El 22 de junio de 1986, en la cancha del Estadio Azteca, las selecciones de Argentina e Inglaterra se enfrentaron en un partido que hoy es leyenda. A tres décadas de distancia, publicamos con autorización de Tusquets Editores, un fragmento del libro El partido (del siglo). Argentina-Inglaterra 1986, del periodista argentino Andrés Burgo. Este es el recuerdo a voces del gol ilegal e inmortal de Maradona.

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Los cinco minutos iniciales del segundo tiempo son una continuidad del primero: Maradona va cortando el viento y los ingleses están metidos en un río bravo, como un kayak a punto de volcar. Si aplicamos al 22 de junio de 1986 una frase del escritor estadounidense John Irving, «Nos forma todo aquello que deseamos», el carburante de Argentina es su determinación, casi su obsesión, con el gol. La selección aplica un método de tortura china, derrama gota a gota sobre la frente de un rival que no puede escaparse de ese martirio.

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—El gol está madurando, señores —dice Julio Ricardo en radio Argentina, en otra de sus profecías olvidadas del 22 de junio de 1986.

—Cinco minutos de la parte final. Argentina y la pelota, Argentina y el partido. ¿Para cuándo Argentina y el gol? —redobla la apuesta Víctor Hugo y, como si el partido siguiera un guion con base en sus presagios, el 1 a 0 llegaría en la jugada siguiente.

Giusti avanza 15 metros en posición de lateral derecho y habilita para Burruchaga, que descarga el asunto en Batista, que imita a los alpinistas en un campo base: otea el frente, analiza la montaña y las variantes atmosféricas para definir por dónde será el ataque a la cumbre, y decide volcar el juego a su izquierda, a Enrique, que completa el cambio de frente para Olarticoechea. El Vasco cruza mitad de cancha sin saber que incuba el gol más controvertido de la historia.

Lo que ocurre a partir de entonces se repetirá cientos, miles, millones de veces: será una tesis universitaria patria. Olarticoechea espera la llegada de Trevon Steven y habilita a Maradona, que muta en un látigo cargado de electricidad e inicia un slalom de izquierda al centro: gambetea a Hoddle, se escurre ante el cierre de Reid y, cuando Fenwick sale a chocarlo, libera el juego hacia la derecha, a Valdano. Hodge quiere anticiparse al delantero pero, nervioso como si acabara de ver al diablo con la camiseta argentina, lanza la pelota hacia al área inglesa, al punto del penal. Maradona venía en velocidad después de su raid y acelera. Fenwick, que había esperado al 10 de frente, en la puerta del área, queda a contramano, a tres metros de la jugada. El arquero Shilton hubiera salido a tiempo si Maradona, 18 centímetros más bajo, utilizara su cabeza. Pero Maradona no lo hace: usa su mano.

La pelota le pasa por encima a Shilton, pica una vez en el área chica y se dirige, inexorable, hacia el arco inglés ya desprotegido: cruza la línea casi en cámara lenta, como cumpliendo un designio sádico.

Es gol.

Gol inmortal, gol ilegal. Aunque casi nadie lo advierte en el Azteca.

—Esa jugada la inicié yo por izquierda —recuerda Olarticoechea—. Toqué para adentro, piqué en diagonal y fui siguiendo de cerca la pelota. Cuando Maradona hace el gol, yo estaba en el borde del área grande, a diez metros suyo, y no me di cuenta de que le pegó con la mano.

—Yo quedé del lado contrario de la jugada, por la derecha, y no vi que fuera con la mano —dice Burruchaga—. Los que se podrían haber dado cuenta eran los que estaban atrás de Maradona o por la izquierda, pero muy pocos se dieron cuenta.

“Yo no vi la mano —dijo Valdano en Fútbol Pasión con Eduardo Galeano— pero sí me di cuenta de que Diego no podía llegar hasta allá arriba con la cabeza. En los entrenamientos de México, tirábamoscórners y cuando Diego pegaba un cabezazo extraordinarioalguien se reía. Entonces preguntaba: ‘Pero ¿de qué te reís?’, y merespondían: ‘Diego le pegó con la mano’. Yo no lo podía creer:‘¿Cómo con la mano?’. ‘Sí, con la mano’, confirmaban. Pasaque saltaba y hacía el mismo movimiento con la mano que conla cabeza”.

—Yo no vi la mano —dice Giusti—, pero los ingleses levantaron el brazo enseguida, pidiendo mano. Miré al juez de línea, y veo que arranca hacia el medio. ¡Era gol!

—Para mí, en ese momento, el gol fue de cabeza —coincide Enrique—. Lo que me impresionó fue el salto de Diego para ganarle a Shilton. Por eso entiendo que el árbitro y el juez de línea se hayan equivocado: casi ningún jugador vio la mano, y eso que estábamos al lado. Recién cuando los ingleses putean al árbitro me doy cuenta de que había algo raro.

—Yo estaba en mitad de cancha y no vi mano —sostiene Batista.

—Desde la defensa, yo no veo mano —concuerda Ruggeri—. Lo que sí me extrañó fue que le haya ganado al arquero en el salto. Pero Diego lo hizo con una velocidad increíble: mirá que estábamos ahí y no nos dimos cuenta.

— Desde el otro arco lo único que veo es que Diego saltó y ganó, pero nunca pensé que había sido con la mano —dice Pumpido—. Fue todo en menos de un segundo.

—No, en el banco de suplentes no vi mano —dice Bilardo—. Nadie se dio cuenta de nada, y eso que estábamos derechitos a la jugada.

—En el banco no vi la mano, ninguno de nosotros la vio —dice Clausen—. Si la tenés que mirar muchas veces por televisión y tampoco terminás de darte cuenta.

—Yo vivo en México —dice Zelada, el tercer arquero del plantel— y los mexicanos no me creen cuando les digo que no vi la mano. “Ustedes, los argentinos”… Pero honestamente no la vi. Diego fue tan grandioso que consiguió eso: que no nos diéramos cuenta.

—Los utileros no podíamos estar en el banco de suplentes pero sí dentro de la cancha, y yo me puse detrás del arco —dice Benros—. Estaba con Carmando, el masajista napolitano de Diego, y ninguno de nosotros vio la mano.

Completar el testimonio con el resto de los testigos sería ocioso: ninguno de los jugadores, técnico y auxiliares de la selección que contemplan la jugada a la altura de Maradona —y del árbitro— dice haber visto la mano. La divergencia surge en la acción siguiente, el grito del gol, lo que en principio parece una cuestión menor, ornamental, pero que pudo no haberlo sido: también las transgresiones del fútbol están expuestas a que un detalle lo arruine todo.

En el comienzo de su festejo, Maradona mira tres veces al árbitro, como si no terminara de creer que la ilegitimidad de la mano no impidiera la validez del gol: lo hace apenas se levanta del piso y lo repite dos veces más, ya corriendo hacia el palco donde estaba su padre. Para algunos de sus compañeros, Maradona se delata con ese gesto, se reconoce en falta. Para otros, en cambio, que Maradona nunca se detenga, que salga corriendo tan rápido como si eso borrara las pistas del crimen, es su segunda virtud.

—La avivada de Diego no fue solo por haber metido la mano, sino porque además empezó a gritar el gol apenas se cayó al piso —dice Batista—. Salió corriendo como si no hubiese pasado nada. Si se quedaba dudando, por ahí el réferi también dudaba.

—Despejé mis dudas cuando vi a Maradona gritando el gol, porque ese era un grito que llevaba una duda adentro —dice Valdano.

—Fijate que Diego se delata en el festejo: mira al árbitro, como sintiéndose culpable o pidiendo permiso para gritar el gol —interpreta Enrique.

“La jugada fue así —le dijo Maradona a El Gráfico en 1987, en el primer aniversario del Mundial—: yo tiro la pared con Valdano, a Valdano lo anticipa Fenwick —en verdad fue Hodge— y, cuando va a rechazar, le queda alta y prefiere pasarla atrás. Intuyo que se la va a dar a Shilton y yo no llegaba, la verdad es que no llegaba, así que me tiré con todo”.

—Leí en alguna parte que Maradona pensó que Kenny Sansom había hecho el pase hacia atrás en el incidente de la Mano de Dios —escribe Hodge por correo electrónico—. Me sorprendió que no supiera que había sido yo. Es un momento muy famoso de los Mundiales.

“Cuando yo vi que el juez de línea corría hacia el centro de la cancha, encaré para el lugar de la tribuna donde estaba mi papá para gritarlo con él —agregó Maradona en Soy el Diego, en 2000—. Estuve medio gil, porque salí festejando con el puño cerrado y mirando de reojo a ver qué hacían los jueces. ¡Mirá si el árbitro se agarraba de eso y sospechaba! Todos los ingleses protestaban y Valdano me hacía así, ¡ssshhh!, con el dedo en la boca, como si fuera la foto de una enfermera en un hospital”.

“A mí me dio la primicia ahí —dijo Valdano en Fútbol Pasión con Eduardo Galeano—. ‘Vamos, vamos rápido, que hay que sacardel centro cuanto antes’. Sacar del centro en el fútbol es borróny cuenta nueva, ya no se vuelve atrás”.

“Maradona contó que tuvo que decirles a los otros jugadores de su equipo que festejaran el gol —recuerda un defensor inglés, Kenny Sansom, en su biografía, Superar a todo, mi historia, Kenny Sansom (John Blake Publishing, 2008)—: ‘Vamos, grítenlo o lo anulan’”.

 

Andrés Burgo

Periodista especializado en deportes. Es autor de Ser de River en las buenas y en las malas y coautor de El último Maradona. Cuando a Diego le cortaron las piernas.

Este texto forma parte del libro El partido (del siglo). Argentina-Inglaterra 1986, editado por Mirada Crónica.