LAS CALAVERAS

Era un hermoso salón, inundado de luz… y una multitud de damas y caballeros.

Los rostros eran exultantes, la conversación bulliciosa… Todos departían animadamente sobre una renombrada cantante. La calificaban de divina e inmortal… ¡Oh, qué espléndido ese último gorgorito que había lanzado ayer!

De pronto, como por arte de magia, todas las cabezas y rostros quedaron despojados de la fina película de piel, dejando al descubierto la mórbida blancura de los cráneos, el reflejo azul metalizado de las encías y pómulos en carne viva.

Contemplé con espanto cómo se movían y articulaban esas encías y pómulos, cómo giraban, reflectando la luz de las velas y lámparas, esas esferas de hueso llenas de protuberancias, y cómo, dentro de ellas, giraban y se movían otras esferas menores, unos ojos de mirada perdida.

No me atrevía a tocar mi propio rostro, ni a mirarme en el espejo.

Las calaveras seguían moviéndose, como si tal cosa… Con la misma animación, agitando tras los descarnados dientes los colorados flecos de sus lenguas, parloteaban sin cesar de aquel inigualable, maravilloso último gorgorito que había lanzado la inmortal… sí, ¡inmortal! cantante.

Abril de 1878

Fuente: Iván Turguéniev, Senilia. (Con las gracias a Ricardo Bada.)

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