Este relato pertenece a Mujer perro (Páginas de espuma), segundo libro de cuentos de la escritora madrileña. Se caracteriza por la pericia narrativa y su indagación de la tristeza.

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Una vez Lilly me besó. Fue tan rápida en asaltarme. Un brinco de su torso por encima de la mesa del bar. Un abordaje de brazos flacos, tensos hasta el límite. Inquisitivos labios. Ni una palabra, sólo su lengua viajando por el universo de mi boca. La noche es una hembra de talones rosados, recuerdo que decía una canción obstinadamente, y yo me preguntaba si sería humana, esa hembra. Pero habíamos estado bebiendo y seguíamos bebiendo y el ruido de la gente, la música, la intensidad de Lilly, todo se columpiaba en mi cabeza. Ella había hablado de los grandes monos: ¿No entiendes que hay lugares donde les enseñan a comunicarse?, repetía aún y por siempre. ¿Cuándo aceptaréis que pueden contar lo que hicieron ayer, lo que harán hoy y mañana? Son como la gente que sueña y desea. Ella anclaba los codos sobre la mesa, se sacaba las sandalias de un tirón. Y bebía. Lilly bebía con prisa.

Esa noche estuvimos solos, ella y yo.

Pueden soñar, pueden soñar. Su pie desnudo había rozado mi pantalón como un pájaro huidizo, alborotado. Yo no retiré las piernas. Me fascinaba, me aterrorizaba pensar que pudiera posarse en mí. Pero no retiré las piernas y mis sentidos recorrieron incansables la distancia abismal que nos separaba y luego la piel de su boca y el espacio blando donde se juntaban sus orgánicos pechos, y de nuevo el rostro de Lilly, encendido por la conversación. Llevaba días observándola, retrasando mis propias obligaciones para verla entrar cada mañana en la jaula del gran macho: la cara resplandeciente, sus muslos reventando los vaqueros. Inevitablemente, también me invadieron las imágenes de Él lamiendo los dedos de las delicadas manos de Lilly, espulgando su larga cabellera ante decenas de visitantes, cuidadores, niños atónitos con las narices pegadas al cristal de seguridad que los separaba del gorila más peligroso del mundo. ¡Salvaje Lilly! Su comportamiento provocaba comentarios y risas entre el equipo de trabajo del zoo, entre los colegas universitarios.

¿Cómo es posible que la Dirección le permita exhibirse de esta manera a la nueva becaria?

Sin embargo a mí, esa noche, esas imágenes mentales, obsesivas, me impulsaron a proferir un reclamo borracho y profundo. ¡Yo también tengo sueños, Lilly!, le dije, y entonces fue cuando ella se tiró a besarme y yo supe que no había marcha atrás. Caí adentro de sus ojos, húmedos ojos de lago donde se bañan los monstruos. Ningún suspiro. Nada que me recordara a una mujer. Cuando nos separamos, Lilly ocupó de nuevo su asiento con increíble agilidad y continuó hablando algo nerviosa, claramente decidida a no permitir que se instalase el silencio entre nosotros. Yo aproveché para hurgar con mis ojos su boca, espiar el movimiento de sus labios. Quería ver su lengua, descubrir su cuerpo. Follarla, eso era lo que quería, lo que me aterraba. Intenté imaginarme desnudo junto a ella. Pero dónde, ¿en mi cama?

¿Es que nadie va a apreciar nunca las pinturas de Tarzán?, me insistía ahora, y a la vez jugaba con su pie alado bajo la mesa. Tarzán es, no sé cómo explicarte, Tarzán…

La palabra Tarzán, la manera de pronunciar ese nombre de gorila, como si se perteneciesen el uno al otro, como si ambos estuviesen unidos por un vínculo secreto, despertó en mí una rabia profunda. ¡Las pinturas de Tarzán! Ya en la mañana el cuidador me había comentado, no sin suspicacia, que el gran macho había pintado un corazón en los muros de la jaula con sus propios excrementos y que entonces ella, a modo de premio, lo había besado en la boca. Sentí más furia y atrapé el pie de Lilly. ¡Un corazón de mierda!

A Lilly no pareció preocuparle la presión de mi mano sobre la yugular de sus talones de diosa. Obstinada, volvió a repetir ese nombre. Tarzán. La cerveza resbalaba por su garganta. Sonreía absorta, extrañamente desconectada, como si nada estuviese sucediendo o hubiese sucedido entre nosotros dos. No, ella no me necesitaba, no necesitaba ninguna palabra de amor. El pelo revuelto, camiseta blanca y estrecha sobre sujetador negro como la noche. La noche cuando te pregunta: ¿Y tú quién eres? Y no sabes qué responder y entonces quieres matarla. Bajo la mesa las sandalias doradas de Lilly, caídas, impertinentes; su pie aún palpitando entre mis manos; el tono en que me pide que le cuente mis sueños. Anda, cuéntamelos… Quisiera pensar que clavé los ojos en el suelo, entre colillas y papeles, para no tirarme sobre ella a comerme su corazón. ¿Cómo son tus sueños? La voz rubia de Lilly. Lilly desgarrando mis neuronas, amándose con Tarzán y Tarzán soy yo. Lilly lamiendo su pelaje, el mío. Ruido y gente. El beso con cerveza, con ojos de oscura suavidad. Quisiera pensar que pude haberla matado en esos instantes, ¿o es que los machos respetan la vida de las hembras que no pertenecen a su especie?

Mírame, dijo ella, de pronto con firmeza en la voz. Pero no quise o no pude mirarla. Bajé los ojos, deseé no estar, no ser yo. En la jaula ella me visita, dice que siempre me amará. Y yo le voy a arrancar los jeans. Me ofrece golosinas para simios y yo voy a arrastrar su cuerpo hasta el recinto interior para que nadie vea lo que pienso hacer con ella.

Continuábamos sentados en el maldito bar y era yo quien ahora flotaba en una sensación de extravío. Entre nosotros había surgido un precipicio de silencio: cada uno a su lado de la mesa; el pie de hielo de Lilly apresado por una de mis extremidades… lunático contacto que ella, con ímpetu profesional, intentaba descodificar o transformar en algo, abrir una vía de comunicación quizá, o qué sé yo aún hoy de sus procederes y métodos. En un momento dado Lilly decidió que atravesaría el abismo y así me lo dio a entender con una mirada cargada de significado, una especie de lenguaje para oligofrénicos, pensé yo. Entonces comenzó a transgredir mi zona de seguridad, extendiendo el brazo blanco, tomándome de la barbilla. Mírame, por favor, dijo, muy despacio. Pero ¿y si volvía a besarme? ¿Qué pasaría después? Solté su pie de golpe, arranqué su mano de mi cara. No soy un gorila, rugí.

Antes de abofetearme, de marcharse descalza por la puerta de ese bar, Lilly susurró: No, tú sólo eres un animal desdichado.

Años más tarde volví a ver a Lilly. La detecté entre el gentío por su forma de caminar, como si sortease árboles en un bosque. Llevaba el pelo pintado de rojo violeta, a juego con los labios, con el bolso enorme y rebosante de papeles. Me sorprendió el gesto tirante de su boca. Los ojos no se los pude ver, los escondían unas gafas de sol alargadas, puntiagudas. Una gabardina muy corta, insinuaba el poderío de sus caderas, de sus aún imponentes nalgas. Qué lástima. Cómo hubiera deseado detenerla, conducirla a un portal oscuro. Entonces yo ya no era un joven y me sentía con la autoridad para tocarle el hombro, hablarle al oído. No lo hice. Pero estuve tan cerca de ella. Pude observar el blanco silvestre que nacía entre sus cabellos con la timidez de las pequeñas orquídeas, pude contar los pliegues de piel que orillaban el óvalo de su cara, pude incluso haber ido tras ella para olisquearla a mi placer pues dejaba un rastro inconfundible. Pero tampoco lo hice porque ese olor contenía algo más, antiguas sensaciones, un sueño enredado en lo profundo. Hui presa del viejo terror, la culpa, la vieja fascinación. Estuve vagabundeando por esta ciudad que aún hoy me contagia la tristeza de sus jaulas, de sus seres cautivos, y me obliga a preguntarme ¿Y tú quién eres?

 

Carola Aikin
Escritora y bióloga. Autora de Las escamas del dragón.

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