En Breve tiempo del imposible (Cal y arena) Joaquín-Armando Chacón crea personajes apresados por la ensoñación, la venganza, el miedo, la posesión, la culpa, la nostalgia, la soledad y el recuerdo. Publicamos uno de los relatos incluidos en el libro.

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En la primera semana con monsieur Larchant le estuve leyendo durante las mañanas antiguas noticias de pol­vorientos periódicos (invariablemente les faltaba una página y las noticias quedaban truncas), así como selecciones de La Biblia y, luego, después de un descanso de varias horas que yo aprovechaba para ir a encontrarme con el sacerdote Taillefer, al lado de algún solitario o junto a la estigmatizada, por la tarde recomenzaba con otra selección de La Biblia para después em­prenderla con capítulos de La cartuja de Parma de Stendhal.

A mañana y tarde tocaba el timbre de esa casa en el Boule­vard Georges Mandel y me abría la puerta un solemne y enjuto mayordomo que sin decir palabra me conducía a la biblioteca, donde ya me esperaba monsieur Larchant atrás de su escritorio. El mayordomo cerraba entonces las gruesas cortinas de la ventana y encendía una lámpara que daba su luz sobre un atril, frente al cual yo me sentaba para leer.

Al terminar mis lecturas, monsieur Larchant golpeaba el piso con su bastón, reaparecía el mayordomo y me acompañaba a la salida.

En esa primera semana tuve la impresión de que sólo ellos dos habitaban la inmensa casa. Al mayordomo solemne le escuché sus primeras palabras al finalizar el primer viernes y entregarme mi paga:

“Monsieur Larchant lo espera el lunes venidero. No falte, monsieur”. Así que volví el lunes, leí, me fui a buscar a Taillefer, regresé por la tarde y a la salida busqué a mis amigos estudiantes, sin encontrarlos, anduve vagando hasta la hora de poder regresar al departamento del sacerdote y el martes por la mañana todo siguió su curso, pero por la tarde al entrar a la biblioteca me encontré también con la presencia de una bella mujer de apariencia extrañamente joven.

“Ella es Dominique y va a acompañarnos algunas tardes”, anunció monsieur Larchant golpeando rítmicamente su bastón contra el suelo: “Dominique, él es nuestro joven lector”.

La mujer vino hacia mí y depositó dos besos en mis mejillas y luego fue a sentarse en un sillón junto a una lámpara de pie que la iluminaba sólo del tronco para abajo, dejando en la oscuridad su rostro. Dos conos de luz en la biblioteca en penumbras.

Leí la selección de La Biblia con cierto nerviosismo por la pre­sencia de la bella mujer y las palabras que monsieur Larchant le dirigía (“¿No estás bebiendo demasiado?”, “Compórtate, Domi­nique”, “No hagas ruido, maldita sea”), y enseguida continué con los capítulos finales de la novela de Stendhal, acostumbrándome a los reproches de monsieur Larchant, a sus golpes de bastón y los movimientos de la mujer.

Hacia la página final de La cartuja de Parma, la joven Domi­nique comenzó a deslizarse hacia la alfombra y allí comenzó a roncar despreocupadamente.

 

La antigua marquesa Sanseverina, a pesar de estar rodeada de todo cuanto en este mundo parece que hace la felicidad de los mortales, sobrevivió muy poco tiempo a la muerte de Fabrizio, a quien ella adoraba y que murió un año después de su ingreso en la Cartuja.

Las cárceles de Parma están ahora vacías. El conde Mosca es in­mensamente rico. Y Ernesto V ha sabido conquistarse el amor de su pueblo, su reinado se compara al de los grandes duques de Toscana.

 

Y fin de la novela de Stendhal.

Se hizo el silencio.

“Ya no hay novelas así”, dijo monsieur Larchant. Y cuando intenté avisarle del estado de Dominique, él me interrumpió: “Sí, lo sé. La perra se ha desmoronado. No se preocupe. Ya vendrá Gastón por ella”.

Aunque en los días siguientes yo esperaba la presencia de Do­minique, la bella mujer no hacía acto de presencia y todo siguió como antes, sólo que monsieur Larchant me anunció que desde la siguiente semana yo comería allí en su casa. Y así fue, terminaba la mañana y el mayordomo me conducía hacia la cocina, donde una vieja mujer ya tenía preparados los platillos que acompañaba con un vaso de vino. Esta mujer apenas me dirigía las palabras indispensables y, una vez que terminaba de servirme, se ausentaba de la cocina. A las cinco en punto de la tarde el mayordomo me conducía de nuevo hacia la biblioteca, donde me esperaba ya mi anfitrión. Con el paso de los días, algunas veces después de comer salía a pasear por el parque cercano…

Pero sí, claro, olvidaba contar, que ya para entonces no vivía en el departamento de Taillefer. Al final de la segunda semana y al pretender entregarle el producto de mi trabajo, el sacerdote opinó que lo mejor era que buscara otro lugar para vivir y donde pudiera tener la compañía de una guapa mocita, pues para nadie era conveniente la soledad, e insistió con firmeza: “El domingo por la noche espero ya no verte aquí”.

Me di a buscar un alojamiento y, por medio de Jan y Stephen (ella pintora de cerámicas y Stephen poeta) conocí a un misterio­so mexicano que trabajaba comprando y vendiendo cuadros para una empresa japonesa, quien sin tardanza desocupó su cuarto en un hotelito cercano a la Shakespeare and Company, librería que en un tiempo fue de Sylvia Beach, ya que el marchand mexicano estaba por dejar la ciudad.

Y así siguieron pasando los días y las lecturas de los artículos de periódico y de los pasajes bíblicos para comenzar con el ci­clo de Flaubert, primero con La tentación de san Antonio, y todo en normalidad, sin ningún indicio de que en esa casa estuviera alguien más que monsieur Larchant, el mayordomo solemne, la cocinera de pocas palabras y yo por las mañanas y por las tardes. Ninguna señal de Dominique, como si su presencia hubiera sido un absurdo sueño.

Cada viernes, al entregarme mis honorarios, monsieur Larchant hacía la recomendación de que en el fin de semana fuera a ver a algún pintor en especial a un museo: “Vaya a admirar la luz mara­villosa de Vermeer”, me decía por ejemplo, o bien: “Contemple las ninfas de Monet… Conozca a Chagall… Salude la intensidad de Van Gogh… Acompañe a Renoir… Recorra las calles en los lienzos de Utrillo… Sonría ante la gracia del trazado de Degas, sienta la tris­teza de Toulouse-Lautrec… La exquisita contundencia de Camille Claudel… Excítese con las mujeres de Modigliani, expíe sus culpas ante la emoción de Millet y piérdase en los manchones de Miró”, o me entregaba algún pase para alguna obra de teatro: “Vaya a verla si lo desea, ya me dirá luego qué le pareció”, me decía. Sin embar­go, jamás quiso escuchar mis comentarios sobre obra alguna, ni de la impresión que me causaban las pinturas.

“No, no, no me diga nada, guárdeselo, quizás en algún mo­mento usted pueda utilizar esa música que escuchó brotar de los colores…”

A veces alcanzaba a reunirme hacia la medianoche para un café o una copa de vino con el grupo de estudiantes de arte que el fotógrafo Bernard me había presentado y algunos sábados Vera me acompañaba en mi recorrido por los museos o bien a la repre­sentación de una obra teatral. Vera tenía un novio que por enton­ces trabajaba en Bélgica y venía a estar con ella y disfrutarla una vez al mes, aunque también llegué a saber que se veía con cierta frecuencia con un músico de color.

Y, sí, en cuatro o cinco ocasiones, cuando había tenido alguna riña con el jazzista, después de una función teatral o de presenciar una película, ella se quedaba a pasar la noche conmigo.

Uno de esos días, al salir temprano por la mañana en busca del ansiado café para el ánimo de enfrentarnos a las próximas horas, el conserje del hotel me avisó que la noche anterior había venido alguien a buscarme. Al conserje le molestaba dar explicaciones y entre rezongos agregó que se trataba de una mujer.

“Tu otra chica”, comentó Vera.

No le di mayor importancia, pues ya anteriormente tres muje­res habían ido en búsqueda del anterior inquilino, el marchand de arte. Tomamos nuestros cafés y Vera me siguió comentando sus indecisiones: el matrimonio e irse a Bélgica o quedarse y soportar las infidelidades del que llenaba su cuerpo de música.

“Tú me llenas de algo parecido a la magia”, me dijo esa vez, “en la cama contigo se pierden todos mis miedos al futuro, pero tú no permanecerás, sé bien que estás atado a algo que buscas más adelante y no soy yo quien pueda detenerte, supongo que nadie.”

Vera partió a sus clases y yo a mi cuarto. El conserje me dijo que nuevamente fue una persona a buscarme.

“¿No lo alcanzó? Apenas usted y su amiga se alejaban. Y no era la misma persona anterior, éste era un hombre.”

Un miércoles terminamos la lectura de La tentación de san Antonio y a la siguiente sesión, por la mañana, Dominique volvió a hacer acto de presencia (esa vez estaba de pie junto a su lámpa­ra, vestida con una bata de casa, larga, de color negro con encajes. Monsieur Larchant volvió a hacer las presentaciones.

“Ella es Dominique y va a hacernos el honor de acompañar­nos, y él, Dominique, es nuestro joven lector.”

Mientras el mayordomo cerraba las cortinas y encendía la luz sobre el atril, Dominique vino hacia mí, pasos vacilantes en los al­tos tacones, para depositar los dos besos en mis mejillas y después fue a sentarse en su sillón, se inclinó para recoger un vaso del sue­lo, del que bebió largamente, cruzó las piernas muy propiamente y aguardó por mi lectura. También hubo un cambio en lo que esa vez me tenían preparado para leer: inicié sobre algunas críticas de novedades editoriales y luego seguí con algunas de esas novelas reseñadas con grandes elogios, pero monsieur Larchant solamen­te se permitía escuchar unas cuantas páginas antes de pedirme que suspendiera. “Merde! Goujat! Mufle! Merde!”, se ponía a gritar y allí terminaba la lectura.

No hubo ningún grito para Dominique, quien permaneció fir­me en su asiento, sólo encendiendo de vez en cuando algún ciga­rrillo.

Al suspender la lectura de la octava y última novela (“Merde! Merde!”), el mayordomo solemne vino por mí y me llevó a la co­cina, donde estaba ya mi comida sobre la mesa. La vieja cocinera no se encontraba allí. Desde ese día a la vieja no volví a verla en la cocina. Recuerdo que esa vez era pavo relleno de frutas y vino rosado. Terminé mi comida y al pretender salir de la cocina en­contré que la puerta estaba cerrada por afuera con llave, así que volví a sentarme a la mesa para hacer algunas anotaciones en mi libreta. Casi una hora después la puerta se abrió y el mayordomo me dijo que podía dirigirme a la biblioteca.

Monsieur Larchant estaba en su lugar del escritorio y daba la impresión de que no se hubiera movido de su sitio en absoluto. Dominique estaba enroscada sobre el sillón y sólo la cubría su ropa interior, pero aún llevaba puestos los zapatos de tacón alto, apoyaba la cabeza sobre uno de los brazos del sillón, el rostro oculto, la bata negra con encajes extendida sobre la alfombra, jun­to a la lámpara de pie, también tirada. La única luz encendida era sobre el atril. En el momento que fui a sentarme en mi lugar de lectura, Dominique se levantó bruscamente, una botella de whis­ky resbaló de sus manos y cayó al suelo. Dominique caminó hacia la puerta, intentando al mismo tiempo recoger su bata, y si no es porque consiguió sostenerse del picaporte posiblemente se hubie­ra caído, pero milagrosamente logró abrir la puerta, salió y se fue alejando con sus pasos dudosos.

“Yo creo que hoy ya no leeremos más”, la voz del otro lado del escritorio, “y mañana no es necesario que venga. Gastón ha decidido hacer algunos arreglos en la casa y habrá mucho ruido. Lo espero el próximo lunes.”

Para entonces ya había comprado mi vieja máquina de escri­bir, ésa que dejé en casa de Atheena cuando partí a este lugar, y en mi cuarto del hotel cercano a la librería Shakespeare and Company, por la mañana y antes de acudir con monsieur Larchant y al regresar, me dedicaba a transcribir mis cuentos, aquel que relataba el caminar de un grupo de personas por el rumbo de la desesperanza hacia ninguna parte, o el de un reportero que desde el encierro en su apretada oficina iba describiendo el acechar de unos seres humanos a un villorrio y adquiriendo a cada paso los rasgo de alguna bestia, o el cuento de un hombre silencioso en cu­yos ojos desorbitados quedaba grabado el espectáculo del mundo, o el de una mujer todavía joven temerosa de un inminente mañana donde no saldría el sol y por lo tanto se entregaba en la oscuridad a los placeres de la carne.

Y también estuve escribiendo ese cuento sobre las luminosas apariciones de una hermosa mujer llamada Dominique en una casa sin luz, al que le seguía faltando un final.

En los dos meses siguientes seguí leyéndole a monsieur Lar­chant los diversos pasajes de La Biblia y terminamos con la lec­tura de La educación sentimental de Flaubert. En la casa del Bou­levard Georges Mandel no existía ninguna señal de Dominique.

El mayordomo era quien me abría la puerta, me conducía a la biblioteca, cerraba las gruesas cortinas de la ventana, encendía la luz sobre el atril y salía de la habitación hasta el llamado de los golpes de bastón de monsieur Larchant, y supongo que era quien preparaba las comidas, siempre faltas de sal, y quien abría la puer­ta para mi salida.

Excepto mis palabras al leer, en la casa se acomodaba un pe­sado silencio.

Transcurrió un mes más y la noche en que terminé de leerle Madame Bovary, el silencio posterior se alargó un poco más de lo habitual, no existieron los golpes de bastón sobre el suelo y sí, en cambio, el susurro desde la oscuridad:

“Quisiera que me hiciera un favor, monsieur. Por favor, desco­rra un poco la cortina y dígame qué ve afuera”. Lo hice. Una calle angosta, vacía, el costado de la casa de al lado.

“¿Nadie?”

“No. Nadie.”

“Gracias. Vuelva a cerrar la cortina, por favor”. Lo hice. “Ma­ñana quisiera verlo hasta después de la comida, lo siento. Por la tarde leeremos algo distinto. Déjeme mostrarle”, monsieur Lar­chant continuaba hablando en susurros. Buscó entre sus ropas y sacó una pequeña llave que le sirvió para abrir uno de los cajones del escritorio y mostrarme un grueso y pesado libro encuadernado muy finamente en piel. “Allí tenemos para muchas horas de lectu­ra y sé que usted las disfrutará enormemente, monsieur. Pero, por favor, no lo abra ahora. Aguardemos por la sorpresa”.

(Esa vez fue la única que monsieur Larchant dejó escapar una sonrisa, y en mi recuerdo quedó grabada un poco infantil quizás.)

Cuando monsieur Larchant intentó volver a depositar el grue­so libro encuadernado en el fondo del cajón, en su prisa lo hizo chocar contra una de sus maderas y el libro cayó al suelo. Una serie de fotografías se deslizaron de sus hojas. Las manos de mon­sieur Larchant y las mías se apresuraron a recoger lo caído. A pesar de que lo hicimos con gran rapidez, una de los fotografías era el desnudo de una adolescente Dominique.

“Por favor, vuelva a su lugar”, dijo monsieur Larchant ponién­dole nuevamente llave al cajón. Esperó unos instantes y entonces golpeó el suelo con su bastón.

La mañana siguiente la ocupé en seguir arreglando mi más reciente cuento, pero sin conseguir encontrarle el final adecuado. Comí cualquier cosa y varias tazas de café y fui caminando hasta la casa del Boulevard Georges Mandel. Repetí varias veces mi llamada en el timbre, ya que tardaban en abrirme, pero quien fi­nalmente lo hizo no fue el mayordomo sino la vieja de la cocina. En el primer momento me costó reconocerla: en lugar del antiguo vestido oscuro y amorfo bajo el delantal ahora llevaba uno de moda, de tela fina en color beige, que permitía el lucimiento de un collar alrededor del cuello, estaba bien peinada y con un ma­quillaje tal vez un poco exagerado, pero sin duda era aquella vieja que meses atrás había conocido en la cocina. Me quedé inmóvil y silencioso ante la sorpresa de su presencia, y la mujer pareció disfrutar de mi asombro antes de decir: “Sí, sé bien quién es usted. Adelante, madame Larchant lo estaba esperando”.

Entré por última vez a esa casa, desconociendo ahora su in­terior, faltaban muebles y había más luz, no estaban los antiguos cuadros en las paredes del pasillo, aunque todavía se distinguía el sombreado delatando sus antiguos sitios. Seguí el taconeo de la vieja hasta el lugar de la biblioteca, donde ya no existía el es­critorio ni la silla de monsieur Larchant, tampoco el sillón ni la lámpara de pie y faltaban el atril y la alfombra, las cortinas de la ventana estaban abiertas y los rayos del sol entraban libremente, iluminando los grandes huecos en los estantes del inmenso libre­ro. Allí, ante una chimenea que no tenía lugar en mis recuerdos anteriores, tal vez ocultada por el escritorio y la oscuridad, estaba Dominique, de pie, de espaldas a mí, una falda y una blusa, ambas prendas sencillas, de verde oscuro, los zapatos de tacón alto. Las largas y brillantes llamaradas en el interior de la chimenea produ­cían un envolvente calor.

“Madame Larchant…”, pronunció la vieja.

Dominique fue girando su cuerpo lentamente. En sus manos sostenía el grueso libro encuadernado en piel, al que le acababa de arrancar una hoja que terminó por lanzar al fuego. Dominique me observó con paciencia.

“Es quien le leía a monsieur Larchant, madame.

Dominique dejó el grueso libro encuadernado sobre la silla donde yo antes me sentaba y luego avanzó hacia mí. Puso sus manos en mis hombros, un beso en cada mejilla, el aroma de un suave perfume. No retiró sus manos de mí, pero dio un paso atrás. No llevaba nada de maquillaje, sus ojos eran de un color gris apa­gado, ligeras arrugas.

“Monsieur Larchant se suicidó anoche… Ya no pudo… No qui­so…”. Una voz sin entonación, ligero encogimiento de los hom­bros, una mueca de intento de sonrisa. “Lo estimaba a usted. Jun­to a su carta de despedida también estaba un sobre destinado a su joven amigo”. Lentamente hizo el regreso al sitio anterior, de uno de los estantes vacíos del librero tomó un sobre para ofrecérmelo. “Dinero, supongo. Monsieur Larchant pagaba todo con dinero”.

(Sí, en ese gesto había algo de coquetería.)

Fui hacia ella y recogí el sobre. Dominique volvió a tomar el antiguo grueso libro, lo abrió en cualquier parte y tomando asien­to en la silla cruzó una pierna hacia donde yo estaba.

Pocas hojas quedaban en el interior del libro encuadernado, letra manuscrita, muy ordenada, tinta negra.

La mirada de Dominique se dirigía hacia mí mientras arranca­ba de un tirón algunas páginas para lanzarlas al fuego displicen­temente.

Una fotografía del tamaño de las hojas del libro no llegó al hogar de la chimenea, cayó bocabajo al piso de madera, pulido, rojizo. Me incliné a recogerla, se la entregué.

“Gracias, cariño.”

Dominique observó la fotografía, luego fue extendiendo el brazo con lentitud para acercarla al fuego, de manera que me fue­ra posible observar la impresión. La adolescente Dominique en una pose brutalmente obscena. La dejó caer. El cuerpo y el rostro en la fotografía se retorcieron al consumirse.

Dejé a Dominique arrancando las últimas páginas.

La vieja me acompañó a la salida, pero antes de que cerrara la puerta de la calle alcancé a preguntarle por el mayordomo.

“Lo despedimos. Gastón se fue hoy temprano.”

Al día siguiente dejé mi cuarto de hotel y también me fui un tiempo hacia la provincia, al primer lugar que se me ocurrió. Allí terminé el cuento de Dominique (no había querido, ni pude ha­cerlo, cambiar ese nombre por otro), pero inventé algunas apari­ciones más de ella en el espacio de la biblioteca y cambié muchas otras cosas, por ejemplo que cuando monsieur Larchant me había pedido que mirara por la ventana, ella estaba allá afuera, en la calle, bajo la lluvia y gritando algo que no se escuchaba por el grosor de los cristales.

El final del relato que escribí era Dominique abrazándome ante la mirada de la vieja y susurrando en mi oído: “Una noche volveré a ir a buscarte, cariño. Aguarda por mí”.

 

Joaquín-Armando Chacón
Escritor. Ha publicado: Ernest Hemingway, la labor de un hombre, Los días ajenos/novelas rotas e Hijo del hombre, entre otros libros.

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Un comentario en “Dominique / aquel último tiempo

  1. Muchas gracias por la sección de literatura. Nunca había leido nada del autor (al menos que recuerde) y este relato me pareció fantástico. Gracias Nexos por darnos la oportunidad de conocer diversos autores y estilos.