en el subordinado inmediato de aquel imbécil alfa.

Quién habría imaginado que Christie, el célebre matón de Jersey, se volvería tan dócil, tan poco varonil. Sin embargo, conforme a las predicciones de Hobbes, una vez dominado, se volvió civilizado de pronto. ¿Cómo es posible? El filósofo inglés diría que los seres humanos se sitúan del modo que les garantice, con la mayor seguridad posible, alcanzar una posición social relativa en virtud de un impulso bien arraigado en nuestra naturaleza:

Todo hombre procura que su compañero lo valore en igual grado que él se aprecia a sí mismo, y por encima de todo signo de desdén o subestimación, pone su empeño, de manera natural y hasta donde alcanza su atrevimiento […], en extraer una mayor consideración de cuantos lo desprecian, mediante el agravio, y del resto, a través del ejemplo.5

A Trump y a Christie, pues, se les exigió que se enfrentasen como hombres. ¿Por qué contienden los varones mediante la agresión física o el insulto? Normalmente somos los de nuestro sexo los que procedemos así; pero ¿por qué? Según explica Hobbes, las muestras de desdén “empujan al hombre a emprender invasiones” en busca de gloria, en nombre de su reputación y “por insignificancias [tales] como una palabra, una sonrisa, una opinión diferente o cualquier otra señal de infravaloración”. O tal como lo expresa cierto estudio relativo a los asesinatos cometidos en todo el planeta, el hombre mata por “desaires de origen relativamente trivial”.6

POPULISMO Y VIOLENCIA

En la historia de la demagogia estadounidense, Trump hace pensar en otro imbécil ególatra: Huey Long, gobernador de Luisiana y senador de principios de la década de 1930. Pese a compartir la actitud progresista de Franklin Delano Roosevelt —aunque estaba más a la izquierda que éste—, el presidente lo consideraba “uno de los dos hombres más peligrosos de Estados Unidos” (junto con Douglas MacArthur) por su política corrupta y demagógica.7 A Long lo movían sin duda las preocupaciones éticas; hablaba con pasión de las desigualdades de su tiempo (“No se ha recogido una sola pizca de la riqueza hinchada y ostentosa que hay concentrada en manos de unos pocos con la intención de ayudar a las masas”),8 y criticó el sistema político de su nación en términos que no han perdido vigencia (“Tienen un grupo de republicanos en un lado y un grupo de demócratas en el otro encargados de servir las mesas; pero da igual cuál traiga los platos: toda la comida legislativa se prepara en los mismos fogones de Wall Street”;9 comentario que bien cabría imaginar en boca de Bernie Sanders). En lo que respecta a las tácticas políticas, en cambio, Long se arrogaba el derecho de emplear cualquier medio, sin preocuparse demasiado de que pudiera o no ser necesario para sus fines o fuese legal o propio de un régimen democrático. “Prefiero violar —dijo una vez— todas y cada una de las dichosas convenciones que conozco para ver aprobadas mis propuestas de ley que sentarme en mi despacho como un niño bueno a verlas morir”.10 Y también: “Antes pedía las cosas por favor para que se hicieran, y ahora […] las voy quitando de en medio con dinamita”.11 Cuando lo acusaron de demagogia, soslayó la cuestión moral de cómo se ejerce el poder en una sociedad democrática con una definición muy oportuna: “Yo describiría al demagogo como el político que no cumple sus promesas”.12 En efecto, Long prefería dinamitar a discutir a la hora de hacer desaparecer la corrupción a golpe de definición.

Algo semejante hace Trump con las inhibiciones del mundo civilizado, a las que denomina “corrección política”. Propinar a alguien un puñetazo por considerar que se lo merece no pasa de ser 2políticamente incorrecto”. En tal caso, ¿cabría sorprenderse si instigase a la violencia a las multitudes que lo siguen?

En cierto mitin, mientras la policía hacía salir a un afroamericano descontento, un insensato que se hallaba cerca de él le agredió en la cara y se justificó diciendo: “Se lo merecía. La próxima vez que lo veamos, quizá tengamos que matarlo […]. ¿Y si forma parte de una organización terrorista?”. “No hemos tenido nada que ver”, aseguraron acerca del incidente los responsables de la campaña de Trump, quien, sin embargo, se ha ofrecido a pagar las costas legales del agresor. Y lo cierto es que ha hecho ya unos cuantos comentarios que alientan semejante proceder:

1 de febrero: “Si veis a alguien que está a punto de lanzar un tomate, lo moléis a palos, ¿verdad? […] Dadle una buena paliza […] Prometo asumir los gastos legales. Lo prometo”.

22 de febrero: “Me dan ganas de darle en la cara” (refiriéndose a uno de sus detractores).

26 de febrero: “En los buenos tiempos, lo habrían echado de su asiento sin contemplaciones hace un rato”.

4 de marzo: “Intentad no hacerle daño. Si no lo conseguís, yo me encargo de defenderos en los tribunales”.

9 de marzo: “Nos acompañaban algunos tipos duros como los que tenemos hoy aquí, y se pusieron a devolver los golpes. Fue un momento hermosísimo”.

11 de marzo: “Parte del problema, y parte de la razón por la que tardan tanto [en irse los manifestantes] es que ya nadie quiere hacerse daño. […] Se dan cuenta de que las protestas ya no se pagan. Antes sí que había consecuencias”.

Trump podría usar aquí un consejo del manual para gobernantes que escribió Maquiavelo:

Todo príncipe debe desear ser tenido por piadoso, y no por cruel. […] Con muy pocos ejemplos lo será en mayor medida que aquellos que, por exceso de misericordia, dejan surgir disturbios, que engendrarán a su vez asesinatos y actos de pillaje, porque éstos, por lo común, son perjudiciales para toda la comunidad.13

Sin embargo, Trump no persigue el poder “para toda la comunidad”. Su endeble ideología de la grandeza de Estados Unidos se expresa en la estructura de un razonamiento muy sencillo:

• Problema: La nación se encuentra en decadencia.

• Responsable: La corrección política y las normas de urbanidad, que nos están paralizando.

• Resolución: El uso discrecional de la violencia constituye un remedio adecuado.

• Héroe: Trump, que abonará las costas legales para que sus seguidores actúen como sea necesario.

Se reparten algunas bofetadas, Trump es un héroe y Estados Unidos recupera su grandeza.

Cuando califica de “hermosísimo” el caótico altercado del mitin, no se refiere a la belleza de una protesta democrática, del imperio de la razón sobre la violencia, sino que parece estar evocando la estética erótica del fascismo, la excitación sensual de la unión de las masas en torno al odio a los otros y la adoración de un pasado supuestamente glorioso.14 A mi entender, se trata de la variante moderna de las ejecuciones destinadas a entretener al pueblo; la interacción de la multitud y el poder que, con ayuda de la tecnología, hizo del siglo XX el más sangriento de la historia de la humanidad.15

Vamos a suponer que nos vamos tres de acampada y tenemos que decidir si tomar el camino rápido o el que ofrece mejores vistas. Si estamos dispuestos a alcanzar un acuerdo de manera democrática, la primera norma, indiscutible, será que nadie podrá emprenderla a puñetazos porque los otros tengan otras preferencias, ni tampoco amenazar con hacerlo o insinuarlo siquiera en tono jocoso. Por lo tanto, no habrá necesidad de ofrecer pagar los gastos legales a otro en caso de que sienta el impulso de pegar al tercero por considerarlo imprescindible para tener la mayoría. La primera ley de la democracia es el principio de no violencia: se debate en lugar de pelearse; se usan las palabras, no los puños, y se apela a la razón por arrebatadas que puedan ser las pasiones.

PERO ¿ES POSIBLE LA DEMOCRACIA?

Pensemos en un lugar remoto, más allá del alcance o el interés de la policía, situado en una isla diminuta de Indonesia (y frecuentado por un servidor). A él han acudido surfistas de todos los continentes con la intención de dominar el perfecto oleaje de la temporada. Hay marejada, el viento sopla en la dirección idónea y las olas rompen y forman tubo a través del arrecife de coral con la célebre majestuosidad propia de aquel rincón del mundo. Sin embargo, como ocurre a menudo allí en esa época del año, y sobre todo cuando los meteorólogos han anunciado oleaje, ha acudido un número excesivo de gente; lo que plantea la cuestión acuciante de cómo compartir las olas relativamente escasas en una zona de despegue relativamente pequeña.

Podría ser que en la playa coincidieran 1) un grupo de gentes del lugar, incluidos unos cuantos chicos violentos, que están tomando cuantas olas les apetece, aunque las comparten con educación entre ellos; 2) un conjunto nutrido de brasileños que, aun respetando a los de la región, compiten entre sí con vehemencia, hacen trampa y burlan con descaro las normas relativas a la preferencia, y 3) el resto de los presentes: los desventurados anglosajones llegados de Australia, Nueva Zelanda, Sudáfrica y Estados Unidos, que nos conducimos con educación y nos vemos menospreciados por los otros dos grupos.

Ninguno de nosotros estaría dispuesto a soportar semejante situación si las olas no fueran increíbles. Podría ser que en cualquier momento hiciera uno el tubo de su vida. Aun así, la situación sigue siendo irritante; pero los surfistas blancos acostumbramos a dar la vuelta al racismo en nuestros viajes, a superar el trance estoicamente mientras nos recordamos que el oleaje vale la pena de veras y reparamos en que así deben de sentirse en los países anglosajones los ciudadanos de color.

Imagine el lector la alegría que produce, en estas circunstancias, el que aparezca remontando una ola un orondo lugareño de cierta edad y carácter bullicioso que, entre chistes, grita órdenes para dejar bien claro quién manda, y pide a los más jóvenes que se calmen y a los brasileños que se comporten para que los blancos podamos disfrutar también de alguna ola. Impone el orden en beneficio público. Quizá tiene bien presente el menoscabo que supusieron para el turismo deportivo el tsunami de 2004 y el terremoto de 2005. Sabe que hay que tratar bien a los de fuera si quiere que vuelvan y las familias locales puedan mantener los alojamientos a ellos destinados, con los que pagan el alimento que dan a sus hijos y quizás un techo nuevo para la casa.16

En Estados Unidos nos encontramos con surfistas imbéciles que guardan un notable parecido con Donald Trump (aunque están bien bronceados y en forma) en los lugares de playa habitados por una mayoría blanca. No es una simple cuestión de raza: un blanco de Palos Verdes la emprenderá a gritos con facilidad con otro llegado de Malibú, y el de Santa Bárbara hará lo mismo ante la rabia existencial provocada por la intrusión en su territorio de uno procedente de Los Ángeles. Los tipos dados a recordar los viejos tiempos de California, convencidos de que todo se está desvaneciendo, están dispuestos a todo por defender su territorio, y ante la obligación de compartir con otros las olas —ya que las playas son públicas— han decidido que poseen privilegios especiales en lo que a preferencia se refiere y se han resuelto a defenderlos con acrimonia. Si alguien protesta (“Oye: el mar es de todos; espera tu turno, hombre”) no dudarán en contraatacar con algo semejante a: “En serio, esfúmate; vete a tu casa; vuelve a la mierda de olas que hay en Los Ángeles” (para esto último ni siquiera es necesario que su interlocutor sea de dicha ciudad). Lo que están usando no es otra cosa que la protesta favorita de Trump: “¡Que se larguen de aquí!”.

¿Tenía entonces razón Hobbes al aseverar que debemos elegir entre la anarquía y el déspota, la miseria y el monarca absolutista? No: él no veía otra opción porque lo que perseguía era un final pacífico para la brutal guerra civil que estaban librando en Inglaterra grupos religiosos incapaces de aceptar una autoridad estatal común si no era de su propio signo. Tal cosa resulta comprensible en las circunstancias del siglo xvii. Hobbes anhelaba la unión que trae aparejada la paz duradera, así como el florecimiento de las artes, las letras y el comercio que emana de ella. Hoy, en cambio, el de los surfistas suele ser un colectivo ordenado y pacífico, por más que a veces existan tensiones y pese a la falta de una autoridad soberana. Quienes lo integran comparten las olas en virtud de una serie de normas de preferencia aceptadas por la generalidad, protestan ante cualquier infracción y, en caso de enfrentamiento —que los hay—, acostumbran a resolverlo mediante el diálogo. Ésta podría ser una discusión común:

Surfista n.º 1. “¡Me has robado la ola, idiota!”.

Surfista n.º 2. “¿Qué dices? ¡Si llevo veinte minutos esperando!”.

Surfista n.º 1. “Me da igual: yo iba por dentro; la ola era mía”.

Surfista n.º 2: “Está bien: quédate tú con la siguiente. Tranquilo, que no se acaba el mundo”.

Se trata de un comportamiento democrático en lo fundamental, aun en estado de naturaleza, independiente de las autoridades y fuera del alcance del Estado.17 Todo apunta, por consiguiente, a que Hobbes nos presenta un falso dilema. Aunque asevera de pasada que una soberanía absolutista podría constituir un sistema democrático (sin ofrecer más explicaciones), parece que es posible la cooperación democrática fuera del Estado, y, además, de entrada cabría preguntarse por qué iba a poseer la autoridad legítima el soberano.

Antes de la existencia de cualquier sistema moderno de democracia, antes de que se dieran las revoluciones estadounidense y francesa, Rousseau concibió uno en El contrato social. Imaginó toda una sociedad soberana en sí misma, una comunidad libre constituida por iguales.18 Sus ciudadanos se encargarían de elaborar sus propias leyes y respetarlas por discernimiento compartido, hacer responder de su incumplimiento a quien las quebrantase y renunciar a intereses particulares en pro del bien común. Rousseau era republicano en el sentido en que lo era Cicerón, aunque también demócrata para el pensamiento contemporáneo, al que ayudó a dar forma. Tanto los franceses como los estadounidenses destronaron a sus monarcas en revoluciones democráticas influidas en parte por él. Y si bien al exponer lo que sería posible con “tomar al hombre por lo que es y las leyes por lo que pueden ser” no estaba haciendo sino una conjetura optimista, ha resultado que su idea funciona. Llegado el siglo xx, los experimentos de Estados Unidos y Francia habían resultado prósperos, y la democracia se había extendido por el mundo. En nuestros días, reducido el autoritarismo a unos cuantos focos de resistencia (como el de Putin, a quien tanto admira Trump), los países más decentes no ven otra opción posible a la hora de elegir su forma de gobierno.

LA FRAGILIDAD DE LA COOPERACIÓN

En opinión de Hobbes, somos por naturaleza violentos y díscolos, y necesitamos un déspota que nos amanse. Para Rousseau, en cambio, nacemos inocentes y sociables, aunque también corruptibles en nuestra disputa por alcanzar posición social, y la llegada de un déspota es indicio de la decadencia y el desmoronamiento de la sociedad. Por lo tanto, conforme a su tesis, si Estados Unidos sigue siendo grande, Trump no se hará con la victoria; y si lo hace, no podremos recuperar nuestra grandeza, por más que él asegure lo contrario.

¿Por qué? Según Hobbes, la lucha de Trump y Christie por la “vanagloria” resulta inevitable, y no acabará de forma pacífica hasta que uno subyugue al otro y el otro se someta. Por lo tanto, el primero deberá seguir combatiendo con Mitt Romney, quien ha quedado convertido en el modelo de político del Partido Republicano. Tras las reprimendas paternalistas de éste, Trump se situó de inmediato por encima de él (“Podría haber dicho: ‘Mitt, ponte de rodillas’, y él lo habría hecho”).

Hobbes sostiene que dos rivales pueden mantener una relación de igualdad, y lo cierto es que es así, aunque sólo en cuanto súbditos de igual condición: solamente cuando el poder supremo de un tercero los intimide a ambos y los someta de ese modo a su dominio. Ése sería el soberano de Hobbes, que, sin embargo, nos deja con la siguiente pregunta: si nos imponen la obediencia, ¿cómo vamos a ser libres? A juicio de Rousseau, la libertad está reñida con el hecho de obedecer sin más, a punta de pistola o mediante el sometimiento, o en sumisión a un imbécil que nos ofrezca su pene. El poder no es igual a la autoridad. Para acatar lo que dicte esta última contamos con la razón. El gobierno tiene que ganarse la autoridad que ejerce sobre nosotros; pero ¿cómo?

Rousseau propuso una solución: podemos gobernarnos de manera colectiva, conforme a una serie de condiciones que estemos en situación de autorizar libremente con arreglo a nuestra razón común. Podemos acatar la ley con libertad, pues nos la hemos dado nosotros mismos. El soberano será entonces el propio pueblo, unido por su razón colectiva en la “voluntad general”, o interés público, que decide su suerte en comunidad en el seno de una democracia directa y mayoritaria. Dado que todos somos autores del derecho que nos rige, seguimos siendo libres aun cuando estemos sujetos a sus imperativos. Encontramos “una forma de asociación que defiende y protege con toda la fuerza común a la persona y los bienes de cada uno de sus asociados, y por la cual cada uno, pese a hallarse unido a los demás, no obedece a nadie más que a sí mismo y permanece, pues, tan libre como antes”.19

Por lo tanto, el hecho de participar como iguales en la sociedad nos transforma. Tal como lo expresa el pensador francés, el estado civil propicia “un cambio notabilísimo en el hombre”. “Al sustituir en su conducta el instinto por la justicia y otorgar a sus actos una moralidad hasta entonces ausente”, la “voz del deber” comienza a acallar el deseo y la simple inclinación. El deber ve cómo “se ejercen y desarrollan sus facultades, se entienden sus ideas, se ennoblecen sus sentimientos y se eleva su alma toda en tal grado que […] de un animal estúpido y limitado [surge] un ser inteligente y un hombre”.20

El imbécil nunca llega a elevarse a semejante “libertad moral”: podría haber sido un ciudadano hecho y derecho, dueño autónomo de sí mismo y de sus pasiones contradictorias en lugar de quedar subyugado a ellas; pero, por desgracia, como afirma Rousseau, “dejarse llevar sin más por el apetito es esclavitud, y la obediencia al derecho dictado por uno mismo, libertad”.21 Trump, por lo tanto, no es libre de hacer cuanto guste por ser rico y como tal incorruptible por intereses particulares, sino que es esclavo de sus propias pasiones ególatras: el modelo mismo de la falta de libertad.

Rousseau tenía la esperanza de que su visión fuera realista. El que podamos o no alcanzarla es una pregunta sin resolver. Somos sociables, pero se nos puede empujar a la violencia. Podemos mantener la fe en un contrato social, pero sólo si cooperamos en igualdad, con el debido respeto a nuestra condición de iguales. De lo contrario, nuestra inocencia natural —bien en la autoestima que nos impide compararnos con otros en actitud de envidia (como, por ejemplo, cuando nos lavamos los dientes por la mañana), bien en la compasión por los demás, que nos conduce a la reciprocidad, la generosidad, la clemencia, la humanidad, la benevolencia y la amistad— acabará por corromperse. Si cada uno necesita afirmar su propia valía, nos entregaremos a una lucha hobbesiana por posición y superioridad.

Para Rousseau, nos volvemos violentos cuando competimos, y esto hace que nos preocupemos por cómo somos en comparación con el prójimo (“amor propio”). El deportista se querría menos si no fuese el que más marca del equipo, si no fuera “el que manda” en el terreno de juego. La rubia de Texas salida de un episodio de Dallas que luce un anillo de diamantes colosal y conduce un BMW (pero de los buenos) no se adora por sí misma, sino por los puntos que se atribuye en la lucha por una posición social. El profesor que ha publicado tres —sí, sí: tres— artículos en Estudios sobre el Pleonasmo Analítico y se ha convertido con ello en el autor más citado de todos sus colegas, mitiga su inseguridad recurriendo a un historial académico por encima de la media.

Nos queremos, y eso es necesario; pero al mismo tiempo nos deja con la necesidad implacable de ser considerados iguales o mejores, de que otros nos reconozcan como dignos de respeto y consideración. Esto es precisamente lo que nos niega el imbécil. Por eso nos perturba tanto su escasa disposición a atender a nuestras quejas, por lo que hasta un encuentro breve con uno de ellos puede hacernos propensos a apartarnos con una deprimente sensación de impotencia o a volvernos violentos a fin de que nos oigan y, por ende, nos vean. Al omitir considerar siquiera nuestros intereses y protestas deja de tenernos por sus iguales, cuando lo somos y debemos serlo si queremos mantener sana y salva la concepción de nuestra valía.

¿Qué es lo que incendia nuestras preocupaciones relativas a la posición social? El juego, el combate, la sociedad que estima nuestro valor por el dinero, el talento o la belleza que poseemos; la lucha capitalista en la que la riqueza lo convierte a uno en vencedor, en alguien meritorio, admirado y envidiado, con independencia del origen de su abundancia; el combate político cuyos participantes pujan por obtener el favor de otros, someterlos o dominarlos; la sociedad, que otorga una importancia suprema al hecho de ganar, en el trabajo o en los deportes. Si nos queremos, lo normal es que tratemos de hacer patente nuestra valía; pero la competencia nos obliga a afirmarnos basándonos en nuestra «puntuación», en a quién hemos superado, con quién hemos empatado, contra quién hemos perdido o como quién desearíamos ser.

Rousseau tiene la respuesta a este problema: una comunidad libre conformada por iguales, una república unida por el reconocimiento mutuo. El experimento estadounidense, en su máxima expresión, constituye una, por imperfecta que sea. Hasta ahora ha funcionado. ¿Sigue siendo la suya una unión duradera? Lo cierto es que nunca ha habido un Trump tan cerca de un cargo tan alto.

Al dimitir, Nixon abandonó la Casa Blanca libremente, sin necesidad de que nadie ejerciera fuerza alguna. ¿Cabe contar con que Trump recurra a la razón cuando ya ha instigado a la violencia? ¿Amenazará con ésta en lo más acalorado de una discusión política, frente a un juez o un legislador, aunque sea “en broma” o con insinuaciones (cosa que, por supuesto, negará, convencido, más tarde)? ¿Hará caso omiso del derecho y el civismo por considerarlos “corrección política”? “Yo puedo ser —asegura— un presidente más creíble que cualquiera, menos el gran Abe Lincoln. Él sí que era presidencial”. ¿Habrá entendido la llamada que hizo Abraham Lincoln a “los ángeles mejores de nuestra naturaleza” y su proyecto unificador? ¿O es quizá la idea que tiene de “ser presidencial” otra más de sus gracias de hombre espectáculo?

C. Arnold McClure, de Shirleysburg (Pensilvania), se erige en estos términos en portavoz de no pocos de sus evangelistas:

Las poses del señor Trump, su estupidez, su rudeza, las descripciones simplistas que presenta sobre asuntos internacionales, su conducta…; somos muy conscientes de todo eso; sin embargo, hemos decidido darle nuestro voto. […] Sabemos que todos tenemos nuestros fallos y cometemos nuestros pecados, y que sólo puede sanarnos la gracia de Dios. Tenemos fe en que el señor Trump “busque al Señor” cuando se enfrente al deber abrumador de guiar a la nación más grande de la historia.22

Sin embargo, ¿podemos estar seguros de que de veras va a hacer esto último? Trump no es precisamente un hombre modesto, de los que rezan o piden perdón. No persigue que lo santifiquen, impulsado por el amor más que por el desdén. ¿Va a dejar de pronto de ponerse a él mismo en primer lugar? ¿Quién es lo bastante estúpido para dar por supuesto que es posible dominarlo? Igual que ha acabado con la “corrección política”, un mecanismo que amordaza a los evangelistas, podría dar al traste con otras muchas cosas, incluido uno de los países más grandes de la historia, poniendo fin a lo que lo hace grande. Las guerras de religión entabladas en Europa giraron en torno al empeño de protestantes y católicos en imponer sus doctrinas rivales. De aquel contexto surgieron las libertades de pensamiento, asociación, culto y expresión sobre las que se cimienta Estados Unidos. ¿Entiende este personaje autoritario lo que hace falta para garantizar su amparo jurídico? ¿Será capaz de abstenerse de echarlas por tierra cuando esto le suponga algún beneficio?

De hecho, tras los espantosos ataques terroristas de Bruselas, fue Ted Cruz quien ganó la carrera hacia el abismo cuando pidió que se efectuaran más patrullas en los barrios musulmanes “para evitar su radicalización”. (Cabe preguntarse si tal cosa suponía asaltar cafeterías e interrumpir partidas de ajedrez con la intención de efectuar interrogatorios, a pesar de que semejantes medidas no sólo resultan estrepitosamente ineficaces, sino que equivalen a actos de fanatismo que violan los derechos civiles constitucionales básicos.) Sin embargo, en una lucha de poder, no es poca cosa sacar tajada del miedo al fundamentalismo islámico mediante la creación de enemigos nuevos, como las familias mahometanas que vivían en sus caravanas. (El gobernador Kasich dio muestras dignas de encomio del autodominio que lo condenó a la última posición.) Trump, que es un triunfador, no dudó en sumarse a la iniciativa, aunque, al menos, es posible albergar la esperanza de que esté soltando embustes; Cruz se lo traga todo, haciéndose el santurrón, y quién sabe si podría incluso proseguir con tan peligrosas medidas en nombre de sus “principios” (o al menos de una simulación mojigata de tener tal cosa), sin importarle las consecuencias que pudieran acarrear para el país y nuestra constitución.

El experimento estadounidense se basa en la idea de que, tal como lo expresó James Madison, no somos ángeles ni demonios, pues ningún gobierno sería necesario en el primer caso ni posible en el segundo. Dado que la mayor parte de la humanidad se encuentra en algún punto intermedio entre ambos extremos, los fundadores no pudieron menos de mostrarse preocupados por el abuso del poder y dividieron éste en consecuencia. Para ello, siguieron el modelo de tres poderes —legislativo, ejecutivo y judicial—, separados pero equilibrados, que había propugnado Montesquieu, pues entendían que su acumulación constituía “la definición misma de la tiranía”. Sin embargo, la imposibilidad de efectuar un deslinde exacto lleva aparejada su propia fragilidad: el riesgo constante de una crisis constitucional sin resolución pacífica posible. Sólo la cooperación delicada y la cuidadosa supervisión de la autoridad mediante la contención mutua serán capaces de mantener la unión.

Esta cooperación se ha visto sacudida últimamente por la parálisis partidista, que Trump y Cruz han sabido aprovechar con creces y amenazan ahora con trastornar por completo. ¿Puede decirse que en semejante apuesta no hay “nada que perder”? Si la situación es poco prometedora, lo cierto es que aún podría empeorar, y mucho. Berlusconi hizo estragos en Italia durante muchos años, y el país aún se resiente de ello; el populista Hugo Chávez dejó Venezuela en la ruina, y nuestra unión, una de las repúblicas más grandes desde tiempos del Imperio Romano, puede sumirse en un autoritarismo semejante al de Putin, quien, como Trump en Estados Unidos, está resuelto a emplear la fuerza y la dominación en nombre de la restauración de la grandeza de Rusia. Los estadounidenses poseemos un poder judicial de gran fortaleza, y la autoridad presidencial se encuentra restringida (aunque cada vez menos); pero nuestra frágil separación de poderes tiene sus límites. Si amamos Estados Unidos —la idea y el país—, no podemos ponerlos a prueba mucho más.

Nuestra nación ha tenido siempre cierto cupo de políticos imbéciles, desde Aaron Burr hasta Huey Long o George Wallace. Ha durado gracias a “los ángeles mejores de nuestra naturaleza”, porque han sido muchos quienes, como Lincoln, han luchado por una unión más sólida y perfecta y contra la tentación de sembrar discordia en pro del poder y el provecho personales. En nuestros días, sin embargo, da la impresión de que aquéllos hayan abandonado el país y aun el planeta: los dos candidatos principales del partido de Lincoln son menos ángeles que demonios, y no dudan en mostrar su desdén para con la frágil cooperación que nos mantiene a flote. ¿Puede esperarse de ellos que la defiendan o lleguen a entender siquiera sus delicados requisitos? Y si la división se convierte en algo tan beneficioso, ¿quién los va a perseguir a ellos? Si imperan los imbéciles en la política, muchos de ellos con el apoyo incondicional de masas de votantes, y Trump y Cruz no dejan pasar la ocasión política que se les ofrece, la durabilidad de la república resulta más que incierta. Un presidente imbécil de las proporciones de Trump o de Cruz está llamado a desbaratar el delicado tejido de la cooperación sobre el que se sostiene nuestro experimento.

La solución resulta muy poco apasionante, pues consistiría no en depositar todas las esperanzas en una sola persona —un gran hombre, una gran mujer o un imbécil de los grandes—, sino en gestionar nuestra corrupción desde un punto de vista democrático, como integrantes de la república que somos, mediante la restauración gradual del tejido social.

 

Aaron James


1 Véase http://bit.ly/2aSQat5, excelente presentación infográfica basada en el estudio de Michael Norton y Dan Ariely sobre las interpretaciones erróneas de la distribución económica titulado “Building a Better America—One Wealth Quintile at a Time”, Perspectives on Psychological Science, 6 (2011), p. 9.

2 Para conocer lo que se expone a continuación, pero expresado por economistas, a modo de crítica interna, véanse Robert Driskill, “Deconstructing the Argument for Free Trade”, http://bit.ly/2bg3axd, y Dani Rodrik, The Globalization Paradox, Nueva York, W. W. Norton, 2011, en particular la sección titulada “What Economists Will Not Tell You”, pp. 61 y ss.

3 Da la casualidad de que quien suscribe estas líneas ha escrito un libro para mentes académicas sobre lo que sería la justicia en una economía globalizada: James, Fairness in practice: A Social Contract for a Global Economy, Nueva York, Oxford University Press, 2012.

4 http://econ.st/2aSPqEi.

5 Thomas Hobbes, Leviathan, ed. de Richard Tuck, Cambridge (Reino Unido), Cambridge University Press, 1996, p. 88. (Hay trad. esp.: Leviatán, Madrid, Editora Nacional, 1981.)

6 Martin Daly y Margo Wilson, Homicide, New Brunswick (Nueva Jersey), Transaction Publishers, 1988, p. 125. (Hay trad. esp.: Homicidio, Buenos Aires, FCE, 2003.)

7 H. W. Brands, Traitor to His Class: The Privileged Life and Radical Presidency of Franklin Delano Roosevelt, Nueva York, Doubleday, 2008, p. 260.

8 T. Harry Williams, Huey Long, Nueva York, Alfred A. Knopf, 1989, p. 708.

9 Ibid., p. 589.

10 Ibid., p. 298.

11 Michael E. Parrish, Anxious Decades: America in Prosperity and Depression, 1920-1941, Nueva York, W. W. Norton & Company, 1994, p. 164.

12 Richard D. White, Jr., Kingfish: The Reign of Huey P. Long, Nueva York, Random House, 2006, p. 248.

13 Machiavelo, op. cit., p. 65.

14 Theodor Adorno y otros, The Authoritarian Personality, Nueva York, W. W. Norton, 1993. (Hay trad. esp.: La personalidad autoritaria, Buenos Aires, Proyección, 1965.)

15 Steven Pinker, The Better Angels of Our Nature: Why Violence Has Declined, Nueva York, Viking, 2011. (Hay trad.esp.: Los ángeles que llevamos dentro: el declive de la violencia y sus implicaciones, trad. de Joan Soler Chic, Barcelona, Paidós, 2012.)

16 Todo lo descrito es real. El lugar es la isla de Nīas, sobre la costa de Sumatra, azotada por los terremotos y tsunamis de los años citados.

17 Elinor Ostrom recibió el Nobel de Economía por su estudio de la incidencia mundial de esta clase de sistemas de administración del bien (en caladeros o bosques, por ejemplo).

18 Joshua Cohen, Rousseau: A Free Community of Equals, Oxford (Reino Unido), Oxford University Press, 2010.

19 Rousseau, Of the Social Contract, ed. cit., libro 1, cap. 6, pp. 49-50.

20 Ibid., p. 53.

21 Ibid., p. 54.

22 http://nyti.ms/2bviPux.

 

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