Habían herido de un balazo a Reagan, presidente de los Estados Unidos. Alguien dijo que el atentado lo había conmovido mucho y que deseaba someter a sus amigos sus reflexiones. No hay defensa contra gente que no se atiene a las mismas reglas que nosotros —continuó—. Ellos pueden secuestrar, torturar y no rendir cuentas. Si se los tortura el mundo entero protesta. Si no se los tortura, no hay manera de romper sus conspiraciones. Yo me pregunto si la solución no será institucionalizar la tortura. Ponerla en manos expertas. Sacarla de esos animales de las comisarías, como uno que en la 17 (¿o en la 15?) donde me tenían detenido, le aplicó la picana en el órgano sexual (la violó con la picana) a una mujer menstruada. Yo digo si la tortura, en manos expertas de un hombre como Cardozo, que sabía distinguir la verdad de la mentira, arrancadas al torturado…”. Aquí un señor S. se levantó, dijo que no quería seguir oyendo, que a él lo había torturado Cardozo y que no quería recordar nada. El otro lo calmó: “A amigos míos (mencionó nombres que no recuerdo) los torturó Cardozo. A uno de ellos, Cardozo lo llamó al día siguiente y todos protestamos; pero vimos que estaban conversando nuestro amigo y Cardozo. Nuestro amigo volvió. Nos dijo: ‘No es tan mal tipo. Me explicó: —Mirá, pibe, lo que te hice ayer no lo hice por gusto; lo hice porque mi obligación es averiguar la verdad. Pero yo no te tengo rabia ni te deseo mal. Yo soy un tipo como vos. Tengo mujer e hijos. Para darles el puchero, trabajo’”. Aquí yo dije: “Después de esa explicación a su torturado de la víspera, pienso peor todavía de Cardozo”. S., el que no quería recordar, me dijo: “Había dos Cardozo. El padre, el comisario experto, y el hijo, que era un cabo o algo así y un sádico. El padre dirigía y el hijo torturaba. A mí me torturaron el hijo y un tercer individuo, dirigidos por el comisario Cardozo. A mi hermano, esos técnicos, esos expertos, lo dejaron para siempre lisiado de columna. Yo no les perdono el haberme dado ganas de matarlos. Durante un año pasé casi todos los días frente a la embajada paraguaya, donde estaban asilados, en la esperanza de que se asomaran y me dieran la oportunidad de pegarles un balazo. Ni por casualidad se dejaban ver. Pasaron ocho años encerrados en la embajada, lo que es una forma de presidio. Al otro, al tercer torturador, lo fusilé tres veces. El gobierno de La Plata, después de la Libertadora, me puso al frente de una comisaría, con tanta suerte que allá fue a caer mi ex torturador. Mandé que una mañana lo llevaran al patio y con un pelotón, con un oficial que daba órdenes, lo fusilaran. Lo fusilamos con balas de fogueo. Yo no podía torturarlo ni mandar que lo torturaran; pero eso sí, tres veces, con intervalos regulares, de diez y quince días, lo fusilé. El hombre se convirtió en una babosa; se arrastraba como un gusano. Créame, nada destruye más. Un día, una persona que en la policía estaba por encima de mí y que, enterado de los fusilamientos, nunca me apercibió ni menos reprendió por ellos, apareció con una orden de libertad para el sujeto. Créame que eso me cayó muy mal; pero dos o tres días después que lo pusiéramos en libertad, lo liquidaron. El que había traído la orden de libertad cuando me vio lanzó una risotada y explicó: ‘Yo sabía que se la tenían jurada, así que lo puse en libertad para que esas manos anónimas lo mandaran al otro mundo’”. El que había hablado primero me contó: “A mí me habían detenido. Una mañana me llevaron a un salón donde quince funcionarios me miraban. Yo les dije: ‘Si alguno de ustedes va a ponerme las manos encima, mejor que me maten, porque yo voy a recordar siempre sus caras y si sobrevivo juro matar al que me haya torturado’. No me tocaron. Yo creí que era por mi bravata. Al día siguiente Cardozo me explicó: ‘No te torturamos porque sabemos que vos no estás en esto. Si tuivéramos duda te torturaríamos tantas veces como fuera necesario’. Le pregunté si me iban a soltar. Me dijo que no. Que me chuparía uno o dos meses de detención, porque la policía no puede equivocarse”.

Fuente: Adolfo Bioy Casares, Descanso de caminantes, Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 2001.