“¡Jotos los de antes!”, decía Álvaro Rendón Moreno, El Feroz, refiriéndose más en bromas que en veras a los años, todavía recientes, en que el homosexual vivía oculto, forjando una suerte de clandestinidad que pedía invisibilidad para evitar ser lastimado física o simbólicamente. Eso lo decía Álvaro, sinaloense, amigo cercano de Gilberto Guevara Niebla, Pepe Woldenberg y Héctor Aguilar Camín, es decir, lo decía un tipo que tenía vida, un hombre informado, culto, curtido en la furiosa soledad que la buena lectura demanda (su apelativo de “feroz” aludía, en parte, a esa voracidad lectora suya). La frase tenía algún sentido en los tiempos en que convivíamos a diario con artistas, promotoras y promotores, escritoras y escritores homosexuales, lesbianas o transgénero. En el medio cultural del semitrópico sinaloense se había creado ya una suerte de subcultura no sólo de reconocimiento, sino de hasta cierta reverencia a lo “diverso”, a lo que antes nos parecía ajeno y despreciable y aparecía ahora como sofisticado y portador de cierta sensibilidad sui generis, especial, singular. De algún modo, lo que El Feroz quería decir era eso: esa visibilidad no sirve a nadie, es una visibilidad chic, buena onda, de camerino, de copita de vino blanco y canapé.

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Y este es, me parece, uno de los asuntos clave (sólo uno) para entender las dramáticas manifestaciones de homofobia vistas en las últimas horas en México (condenas vitriólicas de la jerarquía católica a la iniciativa de reconocimiento civil a los matrimonios gay) o en Orlando, Florida. Como implícitamente lo sugería El Feroz, sospecho que lo que molesta, muy particularmente en nuestros días, no es la homosexualidad, el lesbianismo o el transgénero en sí mismos: lo que molesta es su existencia pública, su nombrarse con todas sus letras, su visibilidad, su reconocimiento legal con todo lo que eso supone en términos de derechos civiles (matrimonio y familia incluida). Lo que molesta, para decirlo en términos del gusto de la modernidad, es la laicización del cuerpo.

La homofobia se genera a partir de la construcción de imaginarios que, como sabemos desde Castoriadis, son redes de significación, atribuciones de sentido que una sociedad o un grupo social hacen con respecto a un fenómeno, a un hecho, a una parte de la realidad. Y eso no se va a evitar nunca: todos los colectivos humanos, “civilizados” o “bárbaros”, se instituyen imaginariamente. La cuestión acá es que, como también señalaba el autor de La institución imaginaria de la sociedad, un imaginario no se traduce solamente en percepciones. Se desdobla, no pocas veces trágicamente, en relaciones y prácticas sociales específicas.

Desde San Pablo, el homosexual, el “afeminado” o el “que se echa con hombres” tiene vetado su acceso al cielo. Y hasta ahí, digamos, el imaginario se despliega en el ámbito de lo religioso (más complicado fue el asunto para Sócrates que, acusado de pervertir a la juventud, aceptó como deber político —por obediencia a las leyes de la polis— beber de propia mano la cicuta). Dejar de lado la condena paulina, ponerla en el lugar de la creencia y la confesión de cada quien, propició la lenta pero progresiva aparición del tema como algo susceptible de discusión civil, como un tema que podía subir a la esfera de la deliberación pública.

Porque, bien vistas las cosas, se trata de la reivindicación de la soberanía del cuerpo, pero también, y sobre todo, de algo que va más allá de la preferencia sexual: se trata de la afirmación de la soberanía de la persona. Una discusión que nos es familiar desde Montaigne y su defensa de la opción personal por la muerte elegida. Lo que está en juego en ambos casos es, en efecto, la soberanía de la persona sobre sí misma, sobre su cuerpo tanto como sobre el destino de su alma. Fausto decide, en principio, sobre el destino de su alma al ofrecerla por el amor de Margarita. Y esto no escandaliza a nadie, todo lo contrario: se reconoce a lo largo de la leyenda y la tradición hasta llegar a Goethe. Escandaliza el amor profano, el que no es susceptible de la procreación natural, ese que existe-pero-no-debe-existir-o-por-lo-menos-no-debe-ser-nombrado.

Hacer visible, “normalizar” y otorgar reconocimiento civil a ese Otro es, en principio, lo que más incómoda. Y esto ocurre, sobre todo, en el caso de poderes como los eclesiásticos: ¿en qué se funda la prohibición a la mujer de oficiar misa, de ejercer el sacerdocio? En lo mismo en que, al nivel de la sociedad general, se funda el poder del hombre sobre la mujer. La sociedad moderna, como la antigua, organiza su jerarquía de valores y de mandos en una clasificación binaria: hombre-mujer es la principal bisagra articuladora de esa jerarquía. La aparición y visibilización de lo homo, lo trans o lo unisex, afecta esta lógica, la trastoca radicalmente pues obliga al reconocimiento de otras figuras, de otras personas, de otras posibilidades de conformación de la identidad, de la familia y de reconocimiento de las y los sujetos de obligaciones y derechos en la vida civil y pública. Esta alteridad es la que altera.

Sospecho que el camino de esta afirmación será todavía largo. Burckhardt dibujó muy bien los avatares del arduo paso del predominio del principio religioso al del principio político en la figura del Estado (y también prefiguró las atrocidades que ocurrirían con la exacerbación de ese predominio en el siglo XX). Nosotros no podemos todavía más que imaginar el cuadro de una sociedad en que la soberanía del Estado laico coexista con la soberanía del cuerpo laico, de la persona laica en su integridad.

Hasta ahora tenemos las figuraciones (y desfiguraciones) del reconocimiento chic-culterano-y-muy-políticamente-correcto-del-asunto en muy estrechos ámbitos. Las fuerzas del imaginario homofóbico y sus desdoblamientos prácticos (tan concretos y encarnizados como la matanza de hace cuatro días en Orlando) operan con eficacia desde su secular sedimentación en las iglesias cristianas, el dictum islámico, la ordinaria relación familiar, las ideologías y la política en casi todas partes y casi todos los días.

A eso quería referirse, creo, El Feroz, con su nada elegante frase. El Feroz, ese mismo que cayó absurdamente abatido por otra intolerancia: la del rafagazo de balas que cortó sin piedad ni averiguación una vida noble y generosa, una vida que en mala hora apareció por una carretera desierta en Sinaloa como el Otro que no debía transitar, que no debía estar ahí a esas horas acechadas por la intolerancia malandrina de estas tierras.

 

Ronaldo González Valdés
Sociólogo y ensayista. Su último libro es Sinaloa: narrativas desde lo social y la violencia, Gobierno de Sinaloa, 2014.

 

6 comentarios en “El duro imaginario de la homofobia

  1. Excelente ese reconocimiento [aceptación civil] del otro, sea el del homosexual o el que transita por los caminos que controla la malandrinada sinaloense.

  2. Exacto. El homosexual liberado es percibido como peligroso. Entonces cuando no solo es liberado sino permitido, sienten que es el acabóse.
    Por qué? Porque creen que pierden el control de los individuos. No se dan cuenta que tal vez por eso mismo existen los homosexuales.
    Parte de ese imaginario homófobico es el sistemático hurto y apropiación cultural de las aportaciones del colectivo homosexual al progreso sociedad.
    Si la unión o la sensibilidad homosexual no produce hijos qué es lo que sí produce y aporta. Al Feroz le respondería que en lugar de romantizar a los jotos oprimidos de antes contemple a los homosexuales liberados de hoy, fuera de la sombra. Con un propósito distinto al de reproducir la especie pero reflejándola en el prisma de posibilidades de la identidad y el contacto. Simbolicamente la Era de Acuario, que es Ganímedes, y que se avecina en todos los órdenes sociales.

  3. Esperé el pronunciamiento del Gobierno de la República al abordar el tema de la masacre de Orlando, tenía la esperanza de que en su pronunciamiento acertara en los términos. Falló. Increíblemente, el discurso que quería escuchar lo pronunció una cantante de música pop. Lady Gaga hizo todo el tiempo alusión a la muerte de 49 SERES HUMANOS, de 49 PERSONAS. Es esta la forma en que espero los Gobiernos aborden la situación. Etiquetar a sus ciudadanos contribuye a sectorizar a la sociedad. Los humanos, las personas tenemos que aprender a convivir en comunión, por dispares que sean nuestros idearios.