Chupo era abogado y llegó a la magistratura siendo aún muy joven, después de una brillante carrera hecha a saltos entre las aulas de la escuela de jurisprudencia y La Fama Italiana, cantina de postín.

Cuando instaló su “bufete” en una casa de las calles de La Maestranza, su primer acto fue llamar a sus amigos para que, en gran consejo, decidieran cuál cuarto iba a ser destinado a la cantina y cuál al leonero —cantina completamente privada, magníficamente abastecida por envíos que hacían desde Ahualulco los Topetillo, y desde Tequila por la misma viuda de Martínez—, sancta sanctorum donde se oficiaría entre la una y las tres de la tarde, y de donde los clientes saldrían para ir a ver a la fulanita o a la menganita que estaba de moda en la casa de la Carlota.

Pero Chupo —gran pontífice de Baco y sacerdote de Venus— no seguía a sus amigos a los prostíbulos: su especialidad eran las muchachitas primerizas escondidas en los barrios, a las que llegaba infaliblemente después de enredar a las mamás en una madeja complicada de elogios y de obsequios. Había que verlo del brazo de una gruesa matrona, con su cara sonriente, atento y meloso como un marido en el sexto día de la luna de miel, llevando adelante a la pollita que había destinado para víctima, y a la cual se le metía en el corazón a través de los panegíricos cotidianos hechos por la mamá.

No había hombre como Chupo —Chupo era el tipo más bien educado del mundo—, tan atento, siempre ocupándose de servir a la mamá, de llevarle flores —sería un esposo ideal—. “Ay hija, ¿pero por qué no le haces caso al señor licenciado?” —y la chica caía redonda.

Entre las conquistas hechas en familia, y las copas de tequila selecto, Chupo se dio un tropezón y cayó en brazos de una de sus víctimas: se casó con ella —y tuvo suerte tan desmedida que la muchacha no sólo fue su compañera ante la ley y ante la sociedad, sino ante las botellas de tequila—. Las borracheras eran conyugales. En una —la última—, Chupo se durmió dulcemente para no despertar jamás.

Cuando a los nueve días reglamentarios la viuda fue al cementerio a llorarle al muerto, se encontró este epitafio puesto sobre la tumba por los amigos “del malogrado jurisconsulto, honra del foro tapatío”:

Si quieres vida tranquila
y sin trabajar dinero,
perfora aquí un agujero
y sacarás de maquila
cuando menos, media pila
de tequila,
cada día.

Fuente: Dr. Atl, “Todos murieron”, Cuentos bárbaros y de todos colores (selección y presentación de Jaime Erasto Cortés), Conaculta, México, 1990.

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