En Cuentos de Galitzia (Acantilado) Andrzej Stasiuk propone un registro de los habitantes de un pueblo galitziano a través de una sucesión de viñetas. Resulta un redescubrimiento de la memoria. “Andrzej Stasiuk es un gran estilista, con una enorme finura para la descripción minuciosa que alumbra personajes y situaciones”, escribió Irvine Welsh. Publicamos uno de los relatos incluidos en el libro.

galitzia


Cuarenta y pico años, la cara de zorro ladino y el cuerpo más seco que un sarmiento. El último tractorista del PGR1, ya que el tractor también es el último, y nuevos ya no habrá. Nunca. Pero Józek no conoce esa palabra, pues pertenece al cam­po de la imaginación; y, como de costumbre, en medio del tiempo estancado se esfuerza por insuflar un poco de vida en aquel fiambre de hierro. Porque si su tractor sigue en cir­culación es sólo porque Józek sabe qué desmontarle a quién.

—Y para qué demonios le sirve el alternador… si de to­dos modos no sabe conducir —masculla para sus adentros, manejando a oscuras una llave del 19 con la misma preci­sión que un chino los palillos. Enseguida le pegará el cam­biazo con su chatarra, untará de barro los tornillos que ha sacado y nadie se dará cuenta.

 

En el paisaje de un mundo agonizante, entre despojos de máquinas y mecanismos inertes, a mitad de camino entre una sembradora oxidada y una fragua muda y fría, su figu­ra conserva la movilidad. Tiene cuarenta y pico años, pero es viejo. Data de los tiempos del paraíso.

—¡Tío! Que si trae el cemento, que si llévate la lana, que si vete a por abono, a por gasóleo… Los clientes hasta se pegaban, porque en aquel entonces quien iba de autóno­mo, se llevaba antes unas leches que un saco de cemento. Y aquí a nadie se le daban bien las cuentas. El viejo tam­poco podía decir nada como no te pillase con las manos en la masa. ¿Echarme? Y quién le hubiera venido aquí, hasta esta Ucrania. Y ahora…

Se encoge de hombros, señala el remendado asiento y arranca, inocente como un ángel, como un niño, como un ser de cuando Dios aún deliberaba sobre el concepto del pecado.

Los desheredados viven en el presente. Si acaso poseen algún pasado, se trata de un recuerdo, de algo igual de in­definido que el futuro.

Había ido a parar allí desde los alrededores de Limano­wa. No por decisión propia. Lo trajeron sus padres cuando tenía pocos años. En medio de aquel yermo pudo observar y memorizar la creación del mundo. La realidad del PGR era el universo. Allí se nace, se vive y se muere. Nada de ocho horas en la fábrica, un trayecto en tranvía y después la inti­midad del hogar. Las mismas caras en el trabajo, las mismas en el camino embarrado que hace las veces de paseo, plaza mayor, lugar de escarceos amorosos y reyertas. Nunca vie­ne nadie nuevo, a veces alguien se va. Incluso el cuartel es provisional, pues en él se espera a que pase el tiempo de paz.

 

¿De qué memoria estarían dotados los primeros seres hu­manos? Supongo que sería inversamente proporcional a su libertad. Esta correlación, más que cualquier otra, nos aproxima a los animales.

En cierta ocasión, de camino al bar, le pregunté para qué llevaba en la manga aquella palanqueta.

—Yo allí no los conozco a todos. No se sabe quién es amigo y quién enemigo.

Una vez me lo encontré en la cuneta, durmiendo a pier­na suelta en su tractor escorado. Solía dormir allí donde le entraba el sueño.

Así pues, entregado por completo a los sentidos y a la cautela, al razonamiento instantáneo para salir del paso. “Cuando comas, come. Cuando bebas, bebe.” Son los con­sejos que dan los maestros zen a sus discípulos. Probable­mente provocarían en Józek sincera hilaridad. Los maes­tros pierden un montón de tiempo en descubrir las verda­des fundamentales. Pero incluso él practicaba la reflexión si le podía proporcionar consuelo.

Un día me lo encontré en el bosque. Sentado en su trac­tor, pisaba a fondo el acelerador y se iba hundiendo lenta­mente en la ciénaga. Con optimismo ebrio confiaba en es­capar del abismo fangoso, aunque el barro ya se le metía en las katiuskas.

—No pasa nada. Así es la vida —repetía a cada instan­te—. A veces las cosas salen bien y a veces no.

Sin duda a las mentes sencillas se les da mejor la interpre­tación de la realidad. La civitas del PGR estaba cimentada sobre el principio de comunidad. Sirviéndose de la nava­ja de Ockham, Józek había llegado hasta la última conse­cuencia de la fórmula “A cada uno según sus necesidades, de cada uno según sus capacidades”. En el fondo, este pos­tulado no suponía limitación alguna, pues las posibilidades del hombre son difíciles de determinar, su presentación se adecua a las circunstancias y está controlada por la razón. ¿Y qué decir de las necesidades, cuyas raíces se hunden en el oscuro e irracional albedrío?

De modo que daba lo que quería y tomaba cuanto po­día, adaptando la filosofía racional a la impulsiva natura­leza del hombre.

Tengo la vaga corazonada de que si el sistema del que Józek constituía una remota sucursal acabó por desmoronar­se, no fue gracias a la oposición de unos pocos que subli­maban la virtud, la verdad y la honradez. Estos valores, por supuesto, son bellos, pero demasiado abstractos y de todo punto insuficientes para construir una existencia viva. Si la estructura lógica, mecánica y también abstracta del sistema saltó por los aires, fue porque en su interior vivían Józek y sus hermanos y hermanas, una legión de desheredados li­bres de los lastrantes preceptos de la moralidad, la religión y la memoria. Entregados a los instintos, atentos a los inci­tantes ronroneos de la naturaleza, formaban una masa que ni la estructura más ingeniosa podía contener.

 

Cierto día de invierno me quedé atascado de tal manera que ni con la tracción a las cuatro ruedas conseguía moverme hacia delante o hacia atrás. En ésas estaba cuando acertó a pasar él. Enganchamos una cuerda y me remolcó a través de un kilómetro de dunas de nieve.

—Invitas a una botella —dijo de broma, arqueando en una sonrisa su hocico de zorro.

Y yo le respondí en serio:

—Invito.

Y nos fuimos a beber.

El bar estaba frío y desierto, no había más que la camare­ra de pie tras una pirámide de jarras que parecía un prisma de hielo. A la tercera ronda descendió al cuerpo de Józek el espíritu de Raymond Roussel y empezó a dictar a través de su boca un Locus Solus zurcido y remendado. Como si el es­critor quisiera desquitarse del desprecio sufrido en su en­carnación anterior. Sólo que el espíritu había sustituido las refinadas asociaciones de sonidos y significados por una cla­ve logopédica consistente en combinar con la mayor facili­dad posible unos cuantos cientos de palabras (pues no son más las que componen el vocabulario de Józek) en fluidas retahílas capaces de describir la totalidad de la existencia. Es una cuestión de comodidad de la lengua, de facilidad, literalmente, para mover este pedazo de carne en la boca. Józek no se traba, no vacila nunca y siempre parece dar en el blanco, pues no rectifica ni puntualiza nada. Józek se apoltrona y, un vaso de vodka más tarde, se transforma enteramente en elocuencia que repercute en el mundo, en la realidad entera, ¡digo!: influiría hasta en el cosmos como el agua regia en los metales. La continuidad de los hechos desaparece, desaparecen causas y efectos, desaparece el pe­cado junto con la historia. Todo sucede a la vez, comienza antes de tiempo y toca a su fin sin haber empezado. Vaso a vaso, Józek va dando muerte al tiempo, llevando a cabo una delirante disección que deja al desnudo el endeble esque­letillo sobre el que desplegamos esfuerzos, logros, planes y esperanzas. En este torrente desaparece incluso el propio Józek como frontera entre lo que fue y lo que será. Sí, ahí sigue sentado al otro lado de la mesa con una dejadez que aumenta sin cesar, escurriéndose respaldo abajo y, con una avidez igual de creciente, da caladas al cigarro hasta que sus mejillas parecen tocarse por dentro. Pero su existencia se vuelve problemática. Del eje temporal desaparece el punto cero. Al cabo de una hora, terminada la botella, ya en ple­na tregua cervecera, cambia mi nombre por algún otro que antaño formó parte de su vida. Al rato lo encuentra de nuevo y me invita al futuro, a pescar en primavera unas truchas que han aparecido en su mente como lejana reminiscencia infantil que lleva a remolque unas cuantas historias más. Es una maraña de sendas que se ramifican. Józek no elige el ca­mino. Va donde lo llevan las sílabas cómodas, el parecido de los nombres o el azar de su mirada ebria.

Józek —entonces, hoy o mañana— nada como un pez en el océano. Su estela siempre adopta la forma del doble lazo del infinito. Empina la botella y, con un borboteo, se traga la cerveza y, junto con la cerveza, su propia cola, porque Jó­zek es una serpiente ancestral, tal vez Leviatán, es decir, una variante del caos con la que Dios, a pesar del tiempo trans­currido, no ha sabido apañárselas, o quizá no haya querido por no facilitarnos en exceso la tarea.

Por fin, como dándose cuenta de que sólo un gesto pue­de liberarlo de la verborrea, se levanta, encuentra el equi­librio, busca la bufanda, pero no la ve porque la lleva col­gando de la espalda como una gran lagartija verde, farfulla no sé qué más y sale.

Monta en el tractor, que, al igual que el caballo expe­rimentado al cochero traspuesto, lo llevará hacia nuevos fraudes, estafas menudas y quites, esos secretos de la exis­tencia autónoma. Porque Józek es autónomo y aunque su libertad vaya englobada en cierta necesidad, él no tiene la menor idea de ello.

Con la misma desenvoltura con que se entrega a sus peca­dos capitales predilectos, se planta en la iglesia el domingo por la mañana. Está de pie frente al altar, con unos panta­lones azul marino, una camisa blanca y una chaqueta ver­de, todo ello de fiesta y de plástico. Cuando se arrodilla, cuando se persigna, saltan chispas eléctricas con un leve chasquido. La mujer peinada, los niños duchados, sin em­pujarse ni chistar. La mesa es sencilla y está cubierta con un mantel de encaje y Józek sabe, aun sin ser consciente de ello, que incluso a él le toca una parte del perdón; que, se­gún la aritmética del mundo, a cada pecado le correspon­de una migaja de blanca hostia. Por eso, su cara zorruna se muestra tranquila. Está en su terreno. Se deja llevar por el curso de las cosas. Józek: un ser caótico y cósmico al mismo tiempo. Ningún extremismo le afecta. Cuando termine la ceremonia, una vez lo de Dios haya sido devuelto a Dios, él regresará a su mundo. El humo de los cigarrillos Popularne se mezclará con el aroma de las velas recién apagadas y el incienso, porque los hombres dejarán salir primero a las mujeres y se quedarán celebrando asamblea a la puerta de la iglesia, debatiendo sobre el resto del día libre.

Desde el lugar donde se alza el templo se ve el PGR como en la palma de la mano: un monte blanco y liso que se eleva suavemente hasta un horizonte cerrado por el peine de un bosque. Unos cuantos edificios: pesadas barcazas, sarpu­llidas y míseras, atrapadas en un viaje a ninguna parte, in­movilizadas sobre una gigantesca ola blanca. Leñeras y pa­jares. Las prendas tendidas a secar se entrechocan y chas­quean como cachos de carne congelada. El viento que viene del desfiladero trae torbellinos de nieve. Así es el mundo de Józek. Una realidad amorfa y apática en la que la gravedad de la materia afecta a objetos y cuerpos por igual. El tiempo tiene forma esférica. Quienes mejor lo saben son las muje­res. Para ellas se divide en ciclos de nueve meses. Entre un parto y otro atienden los de las ovejas y algunas de ellas lle­gan a alcanzar cierto parecido con los animales en cuanto al número de alumbramientos. Cinco hijos, siete, nueve…, los suficientes, en cualquier caso, como para creer que la vida no es sino una cadena infinita de nacimientos y muertes. La única manera de escapar de ese círculo es mediante la virtud o el delito. La primera, Józek la cultiva en la me­dida en que es necesaria para vivir entre la gente. Lo hace con moderación y a regañadientes. Pero cuando suelta su: “¡Menuda cogorza, compadre!” o cuando habla de “los tiempos de Gomułka” o “los de Gierek”, desde el punto de vista de la cantidad de robos y lo fácil que era cometerlos, en su voz resuenan un orgullo y una complacencia que no se esfuerza en disimular. Como si tales actos constituyeran la medida de la independencia, como si a través de ellos sal­vaguardara su existencia individual y le confiriese sentido.

Lo vi por última vez en verano. Pantalones de dril, camise­ta interior y una boina negra desvaída. La piel tostada por el sol y en la boca una colilla perpetuamente encendida.

—Tío, los checoslovacos me han llenado de lapos el trac­tor. Les habría arreado, pero ninguno quería pelear.

Se encontraba haciendo la siega junto a la frontera eslo­vaca. A un lado el PGR polaco, al otro el extranjero. Los de allí iban a bordo de Zetor rojos con cabina insonorizada y radio dentro, anticipo del siglo XXI. Al ver el trasto de Jó­zek no pudieron contener la risa.

A la semana estaba muerto. Aquel verano el sol volvía el cielo incandescente. Doce horas bajo la solana y la máqui­na ardiendo como un horno. Los compañeros me contaron que aquel día no había nada que echarse al coleto. Ni un trago de cerveza o vino del país. En pleno mediodía Józek ahuyentó a las ranas de una ciénaga estancada y se hinchó de agua. Al parecer lo mató el líquido traicionero.

Cuando los médicos del hospital lo abrieron, afirmaron que su cuerpo parecía tener al menos cien años.

 

Cada vez que pienso en él, me pregunto si se habrá salva­do. Él y las legiones de congéneres suyos. No en vano cons­tituían en cierto sentido una nueva tribu, un pueblo al que no había llegado la buena noticia ni ningún nuevo após­tol Pablo. La iglesia de la colina a la que acudía los domin­gos era un testimonio del dualismo del mundo. Podía uno entrar en ella y lavar sus culpas para sumergirse de nuevo en una realidad en la que las categorías de virtud y pecado no eran transparentes, se interpenetraban mutuamente al igual que la tiniebla y la luz antes del primer día de la crea­ción. ¿No podría haber surgido en la mente de Józek la in­tuición de que el templo era una sucursal del caos circun­dante, instituida para que él, Józek, pudiera someterse una vez por semana a una particular psicoterapia que le asegu­raba la tranquilidad de espíritu?

 

Andrzej Stasiuk (Varsovia, 1960)
Escritor. Ha publicado: El mundo detrás de Dukla, Nueve, Mi Europa y De camino a Babadag, entre otros libros.

Traducción del polaco de Alfonso Cazenave.


1 PGR (Państwowe Gospodarstwo Rolne): Cooperativas agrícolas es­tatales de gran tamaño, al estilo del koljós soviético, existentes en Polo­nia entre los años 1949 y 1991.

josek