Publicamos uno de los primeros textos de Marcel Proust, incluido en Marcel antes de Proust (Ediciones Godot). Su contribución en la revista Le Mensuel, entre noviembre de 1890 y septiembre de 1891, constituye el libro. Era una faceta desatendida de su obra. Casi todos los textos fueron firmados con pseudónimo y eran desconocidos en español.

Un criado de librea marrón con botones de oro me vino a abrir y me hizo pasar casi de inmediato a una sala tapizada en cretona, con paneles de madera de pino y vista al mar. Cuando entré, un muchacho, un joven bastante apuesto, se puso de pie, me saludó con frialdad y luego siguió leyendo su periódico, sin dejar ni por un momento de fumar su pipa. Me quedé de pie, algo incómodo, diría incluso algo preocupado por el recibimiento que se me daría aquí. ¿No me habría equivocado, después de tantos años, en venir a esta casa, donde quizá me hubieran olvidado desde hacía mucho? ¿Esta casa antaño tan hospitalaria, donde había vivido horas profundamente dulces, las más felices de mi vida?

El jardín que rodeaba la vivienda y que formaba una terraza en una de sus extremidades; la casa misma, con sus dos torres de ladrillo rojo e incrustaciones de mayólica de diversos colores; el largo vestíbulo rectangular, donde pasábamos los días de lluvia; y hasta los muebles de la sala a la que acababan de hacerme pasar: nada había cambiado.

Unos instantes después, entró un viejo de barba blanca; era muy petiso y muy encorvado. Su mirada vacilante teñía su expresión de una gran indiferencia. Reconocí de inmediato a Monsieur de N. Pero él no me reconoció a mí. Me presenté varias veces: mi nombre no evocaba en él recuerdo alguno. Nos miramos a los ojos, sin saber muy bien qué decir. Me esforcé en darle pistas, pero fue en vano: me había olvidado por completo. Yo era un extranjero para él. Íbamos a despedirnos, cuando la puerta se abrió bruscamente: “Mi hermana Odette —me dijo, con una vocecita aflautada, una bonita niña de unos diez a doce años— acaba de enterarse de su llegada. ¿Quisiera venir a verla? ¡Se pondría muy contenta!”. La seguí, y bajamos al jardín. Allí, en efecto, encontré a Odette, acostada en una chaise longue, envuelta en un enorme manto escocés. No la habría reconocido, por así decirlo, de tan cambiada que estaba. Sus rasgos se habían alargado, y sus ojos, rodeados de círculos oscuros, parecían perforar su lívido rostro. De su belleza, que tan deslumbrante había sido, ya no quedaban ni rastros. Con un gesto un poco forzado, me pidió que me sentara cerca. Estábamos solos. “Seguramente estará muy sorprendido de encontrarme en este estado”, me dijo después de unos instantes. “Lo que sucede es que, desde mi terrible enfermedad, quedé condenada a guardar reposo acostada, sin moverme. Vivo de sentimientos y de dolores. Sumerjo la mirada en este mar azul, cuyo tamaño, en apariencia infinito, tanto adoro. Las olas, que vienen a romper contra la costa, son pensamientos tristes que acuden a mi mente, así como esperanzas que debo abandonar. Leo, leo mucho, incluso. La música de los versos evoca en mí los más dulces recuerdos y hace vibrar todo mi ser. ¡Qué amable de su parte no haberme olvidado después de tantos años, y haber venido a verme! Es algo que me hace bien. Ya estoy mucho mejor. Puedo decírselo, ¿no es así? Ya que hemos sido tan buenos amigos. ¿Recuerda los partidos de tenis que jugábamos aquí, en este mismo lugar? Yo era muy vivaz en aquel entonces, muy alegre. Hoy en día, ya no me queda vivacidad, ya no me queda alegría. Cuando veo cómo el mar se retira a lo lejos, muy a lo lejos, pienso a menudo en nuestros paseos solitarios al bajar la marea. Guardo de ellos un recuerdo encantador, que podría bastar para ser feliz, si yo no fuera tan egoísta, tan mezquina. Pero, como verá, me cuesta resignarme, y de tanto en tanto no puedo evitar rebelarme contra mi suerte. Paso el tiempo así, aburriéndome sola, porque estoy sola desde la muerte de mamá. Y papá está demasiado enfermo y viejo como para ocuparse de mí. Mi hermano sufrió mucho por una mujer que lo engañó de un modo espantoso. Desde entonces, vive ensimismado; nada puede consolarlo o siquiera distraerlo. Mi hermanita, por su parte, es muy joven, y, además, hay que dejarla vivir feliz, mientras le sea posible”.

Mientras me hablaba, su mirada se iba animando; el color cadavérico de su tez había desaparecido. Había recuperado su expresión dulce de antaño. Era linda de nuevo. ¡Dios mío, qué hermosa era! La habría querido estrechar entre mis brazos, habría querido decirle que la amaba… Nos quedamos así, juntos, durante otro buen rato. Luego la llevaron adentro, porque la tarde refrescó. Después tuve que despedirme de ella. Las lágrimas me sofocaban. Recorrí ese largo vestíbulo, ese jardín delicioso, con alamedas cuya grava, lamentablemente, nunca volvería a crujir bajo mis pies. Bajé a la playa; estaba desierta. Comencé a caminar, meditativo, pensando en Odette a orillas del mar, que se retiraba con calma e indiferencia. El Sol había desaparecido detrás del horizonte, pero sus rayos purpúreos coloreaban todavía el cielo.

Pierre de Touche

 

Marcel Proust
Escritor. Autor de En busca del tiempo perdido, obra publicada entre 1913 y 1927 en siete partes.
Traducción de Matías Battistón.

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Incluido en: Marcel Proust, Marcel antes de Proust, traducción de Matías Battistón, Ediciones Godot, Argentina, 2016.