Ernesto Mallo editó y prologó la antología Madrid negro (Siruela), un recorrido por los barrios representativos de la ciudad. Publicamos el relato de Marta Sanz incluido en el libro. Mallo afirma en el prólogo: “Pasión, sexo, muerte, delirios urbanos desnudados por una decena de los escritores que se encuentran entre los más destacados del mundo hispanoparlante de estos momentos”.

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Todas las mañanas abro los balcones y miro el punto de fuga de mi calle hacia el cielo. Las líneas se van estrechando hasta juntarse y yo descanso la vista perdiéndola en algún lugar impreciso. Es una acción geométrica e higiénica. Después me fijo en algunas co­sas un poco menos metafísicas. No se puede andar siempre en el limbo: mi vecino de enfrente sale a su balcón minúsculo a tomar el fresco en camiseta y se sienta en una silla de playa como si vi­viese en un pueblo. Yo hago lo mismo por las tardes a la entrada de mi pequeño negocio. Porque esto antes era una irreductible aldea gala. Un Brigadoon. Hoy nos parecemos más a un parque temático o a un shopping center, y casi todo lo decimos en inglés: hemp store, greek food, smart phone, gay friendly… En el balcón contiguo al del hombre de la camiseta, una mujer, que debe de ser editora de una revista femenina, mantiene larguísimas conversaciones telefónicas. Habla estresada y con una voz aguda que hace pensar en pájaros. Utilizo la palabra “pájaros” en general, para no usar un pájaro feo en particular. Lleva unas gafas con una montu­ra que le tapa casi toda la cara. Por la voz, yo diría que es una tía horrorosa. Con el tabique nasal desviado y ojillos de cuervo —el pájaro ha echado por fin a volar—. Habla para que todo el mundo se entere: “No, le he dicho que no podemos hacer la portada con ese tres cuartos. ¿Que se ha puesto malita? A las diez la quiero en el estudio”. La mujer, que en realidad es una señora inflexible, a veces organiza fiestas en su loft. Los invitados salen a fumar a los balconcillos. La editora de la revista y sus amigos me enferman. Yo fumo tranquilamente dentro de mi casa y hablo por teléfono sin que nadie me oiga. Preservo mi intimidad. Soy un hombre res­petuoso que está enamorado de una frutera.

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Todas las mañanas, después de descansar la vista dejándola bam­bolearse sobre un lugar impreciso, me dejo de geometrías y nubes de pedos, y me convierto en un hombre de acción. Me tomo un café con leche en uno de los pocos bares como Dios manda que quedan en mi barrio. Mi elección es una elección militante. La grasa —grasa polimorfa, magnífica, excelente grasa sabrosa— de los churros dibuja estampados adamascados en la superficie de mi café. Por motivos profesionales, sé mucho de estampados, bibe­lots, lamparillas y porcelanas. Pero no soy marica. En el bar con­verso con Paquito, el dueño, mientras él coloca los torreznos y las gambas con gabardina sobre la barra. A veces fríe unas alitas de pollo que impregnan con un inconfundible aroma los recovecos del bar. El barrio cambia de un día para otro y a menudo no reparo en que ha echado el cierre una bodega donde dispensaban vino a granel o una relojería de las que aún arreglaban las tripas y el apa­rato circulatorio de los relojes. “Suizo. ¡De primera calidad!”, me instruía no hace tanto Germán, el relojero. Ahora ya nadie arre­gla nada, ahora jugamos a fabricar cosas como si fuésemos niños: platos de alta cocina, alacenas, pitillos liados. Yo antes iba mucho a un local donde un manitas te reparaba igual una plancha que un transistor. Ya no hay transistores. Me gustaba verlo mirar y remirar un artilugio, por abajo y por arriba, toquetearlo, buscarle el misterioso habitáculo de la pila contaminante, hasta encontrar la falla. El punto de débil. Paquito es mi toma de tierra. Mi espía. Yo soy demasiado quijotesco. Pero Paco es un gran observador: “Han abierto otra tienda de bicicletas”, “En la Corredera baja, ¡otra peluquería!”. “Y otra óptica de esas donde sólo venden mo­delos de gafas para la hormiga atómica”. “Otra barbería pija. No quiero ni pensar lo que deben de cobrarte ahí por un afeitado. Y a qué se saldrá oliendo. A compota de manzana. No, no lo quiero ni pensar”. “¿Has visto esa tienda de curiosidades, Blas? Un cojín con forma de paletilla de jamón es una curiosidad, Blas”. Paco y yo no vamos a quedarnos de brazos cruzados mientras nuestro territorio es invadido por seres y costumbres alienígenas. En lo que a nosotros respecta se está acabando el mundo. A través de las paredes, los fantasmas nos gritan que no los dejemos solos. Un bailarín de chotis, un churrero, un viejo roquero de los que nunca mueren, el dueño de un colmado a la antigua usanza. Los jubilados nos aplaudirían si conocieran nuestras purificadoras intenciones. No se trata de nostalgia, sino de repeler al invasor de este barrio de héroes de la guerra de la independencia. Paco y yo seremos el ozono-pino de las calles. La furia insecticida contra el enemigo-cucaracha.

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Todas las mañanas, tras el café, hago mis compras. Azucena ha nacido aquí y ella también ha visto cómo las calles se iban trans­formando hasta adquirir un color —rosa chicle, anaranjado, vaini­llita…— y un olor a cupcake que no le resulta familiar. Los olores que suelen complacernos son los que nos resultan familiares: el cocido de los menús de los miércoles, el flan chino Mandarín que me preparaba mamá. “Estomagadita estoy, Blas, estomaga­dita”, me dice mientras me pesa unas picotas que tienen una pinta excelente. En la frutería, Azucena está maquillada desde las siete en punto, con las puntiagudas uñas pintadas de rojo y el pelo teñi­do de peluquería; es una cincuentona absolutamente artificial y nada nude, que es como se llevan las chicas ahora. La frutera de mi corazón despacha al ritmo de la música de AC/DC o Black Sabbath. Todo lo demás le resulta light a mi frutera. Cuando éramos jóve­nes tuvimos un rollo y yo le regalé un disco de Mecano que acabó con nuestra relación en cinco minutos. Ahora he aprendido. Azu siempre era la última en salir de los garitos de rock de la zona y se fumaba unos trompetones de tres papeles impresionantes. Ahora la tienen quemada las tiendas de marihuana terapéutica —“¡Me descojono yo de la marihuana terapéutica!”— y esos mercadillos de verduras ecológicas donde te venden patatas florecidas y melo­cotones picados. “A precio de oro, Blas”. Azucena saca aún más brillo si cabe a una de sus preciosas manzanas parafinadas. Y me la mete, de regalo, en la bolsa. Es mi Eva. Me guiña el ojo. Me encan­taría que Azucena fuese mi media naranja y mi rodajita de melón, así que me siento eufórico cuando la frutera roquera me dice que se nos ha unido. Paquito, el tabernero, y yo hemos organizado un comando y Azucena me confirma su adhesión mientras compro medio kilo de judías verdes y un calabacín: “Me uno, Blas. Esto ya pasa de castaño oscuro”. Ella me sonríe y yo me la imagino enfun­dada en nuestro mono de camuflaje contorsionándose como Cathe­rine Zeta Jones. Va a ser una eficaz lugarteniente. Una capitana va­lerosa. Nuestra enfermera si salimos heridos en una emboscada. Azu, mi vendedora de néctares y frutas, huele a apio de sopa hecha en casa y a fresas salvajes. No la llaméis nunca verdulera. No os lo podría perdonar.

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Me llamo Blas Zulueta y soy anticuario. Compro y vendo objetos imposibles. Por ejemplo, cojines tapizados en telas adamascadas o una copa de cristal violeta que esconde en su interior un raton­cito de alabastro. Enganchado al filo de la copa, un gato siamés, también de alabastro, escruta al ratón. A veces, Azucena me dice que, en realidad, los objetos que yo compro y vendo son igual de inútiles que los de las nuevas tiendas de curiosidades. “Si me apu­ras, son incluso más inútiles, Blas”. A Azucena le gusta meter el dedo en la llaga: “En las tiendas de curiosidades por lo menos ven­den alfombrillas para el ratón, termómetros de vino y relojes que marcan la hora al revés”. Es una borde, pero a mí me tiene cada día más enamorado. Llevo varios meses inflándome de calabacines y judías verdes, que son las dos únicas verduras u hortalizas que puedo comer sin que me dé colitis. Desconozco las genealogías de las especies vegetales y sólo me interesa el nombre de una flor: Azucena. Ella y yo nos hemos unido mucho desde que pertenece­mos al comando. Como no tengo muchos clientes, algunos días al caer la tarde, ella me hace una visita y nos sentamos a la puerta de mi negocio para planificar nuestros ingenuos crímenes con la con­nivencia de ciertos policías municipales que hacen la vista gorda. Paquito se nos une en cuanto ve que puede dejar solo en el bar a Agustín, un camarero de los que aún llevan pajarita, pasan la baye­ta por encima de la barra y, al recibir propina, cantan: “¡Booote!”.

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Empezamos a acometer acciones de sabotaje con nocturnidad y alevosía. Resulta muy difícil porque las calles de nuestro barrio casi nunca están completamente desiertas. Por la mañana, la gente sale a trabajar, los niños van al colegio y los repartidores dejan sus furgonetas en medio de la calzada para descargar cajas de cerveza o de refrescos. Luego salen las mujeres arrastrando sus carritos para hacer la compra. Otras están permanentemente apostadas en sus barandillas, oteando cualquier acontecimiento de la calle, cómpli­ces de imaginarios somatenes. Por la noche, las mujeres salen a la fresca en camisón y riegan con cubos de agua sucia a los alborota­dores. En el segundo B del número 20 de mi calle hay una señora momificada hace años: parece uno de esos maniquíes con que los modernos adornan sus balcones. La única diferencia es que esta mujer no está desnuda ni es calva como los maniquíes de plástico, sino que lleva el pelo de lavar y marcar, muy arregladito. Es muy probable que tanto la momia como las espías en batín silenciasen nuestros crímenes. O que, si avistaran un peligro en lontanan­za, graznasen como ocas que defienden el cotarro de los mismos granjeros que después van a sacarles a lo bestia el foie. Los turistas japoneses hacen fotos a los azulejos de la farmacia que anuncian emplastos porosos y Diarretil Juansé, y los profesores de instituto les explican a sus alumnos quiénes eran los personajes cuyos nom­bres están escritos en el centro de placas conmemorativas —Rosa Chacel vivió en la calle San Vicente Alta— o por qué otra calle se llama Daoíz y Velarde, Manuela Malasaña, Ruiz. Los niños dispa­ran con sus móviles y nosotros no queremos ser atrapados en una imagen para la que no hayamos posado previamente. La Interpol podría descubrirnos en uno de esos descuidos. Entramos en los supermercados con gorrita de visera. Manchamos con aerosoles de pintura los ojos de las cámaras que vigilan ciertas calles. Cualquier precaución es poca. Por la tarde, los transeúntes se meten en los cafés para jugar al Risk o al Monopoly y, ya de noche, los locales de copas abren sus puertas y la chavalería empieza a hacer botellón congregada alrededor de coches y portales. Buscan huecos que ocupan parasitariamente. Aprovechan cualquier recodo, el escalón de cualquier portal. Convierten en un pisito de estudiantes cuatro metros cuadrados de adoquín, como aquel mendigo que una vez me llamó la atención: “¡Tío, estás pisando mi casa!”. Yo, como casi siempre, iba distraído como un idealista cualquiera. Las calles de madrugada, incluso entrada la mañana, albergan a los últimos de la noche y enseguida vuelven los que salen a trabajar y se encuentran con los últimos de la noche, vomitando al pie de una farola, las mujeres con sus carritos y los transeúntes japoneses o nacionales. El producto interior bruto. La pata negra.

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Así que resulta difícil encontrar el momento para llenar de parafi­na las cerraduras de una de esas falsas mercerías donde te enseñan a hacer punto o vainica doble, trabajitos manuales, a pintar jarri­llos de barro. Antes estas enseñanzas las dispensaban las monjitas y si el derecho no te quedaba igual de bonito que el revés, si te salías de la línea del ojo de la pastorcita de escayola, te arreaban una colleja. In illo tempore en que aún se traducían textos del latín. Hoy, cuando encontramos ocasión, rompemos los cristales de dispensadores de polos fosforescentes pero ultranaturales, de sushi, comida griega, hamburguesas de carne que no es carne o helados de yogur. Hacemos pintadas en centros de yoga, fitness, pilates, músico, fisio, psico o aromaterapia. “Mariconadas”, dice Paquito. Yo lo que no entiendo son las ganas que tiene la gente de sudar.

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Nos ponemos una capucha para hacer nuestros sabotajes, pero a Azucena se le ve el pelo rubio de roquera teñida por debajo del verdugo. Está despampanante enfundada en cuero negro. Disfra­zada de malota, como a ella le gusta. La verdad es que la bata de la frutería no le hace justicia. Los lateros chinos saben quiénes somos. Nos conocen. Pero nos guardan el secreto. Ellos también se sienten invadidos por esta manada de atildados barbudos con pantalones pitillo y borsalinos que les quedan pequeños. “¡Muelte a los hipstels!”, nos susurra Wang, en voz bajita y levantando el puño, cuando nos ve pasar de puntillas y sigilosos, disfrazados de Phantomas. Un hípster jamás se bebería una cerveza caliente. Nosotros tampoco, pero Wang no lo sabe. Tenemos cada vez más apoyo en el barrio.

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Como siempre es Paquito quien me alerta: “Blas, están haciendo obras al lado de tu tienda”. Hace poco Rober ha cerrado su car­nicería porque parece que estos hípsters asquerosos solo comen tofu y otras mierdas veganas. No saben apreciar los matices de un buen chuletón o de un cochinillo asado abiertito en canal. En menos de quince días, de entre los muros húmedos de la fachada y los restos del mostrador de mármol de la carnicería de Rober, veo surgir una refitolera tienda con un gran escaparate perfilado con hojas de hiedra pintadas en rojo y en verde, como en la vida misma pero más almibarada. Han colocado tarima flotante de color ama­rillo pastel sobre las baldosas ajedrezadas de la carnicería —hace falta ser hortera y asesino— y cubierto las paredes con anaqueles de metacrilato. Aún no sé qué van a vender ahí dentro ni quién es el propietario del negocio, pero apostaría por una pizpireta Doris Day. De momento sólo oigo los ruidos de la obra. Y me temo lo peor. Casi a la hora de cerrar, Paco y Azucena vienen a distraerme un rato de mis cuitas. Como estoy de un humor de perros —nues­tros perros son pastores alemanes o chuchos, los de estos son car­linos, bulldogs franceses o galgos de oenegé—, trazamos un plan para imponerle un correctivo a uno de los nuestros: se ha visto al chico de los recados del ultramarinos dejándose una barbita dema­siado cuidada que no llega a taparle sus castizas marcas de viruela. También se ha puesto un gorro negro de crooner y se le ha visto entrar en una librería con barra de bar para beber un vino afru­tado en maridaje con un poemario ruso —hay que ser gilipollas, profundamente gilipollas— y en una aromática tienda de especias para adquirir unos gramos de rooibos. “A lo mejor estaba malo de la tripa”, dice Paco con un mohín. Sea como sea, el chico de los recados se ha ganado una buena soba. Por traidor. Le sorprende­mos en una esquina oscura. Paco le agarra de las solapas y yo le inflo a patadas en las espinillas mientras Azu le propina un par de capones. El chico calla, se deja pegar como un pelele, porque sabe que ha obrado mal. Desde su balcón, la momificada habitante del segundo b parece darnos el consentimiento con su media sonrisa.

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Mientras le estoy pasando el plumero a las porcelanas pintadas y a las arañas de cristalinos chupones, a los servilleteros de plata que los padrinos regalaban en los bautizos, a los bargueños, los marcos de fotos analógicas, los baúles, las bandejitas de alpaca y las cuberterías, mis peores sueños se hacen realidad. Tintinea el cascabel colgado en mi puerta y oigo una voz que también está llena de tilines: “¿Se puede?”. Entre la oscuridad, lo veo aparecer y el estómago se me viene a la boca. Nunca había visto en mi vida un hípster más hípster.Me viene a saludar porque es el propietario del negocio de al lado. Para mí, hubiera sido menos violenta una aparición paranormal de Doris Day. El hípster me trae una cajita con tres cupcakes como muestra de buena vecindad: “Espero que le gusten”. Los cupcakestienen unos colores horrorosos —nunca me metería a la boca nada de color lila o azul— y él me trata de us­ted como si yo fuera un viejo. No sé qué decirle y, desde luego, no entresaco una silla de entre los muebles arrumbados para ofrecerle asiento. “Qué vintage todo esto, ¿no?”, dice el hípster toquetean­do un sacrosanto álbum de cromos y a mí la sangre se me sube a la cabeza: “Mi tienda no es vintage, es una tienda de antigüeda­des”. El hípster suelta el álbum, echa un vistazo alrededor e insiste: “Muy retro. Me encanta”. Se pone chistoso: “¡Parece que va a salir un muerto de dentro de un baúl!”. Es tan divertido que me rasco el mentón y le dedico una sonrisa asquerosa. Absolutamente fin­gida. A través de la luna de mi escaparate, entreveo un manillar de bicicleta. Nos quedamos los dos de pie mirándonos frente a frente. A él ya se le ha gastado la conversación y yo, echando en falta el olor a carne fresca sobre los mostradores de Rober, sostengo los cupcakes como si la palma de mi mano fuese una bandejita. Me acuerdo de las sabias palabras de Azu: “Estomagadita estoy, Blas. Estomagadita”. El hípster no le quita ojo a mi guardapolvo azul y yo no puedo darles crédito ni a su corte de pelo ni a su camiseta de tirantes. El hípster dice lo que ha venido a decir: “Soy el dueño del negocio de al lado. Todavía no tengo mi mercancía y por eso le traigo unos pastelillos”. Ante mi mutismo, el hípster monologa: “Pero pronto le traeré uno de mis jabones artesanales”. No voy a permitir que mi anticuario pierda su olor a polvo y a Joya de Myrurgia para empezar a oler a flores frescas y a rositas de piti­miní. “Espero que seamos buenos vecinos”, se despide. Mientras le sostengo la mirada, pienso que hay que convocar una reunión urgente. El hípster sale de mi tienda de antigüedades, sin quitarme ojo, caminando hacia atrás. Yo salgo casi al mismo tiempo y, de­lante de él, desmigo los cupcakes en un alcorque para alimentar a las palomas. A ver si se envenenan.

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Al hípster se le mete el miedo en el cuerpo. Cuando pasa por mi negocio, lo veo escudriñar entre lo oscuro y, cuando por fin me distingue, recula y se marcha como si no hubiese visto nada. Oigo latir más deprisa su corazón. Saco pecho y marco paquete —como si lo que queda dentro no estuviese ya casi dormido— mientras me lo imagino cotilleando sobre mí con otros agradabilísimos hípste­res en reuniones de gente encantadora, que, entre risas histéricas, avanza la hipótesis de que tal vez yo conserve en el sótano el ca­dáver de mi madre o asesine viejas para robarles las herrumbrosas horquillas de sus joyeros belle époque o secuestre vírgenes para quitarles esos ojos que después engarzaré tras las cuencas vacías de mis muñecas de porcelana. Se creen muy cultos estos chicos. Como si nosotros no hubiésemos visto las películas de Hitchcock o leído los cuentos de Edgar Allan Poe.

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Al caer la tarde, Azucena, Paco y yo nos burlamos de los temores de mi vecino. Todo el mundo sabe que soy un perro —pastor ale­mán, chucho, setter irlandés— más ladrador que mordedor. Hasta que me provocan. Y eso sucede una mañana en que, sin querer, es­cucho una conversación ajena. El hípster dice: “¿Anticuario? Ese, lo que es, es un chamarilero”. Así que nuestro comando pasa a la acción. Cuando el hípster jabonero ya ha echado el cierre y nues­tras pituitarias, anestesiadas entre las esencias de maracuyá de sus jabones, por fin pueden percibir otra vez el aroma de los fritos y el tabaco, incluso de las alcantarillas del estío y las cacas de los pe­rros, nos ponemos nuestros monos, rompemos la luna de su escaparate y echamos en su monísimo local varias bombas fétidas que, al día siguiente, dejan al hípster pálido. Cuando arregla la luna y pone un cierre de metal, se lo manchamos de pintura. Un día, dos días, tres días, tal como nos enseñaron a contar los profesores de matemáticas. Elegimos siempre la pintura de un comedido color pastel para no contravenir una normativa municipal, hípster y no escrita, que nos impide atentar contra la cursilería cromática de nuestro nuevo ecosistema. Cuando hemos puesto fin a nuestros actitos vandálicos, Azu, Paco y yo nos reímos como el perro Pul­goso. Otro día le colamos cucarachas por la puerta de la jabonería que da a un patio interior compartido por la comunidad. Compar­tido conmigo. El hípster grita al levantar sus jaboncitos y encon­trarse con los caparazones de sus nuevas realquiladas. Desinsecta. Tiene que tirar la mercancía que se ha empapado de olor a zotal y otros venenos.

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El hípster se rehace. Es un tipo corajudo y persistente, pero ni su coraje ni su persistencia logran que nos caiga mejor. Es más, nos empieza a caer incluso peor, porque intuimos que la persistencia tiene que ver con un poderío económico que le viene de familia. Papá paga. Azu y yo comentamos que, a lo mejor, estos invasores parecen siempre riquísimos y puede que, en realidad, se anden comiendo los mocos. También nos parecen todos maricones y quizá no lo sean. Su virilidad es un estandarte arcoíris. “Más bien, un banderín”, dice mi Azu. “Si salvo en la barba, ¡tienen menos pelos que yo!”. Doy fe de que es verdad y le digo a mi frutera que tie­ne un pelo precioso. Ella nunca me hace caso cuando la piropeo: “Ya sabes, Blas, peras o manzanas”, recalca Azu utilizando una terminología muy de su sector profesional. “¿Las medias tintas? Inventos, Blas, inventos”. Con nuestros monos oscuros, volve­mos a ensuciarle al hípster la verja de su jabonería kitsch y, otra vez, nos reímos como el perro Pulgoso, tapándonos los dientes con la mano y escondiendo la cabeza entre los hombros. Después, miramos hacia arriba y la momia del segundo B parece no haber movido un músculo, aunque si nos fijamos atentamente ha sufrido una pequeña modificación: tiene el pulgar levantado como una auténtica cesaresa romana.

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Justo un día después de que Azucena y yo hayamos decidido pro­meternos y contraer matrimonio y de que un Paco, emocionado, haya aceptado ser nuestro padrino, mi rubia desaparece y nadie le encuentra explicación a su ausencia. La frutería permanece cerrada y, como es verano, se empieza a notar un tufo a coles podridas por debajo del cierre. Yo sé que mi Azucena, en condiciones normales, nunca habría permitido semejante catástrofe, porque ella es muy limpia y apañada y no puede soportar que se estropee la comida. “Cómetelo todo, Blas, que si no mañana te preparo las sobras en croquetas”. Lo de mi Azu sí que es compromiso con el hambre mundial y el reciclaje. Pego la oreja al cierre de la frutería para ver si distingo algún acorde de Led Zeppelin que me dé la esperanza de que ella está allí pensando en sus cosas, atravesando en soledad un momento de crisis, con discreción, sin compartirlo con pro­fesionales psíquicos —charlatanes— que te sacan los cuartos por oírte hablar de tu miedo a la muerte o a las agujas, como si eso fue­ra algo extraordinario y no le sucediera a todo el mundo. Pego la oreja con el deseo de que mi Azu tenga resquemores, pero esté ahí, mordiéndose la manicura: soy un hombre enamorado y no puedo dejar de temer que mi novia se haya arrepentido de su juramento de amor. Mi barriguilla hace que me tire la tela del guardapolvo. Me gustan los boleros y la copla. Los objetos feos me rodean y las porcelanitas de Lladró parecen reírse de mí. Qué vida iba a vivir Azucena conmigo. Qué podía yo ofrecerle con mi negocio ruino­so, con la tentación permanente de traicionarme a mí mismo para llamarle a lo viejo vintage y sucumbir a los cantos de sirena de un comercio espurio y amarillo. Al menos, ella sí vende sus frutas y verduras. Sobre todo zanahorias para esas tartas que ahora la gente moja en el café con leche. “¡Guarros!”, exhala Paco en un eructo cada vez que ve a alguien metiéndose en la boca una porción de tarta anaranjada. El miedo a que Azucena me haya dejado no me permite evaluar la realidad y nos desactiva a Paco y a mí como co­mando. El hípster jabonero pasa, provocadoramente, por delante de mi tienda cuando mi Paco, mi lugarteniente, mi mano derecha, mi amigo y yo nos sentamos a charlar al caer la tarde. Parece que nos ha perdido el respeto y esa nueva actitud produce en mi nariz un escozor que barrunta tormenta.

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El chino Wang nos ve apagados y, al pasar junto a nosotros, le­vanta el puño: “¡Muelte a los hipstels!”. No consigue arrancarnos ni una sonrisa. Wang se marcha a pasitos cortos escorado hacia el lado de su cuerpo que carga con las bolsas de cerveza caliente. Paquito y yo empezamos a estar seriamente preocupados por la desaparición de Azucena. A mí ya no me importa que me deje. Solo quiero saber si se encuentra bien. Pero ella no me llama por teléfono y el cierre de su frutería sigue echado y no se oye ni un guitarreo vertiginoso ni un aullido, y las vecinas no la han visto entrar ni salir de su casa. Paco y yo estamos tan consternados que incluso hemos denunciado la desaparición de Azucena a la Policía. Pero nuestra iniciativa parece que no ha servido de nada. Poco a poco el negocio del hípster jabonoso empieza a estar muy fre­cuentado no solo por sus correligionarios, sino por vecinas curio­sas que compran sus jaboncitos para hacer regalos de cumpleaños modernos y originales. “Entrismo de la peor especie”, sentencia Paco recordando sus antiguas hazañas trotskistas. “A mí si alguien me regalase un jabón por mi santo, me parecería un insulto”, co­menta Paco para hacerme reír. Pero a mí no me sale. En otras cir­cunstancias, a estas pulquérrimas zorras, igual que al recadero de la tienda de ultramarinos, les hubiésemos aplicado un correctivo. Las habríamos rapado al cero o fracturado el dedo gordo del pie, que duele mucho. El hípster hace caja mientras yo echo de menos a mi Azucena y le quito el polvo, con un trapito, a mis preciosas flores de plástico.

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Seis semanas después de la desaparición de Azu, recibo una señal. Mientras estoy sentado a la puerta de mi negocio, la momia del segundo B mueve la cabeza señalando hacia la jabonería. Puedo distinguir cómo levanta las cejas y me indica el camino que debo seguir. La momia quiere que entre a la expendeduría de jabones. La momia sabe algo, ha visto algo que yo no sé. Debo actuar. Esta vez dejaré al margen a Paco porque sospecho que mis andanzas pueden llegar a ser extremadamente peligrosas. Meto la silla en mi tienda. Cierro por dentro. Espero a que caiga la noche. Oigo al hípster echar el cierre de su higiénico y empalagoso comercio de jabones. Salgo al patio interior de la comunidad de vecinos que comparto con el hípster. Fuerzo la puerta de la jabonería que da a ese bendito patio. Enciendo mi linterna. Busco.

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Nada más forzar la puerta de la jabonería, se me pone una bola en el estómago. “Estomagadita estoy, Blas. Estomagadita”, escucho la voz arrabalera de mi Azu al principio de los tiempos. Una con­fusión de olor a coronas de flores y a tartas de fruta me produce una arcada. Estoy a punto de vomitar. Enciendo mi linterna y me muevo entre los matraces y esencieros. Entre morteritos, hornillos y calderos de brujo donde la grasa se quintaesencia en pompa de jabón. Nunca hubiese creído que verdaderamente el hípster optara por métodos tan artesanales. Me acuerdo de mi tía Anita dándole vueltas con un palo a la sosa y la manteca en una enorme perola situada en el centro del corral. Los conejos y los pollos la miraban sometidos a un proceso de hipnosis que combinaba los movimien­tos circulares del palo con el hedor que salía de la perola. Parece que el hípster fabrica sus jabones con materiales parecidos: sosa, grasa, extractos de flores, especias y comestibles aromáticos. Mi linterna enfoca los cuchillos para cortar las piezas de jabón y los celofanes para envolverlos. Las cintas para adornarlos. Los péta­los de flores secas con que el jabonero hermosea sus envoltorios. Enfoco el haz de luz hacia una esquina y veo, colgado de un gan­cho, un delantal sobre cuya tela destaca una mancha roja. Apago la linterna. Inspiro y espiro por la nariz. Existe el rojo tomate, el rojo pimiento, el rojo clavel. Pero yo estoy temblando y me aver­güenzo de no estar comportándome como un guerrillero valiente, como un miembro fundador del comando Dos de Mayo. Hace casi dos meses que no veo a mi Azu, estoy enamorado hasta las trancas y pensar que a mi novia le ha podido pasar algo me quita las fuerzas y, a la vez, me las da. Si no amase mucho a mi frutera, no estaría aquí sufriendo asfixia y retortijones. Completamente solo, sin el apoyo de mi capitana y de mi Paco que siempre me guarda las espaldas. Intuyo la presencia de Azu. Mi pupila co­mienza a acostumbrarse a la penumbra del laboratorio. Recuerdo el gesto de la vecina momificada que, como una señal de tráfico, me invitaba a entrar en este antro fragante. Puede que infundirme valor sea la razón por la cual me hablo a mí mismo. Digo estupi­deces: “Azu, mi amor, ¿dónde te has metido?”.

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Desde el laboratorio paso a la tienda que es como una bomboneri­ta. El hípster ha empapelado los muros con un papel de florecillas rosadas y sus anaqueles de metacrilato exhiben los jaboncillos por tamaños y colores. Familiares, medianos y jaboncitos miniatura de bordes redondeados que parecen caramelos. Este hípster no tiene la menor consideración: un niño o un adulto goloso podrían enve­nenarse. Esta idea, aparentemente tan inocua como un colutorio, intensifica mi miedo. Avanzo entre la oscuridad y me asusto cuan­do unos hilos me acarician la cara. Intuyo tarántulas y escorpio­nes, doy un respingo y retiro una cortinilla decorativa y cursi. Los colores de las mercancías corresponden a distintos aromas y están ordenados en una gradación que va de la gama de los tonos cálidos a los fríos. Como en una caja de lápices. Nada está fuera de su lugar y todo es tan higiénico que añoro el caos de mi tienda de antigüeda­des, los objetos amontonados. Creo que incluso tengo un gato gris al que no veo casi nunca. En la jabonería, el morado huele a moras y el azul, por una extraña convención, huele a piña. El lila huele a lilas y el naranja huele a naranjas. Algunos jaboncillos tienen dos colores, como los helados de corte, y corresponden a dos aromas: el limón y la menta, la nata y el chocolate, el tomate y la albahaca del jaboncillo-pizza. Enfoco los jabones y creo que voy a sufrir un ataque de epilepsia a causa de la acumulación cromática. Cuando estoy a punto de salir de ese ambiente que de tan limpio resulta repugnante, mi nariz percibe —soy un auténtico sabueso, un roedor, un sumiller…— un aroma familiar. A sopa de casa y postre. Apio y fresas salvajes. El corazón me bombea a un ritmo vertiginoso. Apunto otra vez con mi linterna y veo una colección de jabones verdes y rojos adornados con una etiqueta en la que puede leer­se EDICIÓN ESPECIAL. Me tiemblan las canillas, pero me acerco un poco más y, de pronto, cuando ya tengo la nariz casi pegada a los jabones, detecto un pelo rubio de peluquería, dos pelos rubios, tres pelos rubios, entre el celofán y tres de los jabones. Entonces todo se funde a negro para mí.

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Nosotros creíamos que éramos malos, pero ellos en realidad eran mucho peores. Creíamos que éramos malos y sólo éramos una pan­da de gamberros que hacían gamberradas de niños chicos. Sin so­fisticaciones de Fu Manchú. Creíamos que éramos malos y tan sólo éramos tontos. No tenemos verdadera formación para la maldad. Ellos son mucho peores que Landrú, Jack el Destripador, Tintín. No piensen en ellos como gente encantadora que monta en bicicle­ta y lee novelas de Kerouac. No piensen que, gracias a sus empren­dimientos, van a rehabilitarse las vigas de madera de sus casas y van a poder caminar por unas aceras limpias de orines. Homo homini lupus. También ellos. Tan limpios, tan guapos detrás de barbas que camuflan sus defectos y los enmascaran. Tan veganos. Llevan la violencia dentro, aunque no coman carne roja. Aunque no beban anís del mono. El agua de la ducha y las radiaciones de sus portá­tiles, la leche sin lactosa… los convierten en monstruos. Ocupan el territorio y van tejiendo sus telarañas. Son invasores. No son tranquilos, aunque oigan musiquitas estúpidas, pop blando, que ellos llaman de otra forma para no avergonzarse públicamente de sus preferencias. Son más peligrosos que todos los adoradores del diablo y todos los heavys que tanto le gustan a mi Azu. En la tienda del hípster hago un descubrimiento que se me quedará incrustado para siempre en mis pesadillas. Un pelo rubio, dos pelos rubios, tres pelos rubios. Como los dientes postizos de mi madre meti­dos en un vaso de agua y como un terrorífico cuento de Ambrose Bierce.

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Desmayado veo como entre los lapsos de luz y de sombra de las iluminaciones de las discotecas, como entre esa alternancia de oscuridad y destellos de luz fría que nos da la sensación de que estamos parados y de pronto nos hemos movido espasmódica­mente. Pies quietos. Desmayado veo: mi novia lucha, forcejea con el hípster, es una mujer fornida, él es muy alto. El cuerpo del hípster vela la blancura del cuerpo de Azu. La momia lo ve, pero no quiere líos. Él la arrastra hacia el interior de su preciosa casita de chocolate. El cuchillo contra la yugular la Azucena. La mano de mi novia tapándose la cara. La sangre que sale de la herida. Ella intenta taponarla. Él no se lo permite. Mi novia flexiona dulce­mente las rodillas. Cae al suelo. Lentamente se desangra. Él limpia con lejía su tarima flotante. No le importa estropearla, darle apa­riencia vetusta como a los pantalones vaqueros. Enseguida pone un plástico sobre la mesa de trabajo-disección. La descuartiza. Al rebanar los tendones da la sensación de que Azucena mueve un dedo, una articulación. El hípster echa en el caldero rebanadas de mi novia, el tríceps colgandeiro que hará buen caldo, las nalgas, los pechos, las pantorrillas, la grasa semoviente del tibio abdo­men. Los trozos de mi novia se saponificarán con el tiempo. La respingona nariz de mi frutera se deshace, las bolitas de los ojos, sus orificios. El rostro como máscara de cera se descompone al contacto con la sosa cáustica. Este jabón no lleva manteca de cer­do ni aceite de oliva, de coco o de almendras: está hecho con otra grasa y otro ácido desoxirribonucleico. El vómito casi me ahoga cuando me da por pensar que tal vez el jabón que huele a jazmines tenga también su propio nombre y apellido. Y el de lavanda. Y el de vainilla. O quizá, el hípster solo le ha dispensado a Azu un trato tan especial. Mi amigo, el detective Arturo Zarco, me relató el caso de una mujer que apareció saponificada en una buhardilla de esta misma calle. La historia se repite. La calle, el barrio, son pompas de jabón que se funden y se meten unas dentro de las otras. El hípster remueve con un palo su caldero de brujo. Gotitas de sudor en la frente. Lleva una mascarilla para evitar las emana­ciones tóxicas. El hípster añade a la pasta diferentes pigmentos. El jabón reposa un par de días dentro de un gran molde tapado con papel film. La pasta se enfría, se solidifica, y él la corta en ja­boncitos con el mismo cuchillo que ha utilizado para desangrar y filetear a mi Azu. El solomillo, la babilla, los lomitos y los filetes de cadera. Con cortes a la española. Rober se cuela en la secuen­cia infernal de mi desmayo. El hípster deja pasar el tiempo para que la sosa no dañe a quien utilice el jabón. Cuida del negocio y, es más, cree que la imaginación y el espíritu empresarial —tal vez, también el asesinato— se relacionan: Dan Ozzi, un hípster de Williamsburg, puso a la venta en eBay el “aire hípster” de su barrio. La puja alcanzó los sesenta mil dólares. Gente espabila­da. Con sentido del humor. Los jabones del hípster son los más cremosos y embriagadores. “Charlatán, sinvergüenza, embauca­dor, vendedor de humo y crecepelo”, la voz me sale en un hilo y, aún desmayado, veo que pasadas cinco o seis semanas, el hípster envuelve los jabones en sus celofanes. Coloca sobre cada una de estas piezas la pegatina con el marbete de EDICIÓN ESPECIAL. Pero no se da cuenta de que ni la sosa, ni el calor, ni ningún agente co­rrosivo pueden destruir los pelos teñidos de rubio de mi Azucena, que se rebelan del mismo modo que cuando no los podía recoger dentro del verdugo para pasar desapercibida mientras acometía­mos nuestras desinfecciones. Veo sonreír a mi Azu al echar sal a la masa de un cupcake o al romper los radios de un triciclo. La veo con sus pelos rubios delatores. Su pubis negro. Abro los ojos y la cara del hípster me mira desde demasiado cerca.

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“Charlatán, sinvergüenza, embaucador, vendedor de humo y cre­cepelo”, la voz me sale en un hilo. El hípster me responde: “A callar, Zulueta”. Conozco mi destino y mi mala ventura. Soy de­masiado incómodo para estos alienígenas. El hípster sacará otra edición especial de jabones con aroma a Joya de Myrurgia y polvo de anticuario. Con aroma a flores de papel pinocho. Los llamará jaboncillos Dos de Mayo y tal vez tengan los colores de la bandera rojigualda. Denominación de origen. Los hípsteres también tienen un gran instinto comercial para aprovechar la impronta típica. El vermú de grifo y los boquerones en vinagre. Hasta eso nos han hurtado. Mis jabones —los jabones de mi cuerpo— estarán muy pronto en sus anaqueles. El hípster se me acerca blandiendo su arma homicida sin la compasión del cloroformo. Acaso la sustan­cia anestésica contaminaría sus combinaciones aromáticas. Sólo espero que Paco, que es tan observador, se percate pronto de mi desaparición. Que me haga un homenaje y la momificada vecina del segundo se lave las axilas con los nuevos, fragantes y castizos jaboncillos.

 

Marta Sanz
Escritora. Ha publicado: El frío, Lenguas muertas, Los mejores tiempos, Animales domésticos, Susana y los viejos y La lección de anatomía, entre otros libros.

Madrid negro (Siruela) incluye relatos de Marta Sanz, Alfonso Mateo Sagasta, Juan Aparicio Belmonte, Lorenzo Silva, Vanessa Monfort, Patricia Esteban Erlés, Berna González Harbour, Jesús Ferrero, Fernando Marías, Andrés Barba y Domingo Villar.