Su conquista es la insolencia. De su boca dispara epítetos que irremediablemente generan polémica. La imprecisión que permea en sus declaraciones es sinónimo de su necesidad de acaparar los reflectores, show y más show. Es racista, sexista, intolerante, recurrente, colérico, egocéntrico.

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Donald Trump figura en las primeras planas de los diarios con sus aberrantes declaraciones, como cuando dice que quiere construir un muro en la frontera con México para evitar que existan ilegales; prohibir que los musulmanes visiten Estados Unidos; desea afianzar los lazos del gobierno estadunidense con Rusia porque observa que Vladimir Putin es uno de los políticos más inteligentes; alguna vez compartió en Twitter una frase de Mussolini, entre otras torpezas. “Así como dice una cosa, dice otra”, como diría un personaje de Chespirito. A estas alturas de sus pretensiones presidenciales ya es ocioso contar la cantidad de veces que rectifica lo que expresó, culpa a la prensa, a los medios de ineptos, a cualquier persona. “Era sarcasmo”. Pero si estaba clarísimo para todos y no lo comprendieron, sólo le falta advertir. En cada uno de sus actos de campaña aprovecha la agitación actual para desmarcarse de lo que considera “políticos que son todo palabrería y no hacen nada”.

Trump señala con su dedo flamígero quiénes son esto o aquello, vive enfermo de poder y de la necesidad de ser visto y escuchado aunque diga una sarta de estupideces. Precisamente de eso se trata este análisis que hace Aaron James, filósofo de la Universidad de Harvard: Trump. Ensayo sobre la imbecilidad. (Traducción de David León Gómez, editorial Malpaso. Madrid, 2016).

Aaron James advierte: “Tratar con imbéciles constituye un desafío particular en una sociedad amplia”. Carlos María Cipolla, historiador italiano, exploró el controvertido asunto de la imbelicidad formulado en su famosa Teoría de la Estupidez que se encuentran en su libro Allegro ma non troppo. Desarrolla una visión de la gente estúpida como un grupo más poderoso que grandes organizaciones como la Mafia, el Complejo Militar Industrial (MIC), o la Internacional Comunista. Desde su visión, el grupo de los estúpidos, sin reglamentaciones, líderes o manifiestos, consigue ejercer un gran efecto con una atinada coordinación.

 Cipolla distingue cuatro leyes esenciales de la estupidez:

1) Siempre e inevitablemente cualquiera de nosotros subestima el número de individuos estúpidos en circulación.

2) La probabilidad de que una persona determinada sea estúpida, es independiente de cualquier otra característica propia de dicha persona.

3) Una persona es estúpida si causa daño a otras personas o grupo de personas sin obtener ella ganancia personal alguna o, incluso peor, provocándose daño a sí misma en el proceso.

4) Las personas no-estúpidas siempre subestiman el potencial dañino de la gente estúpida; constantemente olvidan que en cualquier momento, en cualquier lugar y en cualquier circunstancia, asociarse con individuos estúpidos constituye invariablemente un error costoso.

Y ubica cuatro tipos de personas:

– Inteligentes: benefician a los demás y a sí mismos.

-Incautos o desgraciados: benefician a los demás y se perjudican a sí mismos.

-Estúpidos o imbéciles: perjudican a los demás y a sí mismos.

-Malvados: perjudican a los demás y se benefician a sí mismos.

A partir de lo estrictamente económico y utilitarista, Cipolla expone que es preferible un malvado a un estúpido, puesto que las actividades del malvado a la postre significan que algunos bienes cambian de manos, mientras que las actividades de los estúpidos no presuponen beneficio para nadie (como en el caso de Trump). James recuerda a Platón en su Fedón cuando dice: “Nada puede hacer el hombre prudente cuando se enfrenta al loco”.

¿Por qué siguen a Trump?

Aaron James sabe que una persona estúpida es el tipo de ser humano más peligroso que puede existir. Bajo esa premisa se desarrollan sus argumentos que cobran solidez en estas páginas. A James le sobran ejemplos, han existido varias ocasiones en donde las palabras estallan (o resbalan) en la boca de Trump, aun cuando su cerebro no ha terminado de procesarlas.

“Para muchos, el valor de Trump radica sobre todo en una estratagema de gestión de imbéciles, ellos, a uno mayor y más perfecto que todos con la esperanza de propiciar cierto orden para beneficio público”, refiere James.

Trump convence a gran parte de la clase trabajadora de Estados Unidos porque tiene un fuerte discurso en relación al comercio y alguna que otra idea inspirada en políticas de izquierda. Está furioso con la exorbitante cantidad de tratados de libre comercio en los que está metido el gobierno; tampoco apoya a las empresas que trasladaron sus centros de producción a otros países porque la mano de obra allí es más barata. De hecho, dijo que si gana la presidencia llamará a cada uno de los líderes de esas empresas para advertirles que si no regresan, elevará los aranceles a pagar.

El empresario millonario, al parecer, tampoco no se detendrá para meter mano en una de las industrias más controversiales, la farmacéutica. En uno de sus discursos, dijo que bajo su dirección el gobierno podría empezar a hacer una oferta competitiva en esta industria.

Otros de los temas abordados por él es la milicia. Ha externado su indignación por los altísimos precios que se pagaron por aviones de guerra durante la presidencia de George W. Bush. Afirmó que el Estado está obligado a comprar aviones pésimos, pero muy caros gracias a la influencia que ejercen los grupos de presión de la industria.

James está consiente que Trump no persigue el poder para toda la comunidad, su ideología de la grandeza de los Estados Unidos se resume así:

a) Problema. La nación se encuentra en decadencia.

b) Responsable. La corrección política y las normas de urbanidad que nos están paralizando.

c) Resolución. El uso discreto de la violencia constituye un remedio adecuado.

d) Héroe. Trump, que abonará las costas legales para que sus seguidores actúen como sea necesario.

No es un mentiroso, como describe Aaron James, sino un embustero para quien la verdad es casi irrelevante. Lo que importa es el efecto que tienen tales declaraciones en su auditorio.

Desde la perspectiva de James es claro que hoy la política permite que un hombre espectáculo atraiga la atención de los medios de comunicación y sea el centro de las conversaciones informales al margen de los programas políticos. “Trump lo es, y es capaz como nadie de deslumbrar y hasta de gustar a su público. No tiene rival a la hora de desplegar las artes propias del imbécil —bien como matón de patio de colegio, bien como boxeador dado a humillar al oponente—: es un espectáculo en sí mismo. […] El placer que nos proporciona el espectáculo y la confusión que nos provoca su persona, nos dejan con cierta sensación de inquietud y le dan a él rienda suelta para hacer poco menos que cuanto le plazca”.

El analista observa la presencia de Trump como un recurso desesperado por amansar un sistema político corrupto, “quizá haya racistas e intolerantes entre quienes lo adoran; pero la mayoría apoya sin más cierta estrategia de gestión de imbéciles”.

Aaron James desmenuza con habilidad los desaciertos de un empresario como Trump en la política de los Estados Unidos. No obstante, una pregunta ronda en sus reflexiones y no deja de ser inquietante: “¿Por qué hay tantos dispuestos a probar suerte con él?”.

 

Mary Carmen Sánchez Ambriz

Periodista cultural, ensayista y editora freelance.