Escribí que exactamente cuando en la cancha los jugadores argentinos repartían objetos amistosos entre los jugadores ingleses como para desalentar cualquier expectativa morbosa y malvinera (por la Guerra de las Malvinas), en la tribuna norte y superior del estadio los madrazos empezaron entre los hooligans ingleses y los barra-bravas argentinos.

No escribí que la FIFA ordenó que los equipos no usaran los colores de sus banderas en los uniformes. Argentina salió de azul oscuro; Inglaterra de blanco pero con un ligero azul celeste en la camisa y los shorts, como en deferencia a los colores argentinos.

estadio

Escribí que por el aire flotaban unas palabras de Borges: “El deporte es una frivolidad peligrosa porque engendra nacionalismo”.

No escribí, porque no hacía falta ya que aún y también flotaba en el aire, que Borges había muerto una semana atrás; tampoco, para evitar una sobrecita, que en el que sería su último libro Los conjurados (1985) había el poema “Juan López y John Ward” donde se lee: “Hubieran sido amigos, pero se vieron una sola vez cara a cara, en unas islas demasiado famosas, y cada uno de los dos fue Caín, y cada uno, Abel”.

Escribí que el mismo país que encaminó al futbol, digamos, a su proceso civilizatorio, era el que menos había podido disociar al futbol de la ferocidad: al Equipo de la Rosa seguían los desmanes hooligonescos de la Broza.

No escribí que a los hooligans Margaret Thatcher no los bajaba de animales pero el sentimiento era recíproco; una de las mantas ese día en el Estadio Azteca anunciaba: “Los Amos de Londres (y el dibujo de una máscara de luchador). La cuña roja. Bye, Bye, Maggie”.

Escribí que una de las madrizas empezó porque un barra-brava argentino le arrebató la bandera inglesa –mejor dicho: del Manchester United— a un hooligan y la desgarró hasta dejarla como falda de hawaiana; el agredido se le fue encima al agresor sin medir el hecho de estaba rodeado por furiosos montoneros que los obligaron a recular, a él y a tres hooligans más hasta enviarlos a otra parte de la tribuna; los hooligans iban a traer más refuerzos y el espectáculo recomenzaba.

No escribí, porque aún no lo sabía, que frente al primer gol que Maradona metió con la mano el filósofo inglés A. J. Ayer luego de admirar al mejor jugador observó que Maradona podía estar expuesto a la crítica moral no porque ocurriera el gol (los árbitros se equivocan, la vida es así, etcétera), sino tan sólo por haber procedido con ostentación: lo celebró como si hubiera marcado un gol legítimo.

Escribí que al término del juego Maradona alzaba los brazos para alebrestar a los aficionados o confirmarlos en la certeza de que Argentina había ganado más que un juego de futbol, y que rumbo a los vestidores el portero argentino Pumpido se detuvo a increpar a los hooligans pegados a la barda; Pumpido les enseñaba orgulloso la sudadera nacional y lanzaba retos a los hooligans que, de no mediar entre ellos el foso de cocodrilos —lleno de policías— y la reja, lo habrían dejado en Tullido.

No escribí que los hooligans habían logrado colar una manta que de entender de qué se trataba los encargados de seguridad la habrían retirado; decía “EXOCET LINEKER” en referencia a Gary Lineker, el goleador inglés que anotó el 1 del 2-1 a favor de Argentina, y al Exocet: el bombardero más poderoso de Inglaterra en la Guerra de las Malvinas.

Escribí que unos hooligans sobre la barda de la tribuna les lanzaban a los fotógrafos gargajos, indicaciones de que este brazo te entrará donde te quepa y hacían mooning (el “luneo”: ponerse de espaldas, agacharse y enseñar las nalgas desnudas).

No escribí, o sí, que otros hooligans se colgaban de la barda para saludar de mano a los policías que los vigilaban desde el foso, y otros más se ponían de acuerdo con un señor gordo que traía una bandera de México y varios hijos o sobrinos para lanzar sucesivas porras a México e Inglaterra.

Escribí que en el segundo gol que anotó, ya sin mano y a puro pie, quizás el mejor en la historia de las copas del mundo, Maradona cumplía el sueño de nuestra infancia de algún día estar en un Mundial con estadio repleto y tomar el balón y burlarse a todos y meter el gol.

No escribí que ese gol de Maradona habría sido imposible sin el fair-play de los ingleses, ya que ninguno de los medios y defensas a los que burló le dio a Maradona una patada faulera para bajarlo en las respectivas y sucesivas oportunidades de su gran jugada personal varios metros antes del área grande. Con patada previa, no habría habido gloria. Viva el fair-play.

 

Luis Miguel Aguilar