1. Cuando niño me cogía hipo, mi madre iba a buscar la llave de la puerta trasera, me abría el cuello de la camisa y me deslizaba el frío metal por la espalda. En aquel entonces, yo creía que ése era el procedimiento médico —o maternal— normal. Sólo años más tarde empecé a preguntarme si el remedio funcionaba simplemente por crear una distracción o si, tal vez, había alguna explicación más científica, si un sentido podía afectar directamente a otro.

2. El hipo en el hombre se quita porque sabido es lo fácil que es dominarlo momentáneamente reteniendo la respiración el más tiempo posible y respirando en seguida lo más débilmente que se pueda. Pero hay muchos en que el hipo es muy persistente y se resiste a este medio y aun hay personas afectadas violentamente de hipo durante muchos días sin interrupción. M. Ceysens, médico de Brabante, pretende detener este desorden de las vías respiratorias, por rebelde que sea, oprimiendo fuertemente la extremidad interna o el cuerpo de cualquiera de las clavículas, o las dos a la vez. Si como hemos dicho antes, no basta el contener la respiración, se hace uso de la siguiente receta:

Clorhidrato de cocaína….       1 gramo
Agua destilada…                    16 ”

Se empapa en este líquido un pedazo de franela, de unos doce centímetros o del tamaño de un pañuelo y se coloca como defensivo en la parte que divide el vientre del estómago. En el acto se produce una gran sensación de frío y cesa el hipo inmediatamente. José M. Loeb refiere un caso de hipo rebelde que ha persistido durante cinco días consecutivos a pesar de muchos tratamientos diferentes y que se curó con una cucharadita de azúcar mezclado con vinagre. El hipo cesó estando aún presente el médico tan luego como el enfermo tomó esta mezcla. El día siguiente, hacia las doce del día, volvió el hipo; se repitió el tratamiento con igual éxito.

Fuentes: 1. Julian Barnes, Pulso, Anagrama, Barcelona, 2011. (Con las gracias a Kathya Millares.) 2. Diccionario del Hogar (editor Irineo Paz), Imprenta, Litografía y Encuadernación de I. Paz, Segunda calle del Relox número 4, México, 1901.

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