Este cuento forma parte de La ronda y otras notas rojas, novedad editorial del Premio Nobel de Literatura 2008, J. M. G. Le Clézio, publicada por Editorial Oceáno.

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Hoy, 15 de agosto de 1963, la joven llamada Liana está sola, sentada al fondo de la sala, en la banca forrada de tela imitación piel color verde oscuro. Afuera, el calor pesa en las paredes de lámina y el techo plano, y adentro no hay un soplo de aire a pesar de que las ventanas están abiertas. A los pies de Liana, Nick jadea pesadamente. Es el único ruido al interior del remolque, aunque cada tanto se oye, a lo lejos, el motor de una sierra de cinta o de una moto, incluso el inusual grito de un niño que provoca que la joven se estremezca. Con el calor, el silencio pesa, ahoga, aprieta la cabeza e impide pensar como si en verdad no hubiese nadie, nadie a leguas a la redonda.

Hace tanto que Liana no ha visto a nadie. La última vez fue… ¿serían dos, tres días atrás? No lo sabe muy bien, apenas puede activar su espíritu para buscar recuerdos. Cuando lo hace, algo se enciende en ella como si se le endureciera un músculo, al igual que los nervios diminutos hacen temblar el párpado o la mejilla. Cuando eso sucede, abandona la búsqueda. Entonces se levanta, camina un poco por todo el remolque con los pies descalzos sobre la alfombra rugosa y marcada con quemaduras de cigarros. El piso del remolque tiembla bajo su peso. El perro lobo se levanta con las orejas apuntando hacia delante, luego deja caer la cabeza y se vuelve a dormir, o al menos finge hacerlo. Él tampoco ha visto a nadie en días, aunque quizá todo eso le importa poco. Nadie le cae bien, no necesita a nadie.

Se llama Nick. No fue ella quien le puso ese nombre. Fue Simon, cuando llevó al perro. Sólo dijo: “Se llama Nick”. El perro estaba tan pequeño que apenas podía mantenerse sobre las patas y defecaba sobre la alfombra. Liana lo quería de todos modos y habría deseado ponerle un nombrecito tierno y empalagoso, pero Simon dijo que se llamaba Nick y sanseacabó. Entonces ella aceptó el nombre que, para un perro lobo, sonaba bien.

Cuando Liana observa a Nick, nada se anima en su interior, aún puede recordar aquel tiempo sin que le duela, pero debe pensar sólo en el perro y en nada más. Si no, aparece el vértigo, una especie de viento que da vueltas en su cabeza, un viento que vacía, paraliza.

Nick es un gran perro lobo de pelo blanco y gris con un collar de pelos negros y una cola gris oscura. La punta de las patas es blanca, tiene una especie de lunares en cada mejilla, bigotes largos y tiesos y manchas negras le coronan cada ceja. Tiene un par de ojos amarillos marcados con una pupila bien negra que lo ven a uno al fondo de los ojos hasta que uno se ve obligado a desviar la vista. Liana intenta imaginarse ahora su mirada y, sin darse cuenta de inmediato, los ojos que aparecen son los de Simon, amarillos también, duros, insistentes y con una estrellita de luz que brilla al centro de las pupilas, ennegreciéndolas aún más. Los ojos la observan largamente, y el silencio al interior del remolque es tan intenso que cava un pozo insoportable. ¿Por qué la observan así esos ojos durante todo ese tiempo? Se dice que intentan ver en su interior, ir hasta el fondo para quemarla, matarla. Entonces siente que las agujas negras de aquellos ojos negros la perforan, y suelta un grito.

El perro lobo se vuelve a levantar y la observa, la mitad de su cuerpo en alerta. Como Liana ya no dice nada y se queda estática, el animal relaja poco a poco los músculos. Sin embargo, su cabeza ya no descansa en el tapete apoyada entre sus patas. Sus ojos amarillos permanecen bien abiertos.

“No es nada, Nick, no es nada”, dice Liana, quien se da cuenta de que apenas tiene fuerza para murmurar. Aquello parece una mentira porque todo su cuerpo es sacudido por temblores, mientras el sudor le humedece la frente, la espalda, la palma de las manos.

¿Qué hora es? La una, ¿o más tarde? Si la televisión funcionara todavía podría ver si ya pasó el noticiario. Pero el aparato se descompuso la semana pasada: se quemó de una buena vez por todas soltando un humo sofocante.

Pero aún no da la una ni por asomo, porque la carretera, allá, al fondo del terreno baldío, no ha producido ningún ruido de nuevo. Cuando van a dar las dos, se escuchan los rugidos de los motores, sobre todo los camiones pesados. Por el momento siguen estacionados a la entrada de la ciudad, donde hay cafés y gasolineras. Comen, toda la gente lo hace. Liana piensa de pronto que no ha comido casi nada desde ayer en la noche. Tuvo hambre hace rato y luego se le pasaron las ganas. Le pasa lo mismo, ahora, desde que… Tiene hambre y al instante siguiente siente náuseas. ¿Será por el bebé? ¿Debería ver un doctor como se lo dijo la asistente social, la chica pálida de lentes? Pero a Liana no le gustan los doctores. Siempre quieren tocar, examinar, siempre quieren saber… Si va a ver a un doctor de seguro le hará preguntas, y sus ojos van a brillar. A la gente le gusta tanto hacer preguntas. Tienen ojos que brillan y hablan con la boca húmeda, dicen y preguntan cosas, quieren saber nombres.

A ella Nick no le habla. Nada le pide. Sabe quedarse horas, días sin moverse, sólo escuchando y mirando sin hacer ruido.

El silencio está en todas partes. Liana huele el silencio en su interior, un silencio inagotable. Afuera, en el aire tórrido, en la luz, los árboles están inmóviles: árboles enclenques de follaje gris, eucaliptos, laureles, algunos pinos, palmeras. La tierra está blanca; hay piedras y polvo. Pero Liana no necesita observar el exterior. El silencio que está en todas partes también está en ella formando una mirada que recorre el horizonte, como el haz de un faro que todo lo escruta.

Hace mucho que no ha salido. ¿Dos días, tres? En el remolque sobrecalentado ya no hay nada que detenga el tiempo, nada que retenga el paso de las horas, de los minutos. El péndulo eléctrico se detuvo: de seguro la pila se acabó, aunque Liana ni siquiera ha pensado en cambiarla. ¿De qué le serviría? Ni siquiera sabría ponerlo a la hora. Además, ¿a ella qué más le da la hora? Sólo observa cómo cambia la luz dentro del remolque. En la mañana la luz es pálida y clara, un poco gris. Más tarde, cuando el calor aumenta en el exterior, se vuelve amarilla, brutal, y duele. Para verla, Liana entrecierra los ojos. Luego aparece una luz oblicua, caliente, en la que se ven flotar los granos de polvo como mosquitos. Un poco después surge una luz naranja, suave y bastante tranquila, la luz cansada al final del día que poco a poco se transforma en el velo malva del crepúsculo. Entonces todo se pone gris, pero no gris como en la mañana: un gris que se apaga, lentamente, con el color de la ceniza. Incluso cuando está todo oscuro hay un poco de luz que entra en el remolque: es el reflejo triste de las lámparas allá, en el camino, y la bruma rosada de las luces de la ciudad. Cada tanto aparece el haz de los faros de un auto en movimiento. Se pueden pasar horas viendo la luz que ilumina las paredes del remolque, o los reflejos que corren sobre la tela color verde imitación piel de la banca, sobre la mesa barnizada y sobre la tela con flores de las cortinas.

Liana se mueve lo menos posible. Se siente pesada, muy pesada. Cuando camina, a veces sus rodillas ceden y casi acaba en el piso. Como si tuviese a alguien sobre sus hombros. A veces piensa en Simon, siente el peso de su cuerpo sobre el suyo y se sacude con rabia para quitárselo de encima. Pero el peso desconocido no se va, no la abandona nunca.

Entonces prefiere no moverse. Se queda sentada en la banca, cerca de la ventana o en una silla, con los codos apoyados sobre la mesa.

¿Adónde podría ir? Ahí, en cada rincón y en otros sitios, está la misma tierra blanca, la arena, las piedras puntiagudas, la tierra acre y enceguecedora. Por todas partes se ven los mismos árboles enclenques, los eucaliptos, los laureles, las palmeras roídas por el sol. A lo largo de los caminos hay unos plátanos y unas sábilas a orillas del río. Ellos no se mueven, es cierto. Los árboles y las sábilas permanecen donde nacieron, en la tierra seca que los aprisiona y bajo el sol que los quema.

En cambio, los otros, los hombres, sabrían encontrarla rápidamente. No podría huir de ellos. Los hombres y las mujeres que se mueven de un lado a otro todo el tiempo, los que van y vienen en sus autos, los motociclistas que circulan con sus cascos en las carreteras junto con los camiones. Ellos saben adónde van, no tienen miedo de perderse, no esperan. Liana sabe que pueden venir en cualquier momento a llevársela, a conducirla a alguna de sus cárceles. Cada día la buscan doctores, policías, asistentes sociales, conductores de ambulancias. Liana les tiene miedo a ellos y a los ruidos que hacen, a su velocidad. Todos recorren las calles en sus máquinas sin descanso. El ruido de sus motores se funde y ruge sobre la ciudad como el ruido de una catarata.

Liana camina cada tanto a lo largo del remolque. Bajo sus pies siente el temblor de las estructuras metálicas mientras el remolque oscila como un barco. Nick levanta de nuevo la cabeza y sigue a su dueña con sus insistentes ojos amarillos. Da un bostezo y luego va hacia la puerta. Quiere salir.

“¿Quieres ir afuera?”.

Liana pone la mano en el picaporte. Nick observa la mano con impaciencia, ladra un poco dando gemidos. Ella se da vuelta, busca la correa con los ojos pero no la ve. Quizá se cayó tras algún mueble. Liana está extenuada sin gana alguna de buscarla. ¿Acaso la perdió el otro día cuando fue con Nick al supermercado? No recordaba si Nick tenía correa cuando había vuelto. Ni modo. Abre la puerta y Nick se desliza hacia fuera. Se apura para llegar a la mitad del llano blanco, se parece a un lobo. Liana sabe que va a ir a cazar del lado del río seco, que va a matar gallinas y conejos de las granjas vecinas. Pero eso le da igual. Es una especie de acuerdo entre él y ella. Puede que vuelva en la noche, cansado y con los ojos rutilantes.

Liana baja los escalones con dificultad. Titubea en la tierra caliente. La enceguece la luz. Tiene que poner la mano derecha arriba de los ojos como visera. Camina todo derecho, hacia la mitad del terreno baldío. De pronto se da cuenta de que tiene los pies desnudos y las piedras filosas le hacen daño.

Busca al perro con los ojos pero éste ha desaparecido en el llano de tierra blanca, al otro lado de la valla de arbustos. Escucha a los perros de los granjeros ladrar a su paso.

Liana se queda inmóvil frente al remolque y la luz la envuelve, entra en ella. Liana está completamente sola en la tierra polvosa, lejos de los árboles, lejos de las casas, sin nada en qué apoyarse, sin nada con qué esconderse. El sol arde en el centro del cielo emitiendo sus rayos dolorosos. Hay círculos que nadan en el lugar y siluetas que huyen, lejos: sombras, niños quizás, o perros, o autos, es difícil saberlo. Vuelan insectos invisibles que tornan el aire espeso: avispas, abejorros. Una luz gira a su alrededor como el viento: la luz del silencio, la soledad que oprime su cuerpo como el peso de un desconocido.

Liana quisiera retroceder un poco pero titubea y ahora todo el llano de tierra se pone a girar sobre sí mismo, arrastrando los árboles y las carlingas de los remolques. Aquello gira un buen rato así, alrededor de ella, la tierra y todo lo que arrastra: los remolques, los postes eléctricos, los arbustos, las palmeras enjutas, los barriles de keroseno, hasta las torres de los edificios que están al borde del gran río seco y el supermercado de techo de lámina.

Todo eso da vuelta lenta, muy lentamente, como si hubiese música en algún sitio. De pronto Liana siente que cae al piso, su cuerpo golpea el suelo como un trozo de madera. Liana escucha un fuerte ruido en su cabeza, aunque luego ya no oye nada porque se ha desmayado.

 

Cuando despierta, primero ve dos ojos insistentes que la observan con las pupilas negras. No son, sin embargo, los ojos del perro. Es una mujer de cara infantil con lentes que relucen en la luz. Liana la reconoce al instante: es la asistente social que suele venir hasta su puerta para hablarle.

“¿Ya se siente mejor? ¿Se siente mejor ahora?”.

La voz suave también es insistente. Liana se levanta poco a poco, como el perro hace un rato. Su cabello está lleno de polvo. Por instinto se peina con los dedos de la mano derecha. La joven de lentes dorados la observa con atención y dice:

“Voy a buscar un doctor”.

“¡No! ¡No!”, dice Liana con fuerza. “Ya estoy bien, me voy de vuelta a casa”.

“Le voy a ayudar”.

Liana intenta ponerse de pie sola, aunque se siente muy pesada. Se apoya en el brazo de la asistente y avanza cojeando hacia la escalera de su remolque.

“¿Está segura de que no desea que le hable al doctor?”.

Con algo parecido a la rabia, Liana dice:

“¡No! ¡No quiero ver a nadie!”.

“Eso sería lo mejor en su estado, por si se vuelve a sentir mal”.

La joven tiene una voz insistente que ella detesta.

Liana dice con dureza, casi con maldad:

“No me suelo sentir mal. Me hizo trastabillar mi perro”.

Y para parecer más convincente grita dos, tres veces:

“¡Nick! ¡Nicky! ¡Nick…!». Pero el perro, claro está, no viene. Liana regresa al remolque lenta, muy lentamente, concentrándose en cada paso. A su alrededor la luz quema, por todas partes brotan chispas: en el follaje, en las largas hojas grises de las palmeras, en los postes de acero, en las piedras filosas. Incluso hay chispas en su propio pelo, en la punta de cada una de sus uñas. Hay una especie de chubasco eléctrico que atraviesa el terreno baldío. Aquello genera también una música particular, un zumbido sordo, un chirrido que penetra los oídos y que forma un nudo al centro del cuerpo. Liana siente náuseas en la garganta.

Un sudor malsano le humedece las palmas de las manos y su corazón late con potencia en las arterias.

“¿Se siente bien? ¿Se siente bien?”.

La joven de lentes sigue a su lado. La toma del codo y Liana se deja llevar, está demasiado débil como para resistirse. Llegan a la escalera y ella quisiera detenerse, pero la mano de la joven la guía hasta la puerta. Entran juntas al habitáculo sobrecalentado.

“Aquí hace demasiado calor”, dice la mujer. “¿No hay aire acondicionado?”.

Liana mueve la cabeza.

“Hay que dejar la puerta abierta, y todas las ventanas”.

“¡No! ¡No!”, grita Liana, acostada a medias en la banca.

“Le voy a traer algo de beber”, dice la joven. “De seguro está deshidratada”.

Va a la cocina y Liana la escucha hurgar en los trastos desordenados. Luego regresa con un vaso de agua.

“No está fría pero igual la hará sentirse mejor”.

Liana bebe. El agua calma sus náuseas y su corazón late con menos fuerza. Tiene sueño.

“Gracias”, dice. La joven la observa con minuciosidad.

“¿No quiere que abra las ventanas? En verdad hace mucho calor aquí”.

“¡No!”, dice Liana. “Es… es por culpa de las moscas”.

“¿Moscas?”.

“Sí, por culpa del perro. Su olor atrae a las moscas”.

Liana mira a su alrededor. La joven entiende de inmediato.

“Quédese sentada. Lo voy a llamar. ¿Cómo se llama?”.

“Nick”.

Liana observa que la joven abre la puerta. Llama al perro. La voz y el nombre del perro resuenan de forma extraña en el espeso silencio del terreno baldío.

La joven vuelve:

“No está. ¿Quiere que vaya a buscarlo?”.

Liana niega con la cabeza.

“Para qué. Ya regresará más tarde. Volverá antes del anochecer”.

Como ya no hay nada más que hacer la joven se queda de pie frente a Liana. Su rostro infantil está marcado por la angustia y el cansancio, como si estuviera a punto de ponerse a llorar.

“¿En verdad no hay nada que pueda hacer por usted?”.

Liana niega con la cabeza.

La joven está a punto de irse pero da marcha atrás. Saca de su mano una libreta, escribe algo en una hoja, la arranca y se la da a Liana.

“Es mi nombre y dirección, con mi número de teléfono. Si necesita cualquier cosa me puede encontrar ahí, o me puede dejar un mensaje. Para Judith, eso es todo. ¿Lo recordará? Judith”.

Liana la mira sin sonreír, sin expresión.

“Las cosas estarán mejor ahora, ya verá”.

“No necesito nada”.

“Hasta luego”.

“Hasta luego, señora”.

“Cuando… cuando vaya al hospital, llámeme. La vendré a buscar”.

La asistente social se va y cierra la puerta con delicadeza.

Allá afuera, el gran perro blanquinegro corre a toda velocidad en algún sitio sobre la tierra polvosa, entre los arbustos a orillas del río seco. Ya no escucha el ruido de los autos que transitan en el camino, en lo alto de los pilares de concreto. Ya no escucha el ruido chirriante de los grillos ni los gritos de los niños en los campos. La luz chispea en las piedras afiladas, en los follajes, en las hojas de las palmeras, en las púas de la alambrada. Es una luz que embriaga, que trastorna un poco. El gran perro vuelve trazando grandes círculos en torno a las granjas, sigue una pista muy vieja y provoca que los perros del vecindario se pongan a ladrar. Luego, cuando cae la noche, deja de correr, se arrastra y con los pelos erizados avanza hacia el gallinero enrejado donde escoge, pacientemente, su presa.

*

Hoy, 3 de octubre, Liana despierta antes que el día. Cuando siente que se le rompe la fuente, comprende que el momento ha llegado, que aquello va a suceder. Aún no había pensado en eso, no con seriedad, por lo que desde hace tiempo dejó de vigilar los días en el calendario, de modo que ha olvidado un poco que aquello iba a ocurrir algún día.

Ya estaba gorda y pesada desde hacía mucho tiempo, con la piel del vientre tensa como una sandía. Acaso se había acostumbrado a todo eso, a ese nuevo estado. Cada día se había puesto más gorda y pesada, cada vez más le costaba agarrar aire al caminar o al ascender las escaleras, incluso cuando subía las banquetas últimamente. Luego la gente la observaba con aire incómodo, casi parecía como si tuvieran algo que ver en esa historia. Incluso algunos eran amables con ella, aunque amables de forma especial, con una mirada un poco huidiza, y Liana sintió desconfianza de ellos. Ya no quería ver a nadie, a nadie más. Cuando regresaba la joven de lentes dorados, Liana entreabría la puerta y en cada ocasión le dijo de mal modo, como si fuera una vendedora de jabones: “Muchas gracias, no necesito nada”.

A últimas fechas reconocía incluso su forma de golpear la puerta con delicadeza usando la punta de los dedos, por lo que Liana no se movía. El perro se ponía a ladrar como un loco hasta que la asistente social se iba.

Liana tiene un poco de miedo al sentir cómo se le escurre toda esa agua en la cama. Al levantarse para limpiar, de inmediato siente unos dolores punzantes. Nunca ha tenido un dolor como ése. Son olas de fuego bajándole por los costados que le paralizan las piernas o le recorren toda la espalda hasta los brazos y los hombros, y le retumban en la nuca.

Liana cae en la alfombra sucia gimiendo, incapaz de caminar. Respira muy fuerte y hace un ruido como de máquina, siente todas sus venas tensas como cuerdas. Su corazón late pesadamente, como si estuviera en el centro mismo del remolque, y hace vibrar todas las láminas, los muebles, el techo.

Nick se le acerca con las orejas levantadas y los ojos amarillos brillando de forma extraña a la luz del foco eléctrico. Quizá ya sabe lo que está pasando. Liana lo llamó en silencio, y lo mira con los dientes apretados para no gemir. El animal se detiene lejos de la mujer y se recuesta sobre la panza con las patas muy plantadas contra la alfombra y las orejas bien paradas, sin dejar de observar con sus ojos amarillos de pupila apretada.

A pesar de los terribles dolores que le impiden pensar o moverse, Liana rueda un poco de lado sobre la alfombra y se siente algo aliviada al ver a Nick, como si en verdad la pudiera ayudar.

Nada dice. Liana permanece acostada en la alfombra con las rodillas dobladas un poco hacia el vientre y los brazos acunándole el cuerpo. Gime con suavidad, aprieta los labios para no gritar. El gemido crece en su interior, le recorre todo el cuerpo con ondas de dolor, violentas oleadas que los labios apretados no dejan brotar y que salen expulsadas en forma de vapor contenido. Gime para ella, y también para Nick, intentando transformar el dolor en una canción monótona que quizá le permita dormir, olvidar.

Pero Liana no puede dormirse. Las oleadas de dolor que atraviesan su cuerpo provienen desde muy lejos, del otro lado de la tierra, y se topan en su camino con la coraza del remolque, y dentro de la coraza se encuentra esta mujer acostada en la alfombra, ovillada, intentando en vano esconderse. ¡Hay tanto sufrimiento en la tierra! La tierra ceniza, los árboles, las palmeras inmóviles, la noche gris, las lámparas que mal iluminan y también todo lo demás: las láminas, los vidrios y plásticos, los muebles forrados con tela imitación piel. Ahí dentro está el gran perro lobo blanco y negro, acostado sobre el vientre como una estatua de piedra, hierática; allá afuera, los hombres y mujeres desconocidos, esos que duermen abrazados en su cama desordenada, los que están solos, los enfermos en las grandes salas de los hospitales, los viejos que se ahogan, todos, allá afuera, en sus cuartos asfixiantes. La soledad que llena el interior del remolque es muy grande. Ahora es ella la que se asoma en oleadas cada vez más tensas. La soledad nace en el fondo de la noche y vibra sobre las estrellas azuladas de las luminarias haciendo que se oiga su terrible silencio. Liana gime y su voz recuerda el zumbido de un mosquito.

Frente a ella el gran perro permanece inmóvil. Observa con sus ojos amarillos, escucha. Liana quisiera llamarlo, piensa en su nombre y en aquel otro, el que le dice Simon, pero en esta ocasión no siente el vértigo. Liana no quiere gritar. No puede. No sabe por qué pero no debe gritar, pase lo que pase no debe hacerlo. Entonces sus labios se aprietan aún más de dolor y sus rodillas abiertas dejan que los brazos se enrollen en el vientre duro apretándolo como un cinturón.

Poco a poco, y sin darse cuenta, los brazos empiezan el movimiento de amasar, inician el acto de expulsión. Se deslizan a lo largo del vientre unidos por los puños, luego suben hasta los senos, vuelven a bajar una y otra vez. Así es como luchan contra las oleadas de dolor, para apartarlas y romper sus filas. Liana rueda sobre la espalda, cae a la izquierda y luego a la derecha: el movimiento continuo de rodarse la alivia. Liana es como un barco que va y viene sobre las olas, cede un instante y luego se inclina mientras la fuerza amenazante pasa por debajo de su casco.

El gemido también va y viene. Por momentos es agudo, poderoso, cuando la ola hace crujir todas las estructuras y hace temblar todo a su paso; en otras ocasiones es suave y grave, lento. El corazón y los pulmones ya no van tan rápido y el tiempo del mundo disminuye la velocidad como un soplo.

Aquello dura mucho tiempo, tanto que Liana ya no sabe cómo empezó todo. Por momentos piensa que el bebé ya está naciendo, que eso es lo que esperó durante meses; piensa que está sucediendo algo extraordinario, que algo va a cambiar en todo el planeta por primera vez. Eso le provoca un gran escalofrío, una corriente que la quema y la ilumina toda, como una lengua de alcohol que se desplaza.

Pero aquello no dura, debido al sufrimiento y a la soledad del fondo de la noche que aprieta la coraza del remolque. Lo único que queda ahora es el dolor que desespera y asfixia a Liana desde de todos los puntos de la tierra seca, del lecho del río sin agua o de la ciudad dormida en la bruma. Un dolor que llega por los pasillos de la sombra en aquella noche tan larga, dolor que avanza y se ramifica en las ramas erizadas de los árboles, en las hojas ásperas de las sábilas viejas.

El perro lobo no se mueve. Sus ojos amarillos observan fijamente a la mujer que gira un poco sobre sí misma, acostada sobre el tapete verde con el vestido arrebujado que rodea su dilatado vientre. Su mirada es dura, las orejas apenas se mueven para captar el crujir del piso bajo el cuerpo de la mujer y las olas incesantes de gemidos.

Acaso quien le da orden a todo ese dolor es él. Acaso el orden se encuentra en su mirada tan dura y amarilla que parece de otro mundo, proveniente de ahí, del centro del calor y de la luz, de las playas ardientes de la memoria, proveniente de la misma luz que la de la semilla del hombre que se quedó en el vientre de la mujer; entonces la semilla creció creando una explosión de dolor, abriendo, separando, forzando la carne que se le opone, enviando largos temblores de fiebre a los miembros, bamboleando sus olas por las entrañas hasta los pulmones, hasta el corazón.

Justo antes de que el sol salga nace el bebé. Liana no se da cuenta de que aquello está sucediendo. Tan sólo comprende que ya no puede levantarse, irse o siquiera pedir ayuda. Es demasiado tarde. Su cuerpo se arquea con tanta fuerza sobre las piernas para intentar formar un arco, que piensa que hará retroceder las delgadas paredes del remolque, e incluso las del país, empujando los árboles, las antenas de alta tensión, el espesor de la noche. Entonces el bebé aparece con la cabeza por delante, deslizándose poco a poco mientras las manos de Liana lo guían hacia fuera. Liana observa el techo del remolque y el foco desnudo que irradia su luz con la misma intensidad de una estrella. Sus manos hacen todo el trabajo junto con su vientre, con dilataciones y contracciones regulares. Las manos guían al bebé entre las piernas abiertas y lo colocan sobre el tapete todo pegajoso cubierto aún con el velo de la placenta. Las manos también rompen el cordón umbilical y hacen el nudo en el vientre del bebé. Para ese entonces, los llantos agudos ya llenan el interior del remolque y la luz del día ha empezado a apagar los rayos del foco.

Entonces, por primera vez, Liana de pronto se siente al fin libre de la angustia que ha sentido desde hacía meses, sin entender muy bien por qué. Esa nueva vida ocupa simple y sencillamente toda la coraza del remolque sin que quede espacio para nada más. Hace tanto calor que Liana no envuelve al pequeño. Al contrario, termina de desvestirse por completo sin levantarse del tapete sucio. Luego pone al pequeño ser sobre su pecho, apretándolo contra sus senos hinchados. Liana se duerme así, acostada de lado sobre el piso, con el bebé en sus brazos, mientras en las ventanas del remolque crece la luz.

*

El perro lobo de ojos amarillos observa fijamente. No se mueve nada su cuerpo, ni sus ojos. Su pelo blanco y negro brilla a la luz del día con cada chispa de luz dura y densa como una gema. En la tierra no hay descanso ni dulzura, jamás. La luz del sol es seca y áspera, proviene de los espacios vacíos y de las playas de guijarros polvosos en el estuario del río grande.

Aquí, en la coraza metálica del remolque, el tiempo se amplifica como si todo se hubiese detenido atrapado por el calor seco, paralizado, golpeado por miles de chispas eléctricas semejante a las piedras y a los sílex ensartados en la tierra polvorosa, semejante a las ramitas de los arbustos calcinados y a los árboles muertos de sed, semejante a las hojas grises de las sábilas y a las palmeras detenidas en el aire pesado del cielo. Con sus ojos amarillos de pupilas dilatadas, el perro lobo inmóvil fija la mirada hacia delante. En su mirada hay fuerza y también en su hocico, en su frente de arrugas verticales. La fuerza viene de sus cejas, unos largos pelos tiesos que salen de una pequeña mancha negra encima de sus ojos, y de sus bigotes cortos y duros, algunos de ellos rotos. La fuerza viene de su pecho y de sus patas traseras, extendidas hacia el frente, cuyas uñas se hunden en la alfombra sucia del remolque.

Ya no se mueve. Es su voluntad. Su fuerza es no moverse. Es como si fuera una orden que no comprende pero que igual escucha y que detiene todo su cuerpo, tensando cada nervio y cada músculo. Acaso la orden surgió de la luz enceguecedora del día, cuando Liana abrió la puerta del remolque por la mañana antes de irse. Entonces percibió una ola dolorosa que lo empujó hasta el fondo del remolque; también escuchó la voz de su dueña, una voz que no había escuchado nunca y que gritó la orden una sola vez.

Los ojos amarillos del perro observan la banca cerca de la ventana. Permanecen fijos en los cojines verdes de imitación piel donde hay una toalla abierta, porque en la toalla abierta duerme el bebé. Él tampoco duerme. Sólo hace un poco de ruido al respirar porque el aire es demasiado caliente y pesado para su pecho. Aun así duerme sin moverse acostado sobre la espalda, con la cabeza de lado y apretando los puños.

El perro lobo lo observa. Lo vigila intensamente con sus ojos amarillos pues el bebé es el único ser vivo en el mundo, el único en poseer un corazón, un rostro, unas manos.

Acaso todo se debe al olor. Desde hace varios días el único olor que el perro lobo percibe es el de ella, un olor extraño, un poco dulce y no muy fuerte que no había olido nunca, un olor particular de sudor y de orín aunque dulce, muy dulce, un poco como el de una planta o una flor. A causa del olor el perro lobo no puede dormir. A veces sus ojos se cierran, posa su mandíbula sobre las patas delanteras y se abandona al sueño. Pero de golpe llega el olor que lo pone alerta y lo invade haciéndolo alzar las orejas y abrir los ojos de par en par mientras cada nervio de su cuerpo se tensa a tal punto que podría romperse.

El olor del bebé es dulce y llena todo el interior del remolque. Tal vez hasta se difumina hacia fuera en el terreno baldío y en los árboles, llegando incluso a los postes de la carretera y las playas desiertas del gran río seco.

Al perro lobo le gusta ese olor. No es del todo consciente de que le gusta, aunque cada fibra de su cuerpo está tan tensa que le duele intentar reconocer aquel olor. Eso genera en él un desajuste, un ruido constante que no cesa, una leve palpitación del corazón, la tibieza de un aliento pasajero, la sangre que corre por las arterias y se mueve bajo la frágil piel.

Él escucha, sin cansarse. Inmóvil y con las patas poderosas extendidas hacia el frente, escucha. Pero como con su mirada, escuchar fijamente es algo tenso, doloroso. Llegan algunos ruidos mínimos del exterior: crujidos, soplos, chirridos de insectos. A veces, a lo lejos, vueltos irreales por el calor, hay gritos de niños o ladridos de perros. Incluso se escucha el rugir de los camiones que suben con dificultad por el puente de la carretera. Los ruidos se mezclan con la luz, el calor, la soledad. El perro lobo los percibe sin estremecerse, resuenan en el instante preciso que los imaginó. Pero sus orejas alzadas, dirigidas hacia el frente, sólo sirven para captar el ruido débil y lento que viene de la banca de imitación piel.

La respiración del bebé es suave, un poco ahogada debido al calor. Su ruido ligero llena la carlinga del remolque. La respiración parece construir algo, acaso de ella proviene el olor no muy fuerte y acariciante que impide dormir al perro.

Cuando el bebé se despierta y empieza a llorar, Nick no se mueve. Pero su mirada se vuelve más dura, todo su cuerpo se tensa al máximo. Sus uñas se incrustan con más fuerza en el tapete y sobre su lomo y su cuello los pelos se erizan un poco.

Desde hace mucho el vacío reina en el remolque, desde hace horas cuando Liana cerró la puerta y se alejó por el terreno baldío. El vacío también está en otras partes: en las superficies de tierra polvosa, en los bosquecillos quemados por el sol, en el follaje de los laureles y eucaliptos, en el lecho blanco del río. Hace tanto tiempo que todo resuena en su cuerpo golpeando incluso las paredes de metal y vidrio. La voz del pequeño que ocupa ahora todo el remolque, brota chirriante y segura, insistente como el canto de los insectos. Es una voz que llora contra el silencio, contra la soledad, perforando la espesura del aire y de los muros de metal, haciendo un agujero por donde el silencio se escapa. Ya no hay nadie ahí, en el remolque, salvo la voz aguda y la mirada fija del perro lobo.

De golpe Nick siente el hambre. Desde hace mucho no ha comido. Su boca y su lengua se volvieron insensibles y ya no recuerda cómo eran antes. Sin mirarla acechó la puerta del remolque hora tras hora, esperando que Liana volviese, esperando que volviera y apareciese a contraluz, esperando que le dijera algo y que lo llamara. Desde hace días Nick aguarda que le dé de comer cualquier cosa, carne, galletas, pan. Pero desde que volvió al remolque Liana dejó de verlo, se acostaba de inmediato en la banca de imitación piel, desabotonaba su vestido y apretaba contra su pecho al pequeño ser que tomaba leche con vigor. Entonces estaba aquel olor de leche y sudor que crecía en el remolque, invadiéndolo todo. Aquel olor lastimaba a Nick, y también lo asustaba, por lo que el perro iba a esconderse debajo de la mesa, al otro lado de la cabina, con los ojos entrecerrados y las orejas echadas hacia atrás.

Luego se vuelve a dejar sentir ese olor dulce y no muy fuerte a leche, orín y sudor que llena la cabina del remolque: pero Nick ya no tiene miedo. El cuerpo del bebé crece y ocupa poco a poco todo el espacio con su piel tibia, su rostro, su aliento y su voz que llora.

El bebé llora más fuerte. Acaso se ha dado cuenta de que su madre está ausente. Acaso él también tiene hambre. Pero su hambre es pequeña y dulce. El bebé tiene ganas de chupar el pecho tibio de su madre y de llenarse la boca de leche espesa; tiene ganas de volver a sentir el calor del cuerpo que quiere.

El hambre de Nick es distinta, se trata de un hambre que ya no reconoce y a la que ya nada puede saciar. Su hambre es idéntica a la soledad del estuario del río seco, ahí donde las casas son barridas por el viento del polvo. Su hambre es un dolor, como el dolor de su mirada y de su oído estáticos. El hambre le roe el interior del cuerpo y lo hace arder de fiebre. El hambre amplifica todo. Cada ruido, cada cosa que cruje allá afuera resuena dentro de su cuerpo haciéndolo estremecerse a pesar de la voz casi continua del bebé que llora. Ahora hay odio, y temor. Nick nunca ha experimentado con tanta fuerza aquello que se encuentra en su interior, al fondo de su cuerpo y que surge formando gruñidos en la garganta, erizándole todo el pelo, achicándole aún más el punto negro de las pupilas en sus ojos amarillos. Cada músculo de su cuerpo está tenso, listo para la acción.

Lo que despierta el odio y el temor en él es la voz del bebé llorando. La voz se mezcla con el dolor de la espera, el dolor de la mandíbula, lo reseco de la lengua y del hocico. La voz se mezcla con el gran vacío que cava un hoyo en el centro de su cuerpo.

Afuera, el sol quema la coraza de aluminio del remolque, los árboles negros aprisionados en la tierra, las piedras polvosas del río. A lo lejos, los autos transitan en la luz con las ventanas ciegas, abiertas a un destino inexistente.

Quizá Liana camine sin destino fijo en el gran supermercado de cemento y láminas, por los pasillos de productos: cajas multicolores, paquetes, carnes en celofán, frutos demasiado rojos o demasiado amarillos, acantilados de botellas con líquidos mágicos y prohibidos. Liana va caminando y la luz de los tubos de neón le ilumina el rostro desaliñado, los ojos hundidos en las órbitas, el cabello color paja. Liana va errando sin objetivo entre los pasillos, choca con las personas y las cosas sin reconocerlas. Camina de un punto al otro de la sala gigante sin tocar ni ver nada, puesto que nada puede ser suyo, puesto que nada tiene.

Un instante después piensa en el rostro de la asistente social y en sus lentes dorados, incluso escucha el sonido de su voz en el oído, pero aunque intente escuchar con todas sus fuerzas no consigue entender lo que dice aquella voz dulce. Entonces camina más rápido para huir de su desconcierto y esconderse. Sin embargo, la luz está por todas partes de la gran sala vacía, no puede escapar de ella. Eso le aprieta la garganta y las sienes, hace que le tiemblen las piernas. Liana sabe ahora que no hay nadie más salvo la asistente social y que no hay otro nombre en el mundo ahí, cerca de ella; sabe que ya no podrá encontrarla.

Liana camina durante largo rato en los pasillos del supermercado a la luz de los neones. Las personas no la miran. Están demasiado ocupadas en ver los pasteles, las frutas, los jabones, la ropa. Sus caras tienen el color de la carne y ojos brillantes como cápsulas; sus manos están ávidas de tomar, de llevarse cosas.

Sólo entonces se da cuenta, en un segundo, de que lo único que busca es la salida, una puerta en cualquier lado para escapar, para estar afuera. Tiene que irse de ahí lo más pronto posible, se da cuenta de la terrible necesidad de hacerlo y del peligro amenazante que hay allá, en el remolque.

Liana se detiene frente a una mujer de pelo castaño y tez bastante pálida que permanece inmóvil frente a los periódicos. Quisiera pedirle que la ayude, pronto, porque sus ojos ya no ven la salida. Quisiera hablar de su hija que se quedó sola allá, en la coraza; quisiera hablar de su hija que van a venir a buscar y a llevarse, la misma que van a devorar. Pero las palabras no consiguen salir de su garganta. Se quedan encerradas en su cuerpo, haciéndole tanto daño que sus labios tiemblan y las lágrimas le llenan los ojos escurriéndole por las mejillas.

La mujer pálida la ve un instante sin decir nada y luego huye rápidamente. Entre las lágrimas Liana la ve dar vueltas y vueltas entre los pasillos, como si quisiera borrar sus huellas.

Afuera la luz del sol es aún más fuerte. Quema y limpia todo: las piedras, la tierra, las hojas de los árboles. Hay polvo de cemento en los techos de las casas, como una funda ligera bajo el cruel azul del cielo. En la carretera de nudos lentos relucen las corazas de los autos. El viento trae por momentos el ruido ronco de los motores, el rugir de los camiones o el de los cláxones como gritos de animales. Luego todo eso se aleja. Todo va y viene así, por oleajes, dudando, intermitente. Hay tanta soledad, tanta hambre… Hay demasiada luz en el estuario desierto del río mientras que en el terreno baldío y aislado la cabina de aluminio del remolque se encuentra en equilibrio sobre sus bases de ladrillo, parecida al casco de un avión que ha naufragado. A pesar de todo eso, a pesar de la violencia y del asesinato, aquí no se oye ruido alguno salvo, ocasionalmente, el gruñir de la carretera y las voces de los perros de las granjas.

Cuando Liana regresa caminando con lentitud por el terreno baldío la luz ha declinado. No carga ningún paquete. Su ropa está cubierta de polvo blanco y cojea un poco, pues uno de los tacones de sus zapatos se ha roto. Su rostro está marcado por la angustia aunque ahora sabe lo que debe hacer, al fin lo ha entendido. Acaso sea demasiado tarde, acaso ellos ya están en camino guiados por Simon o por la joven de lentes dorados. O tal vez encontrará al guardia del terreno baldío con su rifle de doble cañón y su gorra de cazador enfundada hasta las ojeras. Deben llegar ahora, antes de la noche, para matar al perro y llevarse al bebé a uno de sus hospitales. Deben llegar para encerrar a Liana ahora en una gran sala blanca de paredes lisas de donde no podrá escaparse.

Aunque cojea, se apresura para llegar al remolque. Cuando sube las gradas de la escalera y abre la puerta, el perro lobo está junto a ella en un instante con el pelo erizado y los ojos chispeantes, porque ha entendido.

La joven mujer y el perro atraviesan, juntos, el terreno baldío. Liana tiene al bebé apretado contra ella, envuelto en su toalla de cocina. El bebé sorbe la leche mientras Liana camina. A pesar de su cansancio, siente que el líquido que sale la tranquiliza.

Ambos caminan durante largo rato hasta que cae la oscuridad absoluta. Ahora están al borde del río, en las playas de piedras polvosas. Se oye en algún sitio el ruido de un chorro de agua que corre. A lo lejos se escucha el rugir de los motores en el puente de la carretera. En ese lugar el aire de la noche es fresco y ligero. Hay mosquitos que danzan, invisibles. Liana cubre el rostro del bebé recién dormido con la toalla. Nick se aleja, sin hacer ruido, entre los arbustos que bordean el río para cazar gallinas y conejos de las granjas. Volverá al alba, satisfecho y agotado para acostarse junto a Liana y al bebé. Sus ojos brillarán entonces en la sombra como dos estrellas, como si su dura luz bastara, durante unas cuantas horas más, para detener el avance de los hombres que van en su búsqueda.

 

J. M. G. Le Clézio
Escritor y ensayista. En 2008 le otorgaron el Premio Nobel de Literatura. Ha publicado: La música del hambre, Desierto, El pez dorado, entre otros libros. 

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